El doliente

Confesiones de un vencedor del coronavirus

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El doliente alzó su mano y así se quedó, esperando una tregua.
El doliente alzó su mano y así se quedó, esperando una tregua.

El 23 de febrero de 2021, tras 16 días de claustro y condena por un virus coronado, abandoné el hospital de Salamanca, donde tanto se me acercó la muerte que a punto estuve de acompañarla. Pero resurgí y ahora, más de tres meses después, me siento capaz de recomponer mi escritura para reflejar en ella las imágenes y las alucinaciones de aquel tiempo cruento. Sea, pues.

Gregorio González Perlado
Gregorio González Perlado

El doliente descubrió que había perdido la contradanza y no supo explicar la quiebra. Yacía con austeridad su cuerpo sobre la cama en la primera luz del día. Se sorprendió con el tacto de sus extremidades, en abyecta soledad: “Atraviesa mi piel una duna infinita, en la que mi paladar es como una basílica hueca y en penumbra”. Se extravió ante el chasquido del pensamiento: “Reconocerlo me desconcierta tanto como repasar con los dedos las simas de mi pecho dolorido”.

Cuanto de finito emanaba de su cuerpo se precipitó en el cerebro, como imágenes de culto privadas de tonalidad por las calcas del tiempo. “Al borde de la existencia me abraso entre el ser y la nada. Y surge el delirio. En esa confusa tibieza, un laberinto de jarcias me aprisiona, me aleja de aquellos a quienes he tenido en la espesura del amor, a quienes hablé en los años con el rumor de la caracola a la orilla del océano. Pero ahora, sumido en el delirio por el que temo mi final, me siento abandonado por los sueños, abatido en la oquedad. No acierto a recomponer sus rostros”.

Herido en la batalla virulenta, la intensa luz de aquella habitación indeseada barrió cuantas imágenes le cobijaron hasta entonces. Desarraigado, altas hierbas del olvido procuraron componer su pócima. Aunque conociese la razón del azar que le llevó a aquel hospital, recibiría como respuesta corazas y blindajes. Y entonces, irremediablemente, su sombra se difuminaría entre las jarcias para penetrar en ellas convertido en recuerdo.


Aunque conociese la razón del azar que le llevó a aquel hospital, recibiría como respuesta corazas y blindajes.


Sin embargo, aunque herido en la batalla, alzó su pendón, estremecido. Pues, aunque tersara la palabra para encomendarla a la muerte, ¿qué quedaría de él sino el gesto con que los labios se acogen al silencio forzado?

Así se descompuso el paraíso en los linderos, buril conciso que pretendió grabar su propia derrota en la órbita del cuerpo, presentido azar que rompió el cauce de los ríos, el volumen de las formas, el espacio de los deseos, el universo de los pronombres, la luz de los gestos, el trayecto de las estatuas descabezadas entre las columnas de mármol. Y así fue que trepó el insomnio por sus manos, por los muros encrespados de su cuerpo, por el encaje de los más ocultos daños, por el tallo de su lengua silenciada.

Días después, extenuado a causa del desorden provocado por sus conceptos, invocó al sueño en su memoria, procurando que todo cuanto había acontecido en su cerebro delirante, ardiese en el olvido, que aquel abundante surco de pavores que atravesó su cerebro, permitido por su displasia, por su paranoica impaciencia, se alejase de las aguas del Estigia para reencontrarse con la vida. Los gestos que, sin saber exactamente por qué, se escondían bajo los asteroides, el silencio extravagante sostenido en un instante, como el que surge cuando una bombilla está a punto de estallar y la última locura innecesaria se acatarra en las estancias, todo cuanto le dañó hasta la sinrazón, todo ello alcanzó a evaporarlo con el aire, con suprema voluntad.

Tuvo conciencia de su imperfección, que no era única, lo que le sorprendió levemente. Entonces alzó su mano y así se quedó, esperando una tregua. Tanto se agrietó su cuerpo mientras se desnudaba el silencio, mientras se extrañaba su sombra en la paridad de los días, tanto que ya le resultaba difícil comprender si era solo un hombre que aguardaba la llegada de la paz.

Despojado de las jarcias, el doliente descubrió en la superficie de la luz el reflejo de su futuro y echó a andar sobre ella. Como es notorio, reencontró la vida en ese intento.

(NOTA: Cuantos hacemos este periódico recibimos con gran alegría la completa recuperación de nuestro compañero y amigo Gregorio González Perlado, con el que, aunque a distancia, algunos de nosotros hemos compartido día a día los avatares de su padecimiento. Hoy celebramos gozosamente su vuelta a la salud, a la escritura y a la vida. Bienvenido, amigo).

(Gregorio González Perlado es periodista y escritor).

SOBRE EL AUTOR

Gregorio González Perlado, un gran periodista y poeta, se incorpora al equipo

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