Procusto y el Ministerio de Igualdad

Orwell incluye en su novela de ficción política la existencia de ministerios para todos los gustos, de la igualdad, de la verdad, de la paz...

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Ministerio de Igualdad

Érase una vez un señor llamado Procrustes o Procusto, “el que estira” según la mitología griega; un notable bandido aticano (otros muchos, las malas lenguas, dicen que era un posadero), que detenía a los viajeros, los extendía sobre una cama de hierro y los estiraba o mutilaba, según convenía, hasta hacerlos coincidir con la medida del lecho. Con Procusto y sus igualatorias y sanguinarias medidas, no había nadie que al campo saliera y no perdiera su altura, para abajo o para arriba. ¿Puede ser este el origen mitológico del Ministerio de Igualdad que inventó Zapatero y que ha actualizado el gobierno de Sánchez e Iglesias?

Blas Curado García.
Blas Curado García.

Asistimos a una ola de mudanzas en nuestro entorno, unas buenas y otras menos buenas o rematadamente malas, pero es lo que nos ha tocado con el cambio de generación en el poder. Aparte de que George Orwell (seudónimo de Eric Blair) ya explicara, hace muchos años, en su novela de ficción política, la existencia de ministerios para todos los gustos, de la igualdad, de la verdad, de la paz; ministerios (mejor misterios) con todos los nombres y palabras bonitas que podéis imaginar, en las que son versados los menos aviesos de nuestros gobernantes: “El partido quiere tener el poder por amor al poder mismo. No nos interesa el bienestar de los demás; sólo nos interesa el poder…el poder puro”.

Éste de la Igualdad, me ha llegado al alma. Estaba en mi memoria, no podía fallar, sospechaba que me decía que no era algo ya visto, uno de los muchos déjà vu, una paramnesia del reconocimiento, que con la vejez se acentúan y aparecen en la memoria histórica que se almacena en un rincón para el olvido. Los que vamos hacia las piras funerarias hemos conocido otro Ministerio de la Igualdad en nuestro derrotero por la piel de toro que pisamos. No voy a contarlo, por sabido. Pero no me detengo en parte y os lo quiero sugerir en forma de cuento psicopatológico.


La libertad es poder decir libremente que dos y dos son cuatro. Si se concede esto, todo lo demás vendrá por sus pasos (George Orwell).


Érase una vez un señor llamado Procrustes o Procusto, “el que estira” según la mitología griega; un notable bandido aticano (otros muchos, las malas lenguas, dicen que era un posadero), que detenía a los viajeros, los extendía sobre una cama de hierro y los estiraba o mutilaba, según convenía, hasta hacerlos coincidir con la medida del lecho. Con Procusto y sus medidas sanguinarias, no había nadie que al campo saliera y no perdiera su altura, para abajo o para arriba.

Parece ser un personaje ficticio inventado para explicar una conocida imagen: el cabello del viejo rey, como quiera que se llame. Procrustes ha sido atado al poste de la cama por su traidora novia, mientras el rival, hacha en mano, avanza para matarlo. Nuestro bandido/posadero, Procusto, moraba en el pueblo de Coridalo, en el Ática.

OTRA VERSIÓN

No obstante, Robert Graves, en Los mitos griegos, lo cuenta de otra manera: “vivía junto al camino y tenía dos camas en su casa, una pequeña y otra grande. Daba alojamiento a los viajeros que pasaban por allí; colocaba a los hombres bajos en la cama grande y los estiraba como en un potro de tortura para que se ajustasen al tamaño del lecho; y a los hombres altos los ponía en la cama pequeña y les cortaba toda la parte de las piernas que sobresalía de ella. Sin embargo, algunos dicen que tenía sólo una cama y que estiraba o cortaba a sus huéspedes para que encajasen en ella”.

En cualquier caso, Teseo, el primo hermano de Heracles el loco, al que confundieron con una muchacha unos albañiles del templo de Apolo el Delfín, por su larga túnica hasta los pies y sus cabellos impecablemente trenzados, cuando llegó a Coridalo mató a Polipemón, padre de Sinis, apodado Procrustes, y antes le hizo sufrir en carne propia, hasta su muerte, lo que él había hecho a otros.

MUHIMU
MUHIMU

A mi entender, Arturo Pérez-Reverte en su última novela, Línea de fuego, utiliza “a tajo parejo”, otra manera de llamarlo, que nuestro especial académico rebusca en el extenso vocabulario de nuestro país:

-“Cuando esto acabe, dijo, ajustaremos cuentas con los de Franco, pero también con los traidores a la República como Companys, Aguirre y algunos más. Los mismos, los que fusilarían los fascistas, los fusilaremos nosotros. Pasarán algunos años hasta que todo esté como debe estar…Nivelados”, fue la palabra que usó. Añadiendo otra extraña expresión: tajo parejo, dijo. “Los cortaremos todo a tajo parejo”.

Ante este atentado a la libertad y el salvaje pensamiento de las masas intolerantes y totalitarias podemos leer los versos de un escritor muy extravagante, Oscar Wilde, que, en La balada de la cárcel de Reading, nos dice:

También sé esto – y sería sabio

que todos los supieran:

que cada prisión que los hombres construyen

se construye con ladrillos de vergüenza

y se cerca con barrotes para que Cristo no vea

cómo los hombres mutilan a sus hermanos.

EROSTRATISMO

Frente a esta pulsión de igualdad, de salvajismo, de anonimato o de indiferencia, emerge lo contrario: el hombre que quiere llamar la atención, pasar a la inmortalidad haciendo locuras para destacar de manera extravagante, padeciendo de erostratismo.

Eróstrato fue un pastor griego, de Éfeso. Sabemos que vivió por el siglo IV a. C. y que alcanzó la fama para el resto de los milenios, pasando a la historia no por ser político, sabio o militar, como otras figuras históricas de la Antigua Grecia, no. Decidió, saltar a la fama a cualquier precio, pasar del anonimato con la acción realizada de quemar el templo de Artemisa en Éfeso. A pesar de que las autoridades tenían conocimiento de su idea pirómana, y de que sus motivaciones eran muy claras, se le amenazó con la prohibición de su mención y el registro de su existencia. Lejos de ser un freno a su popularidad, tuvo el efecto contrario: las prohibiciones alimentaron su leyenda.

Incluso nuestro querido don Miguel de Cervantes, en su Quijote, se hace eco del caso que hemos narrado, universalizándolo: “También viene con esto lo que cuentan de aquel pastor que puso fuego y abrasó el templo de Diana, contado por una de las siete maravillas del mundo, sólo porque quedase vivo su nombre en los siglos venideros; y aunque mandó que nadie le nombrase, ni hiciese por palabra o por escrito mención de su nombre, porque no consiguiese el fin de su deseo, todavía se supo que se llamaba Eróstrato”.

Con respecto a estos individuos extravagantes, alguien ha querido ver en ellos, una expresión perturbada de la mente en estas conductas tan llamativas, llegando a afirmar que eran síntomas de una locura. Bendita locura.

Recuerdo cómo, en mi pueblo, teníamos algunos tipos que nos llamaban la atención por extravagantes o raros, y que todos así lo sentíamos. Lo malo es que fueron el chivo expiatorio de nuestras necedades infantiles. Su extravagante conducta, próxima a la locura, suscitó, en algunos de nosotros, la curiosidad y en los más, la repulsa y la marginación. Con el tiempo desaparecieron, no sé, si pasto del manicomio o de la emigración a otra tierra más permisiva. Yo no he vuelto a verlos.

FANATISMO Y EXTRAVAGANCIA

La explicación no las da Don Pío Baroja en su novela Desde la última vuelta del camino, donde recoge el fanatismo como extravagancia, que le convierte en un tipo raro y peculiar: “Tipos absurdos hay siempre, pero no siempre se les ve. Se dan como rachas. En un espacio de tiempo corto, de dos a tres años, se encuentra una galería de tipos desquiciados y pintorescos y luego se pasan años en que no se ve más que gente normal y correcta, dignas del Juanito o de otro libro de pedagogía infantil. Lo que sí parece cierto es que los tipos extravagantes van desapareciendo”.

Pablo Neruda en Confieso que he vivido, quiere dejar por escrito el paso de un personaje extravagante por su obra, no cabe la menor duda que era una clara proyección de su ego:

-“¿Hay algún nuevo extravagante? ¿Vale la pena haber regresado a Valparaíso?

Me respondieron:

-No tenemos casi nada de bueno. Pero si sigue por esa calle se va a topar con don Bartolomé.

.-¿Y cómo voy a conocerlo?

-No hay manera de equivocarse. Viaja siempre en una carroza.

[…] Yo no lo conocía, nunca más volví a verle. Pero lo acompañé con respeto hasta la calle, luego abrí en silencio la puerta de su carruaje para que pasaran él y su cesto de frutas, y puse en sus manos, con solemnidad, el pájaro y la espada.”

Vamos cerrando con otro poeta extravagante. William Carlos Williams, en Viaje al amor, nos ofrece un poema en versos de pie variable, como si fuera una escalera dispuesta para descender hasta la música del desierto:

“Si buscamos comprender nuestro tiempo,

no hallaremos la clave

en los siglos

dieciocho y diecinueve,

sino en épocas anteriores,

más salvajes y oscuras…”.

Termino con Orwell, nadie más implicado con esta posición individual y su grito universal de ¡Abajo el Gran Hermano!

La libertad es poder decir libremente que dos y dos son cuatro. Si se concede esto, todo lo demás vendrá por sus pasos”.

(Blas Curado es psiquiatra, escritor, Académico de la Ilustre Academia de Ciencias de la Salud Ramón y Cajal, y Premio Dr. Gómez Ulla).

SOBRE EL AUTOR

Blas Curado García, prestigioso psiquiatra, articulista y escritor, nuevo colaborador de PROPRONews

El ilustre psiquiatra Blas Curado, Premio Doctor Gómez Ulla 2019 a la Excelencia Sanitaria

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