Es la revolución, estúpido

Los políticos nacionales parecen no darse cuenta de que Cataluña vive un levantamiento revolucionario

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Más de 50 carreteras se cortaron a la vez en toda Cataluña. RTVE
Más de 50 carreteras se cortaron a la vez en toda Cataluña. RTVE

La temeraria inacción de Rajoy y la falta de visión de los partidos nacionales han propiciado que lo que está ocurriendo en estos momentos en Cataluña sea una verdadera revolución, liderada por los sectores más a la izquierda del independentismo catalán, a los que Puigdemont y las instituciones catalanas solo sirven ya de comparsa y apariencia de legalidad. Pretender curar una amputación con tiritas y aspirinas no es posible. O los políticos nacionales se unen y proceden a la reimplantación del miembro antes de que se separe del todo, o en España empezará –si no ha empezado ya- un proceso de disgregación centrífuga de consecuencias gravísimas para nuestro país y para Europa. Es la revolución, estúpido.

Con una frase tan sencilla como «la economía, estúpido» –entre otras cosas, claro-, Bill Clinton consiguió darle la vuelta a las encuestas y derrotar a Bush padre en las elecciones estadounidenses de 1992. Desde entonces, una versión apócrifa del dicho, en la que se ha introducido el verbo –»es la economía, estúpido»- se ha popularizado mundialmente para expresar, en una situación de confusión o desconcierto, qué es lo verdaderamente importante o qué es lo que está pasando en realidad. Pues bien, en el caso de España, hoy, cabe perfectamente aplicar esa frase, con una variante referida a lo que ocurre en Cataluña. Porque, en efecto, lo que está pasando «es la revolución, estúpido». Y lo digo con todo el respeto y solo por parafrasear a James Carville.


El independentismo va ganando por el momento en su pulso al Estado.


Los partidos nacionales y las fuerzas económicas y sociales no parecen darse cuenta cabal de lo que está ocurriendo en Cataluña. Ni siquiera la burguesía catalana y los partidos independentistas más moderados, ensimismados en el romanticismo arcaico de un independentismo manejable, parecen darse cuenta de ello. Y lo que está ocurriendo empieza a no poder ser manejado por vías democráticas o de orden no violento. La ceguera de unos y de otros ante la revolución que se ha iniciado en Cataluña es total.

Ya no estamos ante el tira y afloja de una pulsión independentista controlable por la vía de la legalidad, tanto si se consuma como si se aborta, sino ante la decisión tomada por los sectores más extremistas de la izquierda separatista de montar una verdadera revolución no solo independentista, sino también –y sobre todo, porque lo otro va subsumido en esto- anticapitalista y antisistema. La estrategia es evidente desde hace tiempo, y las tácticas puestas en práctica estos días de forma perfectamente organizada y escalonada, responden fielmente a ese diseño.

HACIA LA REVOLUCIÓN

En el sueño anacrónico de estos aprendices de revolucionarios, Cataluña no va hacia la independencia -o no solo hacia ella, porque la independencia, para ellos, es un instrumento al servicio del verdadero fin del levantamiento-, sino hacia una república «libre» de democracia liberal, libre de libre mercado, libre de capital y libre de este sistema que ellos consideran opresor y caduco. Es decir, aspiran a implantar una república neochavista en el corazón de Europa, con la complicidad ignorante y suicida de buena parte de la intelectualidad y la burguesía catalanas. Véase, como ilustración, el alborozo con que Nicolás Maduro ha acogido la insurrección. Y esto hay que saberlo y decirlo antes de que sea demasiado tarde.

Los Jordis son los dueños de la situación, según algunos analistas. RTVE-EFE
Los Jordis son los dueños de la situación, según algunos analistas. RTVE-EFE

Perspicaces analistas han sabido verlo ya. Por ejemplo, José Antonio Zarzalejos decía ayer en El Confidencial, con suma clarividencia, que «Sánchez y Cuixart, llamados «Los Jordis», presidentes de ANC y de Omnium Cultural, respectivamente, son, con la CUP, los dueños de la situación revolucionaria en Cataluña», en la que «Puigdemont ha perdido el control» porque «es la revolución«. Y tiene razón, a poco que se analice lo que ocurre y se profundice en lo que subyace bajo lo que ocurre.


Es difícil de creer que bajo esta insurrección revolucionaria no haya una mano exterior.


La mojigatería del Gobierno central y la cobardía y la ceguera de los demás partidos nacionales, han facilitado que los revolucionarios radical-catalanistas hayan ganado la batalla en todos los frentes por el momento. La insurrección crece y puede llegar un momento en que sea imparable. El acoso a las fuerzas del orden y la expulsión vergonzante de los agentes de los Cuerpos nacionales de hoteles y ciudades es solo una pequeña muestra de lo que los insurrectos están dispuestos a hacer. Lo raro es que todavía no haya pasado nada verdaderamente grave. Pero los insurrectos están deseando que pase y lo están propiciando, cuando no provocando. El cuanto peor mejor les favorece. Salvo que el Estado asuma que es el Estado y que debe defender a todos los españoles, incluidos los catalanes, de este levantamiento.

¿UNA MANO OCULTA?

Es un alzamiento en el que también podemos sospechar razonablemente la acción de una mano oculta exterior, esa mano poderosa que es capaz tanto de alterar el resultado de unas elecciones en una democracia tan formidable como EE.UU., cuanto de posibilitar el ascenso de los partidos xenófobos y de ultraderecha en Europa. El objetivo es evidente: debilitar a las democracias occidentales, privar a EE.UU. de su condición de primera potencia mundial, impedir que la Unión Europea se consolide como una potente confederación de Estados, con unas finanzas y unas fuerzas armadas comunes. No debemos descartar que alguien, en lo que queda de la antigua URSS, esté celebrando en terreno contrario el centenario de la revolución de 1917.


Estamos en el inicio de una revolución antiliberal, anticapitalista  y antisistema.


En esa estrategia de desestabilización de las democracias del mundo por esas manos –porque no es solo una- que mueven la cuna de la insurrección en tantos lugares del planeta, Cataluña parece haber pasado a jugar un papel relevante. «De repente» surge la oportunidad de montar un ensayo de revolución desestabilizadora en el corazón de Europa, donde todavía no han cicatrizado viejas heridas de fronteras y pretensiones territoriales que deberían darse por zanjadas después de dos guerras mundiales y estos 72 últimos años de prosperidad y avances sociales en el continente. Heridas que, de volver a abrirse, pondrían en peligro la propia Unión.

Es de ingenuos ignorar que algo así no venga preparado desde hace tiempo ni cuente con el apoyo de adversarios exteriores de la democracia occidental, y que dichos adversarios no intenten aprovecharse de ello. Es más, la secuencia de hechos, la logística de estos hechos y el ritmo creciente de los mismos, parecen indicios de que hay una poderosa mano oculta debajo de lo que está sucediendo. Lo extraño es que ni los líderes nacionales ni los líderes europeos parezcan darse cuenta de que algo muy grave está ocurriendo ahora mismo delante de sus narices, en un país de la Unión Europea, el ámbito más rico, pujante y democrático del mundo.

ELLOS GANAN, EL ESTADO PIERDE

Si analizamos cómo ha venido desarrollándose toda la «Operación 1-O» y la huelga general y las algaradas de ayer en Cataluña, y cómo sus mentores y organizadores han sido capaces de burlar todos los mecanismos de control del Estado, incluido el muy profesional CNI y los muy profesionales servicios de inteligencia militares y de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, comprenderemos que todo esto no es obra de un puñado de independentistas exaltados, y que para una operación de tamaña envergadura se requiere alguna inspiración y cierta cobertura externas.

Nada de lo que ocurre estos días en Cataluña es espontáneo, ni siquiera la complicidad ignorante de las masas de clase media que no saben en el atolladero que se están metiendo. No es que nosotros sepamos más que nadie, ni seamos videntes, ni tengamos ninguna información más allá de la que puedan tener otros profesionales de la información en nuestro país. Tampoco es necesario. Porque se trata, con los datos y los mimbres que tenemos, ya tan evidentes, de desvelar el entretejido de la trama que nos ha traído a esta situación revolucionaria impensable en un Estado democrático de la Unión Europea en pleno siglo XXI.

Mariano Rajoy aseguró solemnemente que no habría referéndum. Y lo ha habido y, además, masivo y durante toda la jornada de votación. La incautación previa de millares de urnas, de millones de papeletas y de decenas de páginas web separatistas –seguramente colocadas «a la vista» por los organizadores de la revolución para que la inteligencia española picara y diera por desactivado el referéndum, igual que los narcotraficantes exhiben alijos-señuelo para distraer y conformar a quienes les combaten y pasar así tranquilamente la carga principal-, llevaron a los responsables del Gobierno y de Interior –tan torpes en todo esto, como se sigue comprobando cada día que pasa- a creer que el referéndum había sido desactivado. Pero la realidad ha sido muy diferente.

El día 1 de octubre, una estrategia admirable de despiste y una admirable logística, admitámoslo, –que forzosamente tienen que tener alguna cobertura externa- permitió que se abrieran 2.000 colegios electorales en toda Cataluña a pesar del enorme despliegue policial, que en ellos se concentraran decenas de millares de personas y que a esos colegios llegaran en tiempo y forma, burlando todos los mecanismos del Estado, nada menos que 10.000 nuevas urnas y 10 millones de nuevas papeletas, todo ello desde una «base» operativa organizada con tiempo y astucia en un pueblecito de Francia. Díganme si esto está al alcance de cualquiera. Díganme si detrás de este alarde no hay una férrea y eficaz organización perfectamente adiestrada. Y dígaseme cómo es posible que esta enorme operación de organización, almacenamiento, transporte y distribución pudo pasar desapercibida a todos los servicios de inteligencia del Estado español. Ni siquiera ha sido capaz el Estado de impedir la fotografía de Puigdemont y su camarilla votando, si no en el suyo, en otros colegios electorales, una imagen de enorme repercusión mediática que transmitió a todo el separatismo un aliviante clima de normalidad. Es de viñeta Mortadelo y Filemón el modo en que Puigdemont burló al Estado, cambiando de coche bajo un viaducto, a fin de despistar al helicóptero policial que le vigilaba, e irse a votar luego tranquilamente al colegio que mejor le pareció. Y algo parecido podemos decir de Junqueras y los demás cabecillas.

JUGADA AUDAZ, EFICAZ E INTELIGENTE

Pero hay más elementos que barajar para vislumbrar lo que se esconde verdaderamente debajo de toda esta colosal jugada, que solo cabe calificar de audaz, eficaz, inteligente y exitosa, frente a un Gobierno incapaz, torpe y fracasado, hasta ahora, en este envite. Dígaseme en qué comunidad no agraria, como es Cataluña –ni siquiera en una agraria como Extremadura o Andalucía- se puede movilizar tan al unísono y tan deprisa nada menos que 2.000 tractores de un día para otro, hacerlos coincidir el mismo día a la misma hora en las mismas vías, no solo para manifestarse y estorbar la acción de las fuerzas de seguridad, sino incluso para impedir el acceso de dichas fuerzas a los colegios electorales. Y que el paso de esos centenares de tractores tuviera preferencia en las vías de acceso a las capitales catalanas bajo la diligente protección de los Mossos d´Esquadra, como han denunciado en las redes tantos automovilistas, que tuvieron que permanecer detenidos mientras los agentes catalanes daban paso a la tractorada. ¿No hay coordinación en esto, como en tantas otras cosas que hemos visto estos días?

Una organización demasiado perfecta para ser espontánea. RTVE
Una organización demasiado perfecta para ser espontánea. RTVE

Por ejemplo, dígaseme cómo se puede organizar tan eficazmente el corte simultáneo en las cincuenta principales carreteras y autopistas catalanas como sucedió en la «huelga de país» –hasta en el lenguaje son revolucionarios- de ayer. Cómo se organiza a la vez, de forma «espontánea», la movilización simultánea de tantos centros educativos, con la consigna de que los padres acudan con sus hijos pequeños a las movilizaciones. Cómo se organiza la presencia masiva de tanto anciano y anciana simultáneos ante las mesas de votación. Cómo se consigue una unanimidad tan populista entre los bomberos catalanes y una coordinación tan admirable entre estos y los manifestantes. Y dígaseme cómo es posible que, así, por arte de birlibirloque, sin una consigna y una organización potente, se produzcan tantos escraches simultáneos contra las fuerzas del orden en sus hoteles y residencias. Y todo esto, bajo la apacible vigilancia de los Mossos.

Pero es que, además, toda la operación de imagen, discurso y relato que da cobertura visual y literaria a todos esos hechos es de una perfección inaudita; demasiada perfección para responder a la iniciativa espontánea de un pueblo cabreado. La batalla de la imagen y del discurso también la han ganado los revolucionarios catalanes, consiguiendo trasladar el conflicto a las primeras páginas de todos los periódicos del mundo, a las cancillerías de todos los países y al mismo corazón de la UE, Bruselas, hasta el punto que el propio Parlamento Europeo ha sido escenario de rifirrafes entre parlamentarios a cuenta de la cuestión catalana.

¡Y todo lo expuesto -compra de 10.000 urnas nuevas e impresión de millones de papeletas y almacenamiento de todo ello en un pueblito de Francia; referendum, ocupación y apertura de 2.000 colegios electorales; constitución de entre 6.000 y 10.000 mesas de votación, con su correspondiente personal, burlando el dispositivo policial; distribución exitosa de las nuevas urnas y papeletas con centenares de vehículos particulares y transportes camuflados; movilización de las comunidades educativas y los centros, y ocupación de la Universidad; movilización masiva de padres con niños y de personas ancianas; escraches y asedios simultáneos a los alojamientos de los refuerzos de Policía Nacional y Guardia Civil; tractorada, adhesión masiva de bomberos, y pasividad de los Mossos d´Esquadra; esquinazo al CNI y a todos los servicios de inteligencia del Estado; huelga general masiva, centenares de piquetes actuando desde primera hora de la mañana; colapso de Barcelona y corte simultáneo de las principales carreteras y autovías de Cataluña, más de 50; perfecta operación de imagen de proyección mundial, etc.-, en perfecta sincronía y eficaz ejecución y en menos de 72 horas! Pues yo no me lo creo. No me creo que semejante despliegue hayan podido organizarlo Mortadelo y Puigdemont solos, por decirlo de forma humorística y sin ánimo de faltarle al respeto a nadie. Pueden ser conjeturas, pero mientras más lo pienso, más me convenzo de que hay una mano negra detrás de todo esto; una hipótesis que deberían considerar muy seriamente los servicios de inteligencia del Estado, si es que no lo están haciendo ya.

Yo no sé lo que va a pasar y espero que la situación se reconduzca por el buen camino, si el Gobierno central actúa de una vez como debe, antes de que el asunto se pudra y tengamos que lamentar lo inimaginable. Pero creo que son evidentes seis cosas que todos debemos tener claras en este asunto: 1.- que en esta confrontación están ganando por el momento los independentistas; 2.- que crecen las sospechas de que hay una mano negra de origen exterior detrás de esta revuelta con deriva revolucionaria; 3.- que la inteligencia, la fuerza y los medios de que dispone el Estado no han servido aún para nada, si no ha sido para empeorar la situación; 4.- que la desunión y la tibieza de las fuerzas democráticas españolas sigue dando alas a la minoría separatista; 5.-que dejar pasar el tiempo, como hace Rajoy, sin aplicar ya el artículo 155, pensando que la situación se va a enfriar, es una temeridad…; y 6.- …porque lo que está ocurriendo ¡es la revolución, estúpido!