Pederastia clerical y ruido de sotanas

Jerarcas de la Iglesia católica parecen erizarse ante la realidad que les rodea, la de un país laico en el que las sotanas y los alzacuellos ya no son una prerrogativa

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Suma y sigue de la pederastia sagrada.
Suma y sigue de la pederastia sagrada.

Arzobispos y obispos mayores y menores han vuelto a las cavernas. Se han echado al monte o a al llano para plantificar sus suelas de plomo sobre el sendero y pretender una vez más, como Atila, que por donde ellos pasen no vuelva a crecer la hierba. Para que los ciudadanos que no pensamos como ellos, que no actuamos como ellos, que no guerreamos como ellos y que, por supuesto, no hablamos como ellos, tengamos que tragar sus opiniones, aunque sepan a hiel. Triste sino el de esta España de pandereta que ha pasado en unos pocos lustros del ruido de sables al ruido de sotanas. Y, encima, la pederastia, extendida, crónica y disculpada por ellos mismos. «Solo son pequeños casos, ¿por qué el foco solo en la Iglesia católica?» se ha preguntado el portavoz de la Conferencia Episcopal, Luis Argüello.

Gregorio González Perlado
Gregorio González Perlado

Yo nací en un país nacionalcatólico y, aunque me eduqué en una escuela pública y en un hogar republicano, el aire de la calle siempre olía a incienso eclesial y las palabras se pronunciaban bajo palio. Aunque republicano y de izquierdas desde mi nacimiento, me obligaron por decreto a estudiar la asignatura de religión (católica, por supuesto), e incluso la de formación del espíritu nacional, que no era sino una estruendosa desfachatez franquista autocrática e imperial, amparada, bendecida y venerada por la jerarquía religiosa que entonces pretendía controlar hasta nuestras micciones.

 


Tras leer las opiniones de los obispos sobre la pederastia clerical, colijo que han vuelto a las cavernas donde radica el mal (o acaso siguen allí, desde el nacimiento del tiempo).


Durante decenios, la Iglesia (católica, por supuesto) obligó al pueblo a ser cristiano, apostólico y romano. Unos se lo creyeron, tanto que hoy siguen siéndolo, algunos con fervor; otros, no, o acaso nunca. Los que desde nuestra juventud nos manifestamos contrarios a sus dogmas fuimos incluidos en el libro negro y, al cabo, acaso registrados como apóstatas (palabra de fonética dura como el diamante, pero espléndida en su concepto). Aquello que imperó durante decenios, hoy es una empolvada taumaturgia, pero las túnicas mayores del reino no se lo creen, o quizás no quieren creérselo; se erizan y encrespan ante la realidad que les rodea, la de un país laico en el que las sotanas y los alzacuellos son simplemente unas prendas de vestir, y ya no, nunca, una prerrogativa.

El obispo Argüello dice que 'solo son mil casos'. RTVE
El obispo Argüello dice que ‘solo son mil casos’. RTVE

“SOLO SON PEQUEÑOS CASOS”

Tras leer las recientes opiniones de los obispos respecto a que no pocos de los suyos, unos con cargo y otros sin mando, hayan practicado en los últimos años la pederastia clerical, colijo que los altos jerarcas de la Iglesia (católica, por supuesto) han vuelto a las cavernas donde radica el mal (o acaso siguen allí, desde el nacimiento del tiempo).


Durante decenios, la Iglesia (católica, por supuesto) obligó al pueblo a ser cristiano, apostólico y romano. De aquellos polvos, estos lodos.


Me irrita todavía el descaro y la desfachatez de la derecha de sotana o alzacuello. Han pasado como Atila por la historia de este país con sus rodillos nacionalcatólicos sobre nuestras mentes, sin posibilidad de elección, y ahora que moramos en democracia y los apóstatas y los descreídos nos hemos quitado el peso del yugo y curado las heridas de las flechas, se atreven a negar el histórico de abusos sexuales con infantes, cometidos por lascivos curas de su Iglesia: «Solo son pequeños casos, ¿por qué el foco solo en la Iglesia católica?» se ha preguntado el portavoz de la Conferencia Episcopal, Luis Argüello. Y sigue: «Incluso sumando todos los casos que han salido en los medios de comunicación, seguramente no pasan de mil”.


Los señores de negro se manifiestan desinteresados en investigar los abusos sexuales a niños, acaso porque si hurgan una pizca puede que arda Troya en sus propias narices.


En fatal consecuencia, se niegan a investigar o abrir los archivos para que otros puedan conocer la cifra real de víctimas de la pederastia clerical, y también nada de indemnizaciones a las víctimas por parte de los ejecutivos eclesiales. Para qué, si no son más que mil o así, una minucia.

HERMETISMO INMISERICORDE

Un aparentemente poco avisado periodista le preguntó al señor Argüello en rueda de prensa: “¿Va a haber una investigación de los casos de pederastia?”, pero el sacerdote, erre que erre: “No estamos por la labor de hacer investigaciones sociológicas o estadísticas”. En fin, que se manifiestan desinteresados, acaso porque si hurgan una pizca puede que arda Troya en sus propias narices. No acierto mayores barbaridades que las que contienen estas declaraciones, pues nada tan aberrante como un cura abusando sexualmente de un niño o una niña, y nada más cobarde que mantenerle oculto, escondido por sus jefes clericales, en silencio cómplice, incrementando el grosor del pecado. ¿Por qué se pone el foco en la iglesia católica?, volvió a preguntarse Argüello. Respondo por él: Porque debería ser ejemplar, al menos para sus fieles, y se da el caso de que la institución religiosa no limpia, no fija ni da esplendor al país, porque es un deslustre nacional.

Esto sonroja, no de vergüenza, sino de ira. No, no tenemos lo que nos merecemos -como señaló un desmemoriado historiador tras la caída de la dictadura-; este país es digno de respeto, y unos cuantos millones de sus habitantes, más aún. Nos merecemos consideración, no exabruptos; aceptación de nuestra libertad, no dogmatismos. Y no, otra vez no, ya basta con el ruido de sotanas.

(Gregorio González Perlado es periodista y escritor).

SOBRE EL AUTOR

Gregorio González Perlado, un gran periodista y poeta, se incorpora al equipo

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