La vuelta al mundo en 80 manicomios”, un libro excepcional, es obra de este ilustre profesional de la psiquiatría, que ha empleado más de diez años, mucho esfuerzo y un notable desembolso económico para concluirla a sus ochenta años de edad, sin otra ayuda que la de Mary Chel, su esposa, ayudante y fotógrafa, en los incontables viajes de investigación que han realizado alrededor del mundo.
Badajoz.-
Solo una vocación a prueba de años, una voluntad férrea, una cultura extraordinaria y una enorme capacidad de esfuerzo permiten a una persona realizar una empresa tan increíble como visitar más de cien manicomios de todo el mundo -al principio iban a ser solo 80, pero luego resultaron bastantes más, aunque el autor prefirió mantener el título inicial, por el gancho de la evocación de la célebre obra de Julio Verne-, en un periplo que ha durado una década. El resultado es la obra “La vuelta al mundo en 80 manicomios”, recientemente publicada por la editorial BASCONFER.
Este periodista ha tenido el honor y el placer de escribir el prólogo de tan magnífica obra. En dicho prólogo hemos realizado un acercamiento al mundo de la locura y de los locos y, por supuesto, describimos el contenido del libro de Blas Curado y relatamos su fantástico viaje, siempre en compañía de Mary Chel, su esposa y, en este caso, también secretaria, ayudante y fotógrafa.
DE LOCURA, LOCURAS, LOCOS Y MANICOMIOS
REIVINDICACIÓN DEL LOCO
No podemos hablar de manicomios sin hablar de locos y de locura. Hasta no hace mucho tiempo, el manicomio era el continente, el loco era el contenido, y la locura, la dolencia -en sus múltiples variantes clínicas-, pero también el castigo o el pretexto para borrar a alguien de la sociedad de los cuerdos, particularmente a las mujeres; la historia está llena de ejemplos de esta infamia. Como persona, y como periodista y escritor, siempre me interesó el mundo de los locos, al que he dedicado y dedico humana y solidaria atención, así como artículos, reportajes y entrevistas en mi quehacer periodístico, y también espacio en mis libros, durante los últimos cincuenta y seis años.

Siempre me he entendido y comunicado bien con aquellos a los que esta sociedad tan cuerda llama locos. Loco es un término equívoco que tradicionalmente engloba toda clase de enfermedades mentales y reacciones del comportamiento, incluidas las que consideramos extraordinarias pero normales en la conducta humana. Su empleo como calificativo genérico -tanto en sentido clínico como coloquial- de las personas que las padecen, con sus numerosos y degradantes sinónimos, tiene un origen milenario, que se remonta a las primeras fuentes escritas de la historia y sigue vigente a estas alturas del siglo XXI.

Locos. He conocido a decenas de ellos, unos, diagnosticados de diferentes dolencias mentales por los especialistas del entendimiento y en distintos estatus y situaciones sociales; otros, estigmatizados sin más y expulsados del ámbito de la cordura por esta caritativa sociedad a la que le aterra el diferente -y más si dicen que es o está loco, o lo “parece”-, porque no quiere que esa imagen incomprendida y vilipendiada se interponga entre ella -la sociedad del buen juicio- y ese espejo de (falsa) comodidad, (precaria) tranquilidad y (costoso) bienestar al que aspiran los beneficiarios del sistema burgués.
Mi experiencia vital y también de profesional del periodismo me ha proporcionado numerosas oportunidades de relacionarme con locos, ya fuese en la calle, en psiquiátricos, en cárceles y en otros ámbitos donde son confinados a la fuerza, o donde se exilian por propia voluntad, en un acto de extrema sensatez. De todos ellos recuerdo vivencias amables, muchas admirables, casi todas cargadas de bondad y de lógica, y pocas veces agresivas, violentas o engañosas. En la sociedad de los cuerdos, en cambio, he padecido, sin comparación, toda clase de maldades, ni más ni menos que las que habrá soportado usted a lo largo de la vida, respetado lector o lectora, si se para a pensarlo. Engaños, traiciones, abusos, timos, agresiones, amenazas, estafas, envidias, heridas…, que los cuerdos perpetran constantemente contra sus víctimas. Si lo piensan, comprobarán que muy pocos de estos atropellos fueron obra de un enfermo mental.

En el mundo de los locos prácticamente no existe la maldad, a menos que padezcan una dolencia proclive a la agresividad, y aun así sus acciones violentas son muy escasas. En un número especial de la Harvard Review of Psychiatry de EE.UU. publicado en 2021, donde se estudia la relación de la violencia con las enfermedades mentales -comentado luego en Redacción Médica-, se pone de manifiesto que “los adultos que tienen esquizofrenia diagnosticable, trastorno bipolar o depresión mayor tienen aproximadamente tres veces más probabilidades de participar en cualquier tipo de violencia (…/…). Sin embargo, se ha comprobado que solo entre un 3% y un 5% de los actos violentos que ocurren en la comunidad son atribuibles a enfermedades mentales (…/…). Por lo tanto, la gran mayoría de los perpetradores de delitos violentos no tienen una enfermedad mental diagnosticable y, a la inversa, la mayoría de las personas con trastornos psiquiátricos nunca son violentos”. Por ello, el extendido temor o el desprecio, hacia los locos son completamente infundados.

Los locos tienen sus códigos, sus intereses, sus razones y su lógica. El plano en el que se desarrolla la lógica de los locos, la que les hace ser tan cuerdos en lo suyo, no es de fácil acceso para los demás. Pero, una vez que entras -con humildad, respeto y apertura de miras- en ese territorio extraordinario, normalmente descubres un mundo inocente, diferente, asombroso, quimérico, fantástico, luminoso u oscuro, soportable o desgraciado, un mundo que se rige por unas reglas de pensamiento propias, completamente ajenas a lo que la gente de buena fe considera “normal”. Es como si hablasen otro idioma -cada uno, además, con su “dialecto” personal-, que, si tú no consigues aprender o captar, nunca podrás entenderte verdaderamente con ellos y, desde luego, nunca los comprenderás. El suyo es un universo paralelo que está junto al de los cuerdos, tan visible como inquietante, y tantas veces ignorado, despreciado y rechazado.

Mary Chel Soto
Quitando a los especialistas de la psiquiatría -de los cuales, mi admirado amigo Blas Curado es un brillante ejemplo, tanto en lo profesional como en lo humano-, no somos muchas las personas que, por una circunstancia o por otra, decidimos, o nos vimos compelidas incluso en épocas tempranas de nuestra vida, a acceder a ese inquietante universo. Pero para eso, para entrar en él, primero tienes que despojarte de tus prejuicios; segundo, tienes que sentir curiosidad, interés o deseo de hacerlo; y, en tercer lugar, debes tener muy en cuenta que un loco es un ser humano antes que un enfermo mental -si es que, según qué casos, realmente lo es, y no es víctima de la conveniencia o la maldad de otros-, y que sus sentidos, sentimientos, anhelos, situación personal y ubicación social son perfectamente humanos, comprensibles y dignos de consideración, de amor e incluso de admiración. Recordemos, por ejemplo, el manido caso de Vincent van Gogh y de tantos otros locos ilustres.

LOCOS ANÓNIMOS Y LOCOS EGREGIOS
Mi hermano Paco empezó muy precozmente, en su primera infancia, a dar muestras de que su cabeza no se atenía a la de la generalidad de los niños. Con cinco o seis años empezó a obsesionarse con la idea de la muerte, la suya y la de sus seres queridos. Nunca hacía nada que, en su lógica, pudiera causársela, de manera que procuraba no tocar aquellos objetos, superficies o utensilios que en su creencia tuviesen una toxicidad presuntamente mortal, que para él eran casi todos. Otras materias, sin embargo, como la madera, no solamente se le antojaban inocuas, sino dignas de su tacto inocente y asustadizo.
Pronto empezó a construir barcos, carabelas y bergantines con palillos de dientes y palitos de cerillas. Como carpintero y armador de aquellos fantásticos buques en miniatura, que botaba de cuando en cuando en los mares de sus ensueños, alcanzó la maestría. Quinto hermano de ocho, nacido en una familia de padre socialista y mayoría de izquierdas, él se declaraba joseantoniano y falangista, sin que nunca pudimos averiguar de cómo llegó a semejantes derroteros. Francisco de Paula Pagador Otero era devoto de Dios, de la Virgen María y de José Antonio Primo de Rivera. Se decía falangista, pero no de la Falange del franquismo, sino de la anterior, de la, para él, auténtica. En 1977 fue diagnosticado finalmente de esquizofrenia paranoide a los 21 años de edad. Esas dos primeras décadas de su vida estuvieron salpicadas por una interminable serie de episodios “extraños”, hasta que, en el año citado, la enfermedad hizo definitivamente su aparición, en un brote tan aparatoso y alarmante como inofensivo para los demás.

A largo de los sesenta y cinco años que vivió -murió prematuramente en 2022-, y sirviéndose exclusivamente de palillos, varillas de fósforos y pegamento, elaboró, además de barcos, innumerables arcas de la alianza, pagodas, pirámides, maquetas de monumentos diversos y mil “obras de arte”, como él las llamaba, orgulloso. Tampoco les hacía ascos a las tizas, en las que labraba diminutas esculturas valiéndose de una vieja cuchilla de afeitar. Pero su creación preferida -con palillos hizo centenares de ellos- era el crucifijo. Cada día salía a la calle (era un andariego incansable, hasta que lo atropelló un coche que circulaba marcha atrás, cuando él cruzaba un paso de peatones camino del supermercado, con el carrito de la compra que le había encomendado nuestra madre), portando sus “obras de arte”, que ofrecía a los viandantes por un precio módico, o que regalaba directamente al conocido sin esperar nada a cambio.
Mi hermano Paco vivía en un mundo maravilloso y terrible a la vez, decía que podía estar en dos sitios simultáneamente y detallaba estas bilocaciones con una convicción y una gracia inigualables. Tenía un tesorillo de objetos brillantes que se encontraba en la calle -un trozo de cristal, una perla de plástico desprendida de algún humilde collar, una gema de vidrio, una moneda-, cuyo significado mágico te explicaba muy convincentemente. A veces, cuando no estaba charlando con José Antonio, hablaba con Dios y le pedía que le mandase a él los estigmas de las heridas del pecho, las manos y los pies de Jesucristo. Y hasta se le aparecían santos y personas fallecidas, cuyo secreto te confiaba si eras uno de los suyos. Yo, que lo era, mantuve con él numerosas conversaciones en el idioma de su mundo, y muchas veces nos reíamos los dos por motivos increíbles o extravagantes que nadie fuera de él, de nosotros, comprendería. Él sabía perfectamente lo que le ocurría, se había informado a fondo sobre su enfermedad, ostentaba gentilmente el título de loco, argumentaba que “¡quién no está loco en este mundo de Dios!”, y aceptaba con admirable resignación su situación personal, sin amor de mujer, sin hijos, sin una profesión, sin un trabajo y sin una casa propia, es decir, sin todo eso que la esquizofrenia paranoide en ese grado te impide tener, y que es lo que da sentido a la vida de los demás.

Mi hermano Paco fue uno de los muchos buenos locos anónimos que han sido son y serán. Me estremece pensar lo que hubiera sufrido de más este ser inocente y lleno de bondad, si hubiese vivido en siglos anteriores, cuando a los locos -o a los que se acusaba de serlo, sin razón, generalmente por intereses de terceros- los encerraban en recintos espantosos y en unas horribles condiciones, en muchos de esos manicomios que el doctor Curado ha recogido en este libro. O si hubiese nacido en uno de esos países atrasados donde los locos son considerados todavía seres fastidiosos y prescindibles.
La discriminación por locura no solo afecta a mujeres y hombres anónimos. También a reyes, príncipes y poderosos, y con mayor impiedad si cabe si el afectado es mujer. Nuestra Juana la Loca es el paradigma de cómo ni siquiera el poder de una reina es bastante para, siendo tachados de síntomas de locura su sentido de la libertad, su singular personalidad y su falta de devoción religiosa, evitar ser confinada durante más de cuarenta años, hasta su muerte, en aquel lóbrego encierro de Tordesillas, tan parecido a un manicomio. Como en tantos casos protagonizados por los parientes del loco o de la loca, en aquel caso perpetraron tal infamia primero Fernando, su padre, y después Carlos, su hijo.

No es el único caso en la historia, de personas pertenecientes a la realeza, la nobleza o la alta sociedad que son encerradas en manicomios por cuestiones dinásticas, políticas, económicas o matrimoniales, entre otras, por orden y en favor de un tercero que usurpa el poder y la riqueza de su víctima. Pero los locos egregios, reales o no, no solo han pertenecido a la nobleza. Antonio Vallejo Nájera -sin que olvidemos su terrible papel en el “desarrollo” de la psiquiatría española en el franquismo-, y posteriormente su hijo Juan Antonio -que realizó una reedición propia del libro-, en su obra Locos egregios recogen los casos de diversas figuras del arte, la política, la literatura o el pensamiento, apuntando o “diagnosticando” las patologías de tales personajes, patologías -asociadas en muchos casos al talento y en otros, a la maldad- que sin duda influyeron en sus obras y en sus acciones, desde Maquiavelo a Hitler, pasando por diversos artistas y creadores, siendo los escritores los más proclives a dar involuntaria información sobre su enajenación, por estar su obra vinculada a la palabra, una herramienta tan explicativa como delatora.
Locos anónimos o locos egregios, creativos o tiránicos, lo cierto es que, en la actualidad, más de un 12% de la población mundial ha sido o es diagnosticada de algún trastorno mental, según la Clasificación Internacional de Enfermedades (2019), lo que arroja una cifra total de casi mil millones de presuntos locos. De modo que, en cualquier ámbito social o humano, en cualquier país, en cualquier estructura o en toda sociedad, inevitablemente se encuentra el loco y se convive con él. Lo bueno es que hoy, al menos en los países desarrollados o democráticos, las terapias y las relaciones sociales con los locos han evolucionado hasta un punto lo bastante benigno como para evitar -salvo excepciones de naturaleza jurídica o clínica- el encierro terrible de los antiguos manicomios.
Haber tenido a un querido loco en casa y, después, en la vida, en las relaciones entre hermanos, me abrió tempranamente el intelecto ante esta realidad, y, como he dicho, he tratado con numerosos locos, e incluso los he entrevistado o les he dedicado artículos y reportajes, habiendo sido grata siempre mi relación con ellos, en un recíproco entendimiento.

LOCURA, LOCURAS Y LITERATURA
El término locura es un cajón de sastre donde caben las dolencias, las excentricidades, las genialidades, las heroicidades, las pasiones y los disparates de la mente pensante, y también los comportamientos y los efectos del ejercicio personal de la libertad humana en su grado superior. En la locura están incluidas, de forma coloquial, las diversas patologías mentales diagnosticadas o no. Pero, además, otras conductas que, no por extraordinarias, dejan de ser “normales”. Amar con locura, hacer una locura, estar loco por algo o por alguien, y tantas y tantas más, son expresiones cotidianas que se dicen para explicar un enamoramiento, o para calificar una arriesgada aventura deportiva, o para definir una inclinación o una afición absorbente.

La locura ha sido y es, desde que el ser humano empezó a practicar la escritura hasta los autores de la actualidad, un tema, un motivo y un pretexto para la inspiración y realización de sus obras. Sin olvidar a la gran Enheduanna (2.300 a. C.), la primera persona dedicada a la literatura que se conoce, desde Homero y Heródoto, pasando por Aristóteles o Platón y Cicerón o Séneca, hasta Erasmo, Cervantes, Foucault y, más recientemente Cesare Lombroso -con su Genio y locura (1864), que tiene ramas después en los Locos egregios de los Vallejo Nájera-, y ya en nuestro siglo y en nuestro país Enrique González Duro -con su Historia de la locura en España (2021)-, son incontables los escritores, dramaturgos, filósofos y médicos -los casos de médicos escritores son muy numerosos- que han mencionado o han dedicado obras a la locura y a los locos, elevándolos en ocasiones al estatus de protagonista, como hizo nuestro gran Miguel de Cervantes con su genial don Quijote.
Sin embargo, a ninguno de ellos se le había ocurrido llevar a cabo la idea epopéyica del doctor Curado, de visitar, reconocer y estudiar más de un centenar de manicomios -como hemos dicho, los locos son el contenido y los manicomios han sido el continente- de todo el mundo, en un viaje que ha durado diez años, en los que ha recorrido casi 200.000 kilómetros por todo el planeta; hazaña extraordinaria donde las haya, y más a su edad.

LA VUELTA AL MUNDO DE UN PSIQUIATRA NADA COMÚN
Cuando Julio Verne escribió La vuelta al mundo en 80 días, no podía imaginar que, más de ciento cincuenta años después, un insigne psiquiatra español le tomaría prestado el título de su obra, para una aventura -y un libro- tan inédita y extraordinaria como esta de recorrer el planeta buscando manicomios antiguos y modernos, para conocer su historia, su estado actual y su posible funcionamiento todavía hoy. El doctor Blas Curado García (Mérida, 1945, psiquiatra, escritor y viajero, académico de la Ilustre Academia de Ciencias de la Salud Ramón y Cajal, y Premio Dr. Gómez Ulla) concibió la idea de este viaje alrededor del mundo en una visita suya a la Argentina en el año 2008.
Aunque en los años siguientes fue madurando la idea y el autor concibió contenidos y fue tomando notas al azar, el proyecto no empezó a materializarse formalmente hasta 2016, cuando el doctor Curado se impuso la titánica tarea de recorrer el mundo visitando o reportando las casas de dementes, los manicomios y los psiquiátricos del planeta, con la ayuda de su incondicional Mary Chel, esposa, fotógrafa, secretaria y ayudante. A nadie se le había ocurrido antes tamaña empresa y muy pocos, si es que hay alguno, se hubiesen atrevido a llevarla a cabo.

Como nacido en la ciudad de Mérida, la milenaria Emerita Augusta– y dada su profesión, él conocía bien la historia y la situación de los manicomios emeritenses, la antigua Casa de Dementes de Mérida, también llamada Manicomio del Carmen -con las gravísimas carencias y penurias propias de aquellos obsoletos centros-, y el actual psiquiátrico. Este fue el punto de partida de su increíble periplo.
Tras empezar por los manicomios de su ciudad natal, y siguiendo por otros centros psiquiátricos de Extremadura, hoy, después de una década recorriendo el mundo por tierra, mar y aire, el doctor Curado ha visitado numerosos manicomios de toda España; y de Gran Bretaña, Francia, Chequia, Polonia, Italia, Alemania, Bélgica, Rusia y Portugal, en Europa; de Egipto y Marruecos, en África; de Turquía, en el Cercano Oriente; de India, Corea del Sur y Japón, en el Extremo Oriente; de las costas Este y Oeste, Nuevo México y Nebraska (EE.UU), en América del Norte; y de Argentina, Cuba y México, en América Central y del Sur. En total, veinte países de cuatro continentes. Nosotros hemos tenido el honor de publicar algunos capítulos del libro en PROPRONews, el periódico digital que fundamos en 2017 y dirigimos desde entonces.
El más antiguo de los manicomios investigados, tanto de España como del mundo, es el Maristan de Granada, fundado en 1356 por el gran sultán Muhammad V, como hospital de pobres y manicomio, como señala el autor. Era un centro sanitario musulmán que se adelantó a su tiempo, porque el que otros tienen por el primero de España y de Europa, el Hospital dels Ignoscents del padre Jofré, de Valencia, no se fundó hasta 1409.
La apasionante y esforzada -en el pasado enero ha cumplido ochenta años el autor- aventura del doctor Curado, es un fabuloso viaje en el tiempo y en el espacio: ha puesto en contexto desde el manicomio más antiguo del mundo hasta los más modernos -en un período de 668 años en total-; y para ello ha recorrido nada menos que 193.000 kilómetros, en coche, autobús, tren, avión y barco. Ese trayecto equivale a cinco vueltas a la Tierra, o a la mitad de la distancia entre el planeta y la Luna. Y todo esto lo ha hecho sin ayuda de nadie, organizando la complicada logística solo con el fervoroso auxilio de Mary Chel, y sufragando de su propio bolsillo los muchos gastos de un periplo tan prolongado y costoso. Una aventura descomunal y agotadora incluso para personas más jóvenes, y que él ha llevado a término entre los 70 y los 80 años de su edad.
Julio Verne se quedaría asombrado si hubiese conocido los detalles de este viaje en el tiempo y en el espacio de este psiquiatra, escritor y viajero español, y seguramente se habría inspirado en él para escribir otro de sus libros. Tampoco le hubiese importado que el doctor Curado haya tomado prestado el título redondo de una de sus obras más conocidas, para encabezar esta de La vuelta al mundo en 80 manicomios, aunque en realidad los manicomios que se incluyen en la obra rebasan el número de cien. Pero al final venció la tentación verniana para el título, porque da redondez al propósito literario del doctor Curado, y porque cuando empezó, con la idea de los ochenta, no sospechó que, en realidad, llegaría a ciento diez manicomios.

Blas Curado es a todas luces un discípulo de Heródoto, el primer “reportero”, que con su obra Historia -término griego que realmente significa “pesquisa” así como el resultado escrito de esa indagación cuasi periodística- estableció las bases de lo que debe ser una crónica, una “historia”, para contar la cual antes hay que desplazarse al lugar de los hechos, informarse a través de las fuentes orales o escritas, entrevistar a los protagonistas o testigos de esos hechos, para al final plasmar todo eso en una obra, que puede calificarse como “historia” o “gran reportaje”.
Así, Blas Curado nos cuenta en este libro la historia de la enajenación humana a través del trato que estas dolencias mentales han recibido en todo el planeta en aquellos lugares horrendos llamados manicomios, lugares y lunáticos que han constituido la razón de ser de este interés suyo histórico, profesional y humano. Su locura -muy difícil de emular- ha sido esta, porque él es un loco del viaje, de su profesión, de la escritura y de la humanidad. Y para esto suyo -lo sé muy bien por experiencia propia- no existe cura posible.
Este nuevo libro del autor viene a sumarse al rico acervo de sus obras anteriores. Libros como Alrededor de la locura, ABC del alcoholismo, Historia clínica de Hernán Cortés, y artículos y colaboraciones en obras colectivas –Hospitales de Mérida, Uro-andrología psicosomática, Un viaje a la isla de la locura, El caso del monje beodo del monasterio de Cubillana en época visigoda o Diccionario de la locura, entre otros- dan idea del interés y el buen hacer del doctor Curado más allá del mero ejercicio de su profesión, en el que también ha destacado como un gran profesional y como un hombre lleno de comprensión, empatía y bondad en su trato con pacientes y no pacientes.
El colosal documento literario e historiográfico que es La vuelta al mundo en 80 manicomios, no solo es una atractiva obra para el lector interesado en las cuestiones de la mente y en los viajes, sino también para los estudiosos y los especialistas de la psiquiatría, la arquitectura clínica y los intrincados resortes del entendimiento humano”.
(José María Pagador es periodista y escritor, fundador y director de PROPRONews. Sus últimos libros publicados son AbeceImagindario (fotolibro, Fundación Caja de Badajoz), Lencero, el hombre que no se encontró a sí mismo (biografía, Fundación Caja Badajoz), y Susana Leroy (novela, Fundación José Manuel Lara/Grupo Planeta).

