Llamadme rara…

...pero a mí esto de las Olimpiadas me parece un circo romano donde las cristianas a devorar son las mujeres deportistas

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La diferencia de exigencia indumentaria salta a la vista.
La diferencia de exigencia indumentaria salta a la vista.

Seré rara, pero a mí, esto de las Olimpiadas me parece un circo romano, aunque (por suerte) sin leones. Menos mal, porque según lo veo, en este ruedo las cristianas a devorar son ellas, las mujeres deportistas. Empezando por el bombazo de la retirada de Simone Biles, abrumada y superada por las desmesuradas exigencias del deporte de élite, siguiendo con la petición de matrimonio, en plena rueda de prensa, de un entrenador a su atleta, algo que a ciertas personas puede parecerle romántico, pero que resulta totalmente fuera de lugar; y añadimos los titulares machistas del calibre de: “La admiradora de Nadal que gana un oro”, y el colmo, el tamaño de las bragas.

La periodista, con su perro Killer
La periodista, con su perro Killer

Hace poco las jugadoras de la selección noruega de balonmano se negaron a usar la prenda reglamentaria, un escueto biquini de 10 centímetros en su parte más ancha, mientras que a sus colegas masculinos se les permiten los pantalones cortos, y los 10 centímetros son los que van por encima de la rótula, no por un lado del culo.

La decisión les costó una multa, pero puso sobre la mesa el debate sobre las normas del protocolo en la vestimenta, que el vóley playa ya abolió en los Juegos Olímpicos de Londres. Ese mismo año, por cierto, la Asociación Internacional de Boxeo intentó que las púgiles pelearan con falda, y la FIBA trató de vestir a las baloncestistas con trajes ajustados. Espectáculo en lugar de deporte, ¡ríete tú de Las Vegas y sus shows para adultos!


Las jugadoras de la selección noruega de balonmano se negaron a usar la prenda reglamentaria, un escueto biquini de 10 cm en su parte más ancha.


Nada sorprendente si recordamos que los Juegos Olímpicos prohibían en origen la participación de mujeres, y que tuvieron un misógino arranque en su refundación, ya que el barón de Coubertin, afirmaba que una mujer practicando deporte era “la más antiestética imagen que los ojos humanos pueden contemplar”, para añadir que su misión dentro del olimpismo debía limitarse a “coronar a los campeones”. Fue la francesa Alice Milliat, sufragista y deportista, la que impulsó la creación en 1921 de la Federación Femenina de Deporte Internacional, que presidió, y cuya primera medida fue la organización en 1922 de unos Juegos Olímpicos Femeninos.

El deporte hipersexualiza a la mujer.
El deporte hipersexualiza a la mujer.

SANTA O PUTA

Mucho ha llovido, pero la cuestión de la vestimenta sigue siendo polémica y no es una frivolidad. La indumentaria ha servido para dejar claro que las mujeres nos movemos en los extremos, la hipersexualización o el anonimato. Dos polos opuestos, el burka o el tanga, la santa o la puta.

El aspecto de la mujer, y sus efectos, están siempre en el centro de su existencia; su desnudez se ha utilizado como escarnio o como reclamo, y el rapado del pelo, como castigo. Siempre presente el doble rasero, desde el protagonismo y la virginidad de las vestales que guardaban el fuego eterno de Roma, a la exclusión del sacerdocio en la religión católica o la prostitución encubierta de las jóvenes indias, desposadas con una divinidad. El paseo de Lady Godiva, sin ropa, ante sus siervos, fue la moneda de cambio impuesta por su propio marido como condición para bajar sus abusivos impuestos. La fotografía en la que se adivinaba el pubis de Marta Chávarri, supuso un escándalo nacional. La sanción que le pusieron en París a Marlene Dietrich por usar pantalones, entonces prohibidos, un avance histórico. El corsé que destrozaba los órganos internos y doblaba las costillas, o la crinolina, absurda moda, que causó la muerte de miles de mujeres en el siglo XIX, entre ellas dos hermanas de Oscar Wilde, ejemplos de opresión.

Y no es asunto del pasado, ahí tenemos los tacones de aguja que quiebran la espalda y deforman los pies (¡ay Letizia, qué dura la vida de reina!), o la terrible y actual tendencia tiktokera de conseguir una cintura tan estrecha como un folio.

El patriarcado nos quiere tapadas hasta las cejas, decentes y sumisas, idealizadas y asexuadas, madres, hijas o esposas, que no mancillen el honor del macho de la familia, o despelotadas y sexis para alegrar el ojo y la bragueta (sobre todo la bragueta, no nos engañemos) de ese mismo macho, que reclama honestidad sin tacha a “sus mujeres” y babea ante las ajenas.

REBELDÍA

Por eso el gesto de las gimnastas alemanas, abandonando las tradicionales mallas de corte inguinal que dejan parte del cuerpo al descubierto, usando en cambio un conjunto con pantalón hasta los tobillos, fue toda una rebeldía, una reivindicación, un grito advirtiendo que no son modelos de pasarela exhibiendo conjuntos de ropa interior.


Y no es asunto del pasado, ahí tenemos los tacones de aguja que quiebran la espalda y deforman los pies (¡ay Letizia, qué dura la vida de reina!).


La decisión no tiene nada que ver con la religión ni con la mojigatería, es una postura en contra de la sexualización descarada que se ejerce sobre las deportistas femeninas, especialmente en esta disciplina, plagada de horribles casos de abuso: “Nosotras, la selección alemana, nos reservamos el derecho a decidir, dependiendo de la situación, cómo nos sentimos más cómodas”, dijo Elisabeth Seitz, una de las cuatro integrantes del equipo de Gimnasia Artística que representa a Alemania en los Juegos Olímpicos de Tokio. “La nueva posibilidad de autodeterminación en la elección de la ropa nos dará aún más fuerza en el futuro”, remató su compañera, Sarah Voss.

La indumentaria importa, la presión de una licra escasa y pegada al cuerpo es dañina, provoca rozaduras, obliga a estar perfectamente depilada, y, sobre todo, puede hacer sentirse incómoda a la mujer que tiene que dedicar toda su concentración energía y esfuerzo a ejecutar su ejercicio.

Ni tapadas hasta el cabello, porque la religión o la tradición así lo establezca, ni medio desnudas porque un comité integrado por miembros masculinos lo dictamine. Libertad de decisión.

Las mujeres no queremos a hombres imponiendo lo que debemos usar o cómo vestir. Por eso yo invito a esos “señoros” directivos de las Federaciones a que se pongan un tanga de los que exigen a las jugadoras de vóley, y se revuelquen un rato a 30 grados por la arena de una playa, y cuando no sepan diferenciar dónde tienen los testículos y dónde las órbitas de los ojos, que opinen y reglamenten.

(Elisa Blázquez Zarcero es periodista y escritora. Su último libro publicado es la novela La mujer que se casó consigo misma. Diputación de Badajoz).

SOBRE LA AUTORA

Una colaboradora muy especial

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