jueves, 9 febrero, 2023
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Diccionario de la Locura (1): El Alienista

Este antiguo profesional, que surge de la atención a los alienados, es el antecesor del psiquiatra moderno

Estudiar la figura del médico del alma (la psicopatología es el estudio de las dolencias del alma) puede ser una manera de entrar en la trama que rodea a todo enfermo mental. Trama que comenzaría por la misma historia de la locura como argumento; el loco, como personaje central; el alienista, un personaje salido de la chistera de la ciencia, como guardián; el manicomio, como la sede “natural” del demente y la enfermedad mental como el final de un texto que sigue, todavía, en busca de autor.

Abrimos hoy este Diccionario de la Locura o de literatura psicopatológica, aunque el articulista -un prestigioso especialista reconocido y premiado en España-, ya ha avanzado algunos temas al respecto en PROPRONews, que el lector puede consultar a través de los enlaces, al final de esta información.

Blas Curado García.
Blas Curado García.

El alienista, antecesor del psiquiatra, surge del trato con (o a) los alienados, los locos, como consecuencia de la aparición de los manicomios como centros de trabajo para los encerrados en ellos. El gobierno de estos mastodónticos hospitales se parece al gobierno de un pueblo, tanto que en el manicomio de mi pueblo los pabellones llevan los nombres de pueblos de la provincia. Es como estar en casa…

Los alienistas como Pinel o Tuke colocan las primeras piedras del saber especializado del trato a los lunáticos, con ellos surge el saber médico estructurado especializado, siendo la primera cátedra de psiquiatría para Esquirol en 1817; hasta ese momento no existen los alienistas especializados.


“Si debo dar un juicio sobre el valor moral de los locos, en comparación con el de aquellos que pasan por cuerdos, no podría ser más que en favor de los primeros” (Jaspers).


Estos profesionales aparecen, especialmente, por una necesidad social, a causa de la perturbación del orden, de aquí la función del alienista, y después del psiquiatra, de moldear su función como médico legalista. Como dice Escohotado: «no es casualidad que el primer nombre de la psiquiatría fuese medizinal polizei«. Muy diferente es la historia que cuenta Karl Jaspers en su Psicopatología general, del caso Jessen (1846): «He conocido por lo menos 1.500 locos y los he tratado como médico; he vivido entre ellos y con ellos, y he tratado con ellos más que con cuerdos. Si debo dar un juicio sobre el valor moral de los locos en comparación con el de aquellos que pasan por cuerdos, no podría ser más que en favor de los primeros. Reconozco libremente que estimo a los enfermos afectivos en general más que a otros, que vivo con gusto entre ellos, que en su compañía no echo de menos el trato con los equilibrados; más: en parte me parecen ellos más naturales y razonables de lo que encuentro en general a los hombres».

Saurí recoge la definición del alienista que ya escribió Ferrus, por el siglo XIX: «La carrera que debe seguir el medico de alineados está sembrada de tantas dificultades que para recorrerla debe consagrar su vida. En él las cualidades morales deben reunirse a aquellas que dan fuerza, dulzura y perseverancia al carácter; la sutileza y la sagacidad espiritual son más necesarias que en otros lados, como asimismo la consideración lograda por la instrucción y el verdadero mérito, que son tan indispensables para el éxito como difíciles de mantener».

Todo está aquí. RTVE
Todo está aquí. RTVE

AYUDANTES DEL PSIQUIATRA

El psiquiatra necesita ayudantes, no guardaespaldas o guadarlocos, como llamaba a los celadores del hospital Jhon Conolly. El guardián se hace enfermero, técnicos en enfermería psiquiátrica, decía el psiquiatra inglés, y que con estos técnicos desaparecería el espacio de encierro judicial y social del manicomio.

Don Francisco Quevedo en ese tratado o «Libro de todas las cosas y otras muchas más», nos da un perfil del médico de su época, que dice mucho de donde veníamos: «Si quieres ser famoso médico, lo primero linda mula, sortijón de esmeralda en el pulgar, guantes doblados, ropilla larga, y en verano sombrerazo de tafetán. Y en teniendo esto, aunque no hayas visto libro, curas y eres dotor; y si andas a pie, aunque seas Galeno, eres platicante. Oficio docto, que su ciencia consiste en la mula». O el entremés El doctor Juan Rana de Luis Quiñones de Benavente, que cantando el médico dice: «Tan ligero soy de cholla,/ señores, que me he pasado/ desde el tribunal de alcalde/ al de médico, de un salto./ Allí, por culpa del hombre,/ le mataba sentenciando;/ pero aquí, por culpa mía,/ sin sentencialle le mato».


Tras Hannibal Lecter se esconde la figura real de Ted Bundy, un psicólogo asesino, erudito, caníbal.


Molière no se queda muy atrás en su obra de teatro El enfermo imaginario: “En el instante de vestir el ropón y birrete de médico, aprenderéis todo eso, y después seréis aún más diestro de lo que deseáis. ¡Cómo! ¿Conoce uno las enfermedades con sólo llevar esa indumentaria? Sí. En cuanto se habla vistiendo toga y birrete, todo charlatanismo resulta sapiencia, y todo desatino se convierte en razonable. Además señor, sólo con vuestra barba tenéis la mitad del camino recorrido, que unas buenas barbas hacen la mitad de un médico”.

En un cuento de Machado Assís, El alienista, publicado hace ya muchos años, por el 1882, el personaje principal, Simón Bocamarte, nombre con gran rimbombancia, está envuelto en una historia de absurdos (que nos recuerda al Quijote), donde otro cura, el Padre Lopes, explica la posible demencia del médico por la idea de meter a los locos en la misma casa, la Casa Verde, en esa calle Nueva del pueblo de Itaguaí. El juicio lo  dice todo: «Eso de estudiar siempre, siempre, no es bueno, trastorna el juicio». Muy cervantino.

Hervé Bazin en su novela Muros de obstinación, dibuja un psiquiatra jefe de departamento, Salomón, sexagenario, que había abdicado como médico y actuaba como un funcionario:

«En pocas palabras, Salomon, sexagenario, provisto en calidad de médico jefe de su bastón de mariscal, era el tipo mismo de esos psiquiatras que son ante todo administradores, que sobresalen en el difícil arte del gobierno de los alineados y que obtienen de sus subordinados (no menos difíciles de gobernar) todo lo que se puede razonablemente exigir de campesinos mal desbastados, poco retribuidos y desprovistos de toda formación profesional»

La sociedad genera excluidos y enfermos mentales. Roma. J.M. PAGADOR
La sociedad genera excluidos y enfermos mentales. Roma. J.M. PAGADOR

EL MITO DE HANNIBAL LECTER

Un psiquiatra famoso, todo un mito, monstruoso, asesino psicópata, es Hannibal Lecter, el personaje de Thomas Harris creado para su novela El silencio de los corderos. Curiosamente, tras Lecter se esconde la figura real de Ted Bundy, un psicólogo asesino, erudito, caníbal, que llega a colaborar con la justicia para capturar a otros psicópatas asesinos en series. ¿La ficción se hace realidad o la realidad supera a la ficción?:

“-Mire, hemos intentado entrevistar y examinar a los treinta y dos asesinos reincidentes que tenemos bajo custodia a fin de confeccionar una base de datos que nos permita determinar el perfil psicológico del homicida en los casos no resueltos […] Cuatro, con condenas de muerte pendientes de apelación, se negaron, comprensiblemente a mi juicio. Pero no hemos logrado que colabore el que más nos interesa. Quiero que mañana vaya usted a verle en el frenopático.
Clarice Starling experimentó un aldabonazo de alegría en el pecho y también cierto temor.
-¿Quién es el sujeto del examen?
-El psiquiatra, el doctor Hannibal Lecter -repuso Crawford. A ese nombre, en cualquier reunión civilizada, siempre le sucede un breve silencio.
Starling miró a Crawford sin pestañear, pero demasiado quieta.
-Hannibal el Caníbal -dijo
-Sí».


Los psiquiatras somos, todavía, los loqueros y nuestros enfermos son evitados por peligrosos o irresponsables


El polaco Jósef Theodor Konrad, mejor conocido por Joseph Conrad, se nacionaliza británico, se hace marino, escritor y gran jugador, con deudas asfixiantes hasta el final de su vida; con un intento de suicidio por arma corta que falla. El corazón de las tinieblas es una novela corta, asombrosa, de un viaje por el río Congo en un mercante, en tiempos del imperialismo colonial belga de Leopoldo II. Las experiencias acumuladas le hacen cambiar de forma de vida, haciéndose escritor. En dicha obra maneja el término alienista, que se usaba en el tiempo de su publicación (1902):

«¿Ha habido algún caso de locura en su familia?», preguntó con un tono casual. Me sentí fastidiado. «¿También esa pregunta tiene algo que ver con la ciencia?» «Es posible», me respondió, sin hacer caso de mi irritación, «a la ciencia le interesa observar los cambios mentales que se producen en los individuos en aquel sitio, pero …» «¿Es usted alienista?», le interrumpí. «Todo médico debería serlo un poco, respondió aquel tipo original con tono imperturbable».

En otra obra de teatro, Enrique IV de Luigi Pirandello, en la escenificación de la locura del Rey, se usa el término alienista:

«Belcredi.- Oye: yo no he comprendido nunca por qué se diploman en medicina.
DI. Nolli.- ¿Quiénes?
Belcredi. Los alienistas.
DI. Nolli.- ¡Oh, es gracioso! ¿Y en qué quieres que se diplomen?
Frida.- ¡Sí son alienistas!
Belcredi.- Justamente. En derecho, querida. Para charla. Y quien más sabe charlar, más grande es; «Elasticidad analógica»; «la sensación de la distancia del tiempo». Y mientras tanto, lo primero que le dicen es que no hacen milagros -cuando precisamente lo que haría falta es un milagro-. Pero ellos saben que cuanto más digan que no son taumaturgos, más creerán todos en su seriedad. Milagros… no hacen…y caen siempre de pie, tan parados que da gusto verlos».

HECHICEROS Y MARGINADOS DE LA PROFESIÓN

A los psiquiatras raramente se nos ha dado vía libre profesional; hemos sido los hechiceros, los no científicos, los marginados de la profesión de la profesión médica, del hospital o del centro de salud, creando para nosotros espacios alejados de los demás enfermos. Somos, todavía, los loqueros, y nuestros enfermos son evitados por peligrosos o irresponsables. El centro de salud mental es exponente de una barrera asistencial más, el nombre lo dice todo: en la evitación y marginación del enfermo mental.


“He llegado a la conclusión de que a ciencia cierta nadie sabe lo que es la psiquiatría o la psicología, ni tampoco lo que las diferencia, y que la principal ocupación de psiquiatras y psicólogos es tratar de averiguar quiénes son ellos y a qué se dedican” (Muñoz Avia).


Con lo contado hasta aquí, tal vez pueda entenderse lo que sigue. Existe una organización mundial que delata a los médicos que se dedican al trato de los locos. “Los psiquiatras son seres malignos a los que hay que pararles los pies”, refiere Jon Ronson al respecto, en su interesante libro ¿Es usted un psicópata?- Un viaje a través de la industria de la locura.

En la novela de Rodrigo Muñoz Avia, Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos, a la que la curiosidad me lleva a leerla, hay un personaje que se siente arrastrado en el vértigo de la consulta a un alienista: “antes de ir a un psiquiatra yo era una persona feliz. Ahora soy disléxico, obsesivo, depresivo y tengo miedo a la muerte, o sea, miedo”.

En Conocimiento del infierno, novela de Antonio Lobo Antunes sobre el infierno en un manicomio, parte de su experiencia como especialista en psiquiatría la lleva a su narración y este punto interesante lo explica así:

“…los psiquiatras son chiflados sin gracia, repitió él, payasos ricos que tiranizan a los payasos pobres de los pacientes con bofetadas de psicoterapias y pastillas, payasos ricos enharinados con el orgullo necio de los policías, con el orgullo sin generosidad ni nobleza de los policías, de los dueños de las cabezas ajenas, de los rotuladores de los sentimientos de los otros».

La religión servía, o sirve para lo mismo. J.M. PAGADOR.
La religión servía, o sirve para lo mismo. J.M. PAGADOR.

PERO, ¿QUÉ ES UN PSIQUIATRA?

Y, sin embargo, no conocemos todavía una definición clara de qué es un psiquiatra. Según Worden: “un psiquiatra es una persona sorprendentemente rara […]; no sólo no tocan todos el mismo instrumento, sino que unos tocan instrumentos que otros desaprueban y desacreditan, o incluso, instrumentos cuya existencia es desconocida por los restantes miembros del grupo».


“El progreso psiquiátrico es un camino circular que regresa periódicamente a su punto de partida” (Szasz).


Ha venido a ser, como refiere Torrente Ballester en su famosa y conocida novela Los gozos y las sombras, al referirse a Carlos, el médico de los locos, un sustituto del cura:

“…que esto de confesarse no sirve ya de nada, y que, en lugar de confesor, se usan médicos, especialmente médicos como usted. ¿Es esto cierto?
-Sí, en cierto modo.
-¿Y sirve de algo? ¿Es como si le absolvieran a uno?
-Es otra cosa».

Vuelve Muñoz Avia, a complicarlo aún más, en ese revoltijo mental hacia alguna parte:

“Saber a qué se dedican los psiquiatras es tan difícil como saber a qué se dedican los psicólogos. He llegado a la conclusión de que a ciencia cierta nadie sabe lo que es la psiquiatría o la psicología, ni tampoco lo que las diferencia, y que la principal ocupación de psiquiatras y psicólogos es tratar de averiguar quiénes son ellos y a qué se dedican”.

Cita que Samuel Shem, en su más negra comedia del absurdo, La Casa de Dios, lo plantea:

“¿El quid de la Psiquiatría entonces, es que puedes ofrecerles algo a los pacientes? No. Que puedes ofrecerte algo a ti mismo {…} Tu única herramienta como psiquiatra es quién eres y quién puedes llegar a ser”.

El mismo psicoanálisis confirma esta posición; el analizador no sólo sabe más de su analizado, sino que aumenta el conocimiento que tiene de sí mismo, refiere Rof Carballo en las Fronteras del psicoanálisis.

Thomas Harris en el Silencio de los corderos, por boca del doctor Hannibal Lecter, quiere ponerlo más difícil todavía:

“En realidad, casi toda la psicología es pueril […] La psicología, para empezar, cuenta con un material de muy pobre calidad. Vaya a la facultad de psicología de cualquier universidad y observe a los estudiantes y al profesorado: pedantes aficionados a los seriales radiofónicos y fanáticos con graves carencias de personalidad. Los cerebros más subdesarrollados de toda la institución universitaria”.


El exceso de estímulos, información e impulsos nos aleja del proceso creativo al perder la posibilidad de la contemplación. provocando una patología social y personal con graves repercusiones en nuestra convivencia


Miguel Sánchez Robles en su novela La tristeza del barro, describe con su personaje principal la relación con el psicólogo que lo trata:

“El psicólogo quiere saber de mí cosas que yo ni sé. Quiere etiquetarme. Está deseando poder etiquetarme. Los psicólogos suelen ser tipos tranquilos que han estudiado algo y quieren abrir tu pecho como si fuera un gabinete».

La novela quiere terminar con una carta de su psiquiatra, que le hace llegar sus íntimos susurros desde la jubilación. Psiquiatra que no deja de buscarse todavía, como si se tratara de una negra comedia del absurdo al estilo de Shem:

“La vida parece estar hecha de retales de un cuento naíf. Nadie sabe exactamente lo que es, sólo que hay que vivirla. Uno tiene la obligación de vivirla. Estamos obligados a vivirla. Tú eres inteligente. Demasiado profundo, pero vital y listo. No tienes ninguna enfermedad, sólo la desorientación y la angustia de quien pide más de lo que hay. Debieras no beber nunca más y encontrar la manera de empezar de nuevo. Hazte socio de algo, pasea, escribe, viaja, dibuja golondrinas o ven a visitarme cuando quieras. No te mueras. No te mueras”.

ALGO DE OPTIMISMO

Quiero terminar con algo de optimismo, y para ello echo mano de Vallejo-Nágera hijo, cuando explica, en su texto Concierto de instrumentos desafinados, el amor por su especialidad en un libro lleno de humanidad:

“El ejercicio de la Psiquiatría brinda la oportunidad de observar “El Teatro Mundo” entre bastidores, con los actores despojándose del disfraz o prestos a entrar en escena, mudando el gesto para la representación”. Cita que extrae del olvido otra de Shakespeare, de su drama Como gustéis, que pone en boca de su personaje Jaques:

“¡El mundo es un gran escenario y simples comediantes los hombres y mujeres! Y tiene marcado sus mutis y las apariciones y en el tiempo que se les asigna hacen muchos papeles, pues en siete edades se dividen sus actos”.

Juan Antonio es parte interesada, busquemos alguien más o menos imparcial, aunque nunca se sabe: Cristina Rivera Garza, en su trabajo literario e histórico, Nadie me verá llorar, viene a dar un contrapunto positivo:

“Los psiquiatras todavía son poetas, hombres subyugados por las profundidades ignotas del alma, quienes, en su tiempo libre, escriben tratados metafísicos y obras de teatro”.

Pero no olvidemos lo que comenta Sören Kierkegaard en su investigación sobre El concepto de la angustia y el médico de los locos:

«El médico de un manicomio que sea bastante imbécil para creer que será cuerdo por toda la eternidad y que su porción de entendimiento está asegurada contra el riesgo de una lesión en un momento de la vida, es, en cierto sentido, más cuerdo que los locos, pero es a la vez más imbécil que ellos y no curará tampoco a muchos».

Debemos recordar que los progresos en Psiquiatría son circulares, como muy bien dice Thomas S. Szasz, en la Fabricación de la locura: “el progreso psiquiátrico es un camino circular que regresa periódicamente a su punto de partida”.

Es lo que puede estar pasando con el llamado multitasking, según analiza Byung-Chul Han, en su opúsculo La sociedad del cansancio. El individuo debe estar atento a diversas actividades, situación regresiva que nos acerca al salvajismo. El exceso de estímulos, información e impulsos nos aleja del proceso creativo al perder la posibilidad de la contemplación, provocando una patología social y personal con graves repercusiones en nuestra convivencia. El pensador coreano, en su ensayo, viene a sugerir una posible explicación de algunos de los trastornos modernos, como la depresión por agotamiento, el síndrome de desgaste ocupacional o el trastorno por déficit de atención con hiperactividad.

La gran ciudad es caldo de cultivo para la enfermedad mental. J.M. PAGADOR
La gran ciudad es caldo de cultivo para la enfermedad mental. J.M. PAGADOR

SOCIEDADES CANSADAS

He sentido una grata emoción, cuando en mi lectura me detengo en una cansada novela que me habla de lo que hoy es rabiosa actualidad. Miguel Sánchez Robles la siente hace ya casi 20 años, en su novela La tristeza del barro:

“Las ciudades albergan sociedades cansadas, están llenas de gentes que no se quieren ni se comprenden, de vidas tan iguales y tan absolutamente predecibles que si se piensa bien da lástima que sea así. Son como hormigas rojas que trabajan para atravesar algo, pero no acierto a saber qué clase de cadáver quieren atravesar o están atravesando. Todo somos carcoma desorientada».

Algo que, mucho antes, viene a confirmar Bukowski en una de esas narraciones underground sobre el hombre congelado:

“…yo sabía que tenía algún problema, pero no me consideraba loco. Es sólo que no podía entender cómo otras personas eran capaces de enfadarse con tanta facilidad, luego olvidar su enfado con la misma facilidad y ponerse alegres, ni cómo podían interesarse tanto por TODO cuando todo era tan aburrido”.


Byung-Chul Han sugiere una posible explicación de algunos de los trastornos modernos, como la depresión por agotamiento, el síndrome de desgaste ocupacional o el trastorno por déficit de atención con hiperactividad.


Woody Allen nos saca del aburrimiento con sus comedias en un sólo acto Adulterios, en el diálogo entre Carol, Howard y Phyllis:

«Carol.- Hubo un tiempo en que me tenías deslumbrada.
Howard.- Incluso hablaba de hacerse psiquiatra.
Phyllis.- Iba a compaginarlo con el yoga, una religión oriental psicoterapéutica. Una forma de terapia oriental, holística, zen, en la que se sueña despierto.
Phyllis.- ¿Cómo pensabas curar a tus pacientes?, ¿sumergiéndolos en el Ganges?

William Carlos Williams en uno de sus cuentos, El loco, no se echa en falta la psiquiatría:

«-El lunes sigo con medicina general, dijo el chico. Hoy terminamos con la pediatría y la psiquiatría.

-Psiquiatría, ¿eh? Es algo que no se echa en falta, dijo el padre. A lo mejor a ti te gusta, ¿verdad?
-No especialmente. Pero, ¿qué se puede aprender en unas pocas semanas? Los casos que nos llegan están muy avanzados, sólo unos pobres idiotas, no podemos hacer nada por ellos de todos modos. Veo sin embargo que se podrían hacer muchas cosas.
-¿De qué estáis hablando?, dijo la madre.
-De la locura, mamá.
-Ah.
-¿Alguna teoría nueva sobre las causas?, dijo el hombre mayor. No me refiero a los casos degenerativos, con un trasfondo somático, sino especialmente a los esquizofrénicos. ¿Han aprendido algo nuevo en los últimos años?
-Verás papá, hay todo tipo de teorías. Empieza al nacer, en la mayoría de los casos, nos dijeron. A veces incluso antes del nacimiento. Es lo que nos enseñaron. Niños no deseados, conflictos de uno y otro tipo. Ya sabes.
-No. Tengo curiosidad. ¿Qué os han contado de Freud?
-¿El sexo como base de todo? La madre del chico le miró un momento y luego volvió a bajar la cabeza.
-Es principalmente un reflejo de su propia personalidad, lo más probable. Me refiero a que está muy bien considerar el sexo como una causa, pero eso sólo es el aspecto superficial del asunto. No el núcleo mismo. ¿No crees?
-Eso es lo que estoy preguntando.
-Pero cada cual tiene una teoría diferente. Una cosa que llego a entender, sin embargo, incluso con mi poca experiencia, es que la locura está aumentando muy rápidamente aquí hoy».

Charles Bukowski, en un episodio de Fragmentos de un cuaderno manchado de vino, un pirado que habla de otro pirado, Artaud de Van Gogh, y como no podía ser de otra manera, salta el manicomio y el psiquiatra:

“En Van Gogh el hombre abocado al suicidio por la sociedad, Artaud nos dice:

“Desde luego no hay un sólo psiquiatra que no sea un celebérrimo erotómano.

Cuando el loquero de Artaud puso objeciones a esta acusación, Artaud respondió:

-Lo único que tengo que hacer, doctor I_ , es señalarlo a usted como prueba. Usted lleva el estigma en la jeta, sucio cabrón.

Luego, Artaud pasaba a explicarlo con detalle. El pobre doctor I_ había dibujado un león.

El análisis de Van Gogh que lleva a cabo Artaud -un pirado que habla de otro- es una crítica contra la sociedad. Y la vida, una vida que, en opinión de Artaud, Van Gogh libera en sus cuadros, de verdad: algo siniestro, estremecedor, horrible en cierta manera, un torbellino de murciélagos y sangre negra y hosquedad, energía machacada y hedionda, paisajes que arden y se arrastran, velas, sillas… […] Artaud dice:

-Yo, yo mismo, pasé nueve años en un manicomio y nunca tuve ninguna tendencia suicida, pero sé que cada conversación que mantuve con un psiquiatra durante la visita matinal hacía que me entraran ganas de colgarme, porque era consciente de que no podía rebanarle el gaznate.

Y finalizo esta entrada sobre el Alienista, cómo no, con una cita de don Gregorio Marañón de su obra Crítica de la medicina dogmática, que, para mí, tuvo especial influencia en mi pensamiento:

“Yo no conozco otro modo de extirpar un defecto o un vicio que declararlo y ponerlo sobre la mesa de disección de la sinceridad.”.

Sinceramente, esperando que Szasz no tenga razón, nos espera un profundo cambio en los papeles que los psiquiatras y los psicólogos tenemos de guardianes del orden social, y de legalistas y empiristas. El camino de la investigación nos acerca cada día más a los saberes de la medicina científica y nos aleja de la sinrazón para encontrar la razón perdida.

(Blas Curado es psiquiatra, escritor, Académico de la Ilustre Academia de Ciencias de la Salud Ramón y Cajal, y Premio Dr. Gómez Ulla).

SOBRE EL AUTOR

Blas Curado García, prestigioso psiquiatra, articulista y escritor, nuevo colaborador de PROPRONews

El ilustre psiquiatra Blas Curado, Premio Doctor Gómez Ulla 2019 a la Excelencia Sanitaria

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