Un viaje alucinante a los manicomios de la India

Nueva escala de esta extraordinaria “vuelta al mundo en 80 manicomios” del prestigioso psiquiatra español Blas Curado

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Escaleras de espiritualidad. BLAS CURADO
Escaleras de espiritualidad. BLAS CURADO

Este viaje sin precedentes en el mundo empezó hace más de dos años. A Blas Curado García, prestigioso psiquiatra español y colaborador de este periódico, se le había ocurrido la idea de visitar y estudiar las “casas de locos”, los manicomios de diferentes países de todos los continentes. De esta idea nació el germen del libro La vuelta al mundo en 80 manicomios, una obra avanzada ya, después de recorrer su autor decenas de millares de kilómetros y visitar numerosos países. En este periplo extraordinario hoy llega el turno a India, el segundo país más poblado del mundo que es casi un continente. Un recorrido fascinante que, con el motivo y pretexto de los manicomios, nos muestra el país tal como es hoy, hasta llegar a la obligada visita de los centros psiquiátricos -si se les puede llamar así- más importantes del país.

Ir a la India es un proceso mental que requiere pensarlo, porque es ir a otro mundo. Para mí ha sido como un parto, literario y a la vez viajero. Ir a la India no es sencillo. La India es la última frontera y era conocida como el pájaro dorado; es lo que está después del río Indo, según los autores antiguos y el mismo Herodoto. Alejandro Magno abrió las puertas del país de los cinco ríos, el Panchab, y sus maravillas desbocaron las leyendas de sus riquezas, sus alimentos y las amazonas. Veremos qué nos encontramos en nuestra vertiente manicomial del asunto.


La historia de los manicomios de la India está unida a la colonización británica y a su visión de una forma de tratar a los locos que ya hemos comprobado en el Reino Unido.


Debemos recordar que las judías, la pimienta, el arroz, el jengibre, el berilo, el ópalo, la laca, el algodón, el azúcar, y un largo etcétera, son productos de origen indio. Un español, fray Pascual de Vitoria, es el primero que nos cuenta, de manera somera, su viaje al Extremo Oriente, y el primero que padece martirio, con otros más de su congregación, a manos de un musulmán fanático de un reino de la India. No sé si el brigadier general Sir Francis Cromarty, uno de los compañeros de juego de mister Fogg durante la travesía de Suez a Bombay, vería mi proyecto como una excentricidad sin objeto útil ni razonable, como la apuesta del extravagante gentleman Phileas Fogg, de dar la vuelta al mundo en 80 días. No me lo planteo, al menos si se reconoce la originalidad como autor. Lo digo en broma.

EL ESPÍRITU DE LOS MANICOMIOS

Un viaje espiritual a la India no es mi caso. Nos hemos encontrado con gente así en nuestro periplo, tres españoles, dos chicas y un chico, que llevaban un mes en la India haciendo yoga. En mi caso, el objeto del viaje es buscar el espíritu que anida en los manicomios. Un país que es un subcontinente, o un continente país, es difícil de ver y de comprender. Nosotros sólo haremos el circuito habitual y nos desplazaremos a los hospitales de locos cercanos a nuestro itinerario. Es un modo de viajar cómodo y sin más interés que la mera recogida de datos fotográficos de la situación de los locos indios y en qué se han convertido los manicomios que ya no funcionan. El caleidoscopio de razas, cultos, costumbres y modos de vida que habitan el país, con unos 1.300 millones de almas (no existe un censo actualizado), no será fácil de interpretar ni plasmar en un sólo viaje, empujados por el numeroso turismo que nos aplasta e impide su contacto.

Ramiro Calle, en su libro Viaje espiritual a la India, nos ofrece su propio conocimiento del país, alertándonos de ese “supermercado espiritual cuyo propósito no es otro que el de engatusar a incautos para henchir aún más su ego y obtener apabullantes fortunas”. Hemos leído varios libros sobre la India: El dios de las pequeñas cosas, de Arundhati Roy; Hijos de la media noche de Salman Rushdie; El vagón de las mujeres de Anita Nair; La vaca sagrada y otras historias de la India de Tarun Chopra, y, sobre todo, Pasaje a la India de Edward Morgan Forster. El de Kipling, Kim, ya lo hemos referido varias veces aquí, y con una cita suya comenzamos a vagabundear por la ruta manicomial. Con ellos intenté hacerme una idea de mi futuro viaje, como si una lengua extraña tocase lo más recóndito de mi cuerpo; así fue como llegamos a la India para ver sus manicomios.

India tiene una población muy joven. BLAS CURADO
India tiene una población muy joven. BLAS CURADO

En la novela de Anita Nair hay un título, en el que ella misma explica, en su nota previa como autora, que un vagón para las mujeres ha existido y que, según sus investigaciones, ha dejado de funcionar y en los trenes modernos ha dejado de existir; así como las taquillas exclusivas para las mujeres han sido abolidas en todas las estaciones de trenes de la India: “En la mayoría de los trenes nocturnos de la India con compartimentos de segunda clase, había un vagón especial para mujeres”. Rudyard Kipling en su conocida novela Kim, dice textualmente: “Nuestros trenes nocturnos no están tan bien atendidos como los diurnos, donde existe una estricta separación de sexos mediante vagones distintos”. Intentaremos averiguarlo, es sólo por curiosidad, pues me han llegado noticias de que existen. Tuve la suerte de ver un documental actual de la situación de las mujeres en la India, y, concretamente, tocaron el tema del transporte habitual de los trabajadores, y cuál sería mi sorpresa que aparece el vagón de las mujeres. Mujeres separadas de los hombres en un vagón especialmente para ellas, donde ningún hombre iba. Después, en nuestro periplo por el triángulo de oro, lo hemos confirmado.

EL GRAN SALTO

Dice Foster que la India “no es una promesa, tan sólo una llamada”. Nosotros hemos sentido su llamada y esperamos comprender por qué. Todo está preparado para dar un gran salto, como si de un saltamontes gigantesco se tratara, pues vamos en el avión de pasajeros más grande del mundo. El día 22 de febrerillo el loco, del 2020, un sábado, salimos de Madrid, vía Dubai, hacia la India, pisando las sombras de una velocísima epidemia venida de la China. Llegaremos a la India entrando por su capital Delhi. Un montón de horas atravesando todo un sin fin de países en situación conflictiva, con guerras de baja intensidad, pero guerras, que, en cualquier fallo humano (eso dicen), te pueden llevar al paraíso de forma inocente y sin pensarlo dos veces. Esperemos que los idus de marzo no vengan este año en febrero.


Se tienen noticias de la existencia de un manicomio en el siglo XV en Dahr, cerca de Mandu, conociéndose el nombre del médico responsable, Maulana Fazulur Hakin.


La India deriva, como todo el mundo sabe, de la palabra griega indoi, que quiere definir a los pueblos más allá del río Indo. Pueblos que se remontan 250.000 años antes de Cristo, poblando el valle del Indo. Ha sido invadida por numerosas civilizaciones, la aria se asentó en el valle del Ganges, comenzando la era védica. Por esa época es el Rig Veda y el poema épico de Mahabharata. Las numerosas invasiones que la India ha soportado, por su vulnerabilidad defensiva debido a su división interna, ocurrió con el Islam, los mogoles, los europeos, hasta llegar el poder británico que impuso la pax britannica. La independencia se produce en 1947, surgiendo dos naciones rivales en todo: Pakistán y la India. La guerra era inevitable entres estas dos naciones, con el motivo de Cachemira u otros; que todavía provocan conatos de conflictos armados en la frontera. El líder del nacionalismo indio Mahatma Gandhi o el Gran Espíritu, o como le llamó el poeta Rabindranath Tagore “Alma grande”; muere asesinado por un fanático hindú convencido de que Gandhi favorecía a los musulmanes: “No necesitamos hacer proselitismo con la palabra oral o escrita. -dice Gandhi- sólo podemos hacerlo de verdad con nuestras vidas […] No quiero mi casa amurallada por todos lados ni mis ventanas selladas. Yo quiero que las culturas de todo el mundo soplen sobre mi casa tan libremente como sea posible”. Yo conocí a Nehru como el político de la neutralidad, y a su hija Indira Gandhi por su lucha contra la pobreza, y a su hijo, Rajiv, por su talento en la modernidad de su país; ambos asesinados por fanatizados por la política.

IMPRESIONANTE DESARROLLO

El desarrollo de la India es impresionante. Es uno de los líderes mundiales del software. Las grandes empresas del mundo tienen con frecuencia a un indio en su presidencia, son los mejores matemáticos, los ingenieros salen a millares de sus universidades, y han llegado a la Luna. Nuestro satélite es masculino para los indios, así me lo explicó nuestro entrañable guía, Lalit, que recordamos con cariño por la manera de vendernos su país, penetrando de su mano en la India profunda. La extravagante explicación que me inventé sobre la marcha, sobre tal masculinidad, espero que servirá de pócima para la buena salud de nuestra amistad.

Delhi, es la capital de la India, el ombligo del mundo para Kipling. Capital de reciente creación en el largo período de su existencia. Son 20 millones de seres humanos que nos van a rodear en la ciudad. No es para tomarlo a broma, es que te rodean por todos lados, para venderte de todo. Pero los niños, las nubes de niños pidiendo, han desaparecido; apenas hemos encontrado alguno de ellos con esa cara de listo, como Mowgli, como un Amigo de todo el Mundo, tocando un instrumento elemental de cuerdas. La obligada escolarización los ha sacado de la calle. Bien, es el futuro de la India, el país más joven del mundo.

El Taj Mahal. BLAS CURADO
El Taj Mahal. BLAS CURADO

La ciudad es tan vieja como los mogoles, fueron ellos los que construyeron la Vieja Delhi, que veremos especialmente. La Nueva Delhi es inglesa. Es una de las ciudades más antiguas de la tierra. Es la fascinación hecha contraste, dice su publicidad. La veremos. Pero ya no podemos seguir los pasos de Kim , el Amigo de todo el Mundo, el Amigo de las Estrellas, el pícaro más conocido de la India; Delhi, la ciudad que vio, ya no existe, es algo que ya existió -dice Fernando Sánchez Dragó- que él pudo ver todavía en los años sesenta. El turismo, los cambios tecnológicos, el avance incontenible hacia el progreso, el dinero, la globalización, lo han matado, refiere en el Prólogo de la novela Kim:Tan perdido está ya como la Atlántida…”.

Hemos estado en las mezquitas de la India, referentes para todo el Islam en el subcontinente asiático. El complejo del Qutub Minmar tiene el minarete más alto de la India, de tipo afgano, del siglo XII. El segundo minarete se ha derrumbado. Una barra, de un desconocido material metálico, está como venerada, posiblemente restos de un meteorito. La segunda mezquita que vemos es la mayor de la India, Jama Masjid, su visita, siguiendo el ritual obligado de cubrirse la mujer con una especie de bata que la tapa, embozada hasta la cabeza, descalzos, nos depara un encuentro especialmente novedoso: conocimos las reliquias que custodian del Profeta: un pelo de su barba y una zapatilla del pie derecho. El rocambolesco encuentro con el guardián de las huellas sagradas en la mezquita, saliendo a nuestro encuentro, como si emergiera del centro del mundo subterráneo, abriéndose una portezuela en uno de los numerosos rincones laterales de la mezquita, desde ese inframundo, nos fue señalando, una a una, las reliquias y sus escritos, nos provocó una fuerte conmoción, sobre todo, la sandalia.

LAS CALLES INDIAS

Dejando la mezquita y recogiendo nuestros enseres dejados a la puerta en un caos de zapatos, logramos descubrirlos, y recorrimos su barrio con infinitas calles estrechas; aquí el espectáculo es la calle. Calles repletas de una masa ingente, variopinta, llamativa por su colorido, por los olores, por sus comidas, sus frutas, sus numerosos artesanos, primero andando, apretujados, dejándonos llevar por el río de la vida. Subidos a un artilugio llamado rickshaw, vehículo ligero de tres ruedas a pedales, como una bicicleta, y montados en él, nos adentramos en un laberinto caótico de calles y gentes, comprando, comiendo, bebiendo, charlando, paseando, con pocos turistas, sorteando baches, muchedumbres arremolinadas, llevados por un escuálido gladiador subido sobre los pedales, que, en algún momento, tiene que tirar del vehículo a pie, atorado por el esfuerzo y el bullicio. Fue una sorpresa interesante para ir más seguros por calles de tierra, estrechas y sin sentido de la orientación. Salimos que no es poco.


Hasta la llegada de los británicos en 1600, con la British East India Company, no había instituciones para atender a los locos en India.


LOS SIJ

Los sij nos estaban esperando en el templo Gurudwara Bamgla Sahib. Visitamos las cocinas, como si fuera nuestra casa pero a lo bestia: 25.000 raciones diarias para sus visitantes, como para no ir a verlo, pero no comimos, aunque fuimos invitados a hacerlo. Descalzos, ataviado con el típico turbante indio, que me fabricó con mi pañuelo en la entrada un amable sij, paseamos entre sus comedores, sus cocinas, sus fábricas de pan, sus vigilantes, sus visitantes, entre los que esperan entrar al comedor, todo organizado de forma apasionada. Un espectáculo que nos explica algo de la India, terminando en una plácida plaza con una piscina llena de agua para refrescar los pies descalzos.

Las especias nos esperan, así como la ropa y los pigmentos para hacer las pinturas. Todo se andará. Hemos aprendido rápidamente el saludo indio: namasté: juntar las manos a la altura del corazón, inclinando levemente la cabeza y murmurar namasté. Puede ser una buena manera de evitar el contagio del coronavirus que nos persigue, cual sombra de la noche. Lo recuerdo más de una vez, por la importancia macabra que está teniendo, cuando escribo estas notas viajeras desde mi confinamiento.

Una escena habitual. BLAS CURADO
Una escena habitual. BLAS CURADO

El dinero de papel huele al país, las especias llenan todos los espacios, y las monedas son elocuentes de una experiencia sensorial de olores que marcan al viajero. La comida india, especialmente las verduras, son muy ricas, las toleré con menos picante. Mis hemorroides no perdonaron. Pasamos en Delhi por el Rajpath o Camino del Rey, los Campos Elíseos indios; una avenida impresionante donde se convoca el día de la República, el 26 de enero. La Puerta de la India nos abre los campos triunfales con el colosal arco, al estilo de nuestro arco del triunfo de Madrid, llegando a la residencia, al otro extremo de la avenida, del presidente de la India. Una presidencia llena de resonancias de la dinastía Nehru-Gandhi.

El Conmaught Place es el centro vital de la ciudad y de toda la India, en la parte de Nueva Delhi, donde tenemos el hotel que nos da cobijo en estas noches de la bulliciosa y calurosa ciudad; toda una colmena humana, donde 28 pisos con unas 400 camas nos dan la bienvenida en pleno ocio y centro de la moderna India. Salimos a la noche de la ciudad, paseamos por sus numerosas zonas animadas alrededor de los restaurantes y hoteles, Lalit quiere enseñarnos uno especial, en la zona de Nueva Delhi, el último hotel de la etapa colonial inglesa, The Imperial. La verdad que merece la pena, pero para entrar tenemos que sortear varios controles, tanto para coches como para los hospedados, incluidos los scanners fijos y manuales; controles que luego nos vamos a encontrar, como norma, en todos los hoteles de la India donde hemos pernoctado.

La historia del hotel Imperial corre por sus galerías, donde un sin fin de fotografías, de toda la época colonial, están explicando el importante papel jugado en la historia del gobierno inglés de la India. Cenamos en un coqueto cenador donde días antes, nos explica el encargado, cenaba en nuestro sitio el primer ministro portugués. Espero que su visita sea como la nuestra, acogedora y cariñosa.

BENARÉS, CENTRO ESPIRITUAL

Volamos a Varanasi o Benarés (como la llama Kipling), la santa, el mayor centro de espiritualidad de la India, la más antigua de las ciudades de la tierra, la ciudad que no duerme, pendiente de sus dioses, bajo un clamor sordo de plegarias por los muertos incinerados, por el murmullo imperceptible del paso de las aguas del río sagrado, un lugar donde es deseable morir: numerosos peregrinos vienen a esperar la llegada de la muerte y pasar al nirvana, cansados de sufrir en su vida; la Atenas de la India, el centro intelectual donde se traduce el Kama Sutra o hilo de Kama, dios del amor en la mitología india, a finales del siglo XIX, obra atribuida al pandit Vatsyayana o Mallinaga, posiblemente escrita en sánscrito, la lengua sagrada y literaria de la India.


Calcuta fue la residencia del primer hospital mental en la India, allá por el 1787. Su director era un cirujano, ¿no es para espantarse?


Nos hospedamos en un curioso hotel moderno con un ambiente de la India tradicional, en pleno campo, a las afueras de Varanasi, donde nos reciben con una ofrenda de guirnaldas de flores tajetes naranjas, el color sagrado de los hindúes, y un hilo de cúrcuma y bermellón, que un hindú, ataviado a la manera tradicional, va liando alrededor de la muñeca derecha en el hombre, y en la izquierda en la mujer, murmurando mantras incomprensibles, y nos pone en la frente un punto, como si fuese el tercer ojo, de color cúrcuma y bermellón.

VACAS

Entramos en una nube romántica y bella, irreal, alejada del mundo rural que habíamos atravesado para llegar hasta él, recorriendo serpenteantes caminos de tierra, con campos sembrados de flores, casas de adobe y ladrillo, mujeres en labores campesinas vestidas con saris de todos los colores. Hemos visto las vacas y los toros típicos de la India, vacas que son sagradas, entre otros muchos animales, que con su leche y sus excrementos mantienen a los indios. Sus excrementos son cruciales para la mayoría de la población; con ellos, mezclados con hierbas secas, secados al sol en tablillas, les sirve para mantener el fuego en los fogones de media India. Ese mismo estiércol, mezclado con arcilla, todavía sirve para proteger las casas en las aldeas y de eficaz pesticida.

La carne de la vaca no es comestible, los indios la veneran por su estatus sagrado. Cuando la vaca deja de producir leche, su dueño la abandona en la calle, pues si el animal muere en casa el propietario tiene que hacer una peregrinación múltiple para liberarse de su pecado, y está obligado a mantener a la casta sacerdotal de su pueblo. Ahora se comprende mejor la finalidad de dejarlas corretear a su buena suerte por todas las calles de la India. Es una opción económica evidente. La vaca no pasa hambre, no se muere por no comer, aunque estén flacas, comen el primer pan indio (roti) que se cocina, dejándolo fuera para su alimentación.

Cualquier medio de transporte sirve. BLAS CURADO
Cualquier medio de transporte sirve. BLAS CURADO

En la octava reencarnación del dios Vishnu, Krishna, la vaca es su animal preferido. La vaca es citada en numerosas historias, cuentos, leyendas, como la del rey de Parliputra que se enfrentó al tigre que iba a devorar a la vaca blanca del Guru, exponiendo su vida a cambio de la vaca. La cola les sirve a los hindúes para cruzar un río mitológico y alcanzar el cielo. Todas las vacas son Kamdheru, la vaca que cumple todos los deseos. Recuerdo haber leído en La piel, de Curzio Malaparte, una historia sobre el cerdo de las montañas de Fondi, en ese almuerzo tan especial con los libertadores de Nápoles, donde explica algo no muy alejado de las vacas sagradas de la India, pero en el caso de los cerdos italianos se los comen: “son unos cerdos sagrados que hozan por el suelo, delante del atrio de las iglesias de los pueblecitos de la altas mesetas de Ciociaria, su carne tiene perfume de incienso, su grasa es dulce como la cera virgen”.

Hicimos un recorrido por el campo, la India profunda, donde la amabilidad es proverbial y una exquisita atención a nuestras inevitables torpezas. Les gusta ser fotografiados, participaban activamente. Fue un bálsamo para el espíritu. Rugidos de tigres, lobos, panteras a rayas, gritos de miles de aves que dormitaban, grajos, milanos, murciélagos enormes, chillidos agudos de monos; en mis sueños los veía dentro de la habitación. Haberlos, haylos, yo al menos creo que los oí. Todavía tengo los pelos de punta.

EL GANGES Y LA MUERTE

La muerte en el río de un hindú es causa de romper el ciclo de la reencarnación, pasando a formar parte de un todo absoluto. Al amanecer todo el mundo está en el río Ganges, donde un variopinto colorido de vecinos y peregrinos se da cita en las orillas para purificarse, lavarse la ropa, o mirar al río humano que pasea por sus márgenes, o descansar en sus escaleras milenarias, que han visto pasar los cadáveres de millones de indios. La purificación o puja a los dioses, es un baño habitual, vestido, de pie, ofreciendo pétalos de flor, con recitación de mantras.

La incineración en el río, Kipling la recoge en su novela Kim, desde la mirada de un lama: “El lama miraba plácidamente corriente arriba, donde en larga y emborronada perspectiva las incesantes columnas de humo suben hacia lo alto desde las piras funerarias junto al río. De vez en cuando, a pesar de todas las ordenanzas municipales, algún fragmento de un cuerpo a medio quemar pasaba flotando en el centro de la corriente”. Algunos hombres santos (Sadhus Aghori), cubiertos de ceniza, portan collares de huesos humanos extraídos de los cadáveres del río o de las cremaciones, después de comérselos (necro canibalismo). No hemos encontrado parte alguna de un ser humano en nuestra excursión por el río sagrado, tanto al atardecer como al amanecer, sólo un perro ahogado e hinchado por la putrefacción al lado de bañistas de todas las edades.

Dos veces hemos querido verlo, para sentir sensaciones inexplicables, buscando una mejor perspectiva de las piras funerarias y los rituales purificadores. Lalit, nuestro compañero de fatigas, nuestro protector, nos cuenta que ya es difícil que ocurra, salvo en algún pueblo alejado y perdido en las orillas del extenso y sagrado Ganges. Sin embargo, los cuerpos que no se queman o los restos de las cremaciones son lanzados al río, más allá de la vista, lastrados con piedras para que no salgan a la superficie, lo que no se logra con bastante frecuencia, especialmente con los niños que no pueden quemarse, los sadhus, los yogis, los leprosos, los envenenados por culebras y las embarazadas. Tuvimos suerte, como el lama, con el humo de las piras funerarias, el viento lo arrastraba hacia el otro lado de nuestro olfato.

El desplazamiento al río, siguiendo una larguísima calle llena de obstáculos, frenética de vendedores, vacas perdidas en su parsimonioso andar, sueltas, sin dueño, que comen basuras arrinconadas por barredoras que las mueven de un lado para otro, apiñadas en cualquier sitio, levantando un polvo que nos invade, que nos sigue; decidimos ver el espectáculo del largo río humano desde un rickshaw, de forma que matamos dos pájaros: uno, montar en ese mítico vehículo asiático, y dos, verlo desde algo más elevado. Experiencia que no debe faltar en un viaje a la India.

El ritual funerario surge al atardecer; tres días después de la cremación, la familia invita a los brahmines a comer y a los ritos de la transmigración del alma. La muerte entra por los cinco sentidos, dice Javier Moro: el olor a quemado, el colorido de los vestidos, el sudor, el polvo, el humo y los gritos. El río cambia de formato y los rituales religiosos son una impresionante riqueza vital.


En el sur de la India empezó un gran desarrollo de los asilos para perturbados, en ciudades como Madrás, Bombay, Dacca, Monghyr o Colaba.


La cremación comienza con la llegada del cuerpo del difunto envuelto en un sudario, se le lava y se limpia, se expide el certificado de defunción por la policía y se recorre el tramo, bajando los peldaños, hasta la orilla del río, con el difunto en una escalera hecha de bambú y, con sumo cuidado, descienden los escalones de la muerte, hasta el sitio de la cremación. La casta más baja de las castas (doms) guían a las familias por el laberinto de las piras funerarias. Previo pago de su trabajo, calculan la cantidad de madera necesaria para quemar todo el cuerpo, untándolas de alcanfor y mantequilla derretida para una mejor combustión. El cuerpo es sumergido en la orilla del río Ganges para su purificación, mojando sus pies y su cara y echando agua del río en su boca, para después subirlo a uno de los escalones del Ghat.

El familiar mayor o el hijo mayor, tiene que dar cinco vueltas a la pira funeraria, en el sentido contrario a las agujas del reloj, antes de plantar una antorcha o hierbas en llamas entre los troncos de madera de sándalo, si tiene suficiente dinero para pagarla. La madera está amontonada cerca de las zonas funerarias, baratas o caras. Hemos visto cómo las llamas devoraban los troncos y con ellos gran parte de los cadáveres en un atardecer lleno de colores de una puesta del sol irreal, bajo la mirada de los templos hindúes, de agujas cónicas, apuntando hacia el cielo. El cráneo explota para que, simbólicamente, el alma se libere. “Armado de un palo de bambú de unos tres metros de largo, da un golpe simbólico al cráneo de su padre, para que su alma ascienda al cielo en espera de su próxima reencarnación”. Las mujeres están ausentes de esta ceremonia, pues debe ser silenciosa y sin llantos que puedan perturbar la transmigración del alma.

La viuda, en el caso de que el difundo sea un hombre casado, cuenta Javier Moro en su novela El sari rojo, que “antiguamente el pueblo adoraba a las viudas que tenían el valor de tirarse a la pira funeraria del marido para emprender junto al ser amado el viaje hacia la eternidad. Las que se entregaban heroicamente a las llamas pasaban a ser consideradas como divinidades y a ser veneradas como tales durante algunos años, algunas durante siglos. El rito del sati, que tiene su origen en las familias nobles de los Raiput, la casta guerrera de la India del Norte, luego se popularizó a las clases más humildes, y acabó por corromperse”. Los ingleses y el Estado indio lo prohibieron. Julio Verne, en La vuelta al mundo en 80 días, incluye un capítulo dedicado al rescate de una viuda, Aouda, que a la fuerza la van a inmolar con su marido, el rajá independiente de Bundelkund, en la pira funeraria, el sutty. Emborrachada con zumo de cáñamo y de opio, le vencen la voluntad y no lo hace voluntaria, sino a la fuerza. En boca del brigadier general, Verne explica lo que le ocurre a una viuda que no quiere ser quemada con su marido: “Le afeitarían la cabeza, le darían por alimentos algunos puñados de arroz, la rechazarían, sería considerada como una criatura inmunda y moriría en algún rincón como un perro sarnoso”.

Recorriendo mi memoria, sobre el tema del sati o sutty, salta una versión de Eurípides de las Suplicantes, donde se recoge el suicidio de Evadne, hija de Ifis, mujer de Capaneo, que ante la desesperación de su padre, se arroja a la pira funeraria de su esposo: “Voy a saltar sobre la pira de Capaneo […] Mira como cae mi cuerpo no con agrado para ti, pero sí para mí y para mi esposo que ya arde conmigo”.

En una urna se recogen los restos y cenizas del muerto que son arrojados al río sagrado. El blanco es el color del luto; las mujeres visten el salwar kamiz blanco, y los hombres vestidos por un simple dhoti blanco. Nosotros somos unos privilegiados al tener la posibilidad de verlos desde una primitiva barca de pesca en el río, que me recuerda las que veía y usaba de niño en el río Guadiana a su paso por mi pueblo. El aire se llena de olores de las numerosas especias e incienso que se queman en el río sagrado, y un sonido escapa de las gargantas elevando los mantras al infinito. El acto de depositar una vela o una lamparita con flores en el río es un ritual mágico, para poder solicitar, a la corriente sagrada, un deseo. No lo dudo, mi deseo es tan natural como la vida misma: volver sano y salvo de esta aventura manicomial. Así ha ocurrido. El río sagrado nos ha protegido contra el pavoroso virus chino, hasta ahora.

EN LAS AGUAS DEL RÍO SAGRADO

La música tradicional hindú nos mece en las aguas del río sagrado, corriente que lava los pecados de todos con sus aguas puras. Aguas cristalinas que llegan desde los Himalayas y mueren, con sus restos humanos, en el golfo de Bengala. El atardecer en el río es un momento mágico, que, con la caída del sol hacia el abismo, en un lento final, llena el cielo de infinitos colores en la despedida del rey de la luz. Nos impresiona todo lo que vemos. Es ver para creer. Imposible plasmar lo sentido, lo visto y no visto, el olor, la gente, el ambiente, la ciudad, la pobreza y la muerte.

El autor, ante el Taj Mahal. BLAS CURADO
El autor, ante el Taj Mahal. BLAS CURADO

El festival de música y de luz, fuego y mantras, ofrecido por los brahmines que llevan a cabo los aarti en la noche para despedir al río sagrado, mirándolo desde unas tarimas de madera colocadas frente al Ganges. El festival llena las gradas o escaleras que llevan siempre al río de sillas, para una muchedumbre estremecida que participa activamente en los rituales, cantando, gritando, moviendo los brazos al son de la música, con turistas escépticos, llenando un espacio, si queda, entre la vida y la muerte. Volvemos, en un paseo matutino por un suelo todavía caliente, sobre las cenizas de la noche, nunca mejor dicho, del encuentro nocturno con los rituales funerarios que nos adentran en algo insólito para nosotros. Cenizas por todas partes nos rodean en el inocente paseo, como restos del fuego purificador de las numerosas piras elevadas, tantas como muertos han pasado por la noche. Perros, cabras, monos, aves de corral o salvajes, picotean, duermen, lamen, los restos de una orgía cadavérica. En el mismo sitio, un gran grupo de gente, de todo pelaje, hacen yoga o algo similar, en el espacio común con la muerte. Gritamos con el grupo el final de su puesta en escena, grito de locura, que me recuerda la película Joker. Así participamos en un festival variopinto y extravagante.

Finalizando esta ruta infernal, con un especial té salido de un cachivache en plenas escaleras de la muerte, es ponderado por Lalit, como el mejor té que se puede degustar en el Ganges. Mary Chel se atreve a probarlo. Prudentemente, dejo pasar la ocasión de hacer sufrir mi ya corta esperanza de vida. Resultó ser el mejor té que ha bebido mi mujer en estos días por la India. Tenía razón Lalit. Hasta el presidente actual de la India viene a tomarlo, según nos cuenta el entrañable guía.

EL CENTRO DEL BUDISMO

El centro del budismo nos espera en las ruinas de Sarnath. Un gran Buda recuerda que aquí dio su primer sermón e inició su camino de espiritualidad, mucho antes que Cristo. El budismo lo llena todo, y todos los budistas se dan cita en Varanasi. La ciudad es el centro, a petición de Shiva, de la salvación de todos los seres humanos que pisen la ciudad sagrada de Varanasi en un momento de su vida. Nosotros lo hemos realizado. Espero que logremos recoger sus frutos bienhechores. Un concierto de música india clásica y un recorrido por la Universidad Hindú de Varanasi nos sirven de despida de una ciudad especialmente extraña para nosotros.


Gandhi, que prefería los tratamientos ayurvédicos a los modernos.


Volamos a Jaipur. La ciudad es la capital del estado de Rajastán, conocida como la ciudad rosa, por el color de muchos de sus edificios. Fue fundada por el maharajá astrónomo Jai Singh II, una ciudad colorista, intensa, apasionada, llena de vida en sus mercados, jardines y edificios. Subir al Fuerte Amber es de obligado complimiento y subirlo a lomos de un elefante es fundamental. Viaje o safari elefántico que me recuerda otro viaje en elefante, que Julio Verne se saca de la manga para que su personaje pueda llegar a tiempo a Benarés. La compra del elefante Kiouni, por Phileas Foggs, a un inteligente indio, que supo sacar más de lo que valía; algo parecido nos ocurrió con las fotos obligadas que te hacen durante el sofoco del recorrido. Alí Babá se llamaba el fotógrafo, su nombre lo dice todo. Elefante decorado hasta las uñas, pintadas en rosa, nos llevaba cuesta arriba hacia el Fuerte; un camino envuelto en olores animales que nos acerca a una etapa antigua de la India de los maharajás. La fortaleza-palacio es el elemento de esplendor de una época que ya no vuelve. El observatorio astronómico, con sus instrumentos en piedra, fue el encuentro con el espacio de forma elemental, pero la predicción llegaba hasta los acontecimientos más temibles de los eclipses. La verdad es que hay gente para todo, y al menos este maharajá hizo algo entretenido y laborioso, que ha llegado hasta nosotros para hacernos ver el éxito de lo extravagante.

Iremos a sus bazares, veremos a los encantadores de serpientes, pasearemos por la Ruta de la Seda, tocaremos sus sedas, los turbantes, oiremos la música de un punji que despierta a esa peligrosa serpiente, cobra o víbora bufadora, que han pasado a la ilegalidad. Pero allí estaban al lado de un despistado policía con su curiosa vara, que ya no es de bambú. Todo lo hemos saboreado, observando con curiosidad, pero con prudencia, su cultura. Los encantadores están prohibidos desde los años 70. Su poder de hipnotizar es toda una piadosa mentira. Las condiciones de mala vida que las serpientes llevan en las cajas o cestas que las encierran, pasando hambre, mutilación y deshidratación favorecen esta mágica visión que los cuentos de nuestra niñez, de las aventuras de Alí Babá o Sandokán, nos provocaron.

EXTRAVAGANCIAS DE MAHARAJÁS

Pasear por el City Palace, conocer las extravagancias de los maharajás en la visita a los museos, donde las urnas se miden por metros de plata, auténticos caprichos de hombres llenos de soberbia y dinero, donde todavía vive el actual maharajá. Visitar el Palacio de los Vientos, el edifico más emblemático de la ciudad, el Hawa Mahal, de color rosa, con cúpulas tipo mogol (como una cebolla con cuatro patas-elefante), con cinco plantas atiborradas de ventanas para poder ver sin ser visto, como hacían las mujeres del harén. Todo un sueño de Las mil y una noches. El harén o la zenana, o las habitaciones de las mujeres, es el sitio donde ellas dominan, con una favorita, la maharaní. Los conflictos con el harén indio de la española Anita Delgado son curiosos y Javier Moro, en Pasión india, explica los avatares de nuestra malagueña para encajar en él.

Las sempiternas vacas están por todas partes. BLAS CURADO
Las sempiternas vacas están por todas partes. BLAS CURADO

Los eunucos, hijras u hombres vestidos de mujeres, son hombres castrados por el método llamado de nirvana, y en la India son una comunidad fuerte, que viven como parias. Es una secta oculta muy antigua, que se consideran mujeres: se visten como las mujeres, se maquillan como ellas, se ponen nombres femeninos y el pelo se lo dejan largo. Oficialmente, su sexo es hembra. Los hijras dan buena suerte y se les invita a bendecir a los niños y participar en las bodas. El dios Rama las tiene bajo su tutela. Por ser eunucos se empleaban como guardianes de los harenes y de la casa real. Esta situación de privilegio real llevó a algunos padres a castrar a sus hijos para conseguir trabajo con los príncipes. Nos cuenta Lalit, nuestro guía, que hay padres que ante un hijo deficiente o diferente lo castra y lo abandona a su suerte. Su poder se ha derrumbado con la independencia de la India, pasando a mendigar en cualquier sitio. Los hemos visto en una de las numerosas rotondas de Nueva Delhi. Existe una curiosa historia sobre un rey que perdió su pene de forma no traumática, al enamorarse de la diosa de los hijras. A ellos les encanta que les hagan lo mismo que al rey.

BOLLYWOOD

Ir al cine, esa tarde, es todo un espectáculo para el visitante, el Bollywood en el mítico Raj Mandir Cinema. ¡Cómo se vive la trama de la película por la gente, su apasionamiento, sus risas, sus emociones! Para ellos, todo lo que pasa en el cine es verdad. Nos recuerdan cómo vivíamos, no hace muchos años, otras películas de amores o de vaqueros, en esas sesiones infantiles de nuestros cines de pueblo, el alboroto, el pateo, los aplausos, cuando veíamos llegar al Séptimo de Caballería en su carga contra los otros indios del oeste americano.


En el asilo de perturbados de Delhi, los enfermos escribieron cartas que ahora son curiosas de investigar para ver los tipos de delirios de una época.


Finalizamos el día con una visita nocturna por Jaipur, pero antes hemos recorrido una tienda de saris. No podía faltar la compra del bello y vistoso vestido. La ciudad, con su exotismo, su magia, el romanticismo, la luz, es un recorrido que enamora. Ver el Fuerte Amber de noche es una panorámica que no se debe perder; sobre todo con casi Luna llena y Venus al lado del satélite. Terminamos cenando en el bar Palladio, el local azul más de moda entre los indios de Jaipur.

Vamos de Jaipur a Agra, por carretera, y nos detenemos a visitar la ciudad fantasma: Fatehpur Sikri. Un capricho más de los rajás, plasmado en una ciudad sin sentido, abandonada a su suerte en pocos años y que, gracias al turismo, se salva de su espectral pasado. Un largo paseo cuesta arriba nos lleva a la ciudad, los coches no pueden pasar y lo hacemos con la mejor sonrisa; menos mal que no estamos a más de cuarenta grados, habituales dentro de pocos días, sofoco que irá subiendo conforme se acerquen los monzones. La ciudad es un espectro de lo que fue, pero impresiona. Un tipo de balcón me sugiere los balcones coloniales del imperio español. Era como estar en casa. Volvemos por la misma senda y nos da para recoger unas piedras de arenisca roja de la desaparecida ciudad, para el museo de mi cuñado en Tenerife.

HACIA AGRA

En nuestra ruta hacia Agra, una ciudad perdida en su historia, llegamos al templo de los infinitos escalones, Chand Baori, en la pequeña ciudad de Abhameri, de pocos habitantes, donde se encuentra una de las obras arquitectónicas más impresionante de la India. Es como una pirámide invertida que penetra en la tierra. Al final, la base-cúspide, llena de agua, sube con las grandes lluvias hasta casi el borde, donde tienen asegurada el agua todos los animales que puedan bajar los infinitos escalones, y, sobre todo, las aves, como los milanos, las palomas y las grajas, que a millones alborotan el cielo de toda la India.

Una bella cultura. BLAS CURADO
Una bella cultura. BLAS CURADO

Tenemos tiempo para ver los abalorios que venden al turista, donde el regateo es fundamental, bajando el precio a mucho más de la mitad de lo que piden. Pasamos, de la mano del guía, Lalit, por un artesano que fabrica las pulseras de colorines en resina. El tiempo se para por un momento y vivimos en el medievo. El artesano hace bien su oficio, nos empuja a que le compremos para el recuerdo y los regalos, una variada versión de ellas. Vemos, en otro lugar, a los artesanos de la piedra dura. Llegamos a Agra por una carretera infernal, realizada por una empresa española, cuyo ingeniero debe de estar todavía desquiciado, no por el firme, aunque tiene demasiados baches, sino por las situaciones diabólicas que se viven en directo: los kamikazes son normales en la India, venir en sentido contrario, en una vía de doble sentido, es habitual, hay que tenerlo presente en la conducción. Las motos a millares, los camiones de gasolina a centenares, los tuk-tuk incontables, como las bicicletas, caminantes, santones, mujeres y niños, atravesando las carreteras, pasando de un lado para otro a la espera del autobús repleto en el carril de adelantamiento, o sea, en el que no se debe. No encontramos un sólo cambio de sentido en los centenares de kilómetros hasta Agra. Fácil, se rompe la mediana y se cambia de dirección a toda velocidad.

Es una carretera infernal, donde todo vale, las sagradas vacas pasando de un margen a otro de las vías de doble sentido, caminado tan campantes hacia un abrevadero de basuras o a un sitio donde le ofrecen comida. Es la vaca sagrada del pueblo. Son más de diez millones de dioses los que tienen los indios, en 800 idiomas distintos, con 500 partidos dispuestos a chupar la sangre al que no se espabile. La corrupción va amainando, los conflictos étnicos y religiosos están amortiguados, pero no olvidados. Vemos y creemos.

BODAS CONCERTADAS

En este punto es recomendable leer una novela de la historia verídica de una italiana, que se casa por amor con un indio, que es, nada menos que el primer hijo de Indira, Rajiv. Se casan por amor, algo no aceptado todavía por los indios. Nuestro guía, Lalit, se ha casado sin conocer antes a la que iba a ser su mujer. Lo curioso, es que los divorcios son muy raros, pero, que, con la nueva forma de vida, la mujer trabajando fuera de casa, dice Lalit, esto va a cambiar. La explicación que hemos encontrado leyendo a Tarun Chopra, sobre el tema de los matrimonios concertados, es que la institución del matrimonio es muy seria, es más que un intercambio de votos, donde la religión, la casta, el dinero, el idioma, los hábitos, el horóscopo, los amigos, los vecinos, los parientes, los geneálogos, los sacerdotes, los astrólogos, la profesión, indios no residentes (NRI), cosmopolitas, los confundidos indios nacidos en USA (ABCDs) y hasta el planeta Marte (Mangal) sirven de razones para formalizar un matrimonio tradicional indio. Pero hay aún algo más, la boda se celebra el día que el sacerdote, los planetas, los dioses despiertos o dormidos, decidan, hasta la hora.

El mes de febrero debe de ser muy propicio para las bodas. En Varanasi hemos visto toda la carretera llena de establecimientos engalanados para ellas. Contamos más de treinta en un recorrido de apenas unos kilómetros; y en el hotel de Jaipur fuimos testigos invitados al escenario en la mitad de una boda, donde el novio, con su chaqueta larga cerrada hasta el cuello, salía montado en un caballo blanco muy engalanado a buscar, en otro hotel o en su casa, a la novia. Novia vestida con el tradicional sari de color rojo, bordado con hilos de oro, repleta de joyas, acompañada de las hermanas, primas y amigas, hasta donde, finalmente, se realiza el casamiento.


El manicomio de Agra es el más grande de la India.


Ritual complejo. Bajo el fuego sagrado los novios realizan siete vueltas, el novio descalzo, mientras el sacerdote recita los versos védicos. Hasta los lloros de la pérdida son amenizados con lloronas profesionales. El cortejo matrimonial era una procesión de colores y luces cegadoras, bailando todos los invitados alrededor del novio, al son de una orquesta numerosa de timbales y trompetas, ruidosos y desafinados. No se bebe alcohol, nos ofrecieron agua en botellas pequeñas. Sí, nos metimos en la boda. Los indios son muy celosos y familiares. ¡Cualquiera se divorcia contra todos estos elementos!

La saga familiar que podemos leer en la obra de Javier Moro, El sari rojo, así lo explica: los indios veneran el modelo de familia unida, como la de Nehru-Gandhi, hasta para la política. Las castas existen, aunque se ha legislado contra ellas; son cuatro, según los textos sagrados; las principales: Brahmanes (sacerdotes), Kshatriyas (guerreros y aristocracia), Vaishyas (comerciantes) y los Shudras (los intocables). Una de las circunstancias importante, a tener en cuenta en la negociación de una boda, es la casta.

EN EL TAJ MAHAL

Nos levantamos muy temprano, antes del amanecer, para ver, observar, soñar el mausoleo mogol Patrimonio de la Humanidad, el Taj Mahal, el edifico más significativo de la arquitectura Mughal. Lo hacemos al amanecer, cuando el mármol despierta de una noche más, como tumba, de la mujer más admirada del mundo, Mumtaz Mahal. Tuvimos suerte, el sol coqueteando entre nubes, restos de una fuerte tormenta eléctrica de la noche, quiere participar en el espectáculo de los sentidos, donde el verde, el blanco y el agua nos elevan al paraíso. Allí duermen el sueño eterno los dos, marido y mujer, en ese jardín del paraíso islámico. Monumento, que Mahal, antes de su muerte por una hemorragia postparto de su decimocuarto hijo, hizo prometer a su esposo, Shah Jahan, que le construyera una tumba muy hermosa para recordar su historia de amor: “Una lágrima eterna descendiendo del paraíso en la mejilla del tiempo”.

Desde el año 1654, este monumento viene atrayendo a todos los viajeros a la India. Damos la vuelta y más vuelta al blanco mausoleo, desde el ángulo más inverosímil, y, allí plantados, entre la masa de visitantes, muchos extranjeros, inmortalizamos nuestra visita y nuestras sensaciones inexplicables ante una obra más allá del amor. El desesperado marido, esperando morir de amor, quiso construir otro igual, pero en negro, enfrente del Taj Mahal, a la otra orilla del río Yamuna, unidos por dos puentes en blanco y negro. No pudo ser. Dicen que murió de una sobredosis de afrodisíacos, mirando el Taj Mahal.

Esta historia de amor me ha hecho recordar otra historia, la de una española con un maharajá de Kapurthala. El riquísimo indio se enamoró de una bailarina malagueña a la que vio una noche en un local de Madrid. Anita Delgado Briones, así se llamaba, se fue a la India con su maharajá, hasta que el amor perdió presión y una actriz francesa ocupó su sitio. Vivió en Madrid, Anita, hasta su fallecimiento en 1962, donde tuvo problemas con la iglesia madrileña en su entierro, por su boda india, alegando que había renegado de su fe católica. La novela de Javier Moro Pasión india es la verdadera historia de una malagueña que rindió a un maharajá de la India. Los indios son muy receptivos a las mujeres europeas. Entre las fotografías que Javier Moro incluye en su novela, no encontramos dos que hemos visto en el museo del Palacio de la ciudad de Jaipur, donde Anita está colocada en primera fila, con los maharajás principales de la India.

A pesar de todo, India progresa en educación y emprendimiento. BLAS CURADO
A pesar de todo, India progresa en educación y emprendimiento. BLAS CURADO

Hemos llegado al Taj-Mahal, un sueño hecho mármol, con influencia persa pero con el alma india, tipo Panch Prasada, por una larga avenida iluminada en un taxi moto, un tuk-tuk amarillo, aprovechando el largo recorrido del hotel al monumento. No hemos dejado pasar la experiencia del moto-carro, al estilo español, recordando una película cómica de mi infancia, Plácido, de Berlanga, con un Cassen insuperable en su motocarro impagado, recorriendo la ciudad en una de aquellas Navidades tan entrañables.

Pasamos, lamentablemente, con dolor, a ver el Fuerte Rojo, desde donde el marido de Mutmtaz Mahal podía ver la tumba de su especial mujer, hasta el fin de sus días. Pasamos de puntillas por los diversos sitios que pudieran ser los observatorios de ese amor, más allá del amor…

Volvemos a Delhi por carretera, varias horas de traqueteos, frenazos, bocinazos, suerte, pericia de nuestro conductor, de todo un poco, al hotel que nos acoge en la última noche en la India. Volvemos a la capital de otra historia de amor, una italiana, Sonia Maino, no hace muchos años, declinó ser la primera ministra de la India, por ser considerada todavía una extranjera. Eso sí que es amor desinteresado. El nacionalismo arrasa la India. Esperemos que el tiempo y la experiencia de gobierno lo suavicen.

De Delhi saldremos para cumplir el deseo más peligroso de mi mujer, las Maldivas. Volamos a la capital de las islas, Mane, un paraíso perdido en el Índico. Sus aguas cristalinas, calientes, sus arrecifes de coral, nos esperan en Baros. Una isla-hotel, con un alojamiento ubicado en plena selva, al lado de una playa de ensueño, camuflada en la vegetación, con salida directa a la famosa laguna de Baros. El buceo es fundamental para conocer la vida acuática de la laguna de coral. El sol pega, pero no quema, volvemos bronceados y agotados. Volamos hacia España el cinco de marzo. El bicho anda suelto por Madrid.

MANICOMIOS DE LA INDIA

Al tiempo de este recorrido viajero por la India, volvemos a nuestro propósito de visitar manicomios en estos viajes para documentar nuestro libro. La historia de los manicomios de la India está unida a la colonización por los ingleses y a la imposición de su visión de una forma de tratar a los locos que ya hemos comprobado en nuestros viajes al Reino Unido.

Anteriormente a la entrada de los ingleses en la India, cuentan que se tienen noticias de la existencia de un manicomio en el siglo XV en Dahr, cerca de Mandu, conociéndose el nombre del médico que los cuidaba, Maulana Fazulur Hakin. Fueron los portugueses los que trajeron aquí la medicina más avanzada para su época. Pero hasta la llegada de los británicos, con la British East India Company en 1600, no había instituciones para atender a los locos.

Los enajenados vivían con el pueblo, hasta que fueron recluidos para proteger a la comunidad de su conducta, encerrándolos en antiguos cuarteles militares o edificios abandonados. Calcuta fue la residencia del primer hospital mental en la India, allá por el 1787. Su director era un cirujano. ¿No es para espantarse? En España, también nosotros hemos tenido de todo hasta tiempos modernos, como un dentista como director de un psiquiátrico, o un forense.

En el sur de la India fue el comienzo de un gran desarrollo de los asilos para perturbados, en ciudades como Madrás, Bombay, Dacca, Monghyr o Colaba; que se consideran la primera fase del desarrollo de los hospitales mentales de la India, hasta que ocurre la revolución india por la libertad en 1857. A partir de esta fecha, según dice en su trabajo Shridhar Saharma, comienza la segunda fase del desarrollo de los manicomios. El poder pasa a la Corona en 1858, legislándose la primera ley de la locura, conocida como la Ley nº 36. La parte oriental de la India fue la que construyó gran parte de los asilos para lunáticos, como sucedió en Bengala, Bihar, Orissa y un largo etcétera. Más tarde se construyen manicomios en Benaras, Agra, y Barelly.

La tercera fase de los hospitales mentales indios es ya reciente, en el siglo XX, apareciendo los especialistas en psiquiatría para hacerse cargo de los manicomios, pues estaban en manos de los cirujanos. Aparece la segunda Ley sobre la locura en 1912, coincidiendo con el traslado de la capital de la India de Calcuta a Delhi.

La cuarta fase comienza con el cambio de los hospitales como asilos a hospital mental. Hospitales que mantenían unas condiciones tenebrosas y que los británicos quisieron cambiar, chocando con las costumbres de los indígenas y con las ideas del propio Gandhi, que prefería los tratamientos ayurvédicos a los modernos. “La enfermedad mental es la peor cárcel que existe. Es una cárcel que encierra hacia dentro, que atrapa a una persona y no la suelta jamás, y le arrebata todo lo que tiene, y la hace odiosa para su familia, para las personas que la quieren. A nadie le interesa ocuparse de los enfermos mentales, usted lo sabe, la sociedad prefiere actuar como si no existiera, y nos lo traen aquí, y los dejan solos, y la mayoría de las veces no vuelven a verlos nunca más”. Cita de una novelista española que nos sirve como denuncia, al no conocer a un escritor indio que analice la situación de las locas de la India.

La India se moderniza a marchas forzadas y por primera vez se planifica una política nacional de salud mental, con el objetivo de cubrir las necesidades de la población de enajenados.

MANICOMIO DE DELHIL

La curiosidad de este manicomio de la ciudad de Delhi es la existencia en su día (1874), de un pozo de hielo, parece ser que era para vender el hielo a la cárcel. Me recuerda, el pozo de hielo de época medieval en mi ciudad natal, Mérida, que se puede visitar, al estar en plena calle. Nieve que traían a lomos de mulas o burros desde la lejana zona de las sierras del norte de Extremadura.

La revolución del manicomio como centro de rehabilitación de la locura se intenta con diversas modalidades recreativas y de trabajo, como el citado pozo de hielo, el poder tener mascotas de todo tipo, jardinería, espectáculos, música y diversas ocupaciones que eran pagadas a los enfermos que las realizaban. Estas evidentes mejoras, avanzadas para su época, fueron felices y aceptadas por la administración, que vio que la mortalidad bajaba en sólo tres años de un 28% a un 10%. Su ampliación provocó la destrucción de edificios antiguos enterrados en el suelo. Fue un manicomio para sólo 150 pacientes, pero nunca se llegó a alcanzar esa cifra.

Los esposos Gilson eran los supervisores y se mudaron con el tiempo al asilo de Agra. Las deficiencias en su gestión eran proverbiales y fueron numerosos los cuidadores que, en vez de ayudar a los locos, les quitaban su comida, aplicando una excesiva dureza con ellos. Fueron despedidos, así como un elevado número de superintendentes ingleses. Los habitantes del estado de Punjab que enloquecían, eran ingresados en este manicomio de Delhi. Se conoce que un médico indio que se encargó del asilo por el año 1876 cobraba una décima parte del sueldo de un médico europeo. El asesinato de un tejedor de mantas por un loco del manicomio es la noticia funesta que está recogida en su historia. Fue asesinado por un paciente en 1890.

Las cartas que escribieron los enfermos o locos de los manicomios son un tema candente para un tipo de investigación, que el manicomio de mi pueblo (Mérida) no puede realizar, al desaparecer dicha documentación por la indolencia y el descuido de una administración necia. He leído sobre el tema que, en el asilo de Delhi, los enfermos escribieron cartas que ahora son curiosas de investigar para ver los tipos de delirios de una época. Delirios que ya no fluyen como antes por los caminos intransitables de la locura. Ideas delirantes que encuentran en los grandes hombres o mujeres de la historia, su identificación. En el caso del manicomio de Delhi, los locos indios se imaginan ser la reina Victoria o el emperador mogol (Alamgir). Un posible caso de antropofagia, un loco se come a un niño que se creía ser un descendiente de la dinastía Sen, Habib Shan, y otro que se consideraba el hijo del coronel Mackeson, que había sido asesinado por un fanático religioso de Swat, en 1853.

El asilo de Delhi fue cerrado y los locos enviados al de Lahore. Ahora ya no se observan estos tipos de delirios, la trama es distinta y distante, los fármacos y la cultura imperante han acabado con ellos.

Durante más de 60 años la ciudad de Delhi careció de un asilo para locos, La cárcel de Tihar, en 1957, sirvió durante un tiempo de hospital psiquiátrico, construyéndose poco después, en 1966, el actual hospital mental.

MANICOMIO DE JAIPUR

El centro psiquiátrico de Jaipur es el principal instituto del estado para el tratamiento y cuidado de los enfermos mentales de la ciudad. Fue fundado en 1952, pasando a ser un hospital para la enseñanza de la Facultad de Medicina por los 80. Es uno de los seis hospitales que colaboran con ella para el grado de MD en psiquiatría.

En nuestras pesquisas para encontrar el antiguo manicomio de la ciudad, llegamos a una explanada que ubicó en su día la casa de los locos. Derribada y aplanada sirve hoy de territorio para cientos de palomas que revolotean por los aledaños. Es el centro de unas calles atiborradas de gentes, de motos, de tuk-tuk llenos hasta el imposible, de donde llegan a salir siete personas en un espacio pequeño donde caben sólo dos o tres; no sabemos cómo lo hacen. Me recuerda a los primeros coches Seat 600 en España, por los años 60, aquel Seat verde de mi padre, que yo le birlaba durante las horas de siesta para dar una vuelta con los amigos y donde cabíamos todos, cinco o seis. El espacio era mucho mayor. Es imposible saber cómo lo hacen.

Desde esta explanada ex-manicomial vemos el segundo lugar de la ubicación del manicomio. Hoy es la salida del metro de Jaipur, estación Chandpole nº 1, un gran edificio moderno por dentro, por fuera sin terminar, lleno de basuras y máquinas de la construcción, con paredes de color rosado, propio de la ciudad rosa, que rodea toda la manzana de lo que fue el hospital. Muy cerca de un templo cristiano el St. Andrew´s (CNI) Churh.

La tercera ubicación es el Centro Postal de la ciudad de Jaipur, cerrado, todavía se puede leer su nombre en la fachada que está clausurada y parece que en obras. Es un edificio de dos plantas, de color blanco y rosado alrededor de las ventanas, con rejas de color blanco. Tiene un transformador delante de la misma fachada, aquí no tienen miedo al riesgo. La entrada estaba en la fachada a la calle, cerrada a cal y canto, protegida con unas rejas de seguridad blancas, que impiden el acceso. Vemos una oficina de un banco funcionando en un lateral de la fachada.

MANICOMIO DE AGRA

Después de ver el mausoleo del Taj-Mahal, en un merodeo por la ciudad evitando los accidentes e incidentes de la conducción temeraria, donde una buena bocina, unos frenos de alta calidad y mucha suerte son necesarios para llegar a los destinos en toda la India, hemos pasado por una avenida, que nos indica en sus letreros que volvemos al mausoleo. No volvemos. Desgraciadamente, ya no tenemos tanto tiempo. Pero en la misma indicación del panel está la dirección, a mano derecha, del hospital mental de Agra, Instt. of Mentl Health.

Es una calle de doble sentido separados por una elemental barrera de bloques de cemento con dos bandas de colores gris y amarillo. Unos cubos de basura, azul y verde, colocados en la acera de tierra, al lado de un vendedor de frutas, dan el visto bueno a nuestro aparcamiento en la entrada del asilo de locos. La calle o carretera es una larga fila de infinitas casas viejas y destartaladas, de una o dos plantas, donde numerosos artesanos realizan sus trabajos; o establecimientos elementales que venden de todo. Un panel informador, a mano derecha, nos indica que estamos en el R.V. Vipra Instituto de Salud Mental Pilur. Paramos en su misma entrada o puerta principal, que reconozco por haberla visto en los ojos de internet. Es la misma, lo certifico, está su nombre en hindi, Centro de Salud Mental y Hospital/ Agra.

Toda una larga tapia rodea el manicomio, blanca con refuerzos de columnas de ladrillos rojizos a cara vista cada dos metros, coronadas de una red de alambradas de pinchos, como si fuera un territorio militar o una cárcel, contra los de fuera o los de dentro. Encontramos un aparatoso cartel, en el lateral izquierdo de la entrada, en el que se llama la atención, en un largo análisis de las consecuencias negativas de fumar, por el Comité de Salud de Agra, contra el tabaco. En el otro lateral, un cartel en rojo indica lo siguiente: “Shrimath ji servicio de agua gratis, servicio gratis”. Nos provoca perplejidad. Sobre todo, porque el edificio está en ruinas y abandonado.

La puerta principal del manicomio es rojiza, de ladrillos, grande y elevada, ricamente elaborada, con media altura de valla metálica, con una abertura en forma de uve, que deja ver el interior por su rejilla. Dos puertas pequeñas laterales de metal, cerradas hasta la mitad y el resto, de rejas. En sus laterales los dos edificios abandonados de color blanco, casi en ruinas, que ya hemos descrito. En la misma calle y acerado o camino de tierra, encontramos otra puerta, pero también estaba cerrada. La principal la encontramos abierta. Una portezuela lateral metálica completamente abierta nos lleva directamente a una especie de ventana de control, caseta donde varios vigilantes no nos dicen nada al entrar y fotografiar los alrededores. Lalit lo hace todo, les explica lo que queremos y no tenemos dificultad alguna para realizar las fotos de rigor, haciendo el saludo indio protocolario. Fotografiamos su entrada, por delante y por detrás, la caseta de control, los alrededores de caminos llenos de arboledas y edificios blancos de una sola altura, que se adivinan en su final.

Todas las zonas verdes, cuidadas en su interior, están protegidas por vallas fuertes y alambradas de color verde. Las de fuera están abandonadas. Los caminos están asfaltados y con aceras de adoquines blancos. Nos llama la atención el enorme aparato de electricidad, como un transformador, al alcance de cualquiera, con todos los cables sueltos y enmarañados en la fachada. Otro abandonado a la entrada, a mano izquierda. El numeroso grupo de vigilantes o lo que sean, no tienen nada a mano que explique su naturaleza asistencial o un plano de orientación o una información para las visitas, o para los familiares de los enfermos. No vemos pacientes, no vemos familiares, ni visitas. Es domingo y es raro que no entren y salgan las visitas o los enfermos. Todo lo que vemos está vacío. No cabe duda de que es un manicomio. Una larga avenida sirve de recorrido visual de la tapia del manicomio, bastante extensa. No podemos hacer más. Hemos cumplido con su visita y damos fe de su existencia como manicomio de Agra. El más grande de la India.

El manicomio de Agra y el de Barelly son reconocidos como asilos de enfermos mentales en toda la Inda. Cuenta Siraj Qureshi (2016), que hasta Bollywood, alias usado por la industria cinematográfica hindi de Bombay, los muestra en varias de sus películas aparecen, de forma alegórica. Refiere este periodista, como curiosidad, algo que la literatura española ha recogido como drama manicomial: el ingreso en el asilo de locos de mujeres y hombres de los que otros se querían deshacer y olvidar. Recientemente, Almudena Grandes en su novela La madre de Frankenstein, aporta el apoyo literario de la situación de abandono de las locas, en este caso, españolas, del siglo pasado: “¿Usted sabe cuántas de nuestras internas son esposas de hombres poderosos que consiguieron ingresarlas aquí para quitárselas de en medio, inhabilitarlas y vivir tranquilamente con sus queridas?”.

Uno de los casos, que sacó a la luz el periódico India Today, cuenta que una mujer fue abandonada por su marido como loca en el manicomio, para casarse con otra. Como era funcionario del gobierno y podría perder su trabajo si se casaba con otra, estando sana su esposa, la ingresó en el manicomio con suma facilidad y se olvidaron de ella, tanto el marido como la administración del asilo. Pasado un tiempo, los médicos del manicomio la consideraron sana, e informaron al esposo para que fuera por ella. A pesar de estos avisos, el marido no fue, y la mujer siguió viviendo en el manicomio como sana, sin que nadie fuera a por ella.

Según se cuenta en la historia del manicomio de Agra por el citado autor, existen pacientes que son olvidados en el asilo perfectamente sanos. Historias que coinciden con lo que ocurría en los manicomios españoles y que ahora pasa, al menos conocemos un caso, que ingresan en las unidades de salud mental completamente sanos, por indicación judicial. El rotativo indio que investigó la denuncia, intentó contactar con el director del centro de Salud Mental y Hospital de Agra, sin conseguirlo. La violación de los derechos humanos está siendo investigada por el bien de los posibles enfermos mentales ingresados a la fuerza y olvidados en el asilo por intereses mezquinos. Me parece que haciendo referencia a esta denuncia colaboramos en su eliminación y persecución por el gobierno indio y que se vea obligado a legislar contra estos sufrimientos anacrónicos.

MANICOMIO DE VARANASI

Varanasi es todo un manicomio. El mundo que rodea la ciudad es de locura, una locura colectiva de espiritualidad, de peregrinos que llegan de todas las partes de la India, para sentir el río sagrado o morir en sus aguas. Es un buen lugar para morir, dicen los indios. Encontramos el manicomio con facilidad en el centro. Aquí no está en el extrarradio como es habitual. Un largo frente rojo nos da la bienvenida, toda una larga tapia que se ve desde la carretera, con una puerta parecida a la de Agra, alta, metálica, con una portezuela abierta en la misma, que al acercarnos encontramos abierta dejando salir a las gentes. Un guardián no nos impide la entrada, sino todo lo contrario. Lalit le informa de lo que queremos y amablemente nos hace acompañar por personal de la casa, hasta la dirección de la misma. No queríamos molestar al director del establecimiento, solo constatar su existencia y su funcionamiento, pero nos llevaron a su presencia.

Nunca habíamos encontrado esta amabilidad en nuestra ya larga ruta manicomial. Entramos en el despacho del Director Sup. Jefe Dr. Amarendra Kumar P.M.S., que amablemente nos da su tarjeta. Es un manicomio prisión, donde los internos cumplen las condenas de delitos cometidos por enajenación. La entrada es un pequeño paseo lleno de edificios, del mismo color rojo, y dando una vuelta por su espacio lateral izquierdo, sombreado con una arboleda, encontramos el edifico que ubica la dirección asistencial del centro. No tienen nada a mano sobre su historia, plano de orientación o información para los residentes, sus familias o visitas, como la nuestra. Cumplimos con el motivo de nuestra visita. El manicomio sigue funcionando.

(Blas Curado es psiquiatra, escritor, Académico de la Ilustre Academia de Ciencias de la Salud Ramón y Cajal, y Premio Dr. Gómez Ulla).

SOBRE EL AUTOR

Blas Curado García, prestigioso psiquiatra, articulista y escritor, nuevo colaborador de PROPRONews

El ilustre psiquiatra Blas Curado, Premio Doctor Gómez Ulla 2019 a la Excelencia Sanitaria

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