Teatro Romano de Mérida

Cuantos cruzaron el escenario de este coliseo se fueron hablando de prodigios a rostros hoy desconocidos, encharcados en la estela de la pureza. Porque todos estuvieron aquí, es cierto, en este teatro del pasado y sin futuro

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Teatro Romano de Mérida

¿En qué lugar del cerebro permanece la conciencia del pasado? Las mesetas de la memoria, las depresiones del tiempo, ¿dónde se ocultan? El paseante conoce la condición del coliseo que le acoge, las gradas sin fin, el cielo lejano, los rostros sin facciones en la escena vacía, sobre los que no existe el pasado, en los que no se refleja el futuro. Esa antigua calzada indescifrable pronuncia su nombre para acallar la memoria, para estampar sus huellas en la suavidad de la tierra y divisar el horizonte sin mirar atrás.

Gregorio González Perlado
Gregorio González Perlado

Recorre el hemiciclo romano ante la ausencia de unos seres anónimos, desértico. Solo las piedras le recuerdan su nombre. Con el deambular aprendido, su figura se refleja en las inmensas columnas y comprende el mensaje: allí tuvieron lugar las representaciones presentidas, los escenarios anhelados y nunca repetidos. Camina sin rumbo, vagabundo impertérrito ante la farsa, donde ahora soñar es imposible.

El monumento es parte de una ciudad provinciana en la que los edificios, a varias leguas del cielo, suicidan la imaginación. El paseante calza el desengaño, se expone a la luz y evita las palabras. Afable a la indigencia, desnuda los presagios, ajenos, turbios, intransitables. Si en ocasiones se reconoce sobre las depresiones del tiempo, su memoria calla, porque ya es tarde. Tarde para deletrear unos nombres y desnudarlos sin pudor, para fragmentar la conciencia en su intento de reconocerse vivo en un ámbito apacible. Puesto que el paseante existió aquí antes de la decadencia, todo le es extraño frente a la batalla: lanza su mirada hacia atrás sin reconocer al enemigo.


El paseante existió aquí antes de la decadencia, y ahora todo le es extraño frente a la batalla: lanza su mirada hacia atrás sin reconocer al enemigo.


HABLANDO DE PRODIGIOS

Hubo de regresar, descubrir en cada drama los secretos de la pasión, saludar a los que fueron espíritu de escena con la conciencia del aire y acariciar sus figuras de éter bordando una sonrisa, no rehuir la mirada al tropezar con un abrazo rebosante de memoria, no reprimir el suspiro con los dedos en la comisura de sus labios. Cuantos cruzaron el escenario de este coliseo se fueron hablando de prodigios a rostros que él desconocía, encharcados en la estela de la pureza. Porque todos estuvieron aquí, es cierto, en este teatro del pasado y sin futuro.

Al cabo, acudir a este espacio no es más que modular con precisión la soledad: palabras cálidas, gradas desnudas que aceptan sus pasos por un módico silencio. Persistencia y antídoto a la muerte. Renacer a mitad de la cávea con una brisa difusa, tan lánguida que el aire no trasciende a la ciudad, esa que el paseante habitó ajeno a los recuerdos.


Acepta que ya no es imprescindible existir con ansia de azoteas, que ha llegado hasta aquí únicamente para reconocer las voces de aquellos que se fueron.


Aquí existe hoy aprendiendo a no regresar, calculando el horizonte con temor a lanzar atrás su mirada y convertirse en estatua de sal. Este otoño es a veces demasiado largo para compartir la soledad, para rememorar aquellas noches de calima en la versura donde nunca supuso que el presente de este coliseo desconocería su nombre; demasiado largo para el jardín colgante sobre el peristilo en el que, ahora frío y estático, supo entonces lapidar los calendarios.

Este es el momento en que los espíritus de los actores se convierten en ausencia, en pleamar de imposibles iniciales. Y regresa hacia poniente en lo más alto del recinto, rema su vista con lentitud hacia otro aliento, y acepta. Que ya no es imprescindible existir con ansia de azoteas, que ha llegado hasta aquí únicamente para reconocer las voces de aquellos que se fueron.

En ese instante el sueño posible termina dulcemente, como la herida en la que ya no persiste el dolor, como la soledad de este teatro vacío. El paseante alza su cuerpo de la grada y se acoge a la calzada en la que todavía resuenan los saludos de cuantos admiró y el tiempo ha destruido. Alcanza la calle tras la verja y, al tiempo, su certeza: durar con esfuerzo, limitar el espacio, sobrevivirse.

(Gregorio González Perlado es periodista y escritor).

SOBRE EL AUTOR

Gregorio González Perlado, un gran periodista y poeta, se incorpora al equipo

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