Llamadme vaga…

...y tendréis razón, por lo que me cuesta escribir sobre esos adolescentes mimados del macrobrote de Mallorca

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Algunos adolescentes del macrobrote, confinados en el hotel de Mallorca. RTVE
Algunos adolescentes del macrobrote, confinados en el hotel de Mallorca. RTVE

Llamadme vaga, y la pura verdad es que tendréis razón. Llevo días intentando escribir sobre los adolescentes del macrobrote de covid de Mallorca y aquí estoy, dejándolo tanto que se va a pasar de moda el tema, aunque esto de los hijos mimados es tan antiguo como la humanidad misma. Ahí tenemos a Caín, que en un ataque de celos se cargó al buenazo de su hermano, ¿y qué hicieron Adán y Eva? ¡Nada que sepamos! Lo que demuestra que los padres tragamos con todo lo que nuestros retoños perpetren y, además, aunque la Biblia no lo cuenta, yo es que me imagino a Eva pidiéndole a Dios un “habeas corpus” para evitar el destierro y posterior vagabundeo de su iracundo primogénito.

La periodista, con su perro Killer
La periodista, con su perro Killer

Pero fuera de la Biblia no tenemos a Dios para impartir justicia. La justicia la reparten los jueces y, a veces, muchas más de las que quisiéramos, tenemos que echar mano de aquella frase memorable del alcalde de Jerez, Pedro Pacheco, cuando una decisión judicial suspendió el derribo del chalet de Bertín Osborne ordenado por el consistorio: “La gente dirá que la justicia es un cachondeo y yo tengo que darles la razón”, sentenció. Un profeta.

Al grano, ya conocéis la noticia, el macrobrote de covid que acabó con trescientos jóvenes encerrados en un hotel mallorquín cumpliendo una cuarentena preventiva.


¿Qué hubiera sido del futuro si esta pandemia, en lugar de atacar a los ancianos, se hubiera cebado con la población joven?


Los muchachos no habían acudido a la isla a trabajar de camareros, ahora que se van a necesitar muchos, dado que se esperaba que los turistas volvieran a su rutina y decidieran tostarse al sol y bañarse en las cristalinas aguas mediterráneas (vaaaaleee, algunos también a beber como cosacos en verbena o hacer tirolina desde los balcones). ¡Qué va! Los jóvenes procedentes de 11 de las 17 comunidades autónomas tan majas que tenemos en esta nuestra querida España, tan diferentes en algunas costumbres, pero tan coincidentes a la hora de la fiesta, habían ido a celebrar el fin de curso. Un curso duro, nadie lo discute, pero más duro ha sido para sus profesores, o puestos ya a remachar lo obvio, para los ancianos de las residencias.

¡¡Con dos narices y más derecho que nadie!! TWITTER
¡¡Con dos narices y más derecho que nadie!! TWITTER

No negaré que los entiendo. A esa edad un fin de semana sin salir puede parecer el fin del mundo, es como si en esas horas de encierro fueran a suceder millones de cosas maravillosas y tú te las estuvieras perdiendo (estoy pensando en mí misma cada vez que me castigaban, y en una amiga que descubrió el Tranxilium en la adolescencia de sus hijos). Estos meses de enclaustramiento deben haberlo padecido como un horrible suplicio, pero también me pregunto, ¿qué hubiera sido del futuro si esta pandemia, en lugar de atacar a los ancianos, se hubiera cebado con la población joven? Sospecho que todos los que peinamos alguna cana no es que hubiéramos aceptado sin rechistar el confinamiento, es que hubiéramos dado la vida con gusto por su supervivencia. Por eso duelen su falta de empatía y sus salidas de tono.


Estoy pensando en mí misma cada vez que me castigaban, y en una amiga que descubrió el Tranxilium en la adolescencia de sus hijos.


Pero peor aún que los exabruptos de esos niños caprichosos y consentidos han sido las madres y padres que han acudido prestos al rescate, poniendo denuncias a barullo y exonerando a sus tiernos infantes de culpa alguna, dándose el caso de que mientras las híper mamis y papis acusaban al gobierno balear de secuestrar a su prole, los angelitos se quejaban de la comida y pedían pizzas y ginebra, que recogían al más puro estilo de las antiguas películas en las que los presos se escapaban de las cárceles descolgándose con las sábanas.

Claro que, a estas alturas, y dado mi retraso al escribir este artículo, todo esto ya lo sabéis mejor que yo. Aun así, necesito pronunciarme sobre el tema, porque me he acordado de un chascarrillo que contaba siempre mi padre y que no puede resumir mejor lo que ha pasado.

Aquí va:

Esto eran dos madres que iban en el tren, una tranquilamente leyendo un libro, y la otra en compañía de su hijo, un niño de unos cinco años, que correteaba por el pasillo, subía la ventanilla, bajaba la ventanilla (el chiste es antiguo), saltaba por los asientos, hablaba sin parar, chillaba a ratos… En fin, un tormento. La del libro harta del chiquillo y de que su madre aguantara estoicamente, con apenas algún tímido “estate quieto por favor”, dijo muy enfadada:

-Si este niño fuera mío, lo tiraba ahora mismo por la ventana.

 Y contesta la madre:

-Si fuera de usted, ya hace mucho rato que lo habría tirado yo.

Cómo decía un personaje de la serie “Dos hombres y medio”, “yo creo que Dios nos manda los hijos para que la muerte no nos parezca tan deprimente”

(Elisa Blázquez Zarcero es periodista y escritora. Su último libro publicado es la novela La mujer que se casó consigo misma. Diputación de Badajoz).

SOBRE LA AUTORA

Una colaboradora muy especial

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