martes, 29 noviembre, 2022
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A la familia (aplaudidora) de Queipo de Llano: ¿dónde está mi tío abuelo que él mandó fusilar?

Ustedes siguen teniendo el cadáver del genocida, pero nosotros nunca encontramos los restos de nuestro familiar para darle digna sepultura

Los restos del general franquista Gonzalo Queipo de Llano Sierra fueron sacados en la madrugada de ayer del lugar de honor que ocupaban en la iglesia sevillana de La Macarena, donde ignominiosamente han permanecido durante más de siete décadas, para escarnio de las miles de víctimas que fueron asesinadas bajo su responsabilidad y para vergüenza de aquel catolicismo amparador del franquismo y, por tanto, de sus crímenes. Entretanto, los restos de miles de víctimas de los genocidas siguen sin aparecer, entre ellos, los de mi tío abuelo Rosendo de la Peña Risco, maestro nacional de Marchena, cuyo único delito fue ser culto, republicano, sindicalista y socialista.

Sevilla.-

El 24 de agosto de 1936 -apenas un mes después del inicio del golpe de estado- mi tío abuelo Rosendo de la Peña Risco, hermano de mi abuela paterna, fue asesinado en Marchena por criminales franquistas y sus restos arrojados a un lugar desconocido sin que, siete décadas después, hayan podido ser encontrados, a pesar de las pesquisas realizadas por la Asociación Dignidad y Memoria de Marchena y el interés de la familia. Los delitos cometidos por aquel hombre bueno, dedicado a sacar del analfabetismo y la oscuridad a los niños del pueblo, eran ser hijo de un alcalde liberal de Zafra y ser republicano, militante de UGT y miembro de la Agrupación Socialista de Marchena.


Rosendo de la Peña fue asesinado por ser republicano, miembro de UGT y militante del PSOE.


La persona que dirigía la feroz represión y el genocidio en la provincia de Sevilla se llamaba Gonzalo Queipo de Llano. Este muy católico “héroe” del franquismo se caracterizó desde el principio por su extrema crueldad y su falta de todo escrúpulo a la hora de aplicar el modelo de país que concibió el fascismo, donde no cabía la menor discrepancia. El genocidio promovido por Queipo de Llano costó miles de víctimas desde los primeros compases del levantamiento en Sevilla, un genocidio caracterizado por su especial crueldad, su ausencia de toda humanidad y su exaltación del odio más despiadado.

La iglesia sevillana se volcó en el entierro con honores de Queipo
La iglesia sevillana se volcó en el entierro con honores de Queipo

CON HONORES CATÓLICOS

A su muerte en 1951, este catoliquísimo “héroe” fue enterrado con honores en la iglesia de La Macarena, mientras los restos de mi tío abuelo permanecían perdidos para siempre en alguna fosa ignorada. Naturalmente, yo no pude conocer a Rosendo de la Peña Risco, asesinado doce años antes de mi nacimiento y, por tanto, los lazos que me unen a él, además del de la sangre, únicamente pueden ser los del afecto póstumo, la admiración por su valentía y la ideología que ambos compartimos.

Queipo de Llano me privó de conocer a un familiar al que me habría encantado tratar. Pero el castigo infligido a la familia por él y por el franquismo fue mucho más allá y se prolongó al menos durante tres décadas, al término de la guerra civil. Un daño materializado en mi abuela paterna, Concepción de la Peña Risco, cuyo sufrimiento la mantuvo postrada en cama durante años y la llevó prematuramente a la tumba. Porque el franquismo logró que mi abuela somatizase en su persona la lluvia de desgracias que le cayeron encima: el asesinato de su hermano Rosendo; la muerte de uno de sus hijos en la contienda; el encarcelamiento, las torturas y la condena a muerte (luego conmutada) de su hijo Fernando -mi padre, militar republicano-; y la depuración de su hija maestra. Eso, sin contar las tres décadas de persecución y hostigamiento a la familia que sufrimos después del final de la guerra.

Porque al daño directo de las atrocidades cometidas por Queipo de Llano y demás genocidas hay que sumar el indirecto causado a tantísimas madres y viudas, en cuyas carnes anidó para siempre el horror que les arrebató a sus seres queridos.

Esta ignominia ha durado 71 años. J.M. PAGADOR
Esta ignominia ha durado 71 años. J.M. PAGADOR

ANTE LA TUMBA DE QUEIPO

He visitado en diversas ocasiones la iglesia de la Macarena y he estado en el mismo borde de esa sima de infamia que hasta ayer era el sepulcro de Queipo, dominando las ganas de escupir sobre su nombre, por no alterar la paz de ese lugar sagrado para los católicos (yo no lo soy), que incluso en el no merecido respeto nos diferenciamos de ellos. Y he esperado pacientemente que llegase el día en que los restos del genocida fuesen removidos y sacados de dicho lugar. Hoy me felicito porque, por fin, esta democracia imperfecta, pero democracia, se haya atrevido -aunque tan tarde- a hacer algo tan elemental y justo, cuando, por ejemplo, la justicia civil Argentina ha sido capaz de juzgar y condenar a sus propios genocidas pocos años después de cometidos sus crímenes y en un tiempo récord. La película Argentina 1985, que recomiendo a todo el mundo, marca la diferencia de lo que habría que haber hecho aquí -donde la represión y el número de víctimas fueron incomparablemente mayores- y no se hizo.

Familiares del general aplauden al paso de sus restos. RTVE
Familiares del general aplauden al paso de sus restos. RTVE

REPARAR Y OLVIDAR

Desde la derecha se escuchan no pocas voces diciendo que es mejor olvidar el pasado y dejar los hechos como están. Naturalmente que la reconciliación es una de las bases del consenso democrático que nos ha traído hasta aquí. Pero la reconciliación se elabora imprescindiblemente reparando el daño y limpiando cuanto antes afrentas como los monumentos y tumbas honoríficas de los asesinos que mataron a tantos inocentes, como mi tío abuelo Rosendo, y destrozaron la vida y la salud de tantas mujeres, como mi abuela Concha.

El olvido y la reconciliación deben basarse en gestos recíprocos y en el arrepentimiento público de los genocidas y sus herederos. Porque es inadmisible la nueva humillación a sus víctimas de la familia de Queipo de Llano, aplaudiendo al coche fúnebre que sacaba sus restos de La Macarena. Unos besos lanzados al aire se hubiesen entendido por todos, en esa dimensión humana que sus antepasados negaron a los nuestros asesinados. Pero aplaudir públicamente al responsable de tan feroz represión es nueva expresión del catolicismo y la caridad cristiana que practican estas personas, y un nuevo agravio a las víctimas. ¿Qué aplaudían esos familiares al paso del cadáver del general franquista? ¿Todavía les parece bien lo que hizo, que merece su aplauso todavía en 2022?

(José Mª Pagador es periodista y escritor, y fundador y director de PROPRONews. Sus últimos libros publicados son 74 sonetos (poesía, Fundación Academia Europea de Yuste), Los pecados increíbles (novela, De la Luna Libros), Susana y los hombres (relatos, Editora Regional de Extremadura) y El Viaje del Tiburón (novela, Caligrama Penguin Random House).

SOBRE EL AUTOR

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José María Pagador Otero

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