lunes, 6 febrero, 2023
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Las tres vidas de Ana Valadas: revolucionaria en Portugal y misionera y empresaria en Mozambique

La ejemplar historia de una mujer independiente que terminó de encontrar su camino como emprendedora en uno de los países más pobres del mundo

Participó activamente en su país natal en la Revolución de los Claveles; luego se desencantó por el abuso que hizo el PCP de tantos jóvenes como ella y, en un giro radical de su vida, se hizo monja carmelita y misionera en Mozambique; finalmente, cansada del “pensamiento único” en el seno de las comunidades religiosas, pero imbuida de su vocación de ayuda y servicio a los demás, especialmente a los más necesitados, y armada con su independencia y su espíritu emprendedor, colgó los hábitos y se hizo empresaria, con una imprenta propia y numerosos empleados, pero sin marcharse de Mozambique, donde crea riqueza y colabora en el despegue y la prosperidad que algún día tiene que llegar a un país que no se rinde.

Nampula, Mozambique.-

Ana, menuda y pizpireta, llega como un cohete y riega las cuatro hortalizas que cultiva en su pequeño jardín. Está orgullosa de ese trocito de vida y verdor, y mimarlo es lo primero que hace tras una jornada intensa en la imprenta que dirige. Enciende su enésimo cigarrillo y aspira, feliz.

Todo muy normal, salvo que sucede en un barrio de Nampula, una de las ciudades más populosas de Mozambique, que es uno de los diez países más pobres del mundo y muy cerca de una guerra, la de Cabo Delgado, que contabiliza ya un buen número de muertos y dos millones de desplazados.


Es una de las pocas mujeres que regenta un negocio en un continente donde la mujer pinta bastante poco y donde no tener marido ni hijos es un drama.


Añadamos que Ana fue monja misionera durante 20 años, que colgó los hábitos por rebelde, y que hoy es una de las pocas mujeres que regenta un negocio en un continente donde la mujer pinta bastante poco y donde no tener marido ni hijos es un drama. Y aquí empieza esta historia que quiero contar.

Ana María Valadas, nació en Portugal, llegó hace muchísimos años a Mozambique, durante 20 fue misionera, luego abandonó los hábitos y emprendió un nuevo camino en un país que ama y que le duele al mismo tiempo.

Rebelde e independiente desde muy joven
Rebelde e independiente desde muy joven.

LA IMPRENTA

En mi imprenta -dice, tan orgullosa de los libros que edita como de las coles que cuida en su porche- yo solo acepto los trabajos que me gustan.

Toda una declaración de intenciones.

A punto de jubilarse repasa una trayectoria intensa, en la que su espíritu crítico le ha forjado un carácter de hierro y una claridad de mente que le ha acarreado, de propina, bastantes disgustos.

Nació en Reguengos de Monsaraz, con 11 años se fue a Lisboa, estudió Contabilidad y Administración y encontró un buen trabajo. Presionada por sus padres y su empresa empezó Derecho, pero no le gustó. Cuando apenas era una veinteañera, en su primer curso de universidad, vivió intensamente comprometida la Revolución de los Claveles.

Llena de ilusión, pero también de dudas -recuerda-, el PC nos utilizó y se aprovechó de los que estábamos más a la izquierda, de los más radicales.

Ese desencanto, por un lado, y su admiración por Santa Teresa de Jesús, por otro, la llevaron a decidir que las carmelitas serían su hogar. Recaló como aspirante en Madrid, en el barrio de Canillejas, trabajando con personas vulnerables, jóvenes perdidos en las drogas.

Fue monja durante 20 años.
Fue monja durante 20 años.

SI SE PIENSA IGUAL, NADIE PIENSA

Inició los estudios de Teología en Portugal, pero allí no había diálogo.

Todo el mundo pensaba igual, y si todos piensan igual, nadie piensa.

De manera que marchó a Salamanca para continuar.

Asegura no haberse sentido marginada por ser de las pocas mujeres universitarias de entonces.

En Teología se puede decir que estábamos divididos entre los de izquierdas, Teología de la Liberación, y los de derechas, Opus, pero a mí, que estaba entre los primeros, los del Opus me pasaban los apuntes, cosa que no hacían con mis compañeros. A ellos no, a mí sí, creo que porque mi presencia resultaba exótica.


Cuando apenas era una veinteañera, en su primer curso de universidad, vivió intensamente comprometida la Revolución de los Claveles


En la imprenta fue distinto con sus socios, pues se valoraba más profesionalmente a los hombres, aunque, en caso de necesidad, los trabajadores recurrían a ella, “porque sabían con quién se podía contar.”

Cuba era su destino soñado como misionera, pero la enviaron a Mozambique y allí pasó dos décadas de vida religiosa.

Me la imagino fumando en su cuarto y aireándolo con energía para espantar el olor a tabaco, mientras aguardo a que encienda el siguiente y sigo escuchando atenta.

Siempre he sido muy rebelde, una persona complicada por mi individualidad y mi pensamiento independiente. Noté mucha diferencia entre la congregación de Madrid, muy de vanguardia, y la de Mozambique, y choqué; aquí eran mucho más tradicionales. Yo he sido siempre muy libre de pensamiento y en la comunidad religiosa todas las personas van por la misma carretera. No es lo mío.

Una gran labor de alfabetización.
Una gran labor de alfabetización.

Enlaza un cigarrillo con otro y continúa:

No sé si esa uniformidad es por obediencia o por tontería, porque en la congregación no está prohibido pensar, son las propias hermanas las que prefieren seguir lo que digan las superioras sin cuestionarlo. -Y remata:- Fui muy feliz con la vida de misionera, daba clases, trabajaba en proyectos de alfabetización en los poblados, creía en la labor que hacía y por eso di mucho margen, pero tenía enfrente la línea de mis hermanas y era complicado, no encajaba.

PATERNALISMO Y DEPENDENCIA

Le pregunto si, ahora, tantos años después, cree que hizo bien dejando aquella vida o piensa que hubiera sido más útil siguiendo en la congregación.

Soy muy crítica, no soy la persona ideal para hablar. -Pero se lanza, (es su espíritu rebelde).- Creo que hay dos líneas en la Misión, una es la paternalista o maternalista, de dependencia. Los misioneros y misioneras ofrecen mucho a las personas que atienden, esas personas están contentas y satisfechas, y eso es muy gratificante para el que da, pero un grupo, más pequeño, no compartimos esta actitud. Yo decía a mis hermanas, que dar camisas de segunda mano a la gente estaba bien, pero yo quería trabajar para que la gente tuviera su propio dinero y se compraran la camisa. Esa es la diferencia, afirma rotunda, y ese grupo, que también existe, somos menos, pero mis hermanas no lo entendían.


Fue monja misionera durante 20 años y luego colgó los hábitos por rebelde.


Ana tenía 50 años cuando abandonó el convento, trabajaba entonces en un proyecto de divulgación de la llamada Ley de Tierras. El proyecto tenía dos vertientes, la dedicada a la tierra y la de alfabetización.

Yo estaba en esta última, me dieron un presupuesto para crear 30 o 40 grupos en zonas rurales y con ese dinero conseguí llegar a casi 120. El proyecto era de la diócesis, funcionaba bien, pero la religiosa que llevaba la ley de tierras enfermó de cáncer y regresó a Brasil; yo no podía asumir su parte, no soy abogada, de manera que el proyecto quedó dormido, ya hay demasiada gente en la vida religiosa dando opiniones de lo que no sabe y yo nunca he estado en ese lado.

Así que ahí tenemos a Ana, con 50 años, después de 20 de vida misionera, en un país africano, con estudios de teología y contabilidad, pero sin trabajo.

Con los niños de su amado Mozambique.
Con los niños de su amado Mozambique.

HERENCIA Y EMPRESARIA

Encontrarlo era difícil, así que con una herencia de mis padres compré una participación en una imprenta.

Ana empezó una nueva etapa que compatibilizaba con charlas y encuentros sobre alfabetización.

Y así fue como me quedé en Mozambique -porque ella seguía sintiéndose atada a sus ideales, a sus ganas de trabajar por una sociedad mejor.- No podía olvidar esa faceta, y que lo hecho hasta ese momento se perdiera, que, por cierto, es lo que yo criticaba y señalaba como un problema misionero. Se empieza algo muy grande y muy bonito, se va esa persona y se termina todo, no hay continuidad; después viene otra persona y empieza otro proyecto y cuando se va, otra vez termina todo, por eso se está empezando siempre y hay pocos resultados. Tenemos que tener muy claro que nosotros no somos de Mozambique, tenemos que hacer siempre las cosas de forma que pueda haber continuidad, si es necesario con acuerdos con el gobierno, para que se mantenga lo que se empieza, pero fui muy feliz con mi trabajo de misionera.


“Encontrar trabajo en Mozambique era difícil, así que con una herencia de mis padres compré una participación en una imprenta”.


-¿En la imprenta, ¿qué haces?

Ella sonríe y suelta ese envidiable:

Solo acepto los encargos que me gustan.

Así cualquiera, pienso, mientras Ana me relata que ha llegado a tener hasta 18 trabajadores fijos, plantilla que completaba con eventuales cuando había volumen de trabajo extra. Casi siempre mujeres, añade, algo que tiene claro.

Aunque parezca lo contrario, Mozambique es un país con bastante representación femenina en empresas importantes o en puestos de poder.

Independiente y segura de sí misma.
Independiente y segura de sí misma.

CULTURAS EN MOZAMBIQUE

Pongo cara de asombro y pienso en esas mujeres del mundo rural que no son nadie sin un marido, pero Ana me amplía la visión.

En este momento no existe una cultura única en Mozambique, existen varias culturas paralelas. Hay mujeres que han estudiado y tienen un lugar en la sociedad acorde con su formación, pero hay otras que, habiendo, incluso, estudiado un poco, siguen ancladas a su tradición, y esas difícilmente van a prosperar para abrir camino al resto. La mozambiqueña tiene que librarse de la parte negativa de la tradición, no de su cultura, que es otra cosa, pero de la parte negativa sí. En las manos de las mujeres está la responsabilidad y el futuro, pero queda mucho trabajo. Las misioneras hemos impartido muchos cursillos, pero no veo demasiados resultados, algo habremos hecho mal, tenemos que seguir, pero es necesario cambiar el proceso.

-¿Y por qué te gusta tanto Mozambique?

Vuelve a reír y me devuelve la pregunta.

¿Es por sus atardeceres, nooooo, porque también los hay bonitos en Angola, Cabo verde o Ecuador. ¿Por sus bellos niños?, tampoco, porque los niños son bonitos en todos los lugares. A mí me gusta Mozambique por su gente, por ser como es, y me da rabia que los europeos vengan a dar lecciones, como si solo en Mozambique hubiera problemas; porque el ser humano es así, unos quieren subyugar a otros, ambicionan el poder y ese es el tema en cualquier rincón del planeta. Y algo más…, la gente que alegremente repite ¡qué mal está Mozambique! Pues claro, pero también Portugal, y otros muchos países. ¿Que hay corrupción? También, pero la hay en todos sitios. La diferencia es el número de ceros que sigue a la cifra inicial. Hay problemas sí, pero tengo esperanza, las cosas han cambiado mucho desde que yo llegué, hemos evolucionado en pocos años lo que en otros países se consigue en décadas, y eso abre muchas expectativas.

Trabajando en su imprenta, con sus empleadas.
Trabajando en su imprenta, con sus empleadas.

Enciende otro pitillo. A estas horas, el sol del atardecer tiñe el ambiente de un cálido dorado. Ha comprado unos yogures que solo llegan a las tiendas de cuando en cuando, una golosina, en mi honor. Abrimos una botella de vino, el salón está inundado por el humo y brindamos por la ilusión de un país próspero, porque aún con todos sus problemas y con la cercanía de la guerra de Cabo Delgado, que tanto dolor y muerte está generando, Mozambique sobrevivirá.

Chin Chin.

(Elisa Blázquez Zarcero es periodista y escritora. Su último libro publicado es la novela La mujer que se casó consigo misma. Diputación de Badajoz).

SOBRE LA AUTORA

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