Los Mónaco, príncipes de nada y negociantes de todo

Los miembros de esta familia de rancio abolengo dirigen y explotan su diminuto país desde el siglo XIII como verdaderos empresarios

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El príncipe se despide de sus invitados después de la comida. J. M. PAGADOR
El príncipe se despide de sus invitados después de la comida. J. M. PAGADOR

Alberto II de Mónaco es el décimo monarca más adinerado del mundo, con cerca de 1.000 millones de euros de fortuna personal, amén de las propiedades incontables que posee en el propio Principado y en el extranjero y de los casi 50 millones de euros que se embolsa cada año procedentes de los impuestos. A Alberto –no así a sus hermanas- puede vérsele sin dificultad moviéndose por este pequeño país, considerado uno de los más seguros del mundo, ahora de nuevo de actualidad por la reciente boda de uno de sus numerosos vástagos.

Son exactamente las 15,51 horas de cualquier día del año en este bello y diminuto país de clima excepcional y sol continuo, anclado, como una caracola de oro en una playa, en la Riviera francesa y a un tiro de piedra de Italia. Estamos, bajo la sombra alta del célebre casino, en el distrito de Montecarlo, a la altura de la conocida Fairmont Hairpin, the world´s most famous bend (la curva más famosa del mundo), como reza una placa in situ, la endiablada horquilla que da fama de letalidad al circuito de F1 del Principado, donde el último domingo de mayo de cada año se celebra el famoso Grand Prix de automovilismo, una de las carreras más antiguas del circuito mundial, que aquí se celebró por primera vez en 1929, hace ahora justamente noventa años.


El príncipe Alberto va y viene por su Estado-ciudad con la normalidad de cualquier otro vecino con posibles.


Frente a nosotros se alza el modesto Fairmont Monte Carlo, que aunque se publicita como Best Luxury Hotel y alberga un exclusivo Nikki Beach -los Nikki Beach son clubes de playa de lujo que en otros lugares donde los hemos visto siempre están a pie de mar, pero aquí se ha subido a la azotea del Fairmont con un selecto chill out y una gran piscina-, no es más que un sencillo establecimiento de cuatro estrellas y una arquitectura más que discutible -eso sí, a precios exorbitantes- al que dejaría pequeño y anticuado cualquier hotel moderno de Benidorm.

EL PRÍNCIPE, COMO UNO MÁS

De pronto se organiza un pequeño revuelo -muy discreto, desde luego, como todo lo que aquí acontece en la aplastante normalidad de la riqueza- a la puerta del hotel. Media docena de guardias de seguridad uniformados de gris, sin duda empleados del establecimiento que más parecen los típicos botones, se despliegan para proteger a los que abandonan el restaurante con el príncipe Alberto a la cabeza. Los que acaban de comer en el exclusivo restaurante Nobu Monte Carlo -perteneciente a la cadena del célebre chef japonés Nobuyuki Matsuhisa-, situado dentro del hotel, son gente de buen ver y el aspecto saludable de quienes no tienen problemas económicos. Pueden pertenecer al mundo de la banca, de los negocios, de los deportes o de lo que sea, eso da igual. El príncipe se reúne con frecuencia, aquí y en otros lugares de la ciudad, como el Yacht Club, con interlocutores, socios y amigos que llegan de cualquier parte del mundo. Alberto se despide afablemente de todos ellos sin dejar de sonreír y se marcha en una lujosa pero no ostentosa berlina Lexus de color negro con la exclusiva matrícula MCO 1, seguido por un único coche de escolta de la misma marca. Alguien que quisiera atentar contra él podría hacerlo fácilmente, porque la seguridad brilla por su ausencia y no hay un cordón exterior que prevea esa posibilidad, pero eso no ha sucedido nunca ni seguramente sucederá. Ya digo, los monegascos presumen de ser el país más seguro del mundo, a pesar de que aquí se mueve más dinero que en casi ninguna otra parte y a pesar de que el país tiene la mayor concentración de millonarios del planeta.

Como una caracola de oro junto al mar. J. M. PAGADOR
Como una caracola de oro junto al mar. J. M. PAGADOR

No hay duda de que el príncipe va y viene por su Estado-ciudad con la normalidad de cualquier otro vecino con posibles, porque hace tres horas le vimos también tan pichi en otra parte del Principado, y circulando sin mayores precauciones con su coche por la ciudad. En cambio, mucho más difícil es ver a sus hermanas, que suelen salir menos o estar fuera del país con más frecuencia, dado que ellas no tienen responsabilidades de estado.


Su antepasado Francisco, el primer príncipe de la dinastía, se hizo con el señorío acompañado de una tropa de soldados disfrazados de frailes en el siglo XIII.


LAS MANSIONES DE CAROLINA Y ESTEFANÍA

Carolina y Estefanía poseen -entre otras propiedades dentro y fuera de Mónaco- dos relativamente modestas mansiones contiguas, pintadas en tonos pasteles, situadas en la pequeña calle, apenas vigilada por un único guardia en su garita, que va desde la plazuela del Museo Oceanográfico hasta la pequeña catedral de San Nicolás, donde estos privilegiados se casan cuando lo tienen a bien y donde recientemente contrajo matrimonio el hijo mayor de Estefanía, y el no menos diminuto parlamento y palacio de justicia. En la de Carolina puede encontrarse en este momento su propietaria, o no, depende, pero en la de Estefanía es seguro que no, porque la princesa tiene alquilada su casa a un tercero con posibles, según los vecinos.

Seguridad mínima a las puertas de las mansiones de Carolina y Estefanía. J. M. PAGADOR
Seguridad mínima a las puertas de las mansiones de Carolina y Estefanía. J. M. PAGADOR

Ambos palacetes y otros pocos por el estilo coronan el extremo superior de los vertiginosos Jardines de San Martín, que desde aquí caen a plomo sobre el Mediterráneo, y en los que uno se puede encontrar, como en tantos otros lugares del Principado, con el recuerdo visible de la legendaria princesa Grace.


La opacidad de su banca y las facilidades para los residentes ricos convierten al Principado en un paraíso fiscal para muchos.


Mónaco, que con sus dos kilómetros cuadrados es el segundo país más pequeño del mundo, solo por delante de El Vaticano, es tan católico como este. Eso no quita, sin embargo, para que sus príncipes hayan hecho del negocio y el oscurantismo bancario una de las razones de ser de un diminuto enclave que tiene montada su oronda supervivencia sobre seis pilares principales: el lujo y la sociedad que arrastra este; el turismo de alto nivel; el juego; la banca y las finanzas; los negocios, especialmente el farmacéutico; y los deportes.

La pequeña catedral de los grandes enlaces monegascos. J. M. PAGADOR
La pequeña catedral de los grandes enlaces monegascos. J. M. PAGADOR

Por lo que respecta a esto último, el país organiza a pesar de su pequeñez, además del célebre premio de F1, el Masters de Montecarlo de tenis y tiene un respetable equipo de fútbol, el Mónaco F.C., que juega en la primera división de Francia, entre otras cosas.

FRAILES QUE NO LO ERAN Y OTROS ENGAÑOS

Ellos, los Grimaldi, llegaron aquí de la mano de su ancestro Francisco, el primer príncipe de la dinastía, en 1297, que se hizo con el señorío acompañado de una tropa de soldados disfrazados de frailes. Pero en realidad proceden de Italia, concretamente de Génova, donde, en la segunda mitad del siglo XII, un noble poderoso llamado Grimaldo Canella, que llegó a ostentar la máxima magistratura de la república genovesa, puso las bases de la riqueza y el poder de la dinastía. Y de ahí hasta hoy, eso sí, con la afluencia de sangres numerosas de diferentes linajes europeos que fueron entrando en la familia por enlaces y matrimonios.

Megayates que no caben en la marina monegasca, como este del ruso Melnichenko. J. M. PAGADOR
Megayates que no caben en la marina monegasca, como este del ruso Melnichenko. J. M. PAGADOR

Los Grimaldi son príncipes de nada, un pequeñísimo territorio infinitamente menor que las posesiones de cualquier magnate actual, pero son negociantes de todo y han sabido ir creando a lo largo del tiempo el emporio que es hoy Mónaco, donde han encontrado refugio muchas de las grandes fortunas del mundo y no pocos descendientes de casas reales destronadas o venidas a menos, como las de Bulgaria, Rumanía, Albania, Lituania y otras.

Esta escultura de Philippe Pasqua, en la explanada del Oceanográfico, es una metáfora elocuente del Principado. J. M. PAGADOR
Esta escultura de Philippe Pasqua, en la explanada del Oceanográfico, es una metáfora elocuente del Principado. J. M. PAGADOR

De sus casi 40.000 habitantes -un tercio de los cuales son multimillonarios, la mayor concentración del planeta- solo una sexta parte tienen la nacionalidad o la residencia monegasca y, por tanto, están exentos de pagar impuestos. Pero lo que por ahí se pierde se gana con las contribuciones del medio centenar de bancos, la mitad monegascos y los otros, extranjeros, que operan aquí, la mayor concentración financiera del planeta, además de los pingües beneficios del casino, el turismo y otras fuentes de ingresos que controla el Estado. El país está considerado uno de los principales paraísos fiscales del mundo, aunque la OCDE le haya sacado de la lista negra, pero la transparencia sigue siendo una de sus asignaturas pendientes y España sigue considerándolo como tal.

Mónaco es siempre un espectáculo. El estacionamiento del casino parece una exposición de supercoches y en sus aguas podemos ver atracados megayates como el Sailing Yacht A, perteneciente al oligarca ruso Andrey Melnichenko, un buque construido en 2016 e impulsado a vela y a motor que costó 450 millones de euros, tan grande -casi 150 metros de eslora- que no cabe en las instalaciones portuarias deportivas del principado y tiene que fondear aguas afuera.

Todo eso está muy bien, sobre todo para el que puede disfrutarlo. Pero todo eso está construido también sobre la desigualdad y el oscurantismo financiero. Por eso, no deja de ser una elocuente metáfora de este emporio de riqueza -como de los muchos otros que existen en el mundo- la escultura de Philippe Pasqua que vemos en la explanada del Oceanográfico, que representa una hermosa cabeza femenina con una mitad sana y la otra descompuesta, mostrando la carne podrida y abierta y la estructura ósea del cráneo, una imagen que evoca la corrupción y no solo la de la muerte. Pero seguro que ellos, tan ricos y felices, no se han dado cuenta.

(José Mª Pagador es periodista y escritor, y fundador y director de PROPRONews. Sus últimos libros publicados son 74 sonetos (poesía, Fundación Academia Europea de Yuste), Los pecados increíbles (novela, De la Luna Libros), Susana y los hombres (relatos, Editora Regional de Extremadura) y El Viaje del Tiburón (novela, Caligrama Penguin Random House).

SOBRE EL AUTOR

José Mª Pagador y Rosa Puch, casi 100 años de periodismo

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