lunes, 15 julio, 2024
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La invasión de la derecha en los caladeros electorales tradicionales de la izquierda

Para aspirar a gobernar es imprescindible hacerse cargo del estado de ánimo de la gente

El futuro de quien aspira a gobernar pasa por aprender a leer el estado de ánimo de la gente en cada momento y hacerse cargo de él. Esto que en principio parece una cuestión fácil, en realidad entraña una gran dificultad y, a menudo, las ofertas que se hacen a la ciudadanía están mal diseñadas, porque no se han interpretado bien los deseos y aspiraciones de las personas. Por eso, y entre otros factores, se produce una evidente invasión de la derecha en los caladeros electorales tradicionales de la izquierda

Juan Carlos Casco Casco
Juan Carlos Casco Casco

¿Cuál es el estado de ánimo de la mayoría social?

El estado de ánimo de la mayoría de las personas de la clase baja y media baja es: “ahora estoy jodido, yo no soy de esta clase social y aspiro a salir cuanto antes de aquí y mejorar mi vida; sueño con ascender y hacerlo rápido, ganar más dinero y sacar adelante a mi familia… aunque soy pobre en este momento, no me considero pobre y me molesta que me identifiquen como tal, por nada del mundo quiero que me encasillen en esta categoría”.

Y el estado de ánimo mayoritario de las personas de la clase media y alta es: “evidentemente soy clase alta y aspiro a todas sus ventajas porque yo lo valgo, la mayor desgracia que me puede ocurrir es descender o que alguien me considere por debajo de mi categoría ”.

Una parte importante de las personas de clase social baja no solo ha perdido la conciencia de clase, sino que denigran de la clase baja.

¿Qué deseos tiene la gente?

Conocer los deseos y las aspiraciones de las personas es crucial para poder hacer una oferta política exitosa. Sin embargo, hay que saber hacer la pregunta correctamente si queremos conocer su sentir verdadero, porque las personas mentimos como bellacas. Cuando alguien nos formula la pregunta ¿qué le importa a la gente?, solemos responder: ser rica, ganar más dinero, tener más cosas, o vivir mejor. Sin embargo cuando nos preguntan ¿qué te importa a ti?, la respuesta suele ser: a mí no me importa el dinero, me preocupa la igualdad, que todo el mundo viva bien… Ahora juzguen ustedes cuando estamos diciendo la verdad o mintiendo.


Como afirma el Dalai Lama, todo el mundo quiere ser feliz, todo el mundo quiere tener una vida exitosa. ¿Tan difícil de entender es esto?


El futuro de quien aspira a gobernar pasa por aprender a leer el estado de ánimo de la gente en cada momento y hacerse cargo de él. Esto que en principio parece una cuestión fácil, en realidad entraña una gran dificultad y, a menudo, las ofertas que se hacen a la ciudadanía están mal diseñadas porque no se han interpretado bien los deseos y aspiraciones de las personas.

Los principios, valores, necesidades, deseos y aspiraciones de las personas, no son fijos, cambian con el tiempo.

Hace 50 años, una gran parte de la sociedad tenía conciencia de clase y la mayoría de las personas se sentían cómodas identificándose con su clase social (mayoritariamente baja o media baja). Hoy, ese sentimiento es minoritario, la mayoría de las personas de clase baja o media baja, se sienten incómodas cuando alguien les encasilla ahí porque no la consideran su ubicación natural. Aunque los demás las veamos como pobres, ellas no se ven a sí mismas así, lo interpretan más bien como una situación transitoria de la que salir cuanto antes y evitar esa vergüenza; denigran de esa condición en lugar de sentir orgullo como antaño. Prueba de ello es que el voto de los partidos de derecha se ha vuelto transversal al llenar sus redes en los caladeros tradicionales de la izquierda.

La invasión de la derecha en los caladeros electorales tradicionales de la izquierda¿Qué le importa a la gente?

La mayor parte de las personas quiere prosperar y muchas de ellas están dispuestas a unir su futuro a quien les pueda hacer sentir clase alta sin serlo, se encuentran cómodas al ser consideradas como “uno de los suyos” antes que “chusma” y “populacho”; juguetear con la fantasía de ser ricos en el futuro aunque esté sustentada en una promesa mentirosa. Nos guste o no, así funcionan la mente y los deseos de mucha gente.


Conocer los deseos y las aspiraciones de las personas es crucial para poder hacer una oferta política exitosa.


La mente prefiere la ficción de vivir con la fantasía de ser rico algún día antes que imaginar un horizonte de condena a subsidios sociales (aunque con esta última realidad se pueda comer y con la primera no). A las personas les incomoda una propuesta que les iguale por abajo, la gente quiere esperanza aunque sea suministrada en dosis de fantasía. La mente es fácilmente “hackeable” y manipulable, condición que conocen a la perfección ciertos estrategas que se valen de esta argucia para conseguir incluso que los pobres piensen y actúen como si fueran ricos.

Y este es el estado de ánimo mayoritario de una gran masa social de votantes, cuyo deseo es la ascendencia rápida. Y quien quiera ganar elecciones tiene que hacerse cargo de ello, cuestiones de las que la izquierda no quiere oír ni hablar, y hasta que no lo racionalice y digiera, lo va a pagar muy caro.

«…la gente quiere esperanza, aunque sea suministrada en dosis de fantasía…»

El foco de la oferta política no puede ser café para todos, dando por descontado que hay que procurar los medios para que todas las personas puedan vivir con dignidad. Sin embargo, la inteligencia política está en hacer compatible la justicia social que vela porque nadie se quede atrás, pero poniendo el foco en la ascendencia social y el énfasis en procurar que la mayor parte de los ciudadanos salgan adelante y despunten.

El mayor desafío de la izquierda en el siglo XXI es incrementar exponencialmente el número de clase media y de “ricos”, como política para disminuir el número de pobres y elevar el nivel de las prestaciones a los que tienen más necesidades, subiendo con ello el listón que nos iguala.

Hay que saber interpretar los deseos y las necesidades de la gente, porque deseos y necesidades no son la misma cosa ni se pueden meter en el mismo saco

Aunque la gente tiene necesidades que cubrir, se mueve por deseos, sobre todo en las sociedades donde las necesidades muy básicas están cubiertas. La prueba está en que muchas personas ante la oferta de la izquierda de satisfacer sus necesidades y la promesa inconcreta (fantasía) de la derecha de alcanzar sus deseos, opta por la segunda.

Los deseos y aspiraciones de muchas personas no es quedar todas igualadas en una estrecha franja, es tener un horizonte abierto de posibilidades que les permita prosperar y tener más riqueza y bienestar. La mayor parte de la gente no desea la igualdad, aspira a tener más oportunidades que le permita salir del promedio y poder despuntar.

Una oferta política que se centre en garantizar un promedio bajo es candidata a cadáver

La gente interpreta automáticamente que una política basada en subsidios sociales, supone una condena, una falta de ideas para crear valor y riqueza, una resignación y claudicación por parte de quién la propone. La declaración explícita de no tener un proyecto de futuro más allá del recurso a una “limosna generosa”.


El sentimiento de pertenencia a una clase es minoritario y la mayoría de las personas de clase baja o media baja se sienten incómodas cuando se las encasilla ahí.


Muchos candidatos a renta social, aunque la toman por necesidad, no la quieren como promesa y muchos de ellos denigran de quien se la ofrece.

Una oferta política inteligente ha de conciliar la conciencia individual y la colectiva, es decir, velar porque cada persona alcance sus legítimos deseos mientras se garantizan las necesidades mínimas.

Libertad, igualdad, solidaridad

Los diferentes ensayos políticos para construir sociedades igualitarias (comunismo, anarquismo) se han saldado con fracasos estrepitosos, ¿eso significa que haya que renunciar al principio de la igualdad?, entiendo que no, pero sí actualizarlo para proveer de una vida digna a todos los ciudadanos y garantizar la igualdad de oportunidades a la vez para facilitar la ascendencia social.

Como por ahora no se ha conseguido articular ninguna sociedad basada en la igualdad, el único recurso que nos queda es el de la solidaridad, como principio para estrechar las brechas sociales y avanzar hacia sociedades más justas y equitativas.

La mayor parte de la gente quiere ser rica y feliz.

En resumen, y dicho burdamente, la mayoría de la gente sueña con ser rica, pero mentimos cuando se nos pregunta individualmente por ello. Lo mismo que cuando nos preguntan si la gente es feliz y respondemos que no, pero si la pregunta es si yo soy feliz, respondemos que sí. Igual que si nos preguntan por el número de pobres y a continuación nos preguntan individualmente si nos consideramos pobres.


Los deseos y aspiraciones de muchas personas no es quedar todas igualadas en una estrecha franja social, sino tener un horizonte abierto de posibilidades que les permita prosperar.


Y a partir de aquí, podemos seguir contándonos mentiras y haciéndonos trampas al solitario, convirtiendo la hipocresía en moneda de cambio, diciendo unas cosas y sintiendo las contrarias, atrapados en discursos grandilocuentes cuajados de principios y valores decimonónicos que a la mayoría social le importa un bledo. Mientras el mundo discurre por otros derroteros, nos escoramos en la marginalidad y enrumbamos al abismo de la irrelevancia. ¿Tan difícil es entender esto? ¿Tan difícil es reconocer lo que la mayoría piensa y siente?

La mayor parte de la gente quiere ser rica y feliz

En resumen, y dicho burdamente, la mayoría de la gente sueña con ser rica, pero mentimos cuando se nos pregunta individualmente por ello. Lo mismo que cuando nos preguntan si la gente es feliz y respondemos que no, pero si la pregunta es si yo soy feliz, respondemos que sí. Igual que si nos preguntan por el número de pobres y a continuación nos preguntan individualmente si nos consideramos pobres.

Y a partir de aquí, podemos seguir contándonos mentiras y haciéndonos trampas al solitario, convirtiendo la hipocresía en moneda de cambio, diciendo unas cosas y sintiendo las contrarias, atrapados en discursos grandilocuentes cuajados de principios y valores decimonónicos que a la mayoría social le importa un bledo. Mientras el mundo discurre por otros derroteros, nos escoramos en la marginalidad y enrumbamos al abismo de la irrelevancia. ¿Tan difícil es entender esto? ¿Tan difícil es reconocer lo que la mayoría piensa y siente?

El objetivo ha de ser crear riqueza

Tenemos que dejar de criminalizar la riqueza, más aún cuando es una aspiración legítima de la ciudadanía que hay que promover y estimular, porque la riqueza genera riqueza, actividad, empresas, empleos… y cuando se promueve, se recaudan más impuestos, se aumenta el gasto social y ponen las bases para que más personas sigan ascendiendo.


Solo un reducido número de políticos inteligentes entienden la importancia capital de leer el estado de ánimo de la gente y hacerse cargo de él.


Desgraciadamente vivimos en un país donde la etiqueta de la riqueza ha estado asociada a las formas más denigrantes de la misma, en estereotipos indeseables del pasado, como el señorito andaluz, el noble pervertido del barrio de Salamanca, el hombre del casino provinciano de Machado o el banquero sin escrúpulos que busca el pelotazo.

Pero ese no es el modelo. Si la vocación de los ciudadanos es la riqueza, tenemos ejemplos mucho más edificantes encarnados en personas como Amancio Ortega o Antonio Huertas, que son emprendedores con un gran compromiso y conciencia social, por no citar a miles de conciudadanos que cada día se afanan por generar riqueza y crear un mundo más próspero y solidario.

La calidad de la política es tan baja, que con romper el estereotipo del señorito andaluz y aparecer como una persona normal, es suficiente para ganar unas elecciones.
La oferta política: “tengo un plan para que la gente de la clase baja pueda ascender a la clase media y alta”, es mucho más seductora y encaja mejor con el estado de ánimo actual de la sociedad.

Lo que mucha gente quiere cuando vota es pulsar la palanca para levantar sus sueños, y eso empieza por unirse a quien es capaz de generar más esperanza y quien se hace cargo de su estado de ánimo.

Los seres humanos nos movemos entre nuestros recuerdos y lealtades al pasado y nuestras esperanzas de futuro, sabiendo que la fuerza que nos empuja es el deseo y que somos capaces de unirnos incluso a los que nos prometen un cielo, aunque contradiga nuestro sentido común.

Como afirma el Dalai Lama, todo el mundo quiere ser feliz, todo el mundo quiere tener una vida exitosa. ¿Tan difícil de entender es esto?

Aunque la mayoría sabemos que los factores que configuran la intención de voto son múltiples y complejos, como una crisis sobrevenida, una pandemia, una guerra, la inflación, la manipulación de los medios de comunicación, la criminalización del diferente o el extranjero, la canalización del descontento en torno a promesas imposibles… Solo un reducido número de políticos inteligentes entienden la importancia capital de leer el estado de ánimo de la gente y hacerse cargo de él. Con buen tino, claro.

Cuando mucha gente vota lo hace entre la lealtad a sus antepasados y la ilusión para él y los suyos; con la esperanza delante y los recuerdos detrás. Un acto poco racional y muy emocional.

Uno de los problemas que tienen las sociedades occidentales actuales es que muchas personas piensan y actúan como ricos sin serlo. A sabiendas de que todo lo que te acabo de contar es una herejía para la izquierda recalcitrante, el tiempo dictará sentencia.

(Juan Carlos Casco Casco es un experto y consultor en Prospectiva, Educación y Emprendimiento de prestigio internacional y actividad en España y en diferentes países de Europa y Latinoamérica).

SOBRE EL AUTOR

Juan Carlos Casco se incorpora al equipo

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