Cuando Alberto Oliart sacó a bailar a las mujeres de los generales

Fue el ministro de Defensa más breve de la Transición, pero el que rindió mayor y mejor servicio a España y a la democracia

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Alberto Oliart Saussol, un gran hombre. J.M. PAGADOR
Alberto Oliart Saussol, un gran hombre. J.M. PAGADOR

El impagable legado de Alberto Oliart Saussol como ministro de Defensa de España se resume y engrandece en solo cuatro logros clave: conjurar la amenaza inminente del golpismo militar, cambiar al presidente del tribunal militar que tan benévolo fue con los golpistas del 23F y recurrir las sentencias hasta incrementar las penas, renovar el CESID, que tan relevante papel tuvo en prevenir nuevas intentonas, y meter a España en la OTAN. Esto lo sabe todo el mundo, pero hay una cuestión que no hemos visto publicada hasta ahora y que el exministro de Defensa contó a este periodista en una larga conversación en 2007: la estrategia que siguió para lograr el acatamiento de la democracia por parte de los generales.

Madrid.-

Después del 23F, y en plena efervescencia golpista en los cuarteles, que no había quedado conjurada ni de lejos a pesar del fracaso de la intentona, el ministro bailó con las mujeres de los generales y los generales bailaron con Carmen, su mujer. Decirlo así suena a frivolidad, pero el contexto de este detalle de la estrategia caballerosa y gentil que puso en práctica el ministro para desactivar la amenaza, que contaremos a continuación, aclara algunas cosas.

Cuando me lo contó, Alberto me pidió no revelarlo entonces. Pero ahora que ha muerto me siento liberado de la promesa que le hice de que no lo contaría mientras él viviese. Publicar esta historia excepcional es nuestra forma de recordar y homenajear a un gran hombre, intelectual, poeta, empresario y persona cultísima, y uno de los mejores políticos de todo signo que ha tenido España.


En fiesta privada organizada en su casa logró el compromiso de lealtad de los generales con la democracia y la Constitución.


A lo largo de mi vida profesional me reuní, o hablé con Alberto en persona o telefónicamente, o le entrevisté en diferentes ocasiones. Una de ellas fue poco después del 23F, recién nombrado él ministro de Defensa. Hay que tener en cuenta que Alberto, nacido en Mérida -aunque de estirpes foráneas- se consideraba extremeño y, por tanto, algunos periodistas extremeños teníamos esa ventaja en nuestro acercamiento informativo a él. Pero, además, no sé por qué, él y yo congeniamos desde la primera vez que nos vimos, siempre se portó generosamente conmigo, facilitó mi tarea informativa cada vez que se lo solicité y accedió todas las veces que le pedí una entrevista. La última fue el lunes 19 de noviembre de 2007, cuando se cumplían 25 años de su salida como ministro de Defensa y del último gran atentado de ETA cuyo funeral -nada menos que el del general jefe de la División Acorazada Brunete- le tocó presidir en razón de su cargo, porque el presidente Calvo-Sotelo no asistió.

Fuera de cámara contó detalles aún más interesantes. J.M. PAGADOR
Fuera de cámara me contó detalles aún más interesantes. J.M. PAGADOR

Ese día de mi último encuentro informativo con Alberto Oliart pasé un buen número de horas con él, en el antes y el después de la amplia entrevista que le hice para mi programa de televisión Más que dos, emitido en Canal Extremadura TV y producido por Promotora de Emisoras de Televisión S.A. (PRETESA), para el que me había contratado el director de las empresas de radio y TV de PRISA en Extremadura, SER incluida, el periodista Ángel Luis López Bejarano, y que estuvo en antena más de dos años.

NOMBRADO EN EL PEOR MOMENTO

Alberto Oliart fue nombrado ministro de Defensa por el presidente Leopoldo Calvo-Sotelo Bustelo el 26 de febrero de 1981, solo tres días después del golpe del 23F que en tan grave peligro puso a nuestra democracia, y se mantuvo en el cargo hasta el 3 de diciembre de 1982, tras la victoria socialista de octubre de ese año, es decir poco más de 21 meses en total. Fue el mandato más breve de un ministro de Defensa de España, pero lo que hizo en tan poco tiempo ha pasado a la historia.


Se hizo cargo del ministerio más difícil en el peor momento, lo que es prueba de su valentía y espíritu de servicio.


Para que quienes no vivieron aquellos días se hagan cargo de las dificultades sociales y políticas del momento, y especialmente de la tarea inmensa del nuevo ministro de Defensa, hay que recordar cómo era la situación en los dos años escasos en los que Oliart fue titular de tan arriesgada cartera ministerial y las gravísimas dificultades que tuvo que sortear para mantener a las Fuerzas Armadas del lado de la democracia, con un ambiente de gran agitación social consecuencia del todavía no asentado sistema de partidos, sindicatos y autonomías, y con los asesinos de ETA matando españoles, entre ellos, muchos militares, casi todas las semanas.

Oliart, en los años 90, en sus tierras cercanas a Mérida. ARCHIVO PROPRONEWS
Oliart, en los años 90, en sus tierras cercanas a Mérida. ARCHIVO PROPRONEWS

El malestar del estamento militar era volcánico en aquellos momentos y el ruido de sables, continuo. En tales circunstancias, Alberto Oliart parecía el candidato menos apropiado para un cargo tan bizarro como el de mandar sobre aquellos militares recién salidos del franquismo. Según me contó, él no había tenido experiencias ni contactos previos con los mandos militares, salvo por haber coincidido con ellos en ocasiones protocolarias esporádicas, como consecuencia de haber ostentado altos cargos con anterioridad en los gobiernos de Adolfo Suárez, como ministro de Industria y ministro de Sanidad. Además, Alberto procedía del mundo jurídico, de la intelectualidad y la cultura, es decir, de un ámbito alejado de lo castrense. Pero fue precisamente esta falta de conocimiento previo, junto a la suavidad y la persuasión de que hacía gala siempre como el gran caballero que era, y la firmeza de que era capaz llegado el momento, lo que le permitió desarrollar aquella extraordinaria labor.


Por su talante humanista parecía el candidato menos apropiado para mandar sobre los militares, pero esa diplomacia fue precisamente la que le dio el éxito.


En cualquier caso, había que ser muy valiente para aceptar semejante cargo, el más difícil y comprometido del nuevo gobierno de Calvo-Sotelo. Y, vistos los hechos desde la perspectiva del tiempo, podemos concluir que fue precisamente la personalidad suave, cultivada, persuasiva y caballerosa de Alberto Oliart el secreto de su éxito, pues, probablemente otro hombre más rudo y autoritario que él habría fracasado con unos militares tan poco receptivos. Es decir, Alberto actuó con los mandos militares no como un áspero conmilitón, sino como un fino diplomático, y, para suerte de todos nosotros, eso le salió bien.

AÑOS DE PLOMO Y SANGRE

Pero situemos en el tiempo la llegada de Alberto Oliart al Ministerio de Defensa. En 1981 -su primer año como ministro- hubo en España 28 atentados de ETA, con 32 víctimas, la mayoría mortales. En 1982 -segundo y último año suyo al frente del ministerio-, fueron 35 atentados con 43 víctimas. 75 víctimas en total en solo dos años, entre ellas numerosos oficiales de las Fuerzas Armadas, tenientes coroneles, coroneles e incluso un general de División, el jefe de la Acorazada Brunete que fue asesinado el 4 de noviembre de 1982. Como último servicio a España, hay que imaginar el papelón de Alberto Oliart, ministro de Defensa saliente tras la arrolladora victoria de Felipe González el 28 de octubre de 1982, presidiendo el funeral del general asesinado, Víctor Lago Román, celebrado el día 6 de noviembre en el palacio de Buenavista, sede del Cuartel General del Ejército. La disciplina y la contención con que se desarrolló el acto -a diferencia de otros anteriores a la llegada de Oliart al ministerio-, fue ya prueba evidente de su legado de pacificación y control del estamento militar.

Su mano izquierda hizo mucho en su trato con los militares. JM PAGADOR
Su mano izquierda hizo mucho en su trato con los militares. JM PAGADOR

En aquella conversación de 2007, Alberto Oliart me contó su sufrimiento personal con cada atentado de ETA, especialmente si la víctima era un militar. Cada militar asesinado le causaba un enorme dolor personal que hacía especialmente penoso su trabajo diario en el ministerio y su obligada atención a los familiares de las víctimas, de las que nunca se olvidó.


Su reforma del CESID permitió descubrir y abortar a tiempo el “golpe de los coroneles”.


Pero el enrarecido clima castrense que le tocó vivir a Oliart era también consecuencia del juicio contra los implicados en el 23F, con los que simpatizaban muchos mandos militares, juicio que se celebró apenas un año después, dentro de su mandato como ministro de Defensa. Las penas iniciales impuestas por el tribunal militar a los acusados fueron irrisorias, solo seis años de prisión para el general Armada y otros once implicados. Oliart ordenó entonces a la Fiscalía que presentase recurso y, como consecuencia de ello, las penas se incrementaron notablemente, pasando de 6 a 30 años de prisión para los principales implicados, y castigando a otros que se habían librado.

Su apego a la tierra extremeña duró toda su vida. ARCHIVO PROPRONEWS
Su apego a la tierra extremeña duró toda su vida. ARCHIVO PROPRONEWS

EL BAILE DE LOS GENERALES

La entrevista que le hice en 2007 para televisión, que duró apenas media hora, no tiene nada que ver con lo que hablamos antes y después de aquella, especialmente después. Durante más de dos horas, Alberto Oliart me contó con pelos y señales cómo consiguió el compromiso de los generales de que no volverían a poner en peligro la democracia. Cuando terminó nuestra conversación, y como yo me había comprometido a no hacer público su contenido, inmediatamente me puse a anotar lo que me había contado, para que no se me olvidase. Y lo que me contó fue esto:

“Después de mi toma de posesión, pasados unos días para mi aterrizaje en el ministerio, me reuní con todos los capitanes generales para sondearles (eran once en total, al mando de las nueve Regiones Militares de la península, más las Capitanías Generales de Baleares y de Canarias), saber directamente de ellos su opinión sobre el golpe y cuál era su disposición personal en aquel momento. Casi todos ellos coincidieron en que hubieran sido favorables a un gobierno de concentración presidido por el general Armada y, en todo caso, mostraron su completa disconformidad con la situación política y social del país, a su juicio, de grave desorden y caos”.

En aquellos días difíciles, Alberto Oliart fue entrevistándose con otros altos cargos militares e incluso con los jefes de las principales unidades. Y entonces se le ocurrió una idea genial. Daría en su propia casa unas cuantas fiestas a las que iría invitando a los principales jefes militares del país con sus esposas, a fin de estrechar lazos con ellos, en un ambiente distendido fuera del ministerio, y recabar de cada uno un compromiso definitivo de lealtad.

Para ello, como los buenos anfitriones que eran él y Carmen, su esposa, en las sucesivas reuniones de tarde-noche fueron recibiendo en su casa a grupos de altos jefes militares, obsequiándoles con comida, bebida, música y conversación. De esta manera reunió en privado, además de a los capitanes generales, al presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor, a los jefes del Estado Mayor del Ejército de Tierra, del Aire y de la Armada, y a generales jefes de las principales unidades

“Saqué a bailar a las esposas de los generales -me contó Alberto- y ellos bailaron también con Carmen. Todo transcurrió en un ambiente cada vez más cordial y distendido. Y ya al final de la noche, cuando los invitados estaban complacidos y relajados, les llamé, uno por uno a un aparte, y les dije lo siguiente:

-Mi general, necesito tu colaboración sincera en esta hora difícil de España. Dame tu palabra de honor de que tu conducta siempre será disciplinada y leal y jamás intentarás nada contra la democracia.

Casi todos ellos se quedaron sorprendidos y alguno tardó unos instantes en reaccionar. Entonces añadí:

-Hasta hoy has desarrollado una estupenda carrera militar y yo voy a seguir autorizando nuevos ascensos tuyos hasta lo más alto posible, pero antes debes darme tu palabra de honor como soldado, que te he pedido, y tienes que hacerlo ahora. Si no lo haces, te ceso en este mismo momento, te desposeo del mando que ostentas y mañana publica el BOE tu pase a la reserva.

Finalmente, todos ellos me dieron su palabra de honor y quedaron comprometidos con el respeto al orden constitucional”.

Alguien ha dicho después que Alberto Oliart no fue lo suficientemente firme en su relación con los militares. Esta declaración prueba lo contrario. Como lo prueba el hecho de que reformara el CESID (Centro Superior de Información de la Defensa, el actual CNI), cuyo papel en el 23F había quedado bajo sospecha por no haber detectado ni denunciado el golpe que se preparaba. La reorganización del CESID que llevó a cabo Oliart incluyó el nombramiento de un nuevo director del servicio de inteligencia, el teniente coronel Emilio Alonso Manglano. Gracias a estos cambios pudo abortarse el nuevo golpe de Estado que se preparaba para la víspera de las elecciones generales del 28 de octubre, que ganaría el PSOE.

El exministro, en el plató de "Más que dos", con el presentador del programa, J.M. Pagador
El exministro, en el plató de “Más que dos”, con el presentador del programa, J.M. Pagador.

Porque si Oliart había logrado el compromiso de lealtad de los generales, por debajo de ellos campaban “los coroneles” y ese era otro cantar. A primeros de aquel octubre decisivo, el teniente coronel Manglano, cuyos agentes habían detectado la nueva trama golpista, se reunió con el presidente Calvo-Sotelo, el ministro de Defensa Oliart y el de Interior, Juan José Rosón, para informarles de lo que se cocía. El “golpe de los coroneles” fue abortado de inmediato, con, entre otras medidas fulminantes, la detención de los tres principales cabecillas, los coroneles de Artillería Luis Muñoz Gutiérrez y Jesús Crespo Cuspinera, y el hermano de este, el teniente coronel José Crespo Cuspinera. Lo demás, es historia y España quedó vacunada hasta hoy de nuevos intentos de golpes de Estado

Además de todo eso, Oliart introdujo a nuestro país en la OTAN, asistió a la reunión de la organización donde se izó por primera vez la bandera de España, y determinó el cambio de rumbo del PSOE, que de su negativa inicial a la Alianza, pasó al célebre “OTAN de entrada, no”, y al referéndum de su marcha atrás que “ganó/perdió” Felipe González, tras aquella esquizofrenia bisoña de los comienzos de su liderazgo.

Alberto Oliart, un gran hombre, un gran intelectual, un amigo y uno de los mejores políticos que ha tenido España acaba de morir. Nuestro respeto, nuestro recuerdo y nuestro homenaje a quien hizo lo mejor y lo más difícil en un increíblemente corto lapso de tiempo, rindiendo uno de los mejores servicios que un político ha prestado a nuestro país.

(José Mª Pagador es periodista y escritor, y fundador y director de PROPRONews. Sus últimos libros publicados son 74 sonetos (poesía, Fundación Academia Europea de Yuste), Los pecados increíbles (novela, De la Luna Libros), Susana y los hombres (relatos, Editora Regional de Extremadura) y El Viaje del Tiburón (novela, Caligrama Penguin Random House).

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