El Cielo y la Tierra

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El Cielo y la Tierra

Fueron en el Caos unos amantes apasionados, intensos en el abrazo, pero breves en el tiempo. La Natividad del mito emerge con ellos, miles de años anteriores a aquellos de Belén que el cristianismo os impele a festejar cada diciembre.

Gregorio González Perlado
Gregorio González Perlado

Fueron Nut y Geb, los inconmovibles enamorados que precedieron al principio de los tiempos, pero separados por Shu, el dios del Aire en Heliópolis. Por eso, con la piel bañada en lágrimas y en mitad de la tormenta de arena, Geb clamaba al infinito. Tanto que su mano se transformó en piedra y su pierna encorvada se trocó en montaña. Ante la ausencia de los secretos corpóreos de Nut, él sólo podía llorar. Los dioses observaron cómo su piel se convertía en dureza con la luz del día, y su lengua, y sus ojos, que antes de que naciese el Aire eran como la espuma en el nadir.

Geb prefería la noche. Cuando escondía entre sus rodillas al astro Sol y se adormecía el Aire, su apasionada Nut descendía hasta él para hacerle el amor [miles de años antes de que el Niño hubiera sido concebido]. Entonces conformaba un ovillo jugoso con Nut, que flotaba en el infinito, la circunscribía a su propio Caos, aunque siempre apareados. Porque ellos eran el Cosmos y la Luz.


Geb fue relegado a permanecer tumbado en el suelo y Nut, obligada a arquearse como una bóveda sobre la tierra


Pero Nut se debía a Ra, su incómodo esposo; un dios irascible que, chasqueado y orejón, decretó que ella no podría parir durante los 360 días del año, y mandó al Aire que los separara bruscamente para que no pudieran copular. De este modo, Geb fue relegado a permanecer tumbado en el suelo, y Nut obligada a arquearse como una bóveda sobre la tierra. Shu, perito del aire, del viento y las tormentas, se situó entre ambos. Desdichada, Nut pidió la ayuda de Thot, el dios de la Sabiduría, quien decidió robar una parte del resplandor de la Luna para crear cinco nuevos días, e hizo así que el año tuviera 365 días. Cinco durante los cuales Nut y Geb pudieron ser unos amantes apasionados, intensos en el abrazo, pero breves en el tiempo.

LA ENVIDIA Y LO PROHIBIDO ACECHAN EN EL INFINITO

Desde entonces, acaso tú también habrás observado a Nut cuando alzas la mirada hacia el nadir en estas fechas otoñales, porque ella nunca se esconde, pero quizás no la hayas visto completa, en su total desnudez, porque su desnudez total es algo que sólo intuye el ciego, el mendicante, el feto en el seno de la madre. Si en estos días tú pretendes abrir enteramente los ojos para contemplar todos los secretos de su cuerpo, se ocultará a tu mirada y cegará tus retinas.


Acaso tú habrás observado a Nut cuando alzas la mirada hacia el nadir, pero quizás no la hayas visto completa, en su total desnudez


Sin embargo, Geb conocía todos los misterios de su figura, que palpaba y protegía con su manto terroso, pues sabía algo que tú nunca has adivinado: que la envidia y lo prohibido les acechaban en el infinito, donde moraron desde que fueron despreciados y expulsados al espacio oscuro, entre un maremágnum de asteroides que se introdujeron en sus cuerpos como una cuña en la madera.

Geb aún recuerda que posó entonces sus manos sobre el vientre de Nut y la apartó de él. Y la levantó para que permaneciese fuera de su alcance. Después luchó largo tiempo con la envidia para defender a su amante. Pero fue vencido y por eso todavía llora Nut, y por eso sus lágrimas humedecen a veces vuestros campos.

Y Geb se lamenta eternamente, porque ha dejado de ser el Cosmos.

Porque el único contacto con el cuerpo de Nut son las uñas de sus manos y de sus pies. Porque desde hace miles de años Nut y Geb son el Cielo y la Tierra.

(Gregorio González Perlado es periodista y escritor).

SOBRE EL AUTOR

Gregorio González Perlado, un gran periodista y poeta, se incorpora al equipo

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