domingo, 2 octubre, 2022
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El pueblo ruso no tiene la culpa

Esta no es la guerra de Rusia, sino la guerra de Putin

El pueblo ruso no tiene la culpa de la guerra de Putin. Esta no es la guerra de Rusia, sino la guerra de un tirano. Son numerosas las pruebas de que el pueblo ruso está en contra de esta guerra y son ya decenas de miles los ciudadanos rusos detenidos o represaliados por expresar su opinión contraria a la guerra. No podemos aceptar ni permitir que en Occidente se reprima, se castigue o se margine a deportistas, artistas, músicos, creadores científicos o instituciones artísticas y culturales rusas, que son absolutamente inocentes de lo que sucede y a los que no podemos exigir que se jueguen su libertad, su carrera, e incluso su vida, frente al tirano, cuando, además, la inmensa mayoría de los ciudadanos occidentales no se atreverían a hacerlo si estuviesen en su caso, como ocurrió en España durante 40 años de franquismo.

Madrid.-

Exigir, desde la segura comodidad de nuestros sofás, a destacadas figuras del arte, de la música o del deporte ruso que se manifiesten públicamente contra la guerra es un acto cruel e hipócrita, además de gratuito e infértil. ¿Cuántos de los ciudadanos occidentales se atreverían a hacer eso si estuviesen en su piel? ¿Cuántos ciudadanos españoles se atrevieron a hacerlo durante los cuarenta interminables años de franquismo?

¿Cuántos de nosotros habrían regresado a Rusia para ser encarcelados, después de haber sido envenenados, como hizo Alexei Navalny? ILYALSAEV
¿Cuántos de nosotros habrían regresado a Rusia para ser encarcelados, después de haber sido envenenados, como hizo Alexei Navalny? ILYALSAEV

El pueblo ruso ha dado pruebas más que sobradas de su posición frente al dictador. Las decenas de miles de personas que se manifiestan a diario contra la guerra en las ciudades rusas, muchas de las cuales son golpeadas, vejadas y detenidas; los numerosos periodistas rusos que osan desafiar al Kremlin -cuyos ejemplos más palpables, entre otros muchos, son Anna Politkóskaya, asesinada por su oposición a Putin, y Marina Ovsiannikova, presentadora de la televisión estatal rusa, que se atrevió a irrumpir en el telediario de mayor audiencia con una pancarta contra la guerra y gritando su oposición, acto que sin duda le costará su empleo y hasta quince años de cárcel-; los numerosos opositores y disidentes que han sido asesinados, envenenados, atacados o encarcelados -de los cuales Alexei Navalny, activista demócrata y opositor declarado de Putin, que fue envenenado, estuvo a punto de perder la vida y tuvo el valor de regresar a Rusia a sabiendas de que iba a ser encarcelado y del peligro cierto que corre su vida- es el paradigma; todos ellos son un ejemplo de resistencia contra la tiranía, de lucha heroica por la libertad y la democracia, y en un grado que la inmensa mayoría de nosotros no se atrevería ni de lejos.

¿Cuántos ciudadanos españoles, incluso más jóvenes que esta manifestante rusa, se atrevieron a hacer esto durante el franquismo?
¿Cuántos ciudadanos españoles, incluso más jóvenes que esta manifestante rusa, se atrevieron a hacer esto durante el franquismo?

EL PUEBLO RUSO, VÍCTIMA

Después del pueblo ucraniano, el pueblo ruso es la principal víctima de la guerra de Putin y está sufriendo en un grado atroz las consecuencias del bloqueo de la economía rusa por parte de Occidente. Una necesaria medida disuasoria frente a Putin, de acuerdo, pero cuyos efectos recaen en primer lugar sobre la ciudadanía inocente.


Culpar a la ciudadanía rusa y exigirle heroísmos que ni siquiera se producen en Occidente, y aquí brillaron por su ausencia durante el franquismo, es hipócrita y vil.


A este lado del frente, las consecuencias de la guerra son si suben o no la gasolina y la electricidad -cuyo coste pronto se compensará-; si empiezan a escasear determinados productos -que de inmediato volverán a las estanterías-; si la inflación sube un punto más o el crecimiento del PIB se reduce en un punto; o si la bolsa baja o sube. Problemas todos que las poderosas economías occidentales solventarán enseguida. En cambio, en Rusia la bolsa de Moscú lleva cerrada casi un mes, el rublo prácticamente no vale nada, los bienes de primera necesidad escasean o se han puesto por las nubes, hay corralito sobre las escasas divisas, centenares de miles de personas han perdido sus trabajos por la marcha de empresas y el boicot de Occidente y los precios se han disparado hasta extremos inasumibles por una ciudadanía pobre, cuya renta per cápita es tres veces inferior a la española. Y, encima, desde la comodidad de nuestros sillones, pretendemos que, además, se manifiesten públicamente contra el dictador.

Vamos a reconsiderar nuestra postura colectiva en relación con el pueblo ruso, antes de que su ciudadanía nos odie. Vamos a mostrar nuestra solidaridad con los ciudadanos rusos, antes de que ellos terminen de romper todo lazo con estas sociedades que se llaman democráticas y que les están dado la espalda. Y vamos a estrechar nuestros lazos ciudadanos con el pueblo ruso, que no tiene culpa de nada, haciendo cosas como permitir que sus artistas actúen o expongan en nuestras ciudades, sus museos en Europa permanezcan abiertos, sus actividades culturales en nuestro suelo no se suspendan, y se mantenga la cooperación en todos los campos que son ajenos por completo a Putin y a la guerra.

Y hagámoslo antes de que sea tarde y necesitemos dos o tres generaciones para que el pueblo ruso, inocente de toda inocencia, pueda volver a confiar en nosotros.

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