Llamadme actriz…

...y acertaréis, porque así me siento en esta película del coronavirus

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La autora el día que se casó consigo misma, mucho antes de la pandemia y como si la vaticinara.
La autora el día que se casó consigo misma, mucho antes de la pandemia y como si la vaticinara.

No soy la única que cree vivir en una película desde que empezó la pandemia. A veces parece que estás dentro, eres la protagonista y huyes del peligro. Otras, es como si, sentada en la butaca, tranquilamente, disfrutaras de unas palomitas. En esa esquizofrenia nos movemos algunos. Las aventuras apocalípticas en pantalla son emocionantes, casi siempre ganan los buenos. En la vida real dan miedo.

La periodista, con su perro Killer
La periodista, con su perro Killer

Ahora que empezamos a vislumbrar el futuro con esperanza, la cantidad de informaciones diversas, contrarias, abrumadoras o terroríficas que me han llegado, entre noticias sin confirmar, avances demasiado inconsistentes, manipulaciones burdas o bulos puros y duros, me han tenido paralizada, he de confesarlo, porque aparte de descubrir que vivimos en el país con más listos por metro cuadrado, poco he sacado en claro de la experiencia.

Fui una más de las que se manifestaron el 8 de marzo. Besé, abracé, bebí de la misma botella y chupé el mismo tenedor, compartiendo ensaladilla rusa en una terraza, mientras coincidíamos en que este año participó menos gente. Nos burlamos, incluso, de la más sensata, que nos saludaba con el codo. Visto ahora con perspectiva está claro que fue un atrevimiento. Por suerte no nos hemos contagiado. Lo mismo que un amigo que viajó a Inglaterra tres días después, el 11 de marzo, para aplaudir a su querido Atlético, que, en Anfield, le metió 3 golazos al Liverpool. También él se libró del virus y, en su caso, además, se libró de las críticas que nos acusan de supercontagiadoras a las del 8M.


Aparte de descubrir que vivimos en el país con más listos por metro cuadrado, poco he sacado en claro de la experiencia.


Para mí la película pasó de la Ciencia Ficción amable al terror, cuando cayó en mis manos un reportaje en el que se afirmaba que los supermercados eran “trampas mortales”. A punto estuve, tras leerlo, de palmarla, no por coronavirus sino por una intoxicación alimentaria, consecuencia de comerme todo lo que encontré en casa, incluyendo lo caducado, con tal de no salir a la compra.


Con la mascarilla seguiremos, y aquí ha aparecido Ágata Ruiz de la Prada, esa visionaria de la moda, para echarnos un cable a las más coquetas, asegurando que aportan encanto.


Luego aventuré algunas incursiones, pertrechada con los guantes de la cocina y un pañuelo atado a la boca, ante la escasez provocada por los países que iniciaron su escalada por acaparar material protector, asunto que me pilló sin mascarillas en el cajón de las bragas. Salir era como equiparte para un viaje al espacio, y a la vuelta hacer de ama de casa lavando a temperatura máxima y desinfectando con lejía (…que, menos beberla, he hecho de todo), la ropa utilizada en el exterior. Ha sido un alivio que la OMS anunciara que no hay constancia de que el virus sobreviva en las superficies, así he dejado de rociarle las patas al perro con desinfectante, porque ya se negaba a pasear por no someterse al calvario posterior.

MASCARILLAS CON ENCANTO

Con la mascarilla seguiremos, y aquí ha aparecido Ágata Ruiz de la Prada, esa visionaria de la moda, para echarnos un cable a las más coquetas, asegurando que aportan encanto. Ella se ha puesto al tema y ha diseñado unas (“solidarias y felices”), para la cadena Lidl, convencida de que una mujer “enmascarillada” es un “misterio casi erótico”. Y menos mal que no soy calva, porque otra de las noticias que me han alucinado es un estudio, según el cual, el hecho de que “el virus penetre en las células pulmonares a través de las hormonas sexuales masculinas, indica que los calvos son, en teoría, más propensos a desarrollar cuadros más graves de la enfermedad”.

Las mascarillas de Ágata para Lidl.
Las mascarillas de Ágata para Lidl.

No termina aquí la Ciencia Ficción ¡Qué impagable escena la del señor con chófer, repantingado a bordo de su Mercedes descapotable, “voxeando” megáfono en ristre: “¡Quiero libertad. Gobierno dimisión!” Casi tan surrealista como la noticia que revelaba que los japoneses están preparando el protocolo para un ataque extraterrestre que anda al caer. El ministro de defensa nipón recalca no creer en OVNIS, pero “pa porsi”. A eso le llamo yo ser previsor, aprende Fernando Simón. Más sorprendente todavía es que las caceroladas, que amenazaban con convertirse en la canción del verano, se hayan evaporado “como lágrimas en la lluvia”. Dicen que han abierto los clubes de golf, será por eso.


Una ya, lo único que quiere es que aparezca el The End cuanto antes y salir pitando a darle un abrazo a alguien.


Más giros de esta extraña película; un colaborador de la NASA, Peter Gorham, ha descubierto que hay indicios de que con el Big Bang nacieron dos universos paralelos que funcionan de forma inversa. Es decir, el universo que habitamos es un complejo holograma y pudiera ser que estuviéramos al mismo tiempo dentro de la película, o sea actores, y comiendo las palomitas, espectadores. Leí, de propina, que el sol está reduciendo su emisión de energía… Y la guinda, la posibilidad, que quedó en nada, de vernos arrollados y exterminados por un meteorito dispuesto a quitarle trabajo al coronavirus.

He aquí a un señor completamente falto de libertad, gritando contra el Gobierno.
He aquí a un señor completamente falto de libertad, gritando contra el Gobierno.

Total, que una ya, lo único que quiere es que aparezca el The End cuanto antes y salir pitando a darle un abrazo a alguien.

Si yo fuera José Luis Cuerda, ¡qué pedazo de película me saldría! Ya tengo el título: “Amanece en un mundo y anochece en su paralelo, que no es poco”.

(Elisa Blázquez Zarcero es periodista y escritora. Su último libro publicado es la novela La mujer que se casó consigo misma. Diputación de Badajoz).

SOBRE LA AUTORA

Una colaboradora muy especial

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