Conventillos rioplatenses, refugio y hogar de emigrantes

Cien años después, los descendientes vienen a Europa a alojarse en una habitación de un piso compartido

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Todavía quedan algunos conventillos. PARABUENOSAIRES
Todavía quedan algunos conventillos. PARABUENOSAIRES

Los miles de emigrantes que desembarcaron en Buenos Aires y Montevideo provocaron una serie muy importante de cambios en las ciudades y sobre todo en las costumbres. Las ciudades rioplatenses no estaban preparadas para recibir tanta cantidad de personas y la escasez de viviendas fue siempre constante. Los precios de los alquileres aumentaron de acuerdo con una creciente demanda. Los recién llegados tenían poco margen de elección, por lo que su introducción en el nuevo país pasaba por el conventillo, allí pronunciado conventiyo.

Manuel Suárez Suárez
Manuel Suárez Suárez

Santiago de Compostela.-

Fue en este tipo de vivienda popular donde se encuentran las distintas nacionalidades. Fue aquí, en cualquier patio de conventillo, donde un gallego escuchó la historia emigrante de un napolitano. El patio puso en contacto a negros con gauchos. El conventillo fue un semillero que llenó de aliento a los tangos, porque el tango es hijo de una urbanización hecha con mucha prisa.

“La población extranjera en Buenos Aires excedió el 50% y no hay que olvidar que en casi su totalidad era adulta y masculina, es decir, la que trabajaba, andaba por la calle y los sitios públicos; a la vez gran parte de los argentinos que formaban el otro 50% eran hijos de inmigrantes en primera generación. Sólo el que vivió en medio de esa multitud y llenó sus ojos con la variopinta de sus ropas y sus oídos con el ruido de cascada de todos los idiomas cayendo al mismo tiempo sobre el español o el lunfardo, puede medir la magnitud del milagro de asimilación que se realizó en Buenos Aires, en el vértigo de unos pocos decenios. Y tiene que partir del conventillo para aproximar un poco la imagen”.

(Arturo Jauretche]

El conventillo como edificación era poco más que una serie de cuartos de alquiler colocados en línea delante de un patio de uso común. El patio era compartido por todos los vecinos del mismo modo que se compartían los escasos y precarios servicios comunes. La puerta de entrada era única, una puerta al exterior por conventillo y una canilla de agua por conventillo. El patio del conventillo fue el lugar donde se hizo el modelo de una sociabilidad especial porque allí trascurría gran parte de la vida cotidiana de los inquilinos. Los “provincianos de todas las provincias y extranjeros de todas las nacionalidades fueron entremezclando en esos patios, junto con sus costumbres, sus formas de expresión y sus modismos” en palabras de Juan Carlos Ferraro (Artículo: Los patios porteños, Academia Porteña del Lunfardo / Libro de los treinta años, 1993).


En cualquier patio de conventillo un gallego escuchó la historia emigrante de un napolitano. El patio puso en contacto a negros con gauchos.


VIDA DE PATIO

Nuestros emigrantes estaban obligados a hacer vida en el patio. La canilla del agua o la cuerda para tender la ropa eran motivo de una especial sociabilidad en edificios en los que las habitaciones eran pequeñas y con escaso mobiliario. Una o dos camas, unas sillas, una mesa, un brasero, una almohada y un baúl, que era aquel que bajó del barco lleno de ilusiones. Hay austeridad porque no hay recursos. Fue aquí en estos patios donde nacieron muchos tangos. Estos escenarios, con mala ventilación y mucha humedad, se llenaban con los olores de las ollas que hervían al fuego. La mala habitabilidad del conventillo empujaba para que se hiciese una vida de cara afuera, que es todo lo contrario de un hogar en el que la vida es cara adentro. En el patio juegan los niños, en el patio cosen y planchan las mujeres. Las lenguas de cada residente están en permanente mezcla. En el patio una napolitana le pregunta a una gallega por la empanada y al mismo tiempo recibe información sobre la pizza.


Espero que la actual crisis económica, incrementada por la pandemia, frene a los más jóvenes a irse fuera, para luchar en Buenos Aires o Montevideo por una vida mejor.


En el conventillo el espacio para la intimidad no existe, ya que según Eduardo Wilde es: “alcoba del marido, de la mujer y de cinco o seis chicos debidamente sucios; es comedor, cocina, despensa, sitio de estar, sitio donde se depositan los excrementos, a lo menos temporalmente, depósito de basura, almacén de ropa sucia y limpia si la hay, morada del perro y del gato, depósito de agua, sitio donde arde una vela, un candil o una lámpara por la noche”. Un novelista de Rosario, Carlos Suriguez y Acha, escribe en el año 1900 que el conventillo es donde “uno golpea su cigarro en la uña para quitarle la ceniza, otro recién se levanta y bosteza, aquellos en la puerta de un cuarto despiojan a un hijo, otros se sirven mates, otros, cruzados de brazos, aprueban o desaprueban una gresca, allá y muy próxima a la puerta trabaja una joven sentada a la máquina”.

Un conventillo típico en torno a 1900.
Un conventillo típico en torno a 1900.

En setiembre de 1905 el diputado Alfredo L. Palacios en una intervención en la Cámara de los Diputados de Buenos Aires sobre el problema de este tipo de viviendas, afirma que “existen en Buenos Aires 2.297 conventillos, donde viven 129.257 habitantes”. Ahora, y más de cien años después, son los nietos de aquellos habitantes de los conventillos los que repiten la historia en Europa, ya que el recién llegado casi siempre paga derecho de piso. Espero que la actual crisis económica, incrementada por la pandemia, frene a los más jóvenes a irse fuera, para luchar en Buenos Aires o Montevideo por una vida mejor, sin tener que tirarse al incierto mar de la emigración.

(Manuel Suárez Suárez es doctor en Derecho y Ciencias Sociales por la Universidad de Montevideo (Uruguay), y articulista y escritor).

SOBRE EL AUTOR

Manuel Suárez Suárez, ilustre galleguista y escritor, nuevo colaborador de PROPRONews

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