La mujer macúa, reina por méritos propios

Los macúa son la etnia mayoritaria del país

595
Reinas.
Reinas.

Tienen porte de reinas. La barbilla alta, no por soberbia, sino por nobleza. La mirada franca y tímida a un tiempo, la sonrisa abierta y cálida, los ojos inmensos y amables. Una capulana de colores vibrantes les envuelve las caderas y otra el pelo. Siempre con un hijo agarrado al pecho. La maternidad y la belleza son consustanciales a las mujeres macúa, el pueblo mayoritario de Mozambique.

En el poblado donde vive Anatercia Rosario no hay luz, ni agua corriente, ni saneamiento. Lo primero que impacta es el color del suelo, arena roja y fina y, acto seguido, la extremada limpieza de su vestimenta. Ellas van siempre impecables. Cualquier cazatalentos americano encontraría aquí al menos una veintena de bellezas espectaculares, que arrasarían en las pasarelas de los más exquisitos desfiles de alta costura. La cadencia y sensualidad de sus andares es otra de las particularidades que marcan su estilo innato.


La cadencia y sensualidad de sus andares es otra de las particularidades que marcan su estilo innato.


Anatercia es una de estas mujeres. Tiene 24 años, tres hijos, vive en una payota, la vivienda tradicional de los macúa, hecha con barro, cañas y paja, casi sin ventanas, para mantener el fresco en los meses de calor sofocante. Su aldea es Napari, a unos sesenta kilómetros escasos de la ciudad de Nampula, pero a tres siglos de la civilización.


La mujer macúa, Cecilia Constantino es un ejemplo, quiere estudiar y progresar.


Anatercia se levanta a las cinco de la mañana. Su primera ocupación es barrer la cabaña y el quintal, trozo de tierra que la rodea, luego se pone un recipiente a la cabeza, y con el bebé mamando de su teta, va al pozo a por el agua necesaria para las tareas de la jornada. La más laboriosa, la austera comida, elaborada al fuego, con leña, que también acarrean las mujeres. Los maridos, mientras tanto, van a la machamba, el huerto al que intentar sacarle algo a base de esfuerzo. La tierra es fecunda, pero el clima no da para cosechas abundantes.

DIVERSIÓN AL CAER EL DÍA

Anatercia ríe cuando le pregunto qué hace para divertirse: «siempre hay un rato -dice- al caer el día. Entonces me reúno con mis amigas para hacernos trenzas, reírnos, charlar…”

– ¿Y de qué habláis?

– De nuestros problemas, de los hijos, del futuro que queremos para ellos.

Las mujeres macúa pertenecen a una etnia matrilineal. Los hijos, el bien más preciado, pertenecen a la madre. En caso de divorcio se quedan siempre con ella, sin que tenga que mediar ningún pleito.

El divorcio está muy implantado. Es muy frecuente, y es frecuente también que, tras una separación, las mujeres vuelvan a casarse.

Podrían ser modelos. Y lo son, de sacrificio y coraje.
Podrían ser modelos. Y lo son, de sacrificio y coraje.

Anatercia Rosario tiene completada la educación primaria, pero ahí lo dejó. La única escuela de la zona, que cubre una población de cien mil habitantes, dista ocho kilómetros de su lugar de residencia. Dieciséis a recorrer a pie, ida y vuelta, día a día, con una temperatura que puede pasar de los 45 grados, o bajo lluvias torrenciales e imprevistas, y todo para recibir las clases en el suelo, puesto que ni bancos tienen las aulas.

La miro e indago, con muchísimo respeto y cierta vergüenza, desde mi cómoda vida, si es feliz, mientras pienso: ¿cómo se puede ser feliz, si nunca se ha ido al cine o al teatro, sin leer las últimas novedades literarias, sin ver la temporada final de Juego de Tronos, sin escuchar más música que los cánticos y batuques de los jóvenes del poblado los días de fiesta, sin más luz que la del sol o la luna, sin una potente ducha de agua cayendo sobre tu cuerpo, si ella, con suerte, duerme en una «kitanga», una cama de palos y estera dura como una piedra, pero en alto, para esquivar los animales rastreros que rondan la noche africana? ¿Cómo?

¿FELICIDAD? NORMAL

¿Eres feliz?, insisto acongojada, y contesta con un escueto: «normal», y vuelve a inundarme con su espléndida sonrisa.

Esta palabra, en boca de un macúa, es difícil de interpretar. No significa ni bien ni mal, tampoco expresa RESIGNACIÓN. Es, tal y como dice ella, encogiendo un hombro y entornando los párpados intrigada, «normal». Me descoloca.

Anatercia Rosario con su hijo pequeño.
Anatercia Rosario con su hijo pequeño.

Pero algunas han dado un salto. Es el caso de Cecilia Constantino, amiga de Anatercia, nacida en una aldea próxima. Cecilia estudió secundaria con mucho esfuerzo. Estuvo en un internado en Nampula, después de convencer a sus padres, siendo una niña, que, a pesar de las reticencias, ya adivinaban en ella, lo que ahora es, una mujer resuelta, inteligente, luchadora.

Gracias a una beca de las misioneras inició los estudios de Gestión y Administración; pero «conocí un rapaz –dice-, me enamoré de él, y tanto jugamos que me quedé embarazada. Él no quería asumir la responsabilidad y me pidió que abortara, pero no lo hice, seguí adelante, yendo a clase y ocultando mi estado durante meses».

Confesárselo a sus padres fue una odisea y contárselo a las monjas del internado otra, pero ambos respondieron bien. Los padres la apoyaron y las misioneras diocesanas primero, y la congregación de los combonianos después, la volvieron a becar, posibilitando así que continuara los estudios, aunque ya fuera del internado.

Cecilia Constantino quiere estudiar una carrera.
Cecilia Constantino quiere estudiar una carrera.

Cuando nació Euclides, su hijo, una de sus hermanas vino a vivir con ella y la ayudó con la crianza. Entonces hizo acto de presencia su antiguo enamorado, que quería reanudar las relaciones. Cecilia no aceptó y emprendió su camino en solitario.

Hoy tiene 27 años, acaba de comprar su propia casa, es la secretaria, y lleva la Administración de la revista Vida Nova, donde va a trabajar a diario montada en su bicicleta. Aunque no le faltan pretendientes, la experiencia con el padre de su hijo la ha vuelto escéptica ante el amor. Su verdadero y más acariciado sueño es ir a la Universidad y estudiar una carrera.

Lo conseguirá, con toda seguridad. En Cecilia se aúnan la fortaleza de las mujeres macúa y la ilusión por conseguir una vida libre, independiente y feliz. Una existencia donde no sea necesario acarrear veinte litros de agua haciendo equilibrios con la cabeza, donde poder usar un cuarto de baño y no una letrina consistente en un agujero en el suelo, donde, en definitiva, la vida sea un poco más fácil que la de su pueblo, los macúa, los más pobres de entre los pobres.

(Textos y fotos de Elisa Blázquez Zarcero)