miércoles, 20 mayo, 2026
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Para qué sirve la experiencia

La inutilidad de los consejos no pedidos y lo absurdo de creerse ejemplo de nada conducen al ridículo

Cuando alguien dice que ya tiene “cierta edad”, con ese eufemismo se está refiriendo a que se ha hecho mayor. La mucha edad (los setenta, los ochenta, o más) nos sorprende un día como un aguacero inesperado. Y cuando asumimos ese fenómeno que no pensábamos que llegaría “tan pronto”, súbitamente percibimos que tenemos eso que suele llamarse “experiencia”. Ahí empieza una etapa vital plena y dichosa, o contradictoria y temeraria, según la trayectoria y la disposición de cada cual.

Creerse en posesión de la verdad es una de las mayores tonterías del ser humano. Y presumir que la cantidad y la calidad de nuestra experiencia nos hacen de algún modo superiores y dignos de ser escuchados es una soberana estupidez. Cuando se llega plenamente a eso que acostumbramos llamar “cierta edad”, suelen agudizarse estos dos vicios que arrastramos durante toda la vida: creer que la verdad de uno es la verdad, y creer que uno es superior a los demás. Ambos vicios son perdonables en las personas jóvenes, incluso en las maduras, pero son ridículos en las mayores. Si esa trayectoria no se ha corregido a tiempo, el resultado es lo que vulgarmente se llama un viejo chocho, un sabelotodo, un pelma, un viejo insoportable.

LA PROPIA EXPERIENCIA

La propia experiencia es una riqueza que las personas vamos acumulando a lo largo de la vida y que, junto al amor, constituye uno de los pilares clave de nuestra entidad y personalidad. La propia experiencia bien digerida, aceptada y asumida nos permite liberarnos de las tonterías que todos acumulamos también, porque no hay humano, por sabio que sea, que no tenga, asimismo, un largo historial de tonto. Ese momento en el que la eclosión de la experiencia que generan los años coincide con el reconocimiento de nuestro lado prescindible, es clave para ser una persona valiosa y, por tanto, válida, o ser uno de esos viejos presuntuosos que por fuera quieren aparentar lo que no son, y por dentro han permitido que la tontería le gane la batalla de la edad a la experiencia, convirtiéndose en seres ridículos y casi siempre, insoportables.

Ni siquiera un mayor chino, como este pequinés, debería contar cuentos chinos. J.M. PAGADOR
Ni siquiera un mayor chino, como este pequinés, debería contar cuentos chinos. J.M. PAGADOR

No hay cosa más cargante que un viejo dando consejos. En cambio, una persona mayor en cuyo interior la experiencia se ha impuesto sobre la tontería, no tendrá nunca necesidad de hacerse notar para que todos sepamos que está ahí, cómo es y qué se le puede pedir. Si la experiencia fuese un árbol, los peores de sus frutos serían los consejos no pedidos, la pedantería y el odio. Es lo que sentencia la sabiduría popular con dichos como “consejos vendo que para mí no tengo”, o “dime de qué presumes y te diré de qué careces”.

CUANDO “LLEGA” LA EDAD

El fenómeno de “descubrir de pronto” que tenemos setenta, ochenta años o más, es un momento deslindante de dos territorios: el de lo que hemos sido y hemos hecho, y el de lo que somos y seguimos -o queremos seguir- haciendo. A mí me ha pasado este año de 2026, en el que cumpliré setenta y ocho, a solo dos ya de los ochenta. Palabras mayores. No es que esta luz que me ilumina hoy por dentro no estuviera ya encendida, sino que su brillo se me ha hecho más fructífero y notorio en este territorio ilusionante de mi mucha edad.

La experiencia acumulada se puede compartir a demanda de los demás. J. M. PAGADOR
La experiencia acumulada se puede compartir a demanda de los demás. J. M. PAGADOR

Tengo la riqueza autorreconocida de mi propia experiencia, lo que me permite mirar al pasado y al futuro sin miedo, y consolidar definitivamente la noción que ya tenía de quién soy, cuál es mi sitio en el mundo, qué puedo esperar del mundo y qué pueden esperar los demás de mí. He acumulado la riqueza de lo vivido y de lo comprendido y creo que me he desprendido, por fin, de la tontería. Tengo consejos solo para quien me los pida y no me encontraréis en el territorio de la necedad.

El amor es la parte más fértil y agradecida de la experiencia. J. M. PAGADOR
El amor es la parte más fértil y agradecida de la experiencia. J. M. PAGADOR

Soy un hombre mayor (que no viejo), autoalimentado con el amor y con el grano de su experiencia vital e intelectual, y desprovisto, por fin, de la paja, que tanto merma nuestras capacidades y nuestra visión. Un hombre mayor que también se alimenta con la experiencia y la belleza que tantos sabios y creadores han puesto por escrito en sus libros y en sus obras. Y aquí estoy, despierto, entero, coherente, contento y abierto a mí mismo y para lo que se quiera de mí. Para esto es para lo que creo que sirve la experiencia. Bendita sea.

(José María Pagador es periodista y escritor, fundador y director de PROPRONews. Sus últimos libros publicados son AbeceImagindario (fotolibro, Fundación Caja de Badajoz), Lencero, el hombre que no se encontró a sí mismo (biografía, Fundación Caja Badajoz), y Susana Leroy (novela, Fundación José Manuel Lara/Grupo Planeta).

SOBRE EL AUTOR

José María Pagador Otero

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