lunes, 4 marzo, 2024
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El niño emigrante que sobrevivió al ataque de una loba

De Galicia al Uruguay, sano y salvo, después de aquel encuentro letal

El 21 julio de 1958, el niño de cinco años Manuel Suárez Suárez, fue atacado y mordido en un bosque, cerca de Vimianzo (Galicia), por una loba recién parida, que buscaba carne tierna con la que alimentarse y poder alimentar a su camada. La loba hizo presa en la espalda de su víctima y lo arrastró y escondió, ya sin conocimiento, al escuchar las voces de sus familiares que lo buscaban. El ataque le dejó en la espalda treinta y tres cicatrices, convirtiéndose en uno de los pocos niños que han sobrevivido al ataque directo de un lobo. Cuatro meses después, en noviembre de 1958, el pequeño embarcaba con su madre, rumbo a Uruguay, donde les esperaba su padre y esposo, emigrante en aquel país. Hoy, Manuel Suárez, nuestro colaborador, cuenta aquí lo que ocurrió después de que se salvara por los pelos de ser devorado por aquella loba.

Manuel Suárez Suárez
Manuel Suárez Suárez

Santiago de Compostela, Galicia.-

En noviembre de 1958 iba con mi madre en el “Cabo de Hornos” camino de Montevideo. Mi padre llevaba unos años en la capital uruguaya sin poder juntar la guita necesaria para el pago de nuestros pasajes y por eso fue que mi madre acude al programa de reunificación familiar de “Acción Católica”. Creo que también ayudó al embarque el triste acontecimiento del mes de julio, cuando en un monte de mi aldea de Tines (Municipio de Vimianzo), fui atacado y mordido por una loba que casi acaba conmigo. Lo cierto es que estaba enloquecido con el viaje y en la aldea repetía una y otra vez que: Eu vou a Montemineo! Aunque mis padres tenían casa propia yo estaba siempre con mi abuela materna, Concepción Lema Rojo, que mucho me mimaba ya que era su primer nieto.

Manuel Suárez, con su madre, el año que le atacó la loba.
Manuel Suárez, con su madre, el año que le atacó la loba.

Tenía cinco años pero aún, ahora mismo, sigo disfrutando con el recuerdo de los sabrosos follados (era una filloa gorda hecha con huevo, harina y tocino) con los que merendaba. Recuerdo que los días de feria y de feirón que todos los meses se celebraban en la pequeña villa de Baio (Municipio de Zas) mi abuela siempre volvía con unas tabletas de chocolate y una docena de naranjas para mí. Era feliz en la aldea pero en el otro lado del mar estaba mi padre.

Buque de pasaje Cabo de Hornos, en el que emigraron a Uruguay.
Buque de pasaje Cabo de Hornos, en el que emigraron a Uruguay.

LARGA SINGLADURA

La larga singladura en el mar fue un mareo constante y solamente tuve un poco de calma después de la escala en Brasil, en el puerto paulista de Santos. Allí conocí las bananas y durante tres días fueron mi única comida en aquellos interminables veinte días de travesía. El marido de mi tía Fina, apodado O Rico, era de Borneiro (Municipio de Cabana de Bergantiños) pero al casarse con una de la hermanas de mi padre se instalaron en Tines, en el lugar de Romarís. Estaba en Brasil con la intención de ahorrar unos pesitos y comprar unas fincas que le permitiesen la crianza de sus tres hijos. El tío José sube al barco con una gran rama de la que colgaban varias docenas de bananas, que me alegraron lo que quedaba de viaje hasta la capital de la República Oriental del Uruguay.


El tío José sube al barco con una gran rama de varias docenas de bananas, que me alegraron lo que quedaba de viaje.


Nunca olvidé aquel alimenticio regalo y siempre que me encontraba con él (ya fuese en su casa o en A Piroga, en la casa de mi tío José María, apodado O Quinto) se emocionaba mucho recordando aquellas bananas que hicieron feliz a su pequeño sobrino emigrante. Lo que puedo asegurar, y estoy convencido, es que las bananas fueron el más sabroso prólogo para una buena y rápida integración en la nueva realidad que me esperaba en Montevideo.

EL DESEMBARCO

Antes de bajar del barco, era el jueves 27 de noviembre de 1958, intenté encontrar a mi padre en medio de una cantidad de brazos y manos que se movían en el amplio muelle para saludar a los recién llegados. Mi madre me indicó donde estaba y me sorprendió verlo con una camisa de manga corta, mientras yo venía con ropa de abrigo ya que según mi madre (no lo recuerdo) tenía frío porque había perdido mucho peso. Al lado de mi padre estaba su amigo Ramón de Castromil, que fue quien lo convenció de ir a Montevideo, pues era una ciudad en la que los herreros, el oficio de ambos, tenían el empleo garantizado. Habían sido socios en un taller de herrería que abrieron en el lugar vimiancés de Torelo, pero en aquellos años poco se hacía. Así es que cuando nace la primera hija de Ramón, decide que debe buscar un futuro en Montevideo.

Manuel, con sus padres, ya en Montevideo.
Manuel, con sus padres, ya en Montevideo.

Recuerdo que desde el barco miraba para las construcciones del alrededor y todo eran casas y más casas y muchas letras pintadas en muros y paredes. La extensión de palabras escritas sobre fondo blanco era interminable. Se sucedían las pintadas con alternancia de dos colores para las letras, azul o rojo. No sabía qué era lo que decían las paredes, pero enseguida pude entender algo.

El domingo 30 recibí una cantidad de información por parte de mi padre en la mañana (en el apartamento de la calle Pantaleón Artigas, esquina con Ipiranga) y sobre todo por la tarde, durante la merienda en la casa de Ramón Vázquez y María Rama (en la calle Santa Ana) por parte de la muy cariñosa Merceditas.

ATARDECER DEL DOMINGO 30

Aunque mi ingreso oficial en el Uruguay fue el jueves 27, quiero hacer constar que mi entrada emocional tuvo lugar en el atardecer del domingo 30. Mi llegada coincide con unas elecciones nacionales (régimen presidencialista), en las que la república más avanzada de la región sudamericana comienza a perder el buen poder adquisitivo que caracteriza a su amplia clase media. Las devaluaciones de la moneda local (el peso uruguayo) hacen perder calidad de vida a las clases populares, mientras unos pocos especuladores aumentan su riqueza.


Aquello era un paraíso en el que la alegría era una parte básica de mi alimentación diaria.


La verdad es que con tan pocos años y viniendo de un medio rural, no entendía nada sobre una caída del bienestar, ya que para mí aquello era un paraíso en el que la alegría era una parte básica de mi alimentación diaria. Tardé muchos años en comprender lo que estaba sucediendo en mi querido Uruguay en los años posteriores a 1958. Creo que fui consciente del desastre cuando comencé mis estudios universitarios, pero nadie puede quitarme la felicidad vivida en los largos veranos en “romanitas” (chanclas) por Brazo Oriental y el Cerrito, en compañía de mis amigazos del alma, Claudio, Gildo y Horacio. Aunque lejos, sigo aplaudiendo a las murgas y a Roberto Barry, que desde el tablado de la calle Roberto Koch (en el cruce con Margarita Uriarte de Herrera), llenaban de alegría el famoso “Carnaval del Uruguay”. También tengo bien guardados en la memoria los primeros “bailes-lluvia” (se llevaba o algo de beber o algo de comer) en el fondo de la casa de Claudio en la calle Lancaster. La música sonaba alta, gracias al amplificador que había armado Gildo y nos animaba para invitar a la chiquilina que nos gustaba cuando llegaba el turno de las esperadas las canciones lentas. MI INOLVIDABLE MONTEVIDEO ESTÁ DENTRO DE MI CORAZÓN Y HASTA EL ÚLTIMO DÍA DE MI VIDA MANTENDRÉ MI COMPROMISO DE ENAMORAMIENTO ETERNO CON ÉL.

(Manuel Suárez Suárez es doctor en Derecho y Ciencias Sociales por la Universidad de Montevideo (Uruguay), y articulista y escritor).

SOBRE EL AUTOR

Manuel Suárez Suárez, ilustre galleguista y escritor, nuevo colaborador de PROPRONews

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