martes, 27 febrero, 2024
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Argentina después de las elecciones: breve crónica de un país destrozado

El peronismo sufrió una derrota electoral mayúscula y hoy tiene una fragilidad escandalosa.

La burbuja peronista no existe más, salió a la luz. Y un pueblo tomó conciencia de ello. Por eso los argentinos votaron a Milei. No es un voto ideológico, es un voto contra la impunidad, el hambre, las cloacas que no se hicieron, los terrenos usurpados, los colegios en derrumbe, los hospitales con serios problemas. Si hubiera estado el Pato Donald lo hubieran votado también. Es lo que está ocurriendo en Latinoamérica. Se vota en contra de… ¿Es la solución?

Carlos Penelas
Carlos Penelas

Buenos Aires, Argentina.-

Argentina tuvo su esplendor entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX. Inmigrantes europeos, construcción de escuelas, hospitales, universidades. Arquitectura francesa, museos, palacios, plazas, clubes. Por supuesto había desigualdades sociales, pero el país estaba entre las diez economías mejores del mundo, entre los países más progresistas. Una gran educación pública y casi sin analfabetos. Luego vino la Semana Trágica, luchas sociales donde se marcaban desigualdades. Pero era un país creíble, con dirigentes honestos y una visión de país. Había corrupción, por supuesto que la había. Con una escala –sin rubor– de índices razonables. Gobiernos corruptos y malas administraciones vienen de tiempos inmemoriales. Pero hubo épocas demenciales. Estos años, reitero, el país crecía, se vivía mejor que en Europa. Hasta los años 50 llegaron al país fuertes inmigraciones de España, Italia, Francia, Inglaterra, Polonia y demás países europeos. Luego Argentina comenzó a caer, a desdibujarse, a deslizarse silenciosamente. Y se fue conformando una sociedad cómplice, burda, mediocre.


El peronismo es una suerte de virus cambiante, una suerte de medusa, hay una narrativa del engaño.


La situación Argentina es compleja. Hace unos años estando en España, más concretamente en Betanzos de los Caballeros, en una cena –luego de dar una conferencia–, unos amigos me preguntaron qué pasaba en Argentina. Con humor, uno de mis dones, les pregunté si me podían escuchar hablar de fútbol y su relación con el país. Un tanto sorprendidos guardaron silencio. A los cinco minutos la esposa de un escritor me dice: “¡Pero así no se puede vivir!”. A lo cual respondí: “¿Desean que les hable de política y de la situación social?”

UN VIRUS CAMBIANTE

El peronismo es una suerte de virus cambiante, una suerte de medusa. Hay una narrativa del engaño. Sucesivas caretas, pujas discursivas. Habló y habla de justicia social, de pobreza, de necesidad para los más humildes. Cada gobierno populista tuvo su sello. El peronismo nació con la base de Mussolini, con los dictadores latinoamericanos, con el refugio de criminales de guerra nazi, con la mirada puesta en el franquismo, en la judeo-fobia, con la persecución a socialistas, liberales, comunistas, social demócratas o simplemente a todo aquel que no se afiliaba al partido. Esa es su naturaleza, lo llevan en el ADN. Fue populista, regalaba bicicletas, pelotas de fútbol, vacaciones. Fue comprando todo. Sindicatos, escuelas, colegios. Dilapidó. Vinieron golpes militares, la oposición nunca estuvo a la altura de las circunstancias. Pero el mito, la leyenda ya estaba creada.


Si en vez de Milei hubiera estado el Pato Donald como candidato, lo habrían votado también.


Perón era el líder, el padre. Evita, la Santa. Sobre esta base se construyó un sistema de vida, de engaños, de corrupción. Cada uno con sus aportes, sus vicios, sus compromisos. El Estado fue creciendo de manera inimaginable. Y se conchabaron puestos en municipalidades, en gobernaciones, en intendencias. Todo en familia: padres, hijos, nueras. El Estado daba todo. El Estado era un Dios. Una sociedad fue cómplice. Pocos criticaban y no querían ver. Por ignorancia, por complicidad, por vergüenza. Motivos sobran. El peronismo y sus acólitos dieron vuelta la taba.
Los tiempos fueron cambiando pero en Argentina no. El mundo tomó otro sendero, otro rumbo. Aquí creció la pobreza, la indigencia, el desamparo. Y el ciudadano se fue acostumbrando. En lo cotidiano, en el vivir cotidiano. Lo anormal se lo veía como normal. La desvergüenza, la viveza criolla, la picardía hizo su trabajo. Poco a poco se degradó el hábito del vestir, se pensó que el ser pobre era digno, que la pobreza era importante. La izquierda, que supo ser brillante, con grandes hombres e intelectuales, cayó en ese juego mediocre y mezquino. Todo y cada cosa se fue convirtiendo poco a poco, como una media que termina dándose vuelta. Como un guante al revés. El lenguaje, la educación, la salud, el decoro se extravío en su laberinto, de manera sistemática.

LOS NUEVOS PERONISTAS, LOS K

Y entraron ellos, los nuevos peronistas, los K. Una variante feroz. Una estrategia del mal. Allí Néstor y Cristina. Y la corrupción y el dislate lo copó todo. Actores, luchadores sociales, intelectuales, comerciantes, políticos. Sin pudor opinaron como si fueran de izquierda. Como si hubieran luchado en las épocas más trágicas de nuestra dictadura militar. Muchos de sus seguidores lo habían hecho, pero ahora venían puestos en el gobierno, casas, coches, fortunas, viajes, empresas. Los Kirchner cavaron en lo más humillante, en lo peor de cada argentino. Muchos años atrás, Luis Franco, uno de los grandes poetas e intelectuales argentinos –con quién me formé– escribió que la gran visión de Perón era haber descubierto un peronista en potencia en el fondo de cada argentino. No lo olvide, amigo lector, no lo olvide.


Milei también cambió en ciertas declaraciones, comenzó a gritar menos y opinar o desdecirse. Ya estaba instalado.


Ahora empieza a salir a la luz: autos de lujo, yates, vacas, diamantes, rubíes, prostitutas. Ellos mismos se mostraron en revistas o por televisión. La desvergüenza y las justificaciones eran surrealistas. Hablamos de country, de millones de dólares, de cuentas ocultas, de personal trainers, de clases de golf particulares, de peluqueras… Arrogantes avanzaron con desvergüenza. Además generaron una campaña del miedo para la oposición: desde que volvía la dictadura militar hasta que no les iban a pagar los sueldos de diciembre, etc. Etc. El problema no era el robo o la estaba, el problema era aquel que se lo había descubierto por “boludo”. En Argentina se rompió todo. Reitero: en Argentina se rompió todo. Vemos gente durmiendo en la calle, en pleno centro. Gente comiendo de los tachos de basura. Niños por las calles siguiendo a la buena de Dios a mujeres desamparadas por el hambre, por la droga o la prostitución. Un 40 % de pobres, de indigentes, chicos que no saben leer, adolescentes que nos saben leer ni escribir. La burbuja peronista no existe más, salió a la luz. Y un pueblo tomó conciencia de ello. Por eso votaron a Milei, no es un voto ideológico, es voto contra la impunidad, el hambre, las cloacas que no se hicieron, terrenos usurpados, colegios en derrumbe, hospitales con serios problemas. Si hubiera estado el Pato Donald lo hubieran votado. Es lo que está ocurriendo en Latinoamérica. Se vota en contra de… ¿Es la solución? De ninguna manera pero no había opciones. Vivimos un desequilibrio sumamente delicado, es un paisaje por momentos irreal. Y todo adquiere una enorme densidad simbólica. El pase de facturas por la derrota ya llegará. El peronismo sufrió una derrota electoral mayúscula. Hoy tiene una fragilidad escandalosa. El silencio de sus dirigentes es atronador.

JAVIER MILEI

Hace dos años nadie sabía quién era Javier Milei. Un outsider. Apareció como una suerte de rockero, con una motosierra, con disparates de magnitud: venta de órganos, compra libre de armas de fuego, posiciones desopilantes en torno a derechos humanos o a personajes de la política. Y prendió en una sociedad enferma, en una sociedad harta de politiquerías, robos. Engaños y discursos humillantes. Sin partido ni estructura ni sedes fue ganando elecciones. Desafió a periodistas, al Papa, al stablishment cultural, al círculo rojo. También cambió en ciertas declaraciones, comenzó a gritar menos y opinar o desdecirse. Ya estaba instalado. Es un político de derecha, sin duda. El 56 % de votos que obtuvo fueron en su gran mayoría en contra del dislate de una “casta” política, de una “casta sindical, eclesiástica, empresaria, universitaria…” y eso la gente lo entendió. Luego veremos, el 10 de diciembre asume como presidente. Cambian los tiempos, se saludan enemigos, la hipocresía la observamos con un nudo en la garganta. Un país sin salida: un país enfermo de pobreza, de espíritu, de esperanza. Décadas para sobrevivir de esta decadencia. No veré otro país, no sé mis hijos. Todo está bajo la lupa, alfiles de gobernadores, presos, mercado de droga, policía, fraudes reiterados, asesinatos por un celular, asociaciones ilícitas, sacerdotes tercermundistas, fallos revocados, una derecha que pone su pie…, lo demás dígalo usted, querido lector. Lo irracional y lo racional toman sus tiempos. Y suelen confundirse.

Recordaremos una breve cita. Nos calza. Para abordar los problemas y los alcances de la corrupción en los siglos XIX y XX, Gemma Rubí Casals y Luis Ferrán Toledano brindan una síntesis valiosa para nuestra mirada. “¿Por qué historiar la corrupción política? Pensamos que sirve para entender las variaciones producidas en las visiones del mundo sobre la buena vida, los intereses públicos, la función y el lugar del gobierno, así como el papel de la integridad o del vicio en las cambiantes esferas públicas y privadas. Es mucho más, por tanto, que malversar, prevaricar, cohechar, defraudar, falsificar o traficar influencias. El significado de la desviación ha mutado en el tiempo y entre las distintas sociedades. Las percepciones del abuso, del bien común o de los beneficios privados son construcciones sociales concretas, proceden de evaluaciones morales cuyo tenor depende de procesos de impugnación y de conflictos acaecidos en espacios y momentos precisos”.

(Carlos Penelas es un reconocido poeta, escritor y periodista argentino).

SOBRE EL AUTOR

Carlos Penelas, nuevo colaborador de PROPRONews desde el otro lado del Atlántico

“Poesía esencial”, lo último, y magnífico, de Carlos Penelas

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