lunes, 22 julio, 2024
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Un militante antifranquista en la mili franquista

Recuerdos de un soldado que pasó de escapar de la Policía Armada al campamento de Ovejo y siguió luchando contra la dictadura incluso de uniforme

En los últimos años del franquismo, un joven cuyas ideas anticlericales, rojas y republicanas le habían sido imbuidas por sus padres (represaliados tras la Guerra Civil), cuyo odio a aquel régimen tenían siempre a flor de piel, después de muchas peripecias suyas, un día la policía fue a la chabola en la que vivía con varios jesuitas y se incautó de los materiales que preparaban para un congreso en Segovia. Se escapó por unos minutos, y sus compañeros le llevaron a un piso en la calle Maudes de Madrid (nunca supo de quién era aquel piso) en el que estuvo encerrado los veinte días que le quedaban para incorporarse al servicio militar. Cuando llegó a su pueblo, en la caja de reclutas se celebró la incorporación, le dieron el petate y, al día siguiente, salió en un tren dirección a Ovejo (Córdoba) junto a algunos paisanos y amigos de la infancia. Así fue cómo un militante antifranquista hizo la mili franquista, sin dejar de luchar contra la dictadura incluso de uniforme.

Juan Serna Martín.
Juan Serna Martín.

Villanueva de la Serena, Extremadura.-

Recuerdo en los últimos años del franquismo a un joven cuyas ideas anticlericales, rojas y republicanas le habían sido imbuidas por sus padres (represaliados tras la Guerra Civil), cuyo odio a aquel régimen tenían siempre a flor de piel. Escuchar por las noches en la radio La Pirenaica, la BBC o el parte de París fue algo que le marcó toda su vida. A medida que se fue haciendo adulto, fue descubriendo a los curas rojos, a una iglesia de la pobreza y a una editorial cuyas lecturas le abrieron el horizonte. El cristianismo, el socialismo y el anarquismo que abordaba la editorial en la que publicaban las obras de aquella especie de movimiento, le llevaron a una militancia activista con la que había que correr y esconderse de la policía, que veía con muy malos ojos aquel nido de rojos, que, por mucho que sus libros fueran legales, estaba claro que eran enemigos del franquismo.


Un sargento le trató de “pájaro” y le dijo que iba directo para Tarifa, dejándole bien claro que habían visto su historial y que su destino era considerado como un batallón de castigo.


Después de muchas peripecias, un día la policía fue a la chabola en la que vivía con varios jesuitas y se incautó de los materiales que preparaban para un congreso en Segovia. Se escapó por unos minutos, y sus compañeros le llevaron a un piso en la calle Maudes de Madrid (nunca supo de quién era aquel piso) en el que estuvo encerrado los veinte días que le quedaban para incorporarse al servicio militar.

Cuando llegó a su pueblo, en la caja de reclutas se celebró la incorporación, le dieron el petate y, al día siguiente, salió en un tren dirección a Ovejo (Córdoba) junto a algunos paisanos y amigos de la infancia. Ahí empezó su historia de recluta, apartado de la vida militante que había emprendido en aquellos tiempos madrileños y preocupado por los papeles que habría encontrado la policía en la chabola del barrio de Belmonte, contiguo al barrio del Pilar, en el que desplegaba su activismo.

Pasados los tres meses de recluta, la noche antes de partir, un sargento le trató de “pájaro” y le dijo que iba directo para Tarifa y le dejó bien claro que habían visto su historial y que su destino era considerado como un batallón de castigo.

A LA ISLA DE LAS PALOMAS

Montado en camiones REO, llegó a la Isla de Las Palomas, en Tarifa, y se le cayeron los palos del chozo… Se preguntaba qué haría todo un año en aquella especie de prisión militar, separado de aquel mundo que había descubierto lleno de buenos amigos y de un ambiente de cultura proyectada contra la lucha antifranquista, en unos momentos en que la muerte del dictador tenía que estar ya próxima.


Por parte de los soldados más veteranos se llegó a organizar por la tarde incluso un cursillo de marxismo, cuando los mandos ya no estaban, en los Archivos de Cádiz.


La fuerza que le transmitía el ideal que había abrazado le llevaba a buscar entre los nuevos compañeros conversaciones y reflexiones de resistencia, porque aquel régimen no podía durar mucho más y siempre se puede hacer algo donde quiera que uno se encuentre.

Enseguida encontró algún compañero con el que compartir ideas, y algunos otros que, sin tener ideas políticas, tenían buen humor y le hacían la vida más agradable.

Organizaron una escuela para alfabetizar a los que apenas pudieron ir a ellas, lo que le sirvió para hacerse amigo de los analfabetos, entre los que se encontraban las mejores personas de aquella compañía. El vino, la cerveza y las viandas que les llegaban a unos y a otros, y algunos cantes de verdaderos artistas, hicieron mucho más llevadera la vida en aquel penal, de donde únicamente nos dejaban salir los domingos para ir al cine, para lo que había que atravesar la carretera de acceso a la isla cuando el levante soplaba fuerte, que era la mayoría de los días.

Por las dependencias militares del castillo de Tarifa empezaron a circular libros antifranquistas
Por las dependencias militares del castillo de Tarifa empezaron a circular libros antifranquistas

DE LA ISLA AL CASTILLO DE GUZMÁN EL BUENO

Al cabo de unos meses, este soldado, con algún compañero más, fue trasladado al castillo de Guzmán el Bueno, ubicado en el pueblo, que era donde se encontraba la intendencia militar. La oficina de subayudantía era su destino; desde allí llevaba todos los días el pan a los sargentos y suboficiales, lo que le permitía hacer incursiones por el pueblo que convirtieron aquel penal en algo más llevadero.

Al lado del castillo estaba la residencia de oficiales y suboficiales, lugar al que llegaban los que venían de milicias universitarias: algunos más franquistas que los chusqueros, pero también otros más demócratas que traían referencias y buscaban con toda discreción a los antifranquistas, de modo que se producían encuentros y charlas enriquecedoras, no sin todas las precauciones posibles. Así, todo aquello empezó a ser más respirable.


Una vez transcurridos los tres días de aquella ausencia clandestina, el soldado volvió a su destino como si no hubiera salido del castillo en todo ese tiempo.


En cuanto cogió confianza en aquellas dependencias, pese a que el sargento primero era un franquista redomado, empezaron a circular por la oficina de subayudantía libros contra el régimen franquista editados en España (sobre todo los de la editorial ZYX) e incluso algunos de Ruedo Ibérico, que se escondían convenientemente. Asimismo, algunas guardias, en los puestos más alejados de la vista del “enemigo”, se hicieron con la grabación del disco que Serrat le dedicó a Antonio Machado. Cuando el dominio de las dependencias del castillo era absoluto por parte de los soldados más veteranos, se llegó a organizar incluso un cursillo de marxismo por la tarde, cuando los mandos ya no estaban, en los Archivos de Cádiz, cuya oficina estaba un poco más escondida. Vino a impartirlo un prestigioso militante de simpatías anarquistas de Jerez de la Frontera, a los pocos que ya estaban comprometidos con aquella causa.

De este modo se fue organizando un núcleo de resistencia en aquel destacamento militar, aunque con todas las precauciones necesarias para que no metieran un consejo de guerra a quienes lo formaban. Así, entre cantes, vinos y viandas y alguna tertulia que otra, aquello se convirtió en una mili más llevadera. Y esto, unido a las escapadas a la Taberna de Caí y a la del Tío Antonio, conformaban una vía de escape a la vez que cada uno contaba los días que le faltaban para licenciarse. Imposible olvidar que un vinito de Chiclana con un platillo de pescaíto frito valía cinco pesetas, y una centolla, cuando había algo que celebrar, entre cinco y diez pesetas. En aquel paraíso, la amistad y la complicidad cobraban cada día más fuerza hasta llegar a extremos indescriptibles.

DE TARIFA A SEGOVIA EN AUTOSTOP Y SIN PERMISO

De las muchas peripecias de este soldado hay una que sobresale de todas ellas. Se iba a celebrar en Segovia un encuentro de militantes de la editorial ZYX de toda España, y él no paraba de cavilar acerca de cómo acudir a él sabiendo de antemano que no obtendría el permiso de los mandos militares para tal viaje. De modo que le propuso a su compañero de la oficina de subayudantía un plan que estuvieron ensayando durante unos días. Como al pasar lista por la noche, los soldados contestaban muy rápido, durante varios días estuvo contestando el otro en su lugar: ¡Presente!, y parece que nadie lo advertía. Así pues, el día antes de la fecha de salida para Segovia, nuestro soldado se vistió de paisano y desde Tarifa, en autostop, salió hacia su congreso. El acuerdo era que, si lo descubrían, le llamara su compañero por teléfono y se presentaría en Tarifa inmediatamente, y asumiría las consecuencias, que, sin duda, serían gordas.

Una vez transcurridos los tres días de aquel encuentro, el soldado volvió a su destino como si no hubiera salido del castillo en todo ese tiempo. Algunos compañeros sí habían advertido su ausencia, pero su complicidad fue absoluta. No obstante, el sargento primero notó algo raro y le dijo a su socio: “Este cabrón nos va a buscar alguna ruina. Dile que quite esos libros que tenéis ahí escondidos, que le van a meter un puro del que se arrepentirá toda su vida”. Pero ahí quedó todo. Después, entre bromas y jaleos, reconocieron que había sido una temeridad; sin embargo, el soldado se reencontró con su gente y volvió feliz de ver cómo iba avanzando la lucha por la democracia y cómo cada día había más militantes y se publicaban más libros en su editorial, a pesar de que la censura franquista les secuestrara algunos de vez en cuando.

Aquella gesta que tuvo a su socio acojonado varios días y que celebraron en la célula de los rojos, no sin cierto recochineo, no se volvió a repetir, ya que estaba a punto de estallar el Proceso 1001 y había nerviosismo en los cuarteles. Todos reconocieron que fue una insensatez, lo que no evitó que algunos lo festejaran en la Taberna del Caí con el chiclana y los pescaítos correspondientes. Cuando se lo contaron al “alférez rojo” de las milicias, se echó las manos a la cabeza por el arrojo y la temeridad de aquella gesta.

DE VUELTA AL CALVARIO Y FIN

En aquellos tiempos se empezó a oír que la mili se recortaba en España a solo un año (hasta entonces eran quince meses), conque nuestro soldado se fue con un mes de permiso a casa creyendo que ya no tendría que volver más al cuartel. Por ello les dio sus pertenencias a los soldados del siguiente remplazo, como él ya no las iba a necesitar… En cambio, pasado el mes, le comunicaron que no había reducción de mili y que se presentara en Tarifa el día señalado. A su llegada, fue trasladado de inmediato nuevamente a la isla, y a los pocos días los llevaron a unas maniobras militares. Se le cayó el mundo encima por tener que regresar a un calvario que ya tenía olvidado.

Fueron tres meses horribles hasta que por fin llegó el día de la licencia. Entonces fue a despedirse de una novieta que se había echado, hija de un alto mando, con cuya panda pasaron ratos muy felices en esa Tarifa que se había puesto muy cuesta arriba.

A lo largo de toda esta historia, el soldado se había unido a sus compañeros de la ZYX en Sevilla y había decidido que sería allí donde reemprendería su militancia, cargado de ilusiones por dejar atrás una etapa de su vida que, aunque llena de buenos amigos y compañeros, había supuesto un paréntesis largo en un proyecto de vida que estaba deseoso de reemprender.

Desde entonces, Tarifa quedaría grabada en su memoria y en su corazón, satisfecho por haber soportado aquel “batallón de castigo” haciéndolo lo más llevadero posible y comprobando que la lucha se podía continuar, aun en las circunstancias más difíciles.

Nieves García Benito, profesora y compañera militante de Juan Serna en la lucha antifranquista.
Nieves García Benito, profesora y compañera militante de Juan Serna en la lucha antifranquista.

Los amigos de Sevilla le recibieron con los brazos abiertos y de nuevo la divulgación de los libros de la ZYX por las fábricas y la Universidad fue otra vez su trabajo, hasta que un curso de la Promoción Profesional Obrera (PPO) de larga duración le convirtió en tejedor textil de primera y entró a trabajar en la industria más importante y negrera de Sevilla, ITASA, hasta que decidió regresar a Extremadura con el propósito de organizar en su tierra, junto a otros compañeros, el movimiento que habían implantado en otras muchas zonas de España.

Los quince meses de Tarifa y los tres años de Sevilla, durante los que recorrió muchos pueblos de Andalucía, quedaron en la memoria de este soldado que hoy los rememora tras más de medio siglo de tiempo transcurrido, en el que ha tenido la suerte y el placer de reencontrarse con una de sus compañeras de Sevilla, Nieves García Benito, hoy convertida en una profesora admirable de Tarifa. Esta amiga le invita a volver por allí con frecuencia, aunque, actualmente, de aquella Tarifa que conoció no quede ni rastro al ser un pueblo que ha crecido y se ha transformado debido a un turismo náutico especializado. Nada que ver con la ciudad donde el REO del ejército descargó al soldado.

(Juan Serna Martín, exconsejero de la Junta de Extremadura, es un destacado intelectual y activista medioambiental, escritor y columnista, Premio Nacional de Medio Ambiente 2022).

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