jueves, 18 julio, 2024
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La ciudad no es una selva, pero algunos pretenden actuar como si lo fuera

La planificación urbanística no puede dejarse al arbitrio de propietarios, constructores, inversores y técnicos

Han pasado más de cuarenta años desde que se empezó a aplicar la planificación urbanística en la España democrática y aún sigue sin tomarse en serio eso del planeamiento urbano y la participación ciudadana, algo que facilitó la mayor historia de corrupción de este país, tanto por parte de ayuntamientos de derecha como de izquierda, salvo algunas excepciones que han dado lugar a ciertas corporaciones de vanguardia que han empezado a hacer las cosas de otra manera. El planeamiento urbano no puede dejarse solo en manos de los propietarios del suelo, los promotores, los inversores y los técnicos.

Juan Serna Martín.
Juan Serna Martín.

Villanueva de la Serena, Extremadura.-

Cuando llegaron los primeros ayuntamientos democráticos, me tocó ser concejal de Urbanismo en Villanueva de la Serena en unos momentos en los que aquello era cosa de los técnicos, y los responsables políticos solo se interesaban por que se pudiera construir lo que le demandaran sus votantes (e incluso sus no votantes). El aprovechamiento de todos los espacios y de las alturas autorizadas era lo que había que exigirles que resolvieran a los técnicos. La redacción de un Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) o de unas Normas Subsidiarias (según el tamaño del pueblo o ciudad) también se lo dejaban a ellos, que eran los que entendían y manejaban el planeamiento a su antojo. Eso de la participación ciudadana en la reforma de pueblos o ciudades sonaba a música celestial, y los pocos que querían impulsarla se daban cuenta de que los técnicos, los constructores y los propietarios de los suelos eran los que más rápidamente se entendían entre ellos, y los que se apuntaban a esa participación, ante la que casi siempre se claudicaba.


Para que sea humano, el urbanismo requiere de la imprescindible actuación política y la participación ciudadana.


En los pocos ayuntamientos en los que nos tomábamos esto en serio, arremetían contra nosotros con la complicidad, a veces, de ciudadanos e incluso de concejales de izquierdas, que pensaban que debían conseguir las mayores alturas posibles para su casa o solar…

Sacar adelante un PGOU explicando que la ciudad no era una selva en la que cada uno podía hacer lo que quisiera era una tarea titánica, y en los pueblos más pequeños el planeamiento de las Normas Subsidiarias era más difícil todavía. Se afrontaba como una exigencia legal y burocrática que, igual que los planes generales, se incumplía al día siguiente de ser aprobadas a golpe de reformas continuas bajo la presión de los actores con más fuerza para ello. Han pasado cuarenta años y aún sigue sin tomarse en serio eso del planeamiento urbano y la participación ciudadana, algo que facilitó la mayor historia de corrupción de este país, tanto por parte de ayuntamientos de derecha como de izquierda, salvo algunas excepciones que han dado lugar a ciertas corporaciones de vanguardia que han empezado a hacer las cosas de otra manera.

Hay que decir que los técnicos se prestaron muy gustosos a estas prácticas, y que son también una minoría los que han sabido hacer pedagogía de una actividad urbanística a fin de cambiar, poco a poco, la fisonomía y la estructura de nuestros pueblos y ciudades, además de combatir la especulación, el hacinamiento y las barbaridades que reinan en ellos.

REPLANTEARSE EL URBANISMO Y LA PLANIFICACIÓN

Ahora, tras esta pandemia que nos ha hecho meditar a muchos, cuando se oyen los gritos de la España Vacía, y con la crisis climática, de la energía y de las zonas despobladas, parece llegado el momento de replantearse para qué sirve un urbanismo y una ordenación del territorio en los que las viviendas, los barrios, el transporte, etc. incorporen nuevas tecnologías para el ahorro energético, de modo que nos permitan disfrutar de una vida más placentera y ecológica.

Y, por supuesto, es el momento de que el “imperio de los técnicos” dé paso a los responsables políticos y a los ciudadanos con el propósito de que puedan participar de forma más activa en los procesos de reforma de nuestros pueblos y ciudades. Y también de que la tecnocracia y los grandes grupos de presión dejen de ser los que impongan unos proyectos que no tienen en cuenta el cambio climático ni el reequilibrio entre el pueblo y la ciudad, que ya no pueden esperar más.

Los políticos que salgan de las próximas elecciones, así como los diversos movimientos ciudadanos tendrán una gran responsabilidad en todo ello. Y asimismo deberán tener bien claro que el planeamiento urbanístico y, sobre todo, su gestión y disciplina serán herramientas básicas para la transformación de nuestros pueblos y ciudades.

(Juan Serna Martín, exconsejero de la Junta de Extremadura, es un destacado intelectual y activista medioambiental, escritor y columnista, Premio Nacional de Medio Ambiente 2022).

SOBRE EL AUTOR

Juan Serna, un intelectual de la ruralidad y el ecologismo

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