Llamadme rara…

Seré rara, pero a mí, esto de las Olimpiadas me parece un circo romano, aunque (por suerte) sin leones. Menos mal, porque según lo veo, en este ruedo las cristianas a devorar son ellas, las mujeres deportistas. Empezando por el bombazo de la retirada de Simone Biles, abrumada y superada por las desmesuradas exigencias del deporte de élite, siguiendo con la petición de matrimonio, en plena rueda de prensa, de un entrenador a su atleta, algo que a ciertas personas puede parecerle romántico, pero que resulta totalmente fuera de lugar; y añadimos los titulares machistas del calibre de: “La admiradora de Nadal que gana un oro”, y el colmo, el tamaño de las bragas.

¿Y cuando vengan a por mí?

En nuestro mundo, en nuestro país, en nuestras comunidades, en nuestras ciudades y en nuestros entornos más cercanos están sucediendo cosas que me han recordado las palabras de Martin Niemöller: “Primero vinieron a por los socialistas, y yo no dije nada, porque yo no era socialista. Luego vinieron por los sindicalistas, y yo no dije nada, porque yo no era sindicalista. Luego vinieron por los judíos y yo no dije nada porque yo no era judío. Luego vinieron a por mí y no quedó nadie para hablar por mí”.

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