Juan Torre es un fotógrafo vasco cuyo arte es reconocido internacionalmente, y que, además, ha innovado en el mundo de la fotografía con técnicas nunca vistas antes, tan novedosas e inclusivas, que han llegado a implantarse incluso en el Museo del Prado y en otros importantes museos de España, EE.UU., Rusia y otros países del mundo. Esta revolución en las técnicas del arte fotográfico que él ha ideado y promovido en favor de los invidentes, ha tenido y tiene eco en los principales medios nacionales e internacionales, como New York Times –En el Museo del Prado, los visitantes ciegos pueden tocar obras maestras-, Washington Post – Una forma extraordinaria para que las personas con discapacidad visual puedan probar las obras maestras-, Time –Esta exposición permite a personas ciegas tocar la Mona Lisa-, Sidney Morning Herald – La exposición del Prado desbloquea pinturas para ciegos-, CBS News –El museo expone pinturas para ciegos-, BBC – EL FOTÓGRAFO CIEGO QUE HACE IMÁGENES PARA TOCAR, NO PARA VER-, y otros numerosos, así como en los periódicos y televisiones de España. Sus fascinantes fotografías son un regalo para los ojos de los que vemos, pero tienen además la ventaja de que pueden ser “visualizadas” por las personas carentes de visión. Semejante hallazgo del artista no solo ha dado la vuelta al mundo, sino también a la forma en la que los que vemos miramos sus fotografías y también las obras de los grandes museos, ya que actualmente, gracias a él y a los estudios de Zamudio en los que materializa sus obras, también podemos hacerlo con el tacto, una experiencia única; y, desde luego, los invidentes, que son los primeros en los que pensó el artista cuando empezó su proyecto IMÁGENES PARA TOCAR, hace más de quince años. AQUÍ pueden apreciar los lectores la maravilla de sus obras.
Getxo.-
Me resisto a calificar a Juan Torre (Getxo, 1956) de “fotógrafo ciego”, como si la ceguera fuese algo definitorio de su arte y de su fuerza vital enfocada por completo a la creatividad, y prueba de ello es que ya era un reconocido fotógrafo antes de perder la vista. Juan era y es fotógrafo, un gran artista de la fotografía y un innovador del arte fotográfico, y, aparte de eso, sí, está ciego. Incluso, si se me permite decirlo, su ceguera, gracias a su enorme capacidad de superación, ha impulsado su arte de manera extraordinaria, aunque, desde luego, el precio haya sido tan alto.

No es lo mismo estar ciego que ser ciego, como no es lo mismo, por ejemplo, estar malo que ser malo. Estar ciego es circunstancial a la vida y, por tanto, es algo que no tiene por qué ser determinante para todo, mientras que ser ciego es sustancial y, por tanto, determina toda la vida. Por eso, ser ciego condiciona de tal manera que a ningún ciego común se le ocurre dedicarse, por ejemplo, a la fotografía. En cambio, el que “solo” está ciego puede mantener la capacidad de hacer realidad lo imposible, cosa que también hacen otros invidentes en muchos campos de la creación, la investigación o la ciencia. Esta disquisición -perdóneseme- no es gratuita, porque saca a la luz un matiz que marca esa diferencia que ha permitido a Juan Torre convertirse en uno de los grandes fotógrafos del momento, a pesar de estar ciego.

En su caso, cuando le sobrevino la rara enfermedad que finalmente le robó la luz de los ojos, alrededor de los treinta años de edad, fue capaz no solo de salir adelante como persona sana emocional y mentalmente a pesar de tan dura pérdida, sino también de iniciar una nueva vida como extraordinario fotógrafo de arte, valiéndose de su fuerza de voluntad, de su alma de artista y de ese escasísimo, pero útil y preciado cinco por ciento de visión que conserva en el ojo izquierdo, que le permite percibir mínimas formas difusas, recurso suficiente para hacerse una idea del plano, la disposición del tema, la composición y el enfoque de lo que quiere fotografiar, especialmente en los retratos. Podemos decir que nunca tan poca claridad sirvió para tanta luz.

SUPERCAPACITADOS
Al mundo de la discapacidad, un mundo lleno de limitaciones y carencias según el común entender de los “capacitados”, no todos son capaces de asomarse con la imprescindible dosis de humildad, comprensión, admiración y paciencia, que es necesaria para entenderlo en su verdadera dimensión. Ese ámbito, donde muchos “capacitados” solo ven enfermedad, fracaso, desgracia o lástima, está poblado, sin embargo, por personas tan válidas -e incluso más valerosas y esforzadas- que la mayoría de nosotros. Conozco a varias calificadas como “discapacitadas” por la sociedad, hombres y mujeres amigos míos -Juan entre ellos- que viven de tal manera y hacen cosas tan extraordinarias que a mí me parece que, por el contrario, son gente supercapacitada.
Vivir en un cuarto piso sin ascensor estando ciego y valerse por sí mismo de manera solvente, mantener intactos el sentido del humor, la curiosidad y una amena actividad cultural y social y, además, ser un gran artista y un innovador de la fotografía, y, hasta hace poco, profesor de taichi también, en el CENTRO LAMIAK de Getxo, no está al alcance de la mayoría de los “capacitados”. Todo esto y más es y hace Juan Torre, un supercapacitado integral que realiza frecuentes exposiciones de sus obras en España y fuera de nuestro país -acaba de exponer en Medina de Pomar (Burgos), recientemente ha regresado de Irán, donde ha expuesto en un centro cultural de Teherán, invitado por el Ministerio de Cultura del país persa, al tiempo que tiene obra expuesta junto a El Pensador de Rodin en el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, en Luxemburgo, en la monumental galería o pasillo principal del edificio- y que vive con energía, creatividad y gozo los días que el tiempo nos concede a los humanos, y que tantos no aprecian en su justo valor y los pierden, o se los amargan, que es todavía peor.

La valentía y la curiosidad de Juan son patentes. Ir a Irán, aunque lleves un acompañante, y pasar una semana en Teherán no es una peripecia cualquiera para nadie, y menos para alguien que está ciego. Le invitaron a exponer en la capital iraní y fue. Pero, claro, el acompañante tampoco es cualquiera. Juan pondera la suerte de contar para estos avatares con el artista bilbaíno y amigo suyo Toño Valdivieso, que se encarga habitualmente no solo de acompañarle sino del traslado de las obras y el montaje de las exposiciones, algo fundamental para el fotógrafo.

No muchos días después del regreso de ambos a España, se desató el infierno en la ciudad, con las revueltas ciudadanas que tienen al borde del abismo al régimen de los ayatolás y que han causado ya millares de muertos y decenas de miles de heridos y detenidos. Puede decirse que las últimas fotografías de un Teherán todavía en calma como la que acompaña este texto las hizo Juan Torre antes de regresar, con ese espíritu permanente de reportero que le sigue acompañando también.

FOTÓGRAFOS CIEGOS
Gracias al maestro de la pintura Martín Ballesteros Esteban, también amigo en Getxo -al que conocí gracias al gran hostelero hoy jubilado Miguel López Santamaría, cuyo establecimiento de Portugalete -su mítica Casa Polvorilla– tanto echamos de menos sus amigos y antiguos clientes-, conocí a Juan Torre.
Desde el primer día me agradó su carácter y manera de ser, su amena conversación, su disposición positiva ante la vida, y hoy, para suerte mía, somos amigos. Y luego, cuando descubrí su obra, quedé asombrado de su extraordinaria técnica y calidad. A él le debo el haber entrado en el fabuloso mundo de los fotógrafos ciegos, que yo desconocía totalmente y que ni siquiera había imaginado que existiera.
Decir “fotógrafo ciego”, en principio parece un oxímoron de libro. ¡A quién se le ocurre! ¡Cómo puede practicar la fotografía alguien que no ve! Son cuestiones que, desde la incredulidad y la ignorancia, nos planteamos los que vemos. Cuestiones que consideramos de una lógica aplastante. Hasta que descubrimos, con asombro, el mundo de los fotógrafos ciegos y dejamos de lado nuestra lógica ramplona.
Casi siempre se nos olvida que la Humanidad ha progresado gracias a que los hombres y las mujeres rompieron desde el principio el tabú de lo imposible. Y hoy, muchas mujeres y muchos hombres aquejados de diferentes discapacidades continúan superando esa barrera aparentemente insalvable, para realizar nuevos hallazgos en la ciencia, la medicina, la literatura o el arte. Juan Torre es uno de ellos.

En España hay al menos, que sepamos, media docena de fotógrafos ciegos en activo -seguramente me quedo corto-, y varios más en otros países, reconocidos como grandes artistas en el resto del mundo. En Un fotógrafo ciego y crónicas de París, el gran periodista ecuatoriano Santiago Rosero (Quito, 1978), da comienzo a su libro de exploración cultural y social de la capital francesa, con un reportaje-entrevista a Evgen Bavcar (Lokavek, Eslovenia, 1946), un artista que perdió la vista en su infancia y empezó a hacer fotografías en 1961, ya ciego por completo, convirtiéndose en un creador reconocido mundialmente. Este libro me deslumbró cuando lo leí después de conocer a Juan Torre y sus fascinantes páginas me ayudaron a terminar de entender el mundo de los fotógrafos ciegos. El capítulo inicial, dedicado a Bavcar por Rosero en su magnífica obra, es alucinante, admirable, un caso tan mágico como increíble. Lo mismo que el del artista de Getxo.
PREDESTINADO Y PREDISPUESTO
Yo me propongo aquí, con estos trabajos sobre Juan Torre, su vida y su obra, seguir ese camino que ciertos maestros del periodismo abrieron en el mundo de los fotógrafos ciegos, con la pretensión de no desmerecer de esa literatura de no ficción que son sus reportajes admirables.
En mi caso parecía predestinado -y, desde luego, predispuesto a ello por algo que ocurrió en mi temprana juventud- a este encuentro humano y cultural que contribuye a iluminar mi vida y que espero que también ilumine la de los lectores y lectoras. Cuando empecé la carrera de Derecho en la Universidad de Salamanca a mis diecisiete años recién cumplidos -carrera que dejé después de dos, para estudiar Periodismo en Madrid, que era lo que yo quería-, durante mi estancia en el venerable Colegio Mayor de San Bartolomé, fundado a principios del siglo XV -el primero que se creó en España, en 1401-, tuve la fortuna de tener como compañero de habitación durante dos cursos a otro estudiante de leyes llamado Teodoro. Mi querido amigo Teo estaba ciego desde los doce años y, por tanto, como Juan Torre, había conocido el mundo visible, con sus luces, formas y colores. De él aprendí muchas cosas que todavía hoy me sirven para ver de otra forma, mirar hacia dentro, valorar y ejercitar el resto de los sentidos, apreciar la oscuridad y el silencio, y comprender la profunda humanidad y la belleza de la vida auténtica, algo que nunca he olvidado y siempre le he agradecido. Así que conocer a Juan Torre fue, primero, rememorar mis años con Teo, y después, prepararme para entrar de nuevo, y con más motivo tratándose de un artista y un colega del periodismo, en el mundo de los que la sociedad llama ciegos, personas que ven de otra manera y que son unos verdaderos supercapacitados en opinión de quienes estamos dispuestos a compartir su mundo.

LA TÓMBOLA Y LA CÁMARA
He quedado con él en la salida del Puente Colgante en Portugalete, ya que Juan viene de Getxo, del otro lado de la ría del Nervión. Vamos a comer en El Txakoli de El Paladar, en el primero de esos dos restaurantes hermanos pertenecientes al Puente Colgante Boutique Hotel de Portugalete, que, como su nombre indica, está justo al lado del monumento, y que lidera, a dos manos, Zuriñe García, una de las pocas mujeres chef que en España han estado a cargo de un restaurante con estrella Michelín.
La vida de Juan Torre daría para escribir un libro, por la cantidad de cosas extraordinarias que han sucedido en ella o que él ha protagonizado, y por el gran artista que ha llegado a ser (vean algunas de sus obras en el reportaje anexo), avanzando por este arduo camino de dificultad, energía, superación y arte que es su vida, por el que sigue transitando con la misma ilusión de siempre a sus setenta años. Una encomiable trayectoria cuajada de importantes frutos que él, sin embargo, muestra con toda modestia y humildad, sin darse importancia ninguna a pesar de sus logros humanos, profesionales y artísticos, pues ya se sabe que solo se da importancia el que no la tiene.

A Juan el arte le viene de familia. Pedro, su padre era un buen barítono, que incluso ganó un premio en Bilbao, pero que, por circunstancias de la vida en aquella atrasada España, no pudo cumplir su sueño de estudiar canto en Italia. Y Jesús, un tío suyo, era escultor. Pero, viniendo de estos genes, ¿qué fue lo que tempranamente le motivó para adentrarse en el mundo de la fotografía?
–No sé si eso puede atribuirse a algo que ocurrió en mi infancia -dice riendo-. Tenía siete u ocho años y en una de aquellas típicas tómbolas de entonces me tocó un premio, por el que tenía que escoger entre una cámara de fotos y una manta. Naturalmente, elegí la cámara. Cuando llegué a casa, mi padre me reprendió por no haber preferido la manta, que era algo que, al parecer, nos hacía más falta.
Aquella cámara elemental sembró en Juan la semilla de la fotografía y del reporterismo, que germinó felizmente y cuyos extraordinarios frutos han llegado hasta nuestros días, a pesar de las enormes dificultades que ha tenido que superar.
REPORTERO DE ÉXITO
Mirando a través del objetivo de aquella primera cámara casi de juguete, Juan descubre en plena infancia el interés y la belleza del mundo apresado en el enfoque y convertido luego en imagen física. No es de extrañar, pues, que sus proyectos juveniles se decantasen por el periodismo, el reporterismo gráfico y la imagen, como vocación, profesión y forma de vida.
En los primeros años ochenta del siglo pasado, con poco más de 24 años de edad, y ya casado desde los 22, empieza a trabajar como redactor gráfico o corresponsal, de algunos de los más importantes medios vascos y españoles de la época, como La Gaceta del Norte, Tribuna Vasca, Emakunde, Tiempo, Diario 16 o Cambio 16, entre otros.
De aquella época, cuando todavía no había hecho su aparición el primer síntoma de la enfermedad que le robaría la vista, recuerda algunos grandes reportajes y exclusivas de interés nacional e internacional que realizó.

–Me acuerdo, por ejemplo, del reportaje que hice de la detención de Domingo Iturbe Abasolo, Txomin, el entonces jefe de ETA militar. Numerosos periodistas esperábamos durante todo el día a la salida del Palacio de Justicia de Baiona, pero, después de muchas horas, los compañeros creyeron que ya no saldría y se marcharon. Yo seguí a la espera y, ya de noche, pude hacerle diversas fotografías en exclusiva cuando la policía francesa lo sacaba del edificio. En una de ellas se le ve perfectamente la cara; era la primera vez que salía fotografiado en prensa. El reportaje lo publicó Diario 16 el 1 de mayo de 1986 a página completa, y mi foto fue portada del periódico y de Cambio 16. También recuerdo otros reportajes, como el del accidente aéreo del monte Oiz, donde se estrelló un avión de Iberia que se dirigía a Bilbao desde Madrid. Fallecieron cerca de 150 personas, incluidos todo el pasaje y la tripulación. Además de por su gravedad, el accidente tuvo gran repercusión porque entre los muertos estaban personajes conocidos, como Gregorio López-Bravo, que había sido ministro de Franco, y un ministro boliviano, entre otras personas destacadas.
Juan está hablando de los comienzos del segundo lustro de la década de los 80, poco después de su divorcio en 1985. Ese año gana el tercer premio en el certamen Fotopress (Barcelona) y realiza sus primeras incursiones en el mundo del cine con foto fija, colaborando con los cineastas Javier Rebollo y Juan Ortuoste para el filme Golfo de Vizcaya.

En los años siguientes colabora del mismo modo con los directores Pedro Olea para su película Bandera Negra (1986), y Ramón Barea, para Gernika. 50º Aniversario (1987), todo ello antes del comienzo de su repentina enfermedad en ese mismo año. Posteriormente, en 2014 es galardonado también con el Premio Aixe Getxo a “La Cultura Innovadora”.
EL SÍNDROME DE BEHÇET
Entre ambas fechas, y hasta la actualidad, la vida de Juan Torre ha sido y es una historia de coraje y creatividad, desde aquel día nefasto de la aparición de su dolencia.
–Una mañana, al despertarme, me di cuenta de que no veía bien. Al principio no le di mayor importancia, pero el asunto se fue agravando conforme pasaban los días, hasta el punto de que por las noches me acostaba temiendo la nueva pérdida de visión con que me encontraría por la mañana, temor que se confirmaba al abrir los ojos.
Con esa torturadora incertidumbre, Juan recurrió a doctores y clínicas oftalmológicas diversas, incluidas las más prestigiosas de España, que no pudieron detener el avance de la enfermedad y ni siquiera supieron darle un diagnóstico del misterioso mal, y mucho menos un pronóstico sobre su posible evolución. En 1988, medio ciego y hundido anímicamente, decide vender su preciado equipo fotográfico, convencido de que ya no volvería a practicar la fotografía en su vida. Son años de intentarlo todo para recuperar la vista. Incluso visita en París, donde pasa un mes, a un facultativo egipcio de terapia alternativa, con el que consigue mejorar algo. De vuelta a Euskadi y con tratamiento de nuevos oftalmólogos, prosigue una transitoria mejoría, hasta el punto que vuelve a comprar un nuevo equipo fotográfico y reinicia sus colaboraciones en prensa, esta vez en medios del Grupo Zeta, entre otros.
Es una época de normalidad relativa para él, hasta que la enfermedad vuelve a manifestarse con toda gravedad, dejándole ya prácticamente ciego. Ni siquiera sabe todavía qué dolencia es, hasta que, aconsejado por un oftalmólogo de Santiago de Compostela, discípulo de un eminente catedrático de Oftalmología de la Universidad de Coimbra (Portugal), acude a este y, por primera vez, obtiene un diagnóstico certero, Síndrome o Enfermedad de Behçet, una rara dolencia que en España solo afecta a entre cinco y diez personas por cada cien mil, y cuya tasa de afectación de los ojos es aun menor.
Según la Clínica Mayo, se trata de “una afección poco común, que causa hinchazón de los vasos sanguíneos” en cualquier parte del cuerpo, pudiendo “incluir llagas en la boca, irritación e hinchazón de los ojos, erupciones y llagas en la piel, y llagas genitales”. En el caso de Juan, la enfermedad se cebó en sus ojos, causándole progresivamente la ceguera casi total que hoy padece desde hace casi cuatro décadas.
SUPERACIÓN Y ARTE
En 1991 se afilia a la ONCE, iniciando ya una nueva vida de aceptación y superación de las múltiples dificultades que causa la ceguera, y no solo eso, pues empieza una carrera creativa que le llevará a convertirse en uno de los mejores fotógrafos de arte, reconocido en España e internacionalmente. En 1996 se traslada a Venezuela, donde prosigue su trayectoria de creador, y además colabora en medios como Fashion Magazine, La Guía Isla Margarita, o la agencia Joys Tours, entre otros. De esa época, que dura nueve años, es su soberbio reportaje que, en forma de libro, y con el título Gallos y galleras, publica en España años después, en 2008, del que dice que “a través de 60 fotografías ofrece, imparcial, una visión del mundo de las peleas de gallos”.

Juan Torre es reconocido no solo por el extraordinario hito de sus Imágenes para tocar, sino que es autor de una numerosa obra también en color, con series que en algunos casos incursionan en la abstracción, como aquellas que recuerdan la de Piet Mondrian.
Desde 1998 ha realizado cerca de una veintena de exposiciones en España y en terceros países como Venezuela, Reino Unido, Irán, Luxemburgo, etc., y su labor como artista e innovador de la fotografía ha sido recogida en numerosos medios de prensa escrita, radio y televisión, dentro y fuera de España. Además, participa regularmente en muchas de las exposiciones itinerantes que organizan la Fundación ONCE y su Museo Tiflológico.

Dada su trayectoria como impulsor del arte inclusivo, muchas instituciones han contado con él para ser parte activa en otros proyectos y ha creado diversos objetos escultóricos para ellas, en forma de galardones. Desde 2012, y por encargo de la Fundación ONCE, diseña los diferentes trofeos -verdaderas esculturas en pequeño formato- que la entidad concede cada año, como los Premios Discapnet a “las tecnologías accesibles”, el Premio Reina Sofía a “la inserción laboral”, y el Premio Reina Letizia a “a la cultura inclusiva de personas con discapacidad”. También diseña los galardones de la Asociación Española de Fundaciones -los Premios AEF-, que tienen como fin reconocer valores o actitudes que reflejen la esencia del sector fundacional como plataforma para resolver las demandas y problemas de los ciudadanos.

UN PROYECTO ÚNICO
Juan Torre es, precisamente, un pionero de la cultura inclusiva en el mundo de la fotografía y del arte en general, y también en la vida cotidiana. Hasta el año 2010, su obra fotográfica solo era accesible para las personas que ven, pero desde tiempo atrás venía rondándole la cabeza la idea de, sin mengua de la estética y el valor artístico de sus fotos, conseguir que sus creaciones pudiesen ser “visualizadas” al tacto por los ciegos, y traspasar esa frontera también para los que ven. Y hace quince años inicia un proyecto sin precedentes en el mundo, Imágenes para tocar, con el que consiguió que sus obras fuesen también asequibles al tacto y con el que ha logrado repercusión nacional e internacional.
Para materializar una idea tan fuera de lo común, necesitaba una tecnología y un soporte técnico solo al alcance de un gran taller, y así fue como dio con Estudios Durero, con cuya colaboración ha logrado lo que al principio parecía tan difícil: plasmar sus fotografías en un soporte resistente pero liviano, sin perder su calidad visual, y con un relieve gradual que permitiese “ver” la imagen a través del tacto. Una técnica que, desde Euskadi y gracias a él y a dicho estudio, está hoy también en importantes museos del mundo.
Los músicos tocan sus instrumentos para interpretar música. Y Juan, que es un amante de la música y, asimismo, un creador audaz que no se conforma con temáticas facilonas -y, desde luego, mucho más cómodas en su realización-, pensó que él podría hacer posible tocar a los músicos a través de la imagen, si lograba retratarlos y darles a estos retratos el relieve necesario para ser percibidos también por el tacto. Imágenes para tocar.

PROHIBIDO NO TOCAR
En el reportaje sobre la obra de Juan Torre que acompaña a esta historia excepcional, encontrarán los lectores y lectoras la narración sobre la invención y materialización de la novedosa técnica, y sobre la increíble peripecia de esta aventura artística, los formidables problemas añadidos que el autor tuvo que superar para, primero, localizar y lograr ser recibido, y, segundo, “convencer” a las figuras de lo más granado de la música actual para ser retratadas por un “fotógrafo ciego”, hasta lograr una colección única en España y en el mundo, de numerosos retratos en gran formato de reconocidos cantantes e instrumentistas, un logro a la altura de los mejores fotógrafos “musicales” del planeta.
Juan Torre respira una espiritualidad de inspiración oriental, una de cuyas facetas es el taichi, un arte marcial chino popularizado en todo el mundo, por sus beneficios para la salud física y mental de sus practicantes, y como una puerta a la meditación. Juan no solo lo practica, sino que, además, lo enseña. Todas estas facetas suyas componen una personalidad compleja, cuyo enfoque vital y artístico se refleja en cada una de sus obras. La simbiosis de esa espiritualidad oriental con la cultura latina y vasca a las que pertenece, mezcladas en el matraz de su ceguera física y de su capacidad de visión más allá de lo físico, imprime a sus fotografías, y particularmente a sus retratos, un sesgo estético y simbólico que trasciende el tema, la técnica y el modelo, y los hace estilísticamente reconocibles y únicos.

Los suyos, más que retratos, son radiografías del alma de sus modelos, un logro muy difícil de alcanzar incluso para los fotógrafos que ven. En ellos existe un particular simbolismo en torno a la expresión facial y los ojos de los artistas retratados, que crea un misterioso nexo visible entre ellos y él, perfectamente captable para los que vemos. Pero, igualmente, un espectador “ciego” no sólo puede captar las figuras y el gesto de los modelos retratados, sino también ese sutil simbolismo que menciono, gracias a elementos y gestos palpables que el artista pone en el rostro de sus modelos, entre la mirada de estos y el observador, de lo cual son ejemplo, entre otros varios, los retratos de las cantantes Sole Jiménez y Carmen París, que pueden admirarse en el reportaje contiguo sobre la obra del artista.
En 2010 presentó Juan Torre por primera vez un avance de esta obra innovadora -diez retratos- en el Museo Tiflológico de la ONCE y el éxito fue inmediato. Posteriormente, en 2011, realizó dos exposiciones en Bilbao ya con una serie más completa, y el impacto en público, crítica y medios fue extraordinario. El interés despertado traspasó las fronteras de España. Numerosos medios de comunicación nacionales e internacionales fueron haciéndose eco de este logro nunca visto en el arte fotográfico y, desde luego, de la calidad del arte de Juan Torre.
Hasta entonces, en las habituales exposiciones de pintura, de escultura o de fotografía y en los museos se prohibía tocar las piezas expuestas. Con Juan Torre eso cambió. En sus exposiciones -y en los numerosos museos que han incorporado esta técnica para reproducir obras emblemáticas que puedan “ver” los invidentes-, está prohibido no tocar, como él mismo dice, una experiencia transformadora no solo para los ciegos, sino también para los que vemos, o creemos que vemos. Porque una cosa es mirar y otra, ver
(José María Pagador es periodista y escritor, fundador y director de PROPRONews. Sus últimos libros publicados son AbeceImagindario (fotolibro, Fundación Caja de Badajoz), Lencero, el hombre que no se encontró a sí mismo (biografía, Fundación Caja Badajoz), y Susana Leroy (novela, Fundación José Manuel Lara/Grupo Planeta).
SOBRE EL AUTOR
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