InicioSIMPLEMENTE, VIVIRLos ocho pasados de cada hombre y de cada mujer

Los ocho pasados de cada hombre y de cada mujer

El presente y el yo son el resultado de una atávica y laboriosa conjunción de materia, energía, tiempo y evolución

La tremenda potencia absorbente de nuestro yo nos induce a creer que nuestra existencia, cada una en su plano de espacio/tiempo, es una autoconstrucción del propio ego, de propiedad e incumbencia individual de cada persona, en un ámbito de ajenidad que nos distingue absolutamente del resto. Nada más erróneo. Cada hombre y cada mujer tenemos detrás no un pasado, sino ocho, y lo más significativo es que son pasados comunes a todos, incluidos los innumerables yos que han sido, son y serán, y al resto de los seres vivos y no vivos.

Indagando en la utilidad de mi árbol genealógico para los próximos reportajes de la serie “Historias de un reportero de provincias”, de la que ya he publicado dos entregas (Un novio sin brazos, un asesinato a sangre fría, la huida de Arafat, el secuestro de un niño, los judíos de Etiopía…, historias que viví, el sentido de una vida, El Zurriago, el periódico del primer cuarto del siglo XIX en el que escribía contra el poder corrupto mi trastatarabuelo alcalde de Madrid), que sitúa mis orígenes humanos, periodísticos y rebeldes como mínimo en la persona de mi trastatarabuelo Cayetano Rubio Ontanillas, columnista, adversario y crítico feroz de Fernando VII y del régimen absolutista, y alcalde de Madrid, de cuyo nacimiento acaban de cumplirse 240 años; y releyendo la magistral “Metamorfosis – la fascinante continuidad de la vida” de Emanuele Coccia, forzosamente tuve que mirar mi pasado. De este modo (re)descubrí que no tengo uno sino ocho pasados, y que no son exclusivamente míos, sino que son comunes a los del resto de hombres y mujeres que han existido y existirán. En el yo individual, esa “marca” que distingue a cada persona de los demás, están insertos los ocho.

Mi yo no es una isla ni surge de la nada, la felicidad consiste en comprenderlo. J.M. Pagador en la actualidad. JUAN TORRE
Mi yo no es una isla ni surge de la nada, la felicidad consiste en comprenderlo. J.M. Pagador en la actualidad. JUAN TORRE

EL PRESENTE Y EL YO

El presente y el yo en nuestra especie -tiempo, materia y energía imprescindiblemente coincidentes para la construcción del ser pensante, porque, entre todos los seres vivos, solo el humano tiene yo y, por tanto, conciencia de sí mismo- son la síntesis temporal y personal del misterio de existir y de ser conscientes de ello, es decir del profundo misterio de lo humano. El presente y el yo -es decir, cada uno de nosotros y nosotras, lectores y lectoras vivos y conscientes de sí en este mismo momento- no son un pequeño punto particular y aislado que nace y muere sin más, sino el océano interminable en el que desembocan los ocho pasados que determinan nuestro ser lúcido y en el que navegará el inmenso barco de las generaciones venideras, hacia las que canalizamos los ocho pasados que hemos recibido, casi siempre inadvertidamente, y en las que extendemos hacia el infinito nuestra propia existencia, como la materia, la energía y la porción de tiempo que somos, presentes en el yo de cada uno.

El yo es la marca individual exclusiva fruto de la síntesis genética y biológica de la que proviene cada persona.

El origen del universo y el nuestro es el mismo. NASA
El origen del universo y el nuestro es el mismo. NASA

1.- PASADO CÓSMICO O UNIVERSAL

Cuando Carl Sagan difundió aquello de que somos “polvo de estrellas”, cometió un error. No somos polvo de estrellas. Somos polvo hermano del polvo que dio origen a las estrellas, o, dicho de otro modo, el polvo del que nacen las estrellas y nacemos nosotros es exactamente el mismo, y anterior a ellas y a nosotros. Es decir, en términos de materia y energía, las estrellas (por seguir con la equívoca terminología de Sagan) no son anteriores a nosotros, porque el origen de ellas y de los seres vivos y no vivos -el universo en su totalidad, compuesto de energía, materia, espacio y tiempo- surgió de una vez al unísono, y de ahí brotó todo lo que existe.


El presente y el yo son el océano sucesivo en el que desembocan los ocho pasados que determinan nuestro ser pensante.


Así pues, el pasado cósmico de nuestras vidas es el pasado universal que consideramos como lo anterior a nosotros hasta el origen del universo. Y este pasado está presente en nosotros de tres formas: por nuestra capacidad cerebral para formularlo; por la constitución material y energética de nuestros cuerpos, con su base de agua y su estructura atómica; y por su virtualidad para ser engendrados, vivir y morir.

Nuestro pasado cósmico -unos 14.000 millones de años- lo compartimos con la totalidad de cuanto existe.

El prodigio de nuestro pasado en la Tierra que hace posible muestro presente. NASA
El prodigio de nuestro pasado en la Tierra que hace posible muestro presente. NASA

2.- PASADO PLANETARIO O TERRESTRE

De aquel inmenso conglomerado de materia y energía que surgió en el origen del universo, por un misterioso procedimiento aún no del todo formulado empezaron a nacer y a separarse los cuerpos celestes, hasta dar principio, como todos sabemos, a las galaxias, las estrellas y los planetas, entre otros.

El planeta Tierra encontró en su momento las cuatro condiciones óptimas para la irrupción de la vida: la distancia ideal del sol, su composición y estructura interna mineral e ígnea, la presencia de atmósfera de oxígeno y nitrógeno, y la existencia de agua. Gracias a ellas surgieron, hace varios miles de millones de años, unos remotos microorganismos unicelulares que son la semilla primigenia de la vida actual y que podemos llamar nuestros primeros ancestros vivientes.

Nuestro pasado planetario lo compartimos con todo lo que ha existido y existe sobre la Tierra.

Recreación de procariotas, los primeros seres vivos que habitaron la Tierra y nuestros ancestros más remotos.
Recreación de procariotas, los primeros seres vivos que habitaron la Tierra y nuestros ancestros más remotos.

3.- PASADO BIOLÓGICO O GENERAL

Estas formas de vida elementales se fueron multiplicando y diversificando en nuestro planeta hasta constituir un sustrato biológico capaz de propiciar el siguiente paso, en este fascinante camino hacia nosotros. Todos los habitantes de la Tierra, incluidos los seres humanos, participamos de ese pasado biológico precursor de la vida actual, un pasado que es general porque engloba a todos los actuales seres vivientes.

Aquí ya sí podemos hablar de los ancestros de nuestros ancestros y de su mecánica biológica común, que nos han permitido llegar hasta hoy como los seres multicelulares y orgánicos que somos.

Nuestro pasado biológico lo compartimos con todos los seres vivos que han existido y existen en la Tierra, desde los más diminutos y primitivos hasta los mayores y más evolucionados.

Homínidos precursores del pensamiento y el reconocimiento del propio yo.
Homínidos precursores del pensamiento y el reconocimiento del propio yo.

4.- PASADO EVOLUTIVO O PARTICULAR

La evolución biológica terrestre a partir de aquellos seres ancestrales que terminaron abandonando los mares y desarrollando órganos capaces de servirse del oxígeno en estado gaseoso para respirar sobre la Tierra, dio lugar -pasados millones de años y sucesivas e incontables variedades de seres vivos cada vez más evolucionados-, a los primates, a los homínidos y, finalmente, en esta línea de evolución probada por la ciencia, a los seres humanos pensantes y conscientes de sí mismos, es decir, a los incontables millones de yos que han existido y existen sobre la Tierra.


El misterio de cómo despertó un día en un homínido la conciencia, como un espejo en el que mirar su propio yo pensante, está en el origen del ser humano.


El misterio aún sin resolver de cómo despertó un día en un homínido la consciencia, como un espejo en el que mirar su propio yo pensante, está en el origen del ser humano primitivo, pero básicamente idéntico al actual. Esta es la evolución propia de una inteligente clase de mamíferos que caminaban erguidos y tenían manos con dedos pulgares opuestos a los demás, cristalizó finalmente en el hombre y en la mujer.

Este pasado evolutivo particular lo compartimos cada uno de nosotros y nosotras con todos los seres humanos y con los precursores.

Hubo una gran variedad de etnias y tribus prehistóricas.
Hubo una gran variedad de etnias y tribus prehistóricas.

5.- PASADO ÉTNICO O TRIBAL

De la mezcla, o no, de los seres humanos que habitaban la Tierra fueron surgiendo generaciones y subtipos que nos permiten distinguir lo que alguien equivocadamente denominó “razas”, porque las razas distintas no existen, sino una única e indivisible raza humana. Estos grupos o etnias prehistóricos, caracterizados por diferentes rasgos físicos, anatómicos, sociales, idiomáticos y culturales, se fueron subdividiendo en su seno en innumerables tribus y clanes, cada uno con rasgos distintivos propios, y fueron dejando de ser nómadas, se asentaron y cultivaron la tierra y la ganadería, y fueron creando la simiente de las civilizaciones. La sociedad no había alcanzado todavía el grado de sofisticación y desarrollo de los pueblos históricos antiguos, pero el germen de las grandes civilizaciones de la historia ya estaba ahí.

Este pasado caracterizado por rasgos genéticos y culturales propios de cada etnia lo compartimos, ya en una línea más exclusiva y menos general, con nuestros numerosísimos ancestros tribales.

La familia es un elemento básico de todo pasado. J.M. PAGADOR
La familia es un elemento básico de todo pasado personal. J.M. PAGADOR

6.- PASADO PARENTAL O FAMILIAR

La división social en colectividades con un origen parental y rasgos e intereses propios de cada grupo de allegados, y el surgimiento de la propiedad y del linaje, para poder transmitir los bienes generacionalmente, dio lugar a la familia similar a como hoy la conocemos, pasando por los diferentes tipos de familias que han existido en cada etnia o civilización -por ejemplo, la familia romana, ese núcleo unitario que incluía a padres, hijos, parientes, clientes y esclavos-, desde sus raíces genéticas y culturales que las hacen distintas entre sí.

Es en este contexto favorable donde la descendencia desarrolla la conciencia del propio yo. Compartimos con nuestra familia presente y ancestral un pasado de estirpe o linaje, con una identidad propia tanto más identificable cuanto más actual. Es decir, mientras que la familia de usted o la mía es perfectamente diferenciable hoy en sus miembros, a medida que retrocedemos hacia el pasado de nuestro grupo familiar, la identidad de los ancestros -aunque “permanezcan” en nuestros rasgos genéticos- se va desdibujando hasta perderse en la historia.

El proceso educativo, reglado o no, dura toda la vida. J.M. PAGADOR
El proceso educativo, reglado o no, dura toda la vida. J.M. PAGADOR

7.- PASADO EDUCATIVO O CONDUCTUAL

Cada sociedad, pueblo o país comparten un acervo y unos rasgos culturales y sociales, que se van enriqueciendo con el paso de las generaciones. En las sociedades avanzadas actuales, ese patrimonio se transmite de manera fundamentalmente familiar e institucional. La educación, en su doble condición de orden social y cultural -transmitido de padres a hijos y de mayores a menores- y de sistema educativo, va a moldear la personalidad, la visión social y profesional, y la conducta de cada persona.

Este pasado -que se hace presente inmediato- lo compartimos con las sociedades que aplican los mismos principios y valores que nosotros, y que se organizan de forma similar a efectos sociales, económicos, culturales, educativos y políticos.

El yo es un misterio dinámico, irrepetible e intransferible . J.M. PAGADOR
El yo es un misterio dinámico, irrepetible e intransferible . J.M. PAGADOR

8.- PASADO INDIVIDUAL O PERSONAL

Siguiendo este camino de miles de millones de años hasta el presente llegamos a mi yo, a los yos de ustedes que me leen, y a los de todos los seres humanos existentes en este momento, que tanto nos parecemos entre nosotros precisamente porque compartimos estos ocho pasados, y que tanto nos diferenciamos unos de otros a partir del nacimiento por diferentes causas.

El surgimiento del yo propio, exclusivo y diferenciado incluso entre gemelos univitelinos, se origina en un proceso que incluye la concepción, la gestación y el parto, cuando la nueva criatura humana recién nacida se separa de su madre y se enfrenta por primera vez al dolor y al mundo desconocido, un mundo que es seco y ruidoso -a diferencia del vientre materno-, en el que es imprescindible hacer el esfuerzo de respirar aire hasta ese momento innecesario, y en el que la alimentación ya no llega cómodamente a través de un conducto involuntario, sino que para obtenerla hay que hacer otro esfuerzo inédito e igualmente innecesario durante los nueve meses anteriores.


La vida es como una pirámide que tiene por base el universo, por altura, el tiempo, y por vértice, el yo.


Pero este yo particular de cada uno, de inmediato entra en sociedad, en un ambiente cultural determinado y en un proceso educativo que se inicia en la familia y en la guardería, y a pesar de su individualidad y su particularidad no pierde su conexión con las anteriores generaciones, conexión que se mantiene a través de la genética, la emoción, la historia y la civilización.

El grado de parentesco de cada uno con su familia y con sus ancestros retrocede en el tiempo hasta las profundidades de la historia, uniéndonos a todos. Cada uno de nosotros y nosotras es una hoja de un árbol que hunde en el tiempo sus múltiples raíces compartidas. Nuestras raíces genéticas son asombrosamente diversas y, a la vez, comunes.

Según estudios demográficos que alertan del error, en los últimos quinientos años cada habitante actual del planeta tendría algo más de un millón de antepasados. Pero en la realidad, por un fenómeno denominado “colapso de linaje”, ese número baja a un diez por ciento de aquella cifra debido a la general endogamia existente en el pasado. De modo que, si como señalan los demógrafos, nos remontáramos mil años atrás sin aplicar esa corrección, cada uno de nosotros tendría más de ocho mil millones de antepasados en el siglo X, una cifra equivalente a la población actual del planeta y veintisiete veces mayor que la población real del mundo en el año 1.000, que era de alrededor de 300 millones de personas.

La vida y el presente, el tesoro diario de cada persona a cualquier edad. J.M. PAGADOR
La vida y el presente son el tesoro diario de cada persona a cualquier edad. J.M. PAGADOR

VIDA

Sobre estas bases históricas, genéticas y demográficas comunes, luego cada yo emprende su propio camino, tan diferentes unos de otros. A ese camino personal le llamamos vida, y viene condicionado por nuestra estirpe, nuestra cuna, nuestra inteligencia, nuestro carácter, nuestra educación, nuestra salud y nuestros medios. El camino del yo está lleno de aventuras, aspiraciones, desencantos, éxitos y fracasos, frustraciones, alegrías, penas… Pero ese pasado individual o personal propio no puede arruinarnos nuestro presente. El presente es la fórmula de sucesión instantánea por la que se desarrolla la vida, por eso es tan valioso. Ese pasado, o debe iluminar nuestro presente, si ha sido lo suficientemente positivo, o debe dejar de oscurecerlo, si no lo ha sido y disponemos de los mecanismos psicológicos para superarlo. Es una cuestión de voluntad y de estrategia vital.

La conexión vital enlaza nuestro yo con el universo. J.M. PAGADOR
La conexión vital enlaza nuestro yo con el universo. J.M. PAGADOR

LA CONEXIÓN VITAL

La conciencia de nuestros ocho pasados nos conecta directamente con el todo del universo y su origen, con la Humanidad pasada y presente, con nuestros propios ancestros, con la sociedad actual, con los seres humanos que tenemos más cerca, con el propio yo, con la vida y con el valiosísimo momento presente.

En términos simbólicos, el pasado sería una colosal pirámide, con el cosmos por base, el tiempo por altura, y por vértice el yo. Cada ser humano se sostiene sobre esa pirámide, desde cuya altura puede atisbarse el horizonte, es decir, el futuro, y ser digno de ella es su responsabilidad exclusiva.

Esta conexión vital multifásica consciente de nuestros ocho pasados, que, por desgracia, nadie nos desvela ni es materia de enseñanza en nuestra sociedad, es la fórmula para vivir una vida plena y feliz, y desde luego más feliz y plena que la de quienes carecen de ella y centran su día a día en su propio pasado personal individual negativo.

Buscando algún indicio de mi carácter y de mi vocación periodística rebelde entre mis antepasados, y habiendo llegado, entre otros, a mi insumiso trastatarabuelo Cayetano Rubio Ontanillas, que practicó el periodismo crítico dos siglos antes que yo, ha sucedido algo extraordinario: he descubierto en mi interior mis ocho pasados, me he reencontrado con mis queridos antepasados, he bendecido una vez más a mi círculo actual de personas valiosas y amadas, he alcanzado la cima de mi yo, vivo plenamente el momento presente, reconozco la armonía del mundo aún en sus desgracias y he perdido el miedo a morir. Bueno, en realidad yo nunca he sentido ese miedo, teniendo en cuenta el paisaje octogonal que acabo de describir, y que brindo a mis lectores y lectores a los mismos fines.

Un pasado negativo puede aplastarnos y convertirnos en estatuas. J.M. PAGADOR
Un pasado negativo puede aplastarnos y convertirnos en estatuas vivientes. J.M. PAGADOR

EL PESO DEL PASADO PERSONAL

Es curioso que teniendo ese inmenso y rico acervo cada uno de nosotros, sea el octavo de nuestros pasados, es decir el pasado del yo, el que más condiciona y altera nuestro presente. El pasado del propio yo, lo que llamamos memoria, suele ser una carga dolorosa para muchas personas. Los malos recuerdos, lo que hicimos o dejamos de hacer, los errores, las faltas, el dolor que causamos a otros, todo eso negativo que hay en el pasado de nosotros y que ya no tiene remedio, es el combustible que alimenta el fuego terrible de la culpa.

La culpa es una dolencia que, si no la curamos a tiempo, se convierte en un veneno crónico que no nos dejará vivir. Su cura se basa en el reconocimiento, el perdón y la reparación material, si todavía es posible, y moral. Y, desde luego, en su superación y olvido.

Del “esfuerzo” inconmensurable y multimilenario que ha hecho el universo para que cada uno de nosotros y nosotras esté aquí ahora, es decir para la aparición del yo presente, solo seremos dignos, amando, viviendo y gozando del instante, no perdiendo el tiempo, aprovechando la vida, practicando la libertad, siendo solidarios y trabajando para la felicidad propia y la ajena.

(PRÓXIMO ARTÍCULO DE LA SECCIÓN SIMPLEMENTE, VIVIR: “Los futuros de cada hombre y de cada mujer”.)

(José María Pagador es periodista y escritor, fundador y director de PROPRONews. Sus últimos libros publicados son AbeceImagindario (fotolibro, Fundación Caja de Badajoz), Lencero, el hombre que no se encontró a sí mismo (biografía, Fundación Caja Badajoz), y Susana Leroy (novela, Fundación José Manuel Lara/Grupo Planeta).

SOBRE EL AUTOR

José María Pagador Otero

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