En breves instantes

En el último cuarto del siglo pasado y, con descomunal intensidad, en los años del nuevo milenio, nuestro idioma ha vuelto a ser fruto apetecido por los bárbaros

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Un significativo chiste de Forges que alude a lo que el autor denuncia en este articulo.
Un significativo chiste de Forges que alude a lo que el autor denuncia en este articulo.

El idioma español que ha llegado hasta nosotros se ha compuesto y recompuesto a lo largo de los siglos merced a una amalgama de culturas muy diferentes (griega, romana, goda, árabe, castellana y, varios siglos después, francesa y anglosajona). La construcción y evolución históricas de una lengua acostumbran a ser fruto de la barbarie, es decir, de las invasiones y de las colonizaciones. Las tierras de esta ancha porción de la Península fueron invadidas y colonizadas con todo detalle durante siglos. Y con ello se transformó la lengua, e incluso acogió a otras en los mismos feudos. Pero cuando nos alcanzó la Reconquista, Isabel de Castilla aplicó su concienzuda mano de hierro: todos cristianos. El idioma, también; tanto que el vulgo español popularizó una consigna que ha llegado hasta nuestros días: “Hablar en cristiano”.

Gregorio González Perlado
Gregorio González Perlado

Más de cinco siglos han transcurrido desde entonces. Un largo período en el que nuestros ancestros protagonizaron profundos cambios en los modos de comunicación verbal. La lengua evolucionó en sintonía con el desarrollo mental del ser humano y, aún más importante, con su posibilidad de estar en contacto con culturas diferentes. Y tengo la convicción de que eso la enriqueció. Porque el idioma es como un músculo en permanente vibración. O al menos lo era hasta hace pocos años.

En el último cuarto del siglo pasado y, con descomunal intensidad, en los años del nuevo milenio, este conjunto de sonidos articulados con el que nos manifestamos ha vuelto a ser fruto apetecido por los bárbaros. Pero no para enriquecerlo, como en tiempos pretéritos, sino para despedazarlo con un ritmo de vértigo. Acostumbro a creer que la cultura ennoblece a la persona y que un ser cultivado enriquece al idioma; en consecuencia, a sus próximos, puesto que a ellos comunica. Pero estos ya no son años de luces y tampoco de ilustrados. Norte a sur, impera la pobreza y el desorden del idioma. Los seres cultivados se refugian en gavetas y anaqueles o son archivados en bargueños, como especímenes condenados al polvo en un vetusto bazar. Por lo tanto, son ignorados, algo mucho más grave que el desprecio.


Al hablar, representantes de la ‘clase política’ y un nutrido grupo de informadores torturan la inteligencia de los ilustrados y alagan las ignorancias del resto.


POLÍTICOS E INFORMADORES

Determinados representantes de la conocida como ‘clase política’ y un nutrido grupo de informadores en los medios de comunicación (¿por qué llamarles periodistas a estas alturas del desastre?), aparentan haber accedido a sus correspondientes tarimas para torturar la inteligencia de los ilustrados y alagar las ignorancias del resto. Me basta con oírles hablar. Oír únicamente, porque escuchar requeriría mi interés por su oratoria, y no estoy preparado para esa expiación.

Los políticos declaman; cuando lo hacen, a unos pocos entiendo, a otros comprendo y, a la mayoría, ni lo uno ni lo otro. El grupo de informadores escribe y habla (una pizca engolado, pero habla). Cuando alcanzo a leer lo que algunos escriben, acostumbro a recordar el interrogante de un entrañable escritor, Jesús Delgado Valhondo (¿Dónde ponemos los asombros?). Y si, por descuido o abulia, conecto la radio o el televisor y surge cualquier informativo, me extravío. Una desorientación que alcanza su cenit al detectar las puñaladas mortales que asestan al lenguaje los encargados de emisiones deportivas y, más aún, sus acompañantes al modo de comentaristas.


Cuando alcanzo a leer lo que algunos escriben, acostumbro a recordar el interrogante de un entrañable escritor, Jesús Delgado Valhondo: ¿Dónde ponemos los asombros?


Políticos e informadores son dos vasos comunicantes. El líquido acostumbra a ser el mismo. Y ambos son los hacedores del nuevo y corrupto ‘lenguaje’, pues ambos ejercen una influencia poderosísima en los que les escuchan o leen a través de los medios de comunicación. Cierto que son hijos de la ambigüedad de nuestra era y de la vacuidad imperante, pero ello no disculpa sus tropelías verbales; muy al contrario, les inculpa, porque para la generación actual, su voz y su mensaje han sustituido hoy a la de aquel viejo maestro que nos enseñó la gramática y con el que aprendimos, uno a uno, el significado de las palabras. Porque ahora ellos forman y deforman el idioma. Y temo que el futuro de la lengua española sea consecuencia de sus dislates.

(Ayer, reposado en el sofá y concluido el día, conecté el televisor. Canal nacional, notas en torno al Valle de los Caídos. Una voz sin rostro relató las nuevas. Tras de ella surgió en pantalla el semblante de una presentadora-informadora, quien anunció: “En breves instantes seguiremos…”. ¿Breves instantes? ¿Acaso supuso la comunicadora que existen instantes breves e instantes largos y que, por lo tanto, era necesaria esa absurda redundancia? Aún más: ¿Cuántos instantes? ¿Le valdría con siete, con ocho instantes, o serían pocos? ¡Qué despropósito!).

(Gregorio González Perlado es periodista y escritor).

SOBRE EL AUTOR

Gregorio González Perlado, un gran periodista y poeta, se incorpora al equipo

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