Como te lo cuento

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Como te lo cuento.

Conocí a una joven hermosa y audaz que todas las tardes -con falda diferente, pero cada vez más exigua- apostaba su figura en las aceras y deambulaba por escaparates de moda que reflejaban la silueta de sus muslos. Los transeúntes reparaban en la libertad de su cuerpo, en la cintura de Milo, en los hombros desnudos sobre los que reposaban los últimos hilos de su cabello, ensortijado ante la excitación por tanto lujo al alcance de sus manos. Un ligero temblor en sus piernas y la contracción de las nalgas acostumbraban a delatar su estado de ánimo ante cada escaparate, y así los viandantes habituales alcanzaron a saber de sus intenciones: muslos tensos significaban decisión y, por lo tanto, pronta rapiña; si el izquierdo enhiesto y el derecho tembloroso, duda; cuando mantenía el derecho en reposo es que se encontraba a punto de echar a andar tras desistir de un arrebato.

La llamaban Leona y todo su cuerpo era fiel a ese nombre. Culminase o no sus ímpetus, nunca desistió de recorrer la calle en busca de establecimientos bien surtidos, de retar con la mirada a quien, conocedor de sus excentricidades, sonriera maliciosamente a su paso y azogar las entrañas de las dependientas que escrutaban su presencia en las tiendas, que vigilaban sus manos y sus gestos, sabedoras de que con el menor descuido una falda rojo sangre recién plegada podría alojarse en el enorme bolso de cuero que siempre le acompañaba. La llamaban Leona, nunca supe si era realmente su nombre o el apodo con el que se la conoció en el barrio: por sus zarpas, por su velocidad en la captura, por su mirada retadora, por la provocación de su cintura en cada paso, por su carácter replicante, por su actitud indomeñable… Una fiera en libertad.

Yo tuve la fortuna de atravesar la calle cuando comenzó el prodigio: Parapetada en una esquina, Leona parecía dudar entre una u otra tienda. Sabedor de ese gesto, dirigí rápidamente la vista a sus muslos e imaginé sus hermosas nalgas prominentes delatadas bajo una falda tan apretada como exigua, pero en aquel instante se alzó tal ventisca que me cegó la polvareda. Cuando conseguí abrir los ojos Leona miraba embobada hacia el horizonte: una montaña había surgido al cabo de la calle y de su ladera escarpada descendía en rápel un hombre joven con un pan bajo el brazo. A Leona no parecía asombrarle que semejante despropósito se produjera en mitad del barrio, ni siquiera la pieza candeal que asía el muchacho con su antebrazo, de modo que cuando alcanzó el suelo, ella se le acercó y quedó seducida por su mirada, por su cuerpo musculoso y por el extraño acento que utilizó cuando la llamó por su nombre, sin conocerla. Ese portento arrobó a Leona, de modo que, sin dilación, decidió abandonar sus hurtos y sus esperas en las esquinas donde había esparcido el reflejo de su cintura, el límite de sus pechos, los péndulos de sus muslos y el racimo de sus labios. Echó a andar al lado de aquel desconocido que, volviendo a llamarla por su nombre, le ofreció compartir con ella la hogaza.

Mientras saboreaba la corteza ácima, le miraba a los ojos y escuchaba pasmada sus palabras con un acento extraño. Entonces tuvo la certeza de que aquel hombre sería suyo.

Como te lo cuento.Leona y Tragaldabas

Leona casó con Tragaldabas -tal era el nombre que ella puso al muchacho-, y estabilizó su vida, lo que le supuso abandonar la rapiña y olvidar el prodigio: como nunca más le vio ascender o descender de una montaña, llegó a convencerse de que aquello había sido un espejismo. Eso sí, continuó observándole acunar cada mañana un inmenso pan bajo el brazo, que después devoraba en pocos minutos. Al principio le extrañó hambruna tan voraz, pero llegó a acostumbrarse. Entrada en extravagancias, tampoco le sorprendió que el pan aumentara de tamaño una pizca cada día ni que su hombre no pusiera reparos a zamparse hasta la última miga. Así sucedió que Tragaldabas desayunaba tanto como Leona almorzaba; almorzaba el doble de lo que ella cenaba y cenaba el cuádruplo de lo que Leona desayunaba. En fin, un desorden. Pero era su hombre y a ella le encantaba cocinar manjares cada noche para que el paladar de Tragaldabas (a quien deseaba como nunca) se recrease al día siguiente en las ambrosías que surgían de sus manos y para que después la amase en un torbellino de desvaríos, sobre la tarima de la cocina o en el suelo del baño.

Leona acostumbraba a observarle cuando, concentrado en un programa de televisión, deglutía doce viandas sin reparar en su presencia. Y le deseaba aún más si, al concluir, él pronunciaba su nombre para exigir más alimento, con un acento que trastocaba los vocablos para cecear frecuentemente. A él le encantaba la perseverancia de su mujer y amaba físicamente hasta el mínimo aliento de su cuerpo. A ella le arrobaba la fortaleza de su hombre cuando abrazaba su cintura, la forma de expresarse, su prematura madurez y su autosuficiencia.

Pasaron unos años, no muchos, sí suficientes para que ambos atemperasen sus arrebatos y conformaran una pareja tan firme como habitual. Como sucede en estas circunstancias, Tragaldabas llegó a hacer suyos determinados rasgos de su mujer, costumbres, formas y minucias. Leona se había mimetizado con su hombre en pequeños gestos, manías sin malicia, andares, expresiones… Al cabo, lograron ser una pareja adecuada, consistente.

Pero una mañana él despertó de un mal sueño, giró el brazo izquierdo y topó con la manta; bajo ella, rebuscó el cuerpo desnudo de su hembra, palpó su vientre hasta alcanzar el vello púbico, después se elevó hasta la cintura para buscar sus pechos, que recorrió con impaciencia, tanta que al cabo de dos minutos había concluido el viaje y de un salto se escapó de la cama. Desperezó la dureza de sus bíceps y flexionó los músculos compactos con dos movimientos rápidos sobre el alféizar de la ventana, mientras miraba al cielo para reconocer unas débiles nubes junto al sol de primavera. Hecho lo cual, giró levemente su cabeza para reencontrarse con el cuerpo perezoso de su hembra: por la inexpresividad de su rostro, por sus ojos cerrados, aparentaba no haber sabido de sus efímeras caricias y simular la prolongación del sueño, abrigada hasta el cuello con la manta.

Al observarla así, Tragaldabas pensó que nunca comprendería tal despropósito: “En la calle hace calor y ella tapada hasta la barbilla, impertérrita”. Esta última expresión, impertérrita, la había aprendido de su suegra, a la que siempre supuso una redicha (por lo tanto, insoportable), así es que evitaba pronunciarla, pero la disfrutaba en su pensamiento.

Al acercarse a la cama, Leona alzó tiernamente los párpados, vio la figura desnuda de su hombre sentada en uno de los bordes; corroboró que seguía tan en forma como cuando le conoció en la montaña mágica, que su cuerpo, pese a las viandas ingeridas, era todavía el que ella deseaba. Y eso le provocó tal escalofrío que le anudó la garganta, que le aventó su vientre hasta introducirse en el sexo, arder en sus entrañas y, tras el éxtasis, posarse tiernamente en los tobillos. Pero de regreso a la escena, Leona percibió que él la miraba aquella mañana de un modo diferente, extraviado. Al cruzar la vista por el cuerpo de Tragaldabas, supo que ya no tenía asido por su antebrazo el inmenso pan que siempre le había acompañado.

Como te lo cuento.La gran explosión

Tragaldabas miró a Leona con desconsuelo y balbuceó unas cuantas palabras. Como no le entendió, algo preocupada, pero aún más expectante, pidió que le repitiera la frase; entonces él llevó su vista a la ventana y alzó la voz para decirle, por primera vez en correcto idioma castellano: “He perdido el apetito”.

Nadie sabe si fue entonces cuando se detuvo el tiempo, pero cuentan que las nubes giraron sobre sí mismas para esconderse sobre el cielo, que el Sol huyó hacia otra galaxia y, en consecuencia, que la Tierra detuvo violentamente su rotación. La sacudida fue de tal magnitud que despidió a Leona del lecho y la estampó contra el fondo del armario, para absorberla con tanto ímpetu como si penetrase en un agujero negro. Desde la sima de un cajón, bajo las docenas de camisas, los centenares de faldas y pantalones que Leona había acumulado en años pretéritos, escuchó a Tragaldabas pronunciar su nombre, pero ante tanta algarabía aquella voz ya no le supo a hierba recién cortada, ni a pasión de hombre, ni a silbo enamorado. Él seguía nombrándola lastimero mientras sus bíceps alzaban puertas caídas, retiraban cajoneras astilladas y desenterraban ropa enmarañada en busca del cuerpo de su hembra.

Cuando bajo una chaqueta Armani descubrió el rostro de Leona, Tragaldabas pronunció la inútil pregunta acostumbrada: “¿Qué te ha pasado?”. Y sin esperar respuesta, otra no menos estúpida: “¿Estás bien?”. Obviamente, Leona no respondió; se limitó a mirarle en silencio, aceptar su mano y alzarse de entre las ruinas. Tragaldabas continuó su monólogo, pero ella no le escuchaba, pues su pensamiento estaba desolado. Acabado el estallido aterrador, ya no le preocupaban los efectos del desastre, sólo el lamento que cruzaba por su cerebro: “No tiene hambre, no tiene hambre”…

Tras recomponer su maltrecho cuerpo y recobrar algo de sensatez, Leona quiso comprobar desde la ventana los efectos de la gran explosión, pero ante su asombro bancos y plazas, calles y edificios se mantenían en sus puestos, hombres y mujeres transitaban la calle con parecida expresión abúlica a la de la mañana anterior. Como la habitación seguía siendo un dislate, asumió la evidencia: el Universo se había descompuesto en millones de átomos únicamente en su hogar; es más, la Tierra había detenido su marcha exclusivamente en su dormitorio. Supo entonces de los cristales rotos, de la fragilidad del ídolo y lloró la pérdida sin una lágrima. Tragaldabas ya no tenía apetito. Lo que a toda mente sensata le hubiera supuesto una noticia excelente después de tantos años de copiosas degluciones y de cientos de horas asida al fogón para aderezar sus alimentos, a Leona la sumió en una depresión profunda, ese tipo de enfermedad tan inhóspita como todas, pero más incómoda, que consume con lentitud y es difícil de sanar.

A estas alturas del relato he de informar que, mientras Leona gozaba todavía con el acopio de camisas, pantalones y zapatos -aunque adquiridos en regla desde que conoció a Tragaldabas-, él pasó los años poblando la despensa con cientos de vituallas de alto valor proteínico: sangrantes chuletones de Ávila, rosadas patas de cordero manchego, tiernos hígados de vaca retinta leonesa, entrañas de cerdo de Guijuelo, chorizos y jamones extremeños… “Me gusta este país, España es lo mejor del mundo”, repetía descompuesto por la gula cuando acopiaba en su estómago miles de calorías autóctonas que siempre le provocaban un acceso de amor hacia Leona, quien nunca le reprochó tanto desvarío si ella tenía libertad para conservar el suyo. Así lo hicieron y se respetaron tanto que en aquella mañana de la gran explosión, mientras recomponía los muebles del dormitorio y ordenaba la ropa, Leona comprendió que, si estaban obligados a convivir desde entonces al margen de todos sus desmanes, su matrimonio ya no podría ser igual.

Como te lo cuento.Una mujer descontrolada

La descomunal e íntima explosión no sólo acarreó la pérdida de apetito de Tragaldabas, sino los hábitos de Leona. Cuando él trotaba desconsolado por las esquinas de la casa, ella ocupaba una silla frente a la nutrida despensa incapaz de reaccionar ante tantos alimentos acumulados durante semanas por su hasta entonces insaciable hombre. Supo después que su educación de hembra de rapiña y ecónoma en los gastos le impediría desprenderse de los sangrantes chuletones de Ávila, de las rosadas patas de cordero manchego, de los tiernos hígados de vaca retinta leonesa, de las entrañas de cerdo de Guijuelo y de los chorizos y jamones extremeños, por lo que tomó una decisión tan sublime como destructora: a partir de entonces se alimentaría exclusivamente con aquellos yantares y lo haría por orden cronológico, es decir, de acuerdo con la fecha de caducidad de cada uno.

Esta decisión supuso un serio inconveniente para Leona, pues, como comprobó en envases y envoltorios, algunas de las viandas caducaban en la misma fecha. Guiada por su instinto, optó por deglutirlos con exceso, lo que le supuso, llevado el tiempo, tanto desvarío alimentario que su cuerpo fue ganando peso día a día, que sus formas de hembra en celo se extraviaron entre los pliegues de su ropa para no regresar a los ojos de su hombre, a quien ya entonces había perdido entre su cama.

Leona era en aquellas fechas una mujer descontrolada, invadida por la desazón de saberse vulgar, deprimida ante el hecho constatado de que su matrimonio había pasado a sumarse en las filas de los más; de que había perdido, acaso para siempre, el privilegio de los menos. “Mujer gorda viviendo con hombre extraño”, se repetía diariamente, tan a menudo como Tragaldabas, ajeno a la desgracia de quien ya no era su hembra, desaparecía de casa por las tardes para regresar sin horas y en desorden.

Cuando el que fuera menudo cuerpo de Leona alcanzó los 80 kilos sedentarios, extravió su razón. Entonces Tragaldabas, erigido en señor de la casa, manifestó a su mujer su indisposición y malestar: no estaba preparado para cohabitar con tamañas desproporciones. “Eres una gorda compulsiva, no te entiendo; me aburro contigo”, le dijo en el despertar de una mañana soleada. Leona lloró la pérdida sin una lágrima, pero comprendió a su señor. Cuando él propuso que acudiese a un centro de terapia psicológica y de adelgazamiento progresivo, pero lento, ella experimentó la furia del desgarro en las venas de su cuello, hinchadas por la desazón, pero aceptó.

Sombra de su sombra, Leona ya no hacía honor a su nombre ni a su estirpe, por lo que Tragaldabas se deshizo de su mujer con menos inconvenientes de los que supuso. Al quedar solo en casa comenzó a recuperar sus extravagancias, a las que él llamaba libertad. Nunca volvió a llevar un pan bajo el brazo, pero se mimetizó con tanta maña con el tiempo pretérito que tomó para sí con excesiva facilidad uno de los disparates de Leona de aquel ayer, cuando era joven: el latrocinio. En gran escala y con fingida galanura, por supuesto. Con listeza y prepotencia, de suyo natural. Sin conformar sus manos a los pequeños hurtos, se hizo ladrón de playas de moda y fiestas de estío en el Sur, para lo que recuperó la fortaleza de su bíceps, perdida en los últimos años con Leona.

Como te lo cuento.Consumación

La historia de Tragaldabas y Leona acaso no sea real, pero debería serlo. La narración, tal y como yo la supuse, concluye ahora y, sin embargo, seguramente continúe en la memoria de algún lector empedernido o en la existencia de miles de parejas anodinas, porque la crónica de Leona y Tragaldabas quizás sea también su testimonio.

Cuando en ‘Blade runner’ el replicante Rutger Hauer le implora a su creador, William Sanderson, que le prolongue la vida, éste, sin saber que su respuesta le conduce a la muerte, lo rechaza con una frase antológica: “La luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo”. El encantamiento, también.

Una imagen, una palabra, una frase, un sonido simple, sencillo… abarcarlos entraña gran dificultad en el proceso vital. Los seres humanos urdimos con frecuencia ideas, secuencias, reflexiones, sin que alcancemos a compartirlas, sin saber exteriorizarlas, que suenan bien en el cerebro, pero que se atoran en la lengua al procurar transmitirlas, escribirlas, grabarlas, pintarlas… El que alcanza a hacerlo es un artista y el que lo logra con la adecuada sencillez para ser comprendido, un creador. Como el domador de palabras (hermosa definición) de la película ‘Lèolo’ -nombre tan próximo a Leona- , que hurgaba cada noche en las basuras del mundo buscando cartas y fotos, que creía que las palabras y las imágenes han de mezclarse con las cenizas de los versos para que renazca la imaginación de los hombres.

Incluso el sencillo resplandor que sabe transmitir Wenders en ‘Cielo sobre Berlín’ cuando, encaramado en lo alto del Bundestag, asido a la Victoria de Samotracia, su ángel terrenal nos recuerda que “cuando el niño era niño las manzanas y el pan le bastaban. Y todavía es así. Cuando el niño era niño las frutas silvestres le caían de la mano. Y todavía es así. Las nueces frescas le ponían áspera la lengua. Y todavía es así. En la cima de un árbol cogía las cerezas con igual deleite que hoy, todavía. Sentía timidez ante los extraños, y todavía hoy la siente. Esperaba las primeras nieves, y todavía las espera. Cuando el niño era niño lanzó un pelo como una lanza, contra un árbol, y hoy vibra todavía”.

Vibrar, resurgir, lucir, resonar… Siempre con tal intensidad que su estela es fugaz y que, en fin, dura la mitad de tiempo.

La historia de Leona y Tragaldabas existió mientras subsistió el encantamiento. Fue, como el amor, un destello. Perdida la intensidad de la luz, uno y otro se reconocieron vulgares, es decir, como todos. Sin pasión, el hechizo estaba roto. Leona nunca regresó a su hogar, se extravió en las esquinas de una calle perdida en una ciudad sin nombre. De Tragaldabas no volví a tener noticia, lo único cierto es que su nombre desapareció sin rastro. Estaba escrito. La de usted que me lee, o la de aquellos que no lo hacen por costumbre, quizás también quede rubricada en este cuento si acaso, como es previsible, han descuidado ya el encantamiento.

Como el domador de palabras, hemos de admitir que las imágenes deben mezclarse con las cenizas de los versos para que renazca nuestra imaginación. Mientras esto no suceda -y no es frecuente- su vida, la de su vecino, la del prójimo al que usted no conoce, serán fugaces. Y atorados por la abulia, durarán la mitad de tiempo.

(Gregorio González Perlado es periodista y escritor).

SOBRE EL AUTOR

Gregorio González Perlado, un gran periodista y poeta, se incorpora al equipo