2020, el año que se paró el Guadalquivir

Como las demás del mundo, Sevilla es hoy una ciudad fantasma, cuya belleza se muestra inútilmente, en un extraño silencio, sin ojos que puedan contemplarla, mirándose sola en un río que, por primera vez en la historia, es un espejo inmóvil

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El río, detenido por primera vez. J.M. PAGADOR
El río, detenido por primera vez. J.M. PAGADOR

Es un precioso día de primavera, claros y nubes, temperatura suave, ligeramente cálida. El sol se hace presente a ratos, desvelando brillos aquí y allá. Es Semana Santa. Es primavera. Los naranjos adelantaron este año la floración y ya casi no queda azahar, pero otras muchas flores se han abierto por toda la ciudad. Todo invita a salir, a pasear, a reunirse con la familia y los amigos, a disfrutar de esta ciudad maravillosa. Pero Sevilla está sobrecogedoramente desierta y muda. El ruidoso tráfico de vehículos ha cesado. Apenas se ven viandantes apresurados, portando bolsas de la compra. Son los días del coronavirus. Sevilla es una ciudad fantasma, una ciudad desierta como nunca lo fue en sus muchos siglos de historia, una ciudad que se mira, pasmada, en un río por primera vez inmóvil.

Sevilla.-

Somos conscientes de ser testigos de algo que jamás nadie vio en este lugar, desde los tartesios hasta hoy. Nunca en la historia pudo ver nadie a Sevilla -ni a muchas otras ciudades del mundo- desierta y fantasmal como en este abril de este año del coronavirus 2020, mes de fiestas mayores en una ciudad alegre que vivía confiada; pero mes festivo aquí como en ninguna otra parte, por la apretada sucesión de celebraciones sevillanas -Semana Santa, Feria de Abril, Rocío- sin parangón en otra ciudad del mundo.


Somos conscientes de ser testigos de algo que jamás nadie vio en este lugar, desde los tartesios hasta hoy.


Un periódico y un periodista tienen que dar testimonio de lo que sucede, y más en esta ocasión de obligada reclusión de la ciudadanía. En la actualidad -la actualidad es nuestro universo pase lo que pase- los periodistas somos de las pocas personas autorizadas para circular libremente, algo imprescindible para realizar nuestro trabajo. Así que salimos a recorrer esta Sevilla alucinante que jamás habríamos imaginado, para contar lo que sucede a nuestros lectores y lectoras.

La primera curiosidad, en Asunción, en el populoso barrio de Los Remedios. Una pareja de ánades -la sencillez del pato común, un animal tan caricaturizado- pasea tranquilamente por la calle. Son macho y hembra, cada uno con su plumaje distintivo, ella más sobria y monocroma, venidos probablemente del río o de los estanques del cercano parque de María Luisa, aprovechando esta extraña ausencia de humanos. Nadie les molesta. Prácticamente no hay gente en la calle. En Sevilla, como en tantas ciudades del mundo hoy, los animales silvestres están tomando la ciudad, a falta de humanos. Es la primera advertencia de lo que sucedería si desapareciésemos como especie. Nosotros no le hacemos falta al mundo, es más, somos perjudiciales para él. En nuestra ausencia, animales y plantas se apropiarían en semanas de nuestro espacio, de los inútiles restos de nuestra altiva civilización urbana. Una lección que, si en estas circunstancias extremas no la aprendemos de una vez, ya no la aprenderemos jamás.

Patos en Asunción. J.M. PAGADOR
Patos en Asunción. J.M. PAGADOR

Asunción, calle peatonalizada, con una oferta hostelera y un comercio muy densos, empieza en la plaza de Cuba y termina en la portada de la Feria, ya avanzada en su montaje cuando el virus la sorprendió, cuyo esqueleto luce al final de la vía como los restos óseos de un formidable animal devorado por alimañas. En la calle, como en la plaza o en la avenida de la Feria, nadie. Todo está desierto.

En un balcón de Asunción, alguien ha colocado dos pancartas. Una representa la efigie de sanitarios, policías, bomberos y militares, junto a la palabra “GRACIAS”, sintetizando el sentir de toda la ciudad y de todo el país hacia quienes arriesgan estos días su vida por proteger la de todos. Junto a ella, otra contiene únicamente la palabra “TRIANA” bajo el dibujo de un ancla. Un observador no avisado pensaría que el segundo cartel alude a algún club de vela o de remo de los que hay en las orillas del río. Pero la realidad es otra bien distinta. Hace algunos siglos, el barrio de Triana estaba vinculado a los marineros que aquí vivían, gentes del río y de la mar que se enrolaban en los barcos de las audaces rutas marítimas españolas en el mundo, y de los que Sevilla era puerto principal. Recordemos. Juan Rodríguez Bermejo, conocido como Rodrigo de Triana, tripulante de una de las tres primeras carabelas de Colón, según la historiografía fue el primero que avistó el nuevo continente y dio la voz de “tierra a la vista” aquella madrugada. Con el tiempo, este ancla, que representa la tranquilidad de tener el barco a resguardo en su atraque o en su fondeo, empezó a vincularse con la Esperanza de Triana, la otra Virgen protagonista de Sevilla junto con la Macarena, la que en este barrio tiende su amparo para que ancle en él el corazón de sus creyentes; de modo que, hoy, el ancla es símbolo de seguridad, esperanza y fe para los trianeros devotos y, sobre todo, para los miembros de esta sevillanísima Cofradía.

ESPEJO GUADALQUIVIR

Cruzamos lentamente el puente de San Telmo, absolutamente vacío de vehículos como en la escena de una de esas películas distópicas del fin del mundo. Desde su altura contemplamos el río, estos días paralizado y limpio como un cristal. Bajo este silencio y en esta quietud, está hermoso como nunca. Es la primera vez que vemos quieto el Guadalquivir a su paso por la ciudad. Normalmente lo surcan numerosos barcos turísticos y botes de limpieza, así como infinidad de barquitos iniciáticos del club de vela local, donde se forman desde niños los futuros navegantes sevillanos, o los veleros y yates de los más pudientes, e incontables piraguas y tablas de surf pala; incluso más de una vez hemos visto a osados lanzándose al agua para bañarse. Todos ellos generan un constante batiburrillo de ondas que frustran el reflejo del paisaje urbano. Pero hoy no hay nadie en la superficie. Hasta los patos, que solían nadar a placer en estas aguas, han emigrado a las calles, de modo que no hay ser vivo alguno, ni nauta, ni deportista, ni nadador, ni ave que perturben la onírica tranquilidad de la superficie.


Nunca habíamos visto la superficie del río completamente quieta, reflejando la parálisis y el silencio de la Sevilla detenida.


Los barcos turísticos están todos atracados, abarloados en sus muelles de la margen izquierda. El espejo del río refleja fielmente las nubes, el cielo azul a pedazos, el lejano y único rascacielos de Sevilla, y la torre del Oro, próxima a este puente. Es una escena preciosa, pero falta de vida. No se ve un alma y, excepto yo, no hay nadie visible que pueda disfrutar de este espectáculo tan bello. Reconsidero de nuevo: es la primera vez que alguien puede ver asombrosamente detenido el siempre muy concurrido río Guadalquivir a su paso por Sevilla. Y este privilegio de poder ser testigo de tan hermosa estampa, me fascina e inquieta. Daría lo que fuese por que las cosas siguiesen como estaban y no haber tenido que verlo.

En los aledaños de la torre del Oro, hasta no hace mucho rebosantes de gente admirando su mole airosa, mítica de riqueza y poder, tampoco hay nadie. El paseo Delicias y su continuación hacia la Palmera tampoco registran tráfico alguno. De tarde en tarde pasa algún coche, cuyo motor hace todavía más fantasmal este silencio. Avanzo como un alma en pena hacia Puerta de Jerez. En el recorrido, los quioscos de prensa permanecen abiertos, desmintiendo que la ciudad haya muerto. Un grupo de repartidores de comida a domicilio descansan apoyados en el mobiliario urbano, con guantes y mascarillas, las bicicletas apoyadas en los barrotes, prestos a salir si es necesario.

Un cámara toma imágenes de la ciudad desierta. J.M. PAGADOR
Un cámara toma imágenes de la ciudad desierta. J.M. PAGADOR

En la plaza, tras la fuente, un compañero camarógrafo de Canal Sur toma imágenes de una avenida de la Constitución inconcebiblemente desierta. Los raíles relucientes del tranvía trazan en el pavimento heladas paralelas que se pierden en la lejanía. A la derecha, el hotel Alfonso XIII, cinco estrellas, el más lujoso de la ciudad, tiene cerrado los accesos con sus historiadas verjas metálicas. Jamás habíamos visto clausurado este hotel, ahora testimonio del increíble sufrimiento del sector turístico y hostelero sevillano, cuyas pérdidas, como en toda España, están siendo catastróficas.

LA GIRALDA, SOLA COMO NUNCA

Avanzamos por Constitución, hacia la catedral. El estacionamiento de los coches de caballos está vacío. Los Reales Alcázares están cerrados a cal y canto. Pasma la ausencia de aquella interminable y permanente cola dando la vuelta a la muralla, de viajeros que antes del coronavirus solían acudir en masa a visitar uno de los monumentos más refinados y bellos del mundo.


En la calle Asunción, en Los Remedios, una pareja de patos pasea tranquilamente por la calle desierta.


Ante la Casa de la Provincia, tres patrulleros de la Policía Nacional y media docena de agentes, a los que saludamos. Ya no hay tantas incidencias como al principio. La gente ha interiorizado la gravedad de la situación y permanece en casa. Rodeamos todo el perímetro de la catedral hasta llegar a la Giralda. No hay nadie en la plaza de la Virgen de los Reyes. Asombrosamente, nadie. A los pies de la esbelta torre, que ha trabajado siglos para dos religiones tantas veces enfrentadas, el palacio del arzobispo, con los balcones engalanados de terciopelo granate. Sobre la bella portada barroca del acceso palaciego, la vestidura del balcón, roja con ribetes blancos, está cruzada por una decorada palma que recuerda la santidad de estos días para los católicos, sobre el blasón bordado del arzobispo. Dentro, a través de la cerrada reja de entrada, se adivina un fresco patio porticado, con naranjos y una gran fuente. Imaginamos al titular de la archidiócesis, Juan José Asenjo Pelegrina, confinado hoy en tan enorme y bello edificio, que sirvió de gustosa residencia provisional a los Duques de Montpensier mientras se les acondicionaba el palacio de San Telmo, pero estamos en Semana Santa y no queremos hacer impía comparación entre la situación del monseñor y la de tantas familias sevillanas hacinadas en pisos de unas pocas decenas de metros cuadrados, Dios nos libre.

CARTERO GENUFLEXO

A la vuelta por Alemanes, de regreso a Constitución, un cartero lleva el correo a los residentes confinados, mas no llama a las puertas, sino que se agacha, casi en una genuflexión, pero no por motivos sacros, sino para introducir las cartas por debajo de las puertas de quienes viven o tienen sus clausurados negocios aquí. Los carteros son otros de los esforzados profesionales que siguen trabajando estas semanas y a quienes nunca agradeceremos bastante que no se interrumpa el reparto postal de documentos, avisos y notificaciones, salvo que se trate de multas o requerimientos fiscales, que estos días deberían suspenderse por completo.

La desierta Constitución se estremece con el traqueteo lejano de un tranvía fantasmal que se aproxima más lentamente que de costumbre. Chirrían las ruedas y las articulaciones del convoy, con un desagradable estrépito que nunca habíamos captado, por la sencilla razón de que con los ruidos de la calle llena los del tranvía pasan desapercibidos. En este silencio estremecedor, los vagidos del tranvía parecen gritos de auxilio de alguna víctima invisible. El convoy pasa, vacío, por nuestro lado, y rinde final en su cabecera desierta, en la Plaza Nueva, junto al Ayuntamiento igualmente cerrado.

Nadie. J.M. PAGADOR
Nadie. J.M. PAGADOR

Desde su elevado pedestal, incansable y aguerrido sobre su caballo de bronce, me mira Fernando, el patrón de la ciudad, rey, guerrero y santo -¡Jesús, qué contradicción!-. Si pudiese hablar, seguro que me preguntaría a voces que qué pasa. Por primera vez desde que conquistó la ciudad, el 23 de noviembre de 1248, y por primera vez desde que le colocaron ahí arriba, sobre el caballo de metal, en agosto de 1924, el rey observa, perplejo, una ciudad completamente desierta y silenciosa.

La fachada de poniente de la catedral, la recoleta plaza del Cabildo, las inmediaciones del archivo de Indias sin los habituales coches de caballos, la prolongación de Constitución, la explanada del palacio de San Telmo, cerrado también a cal y canto, los jardines de Cristina -llamados así no por la infanta esposa del castigado y muy confinado Urdangarín, sino en honor de su homónima, la que fuera mujer del rey felón- están vacíos de gente. En mitad de estos jardines, la duquesa de Alba, broncínea de la cabeza a los pies, está completamente sola, cuando ella estaba acostumbrada a verse rodeada de gente, en vida y también en la muerte, aquí, en su monumento a tamaño natural, donde hasta hace poco recibía con paciencia y galanura a millares de viajeros y turistas deseosos de hacerse un selfi con ella. No lejos de la duquesa, un sintecho se cobija, tumbado en un banco, bajo una manta rojiza que protege también el transportín de plástico de su perrito, es un desheredado al que le vendría muy bien -aunque suene a populista lo que digo- un simple rinconcito caliente en el palacio del arzobispo o en el de la Junta.

LA VUELTA AL MUNDO

Las riberas del río están igualmente desiertas. Hay una explosión de buganvillas rojas, púrpuras y amarillas que gatean por el muro de ladrillo que flanquea por este lado el Paseo de las Delicias en su camino hacia la Palmera. Flores que se asoman a la avenida para que no las vea nadie. Nadie. Como tampoco hay nadie en las inmediaciones de los siempre concurridísimos Costurero de la Reina y parque de María Luisa, ni en el puente de Los Remedios, hoy sin tráfico, a excepción del coche aislado de alguien que regresa tal vez de trabajar, cuyo leve runrún vuelve a subrayar este silencio aplastante que lo domina todo.

Constitución a mediodía. J.M. PAGADOR
Constitución a mediodía. J.M. PAGADOR

De aquí, de este Guadalquivir hoy quieto como un espejo, de este puerto fluvial cuyas instalaciones actuales y cuyo ajetreo secular se perciben y se intuyen desde este puente, partieron el 10 de agosto de 1519, en una expedición auspiciada íntegramente por España, bajo el mando del gran marino portugués Fernando de Magallanes, cinco naves que iniciaron la aventura marítima más importante de la historia. De ellas solo regresó una, tres años más tarde, después de dar la primera vuelta al mundo, el 8 de septiembre de 1522. Juan Sebastián Elcano fue el hombre que realizó, con un puñado de supervivientes, solo 18 hombres, el recorrido completo de principio a fin. Entre aquellos dieciocho valientes había vascos, andaluces, extremeños, cántabros, griegos, italianos y alemanes, signo del internacionalismo y la universalidad de la España de entonces.

Hoy, pasados cinco siglos, un virus letal ha dado la vuelta al mundo apenas en unas semanas, causando una gran mortandad. Pero el espíritu humano que alentó aquella epopeya de la primera circunvalación del planeta, sigue vivo. Y ese espíritu será el que derrote al virus. Ya ha empezado a derrotarlo. Pronto volverá a inquietarse de nuevo la superficie del Guadalquivir, a causa del ajetreo de quienes acostumbran a surcar sus aguas de mil maneras. Y dentro de dos años celebraremos en Sevilla, cinco siglos después, la memoria del regreso de Elcano y sus hombres a la ciudad, tras tanto tiempo de confinamiento en el pequeño cascarón de nuez de la nao Victoria, donde tuvieron que soportar, además de la estrecha reclusión, enfermedades, hambre, temporales, inclemencias climáticas y toda clase de penurias. Será otra ocasión de vernos todos, sanos y salvos, en esta ciudad maravillosa, cuando el coronavirus sea ya un mal recuerdo superado.

Agradecimiento y esperanza trianera. J.M. PAGADOR
Agradecimiento y esperanza trianera. J.M. PAGADOR

Yo emplazo hoy a mis lectores a juntarnos todos, sevillanos y forasteros, en esa celebración de victoria frente a la adversidad. Hoy navegamos cada uno en la nao Victoria de nuestra propia casa, haciendo frente a la epidemia con solidaridad y valor, pero pronto volveremos a la ansiada libertad y desembarcaremos de nuevo, todos juntos, en esta Sevilla de esperanza, que representa, más que nunca, la gracia y la alegría de vivir. Y ese día, el Guadalquivir volverá a moverse y romperá el espejo que es hoy, pero eso ya no nos importará.

(José Mª Pagador es periodista y escritor, y fundador y director de PROPRONews. Sus últimos libros publicados son 74 sonetos (poesía, Fundación Academia Europea de Yuste), Los pecados increíbles (novela, De la Luna Libros), Susana y los hombres (relatos, Editora Regional de Extremadura) y El Viaje del Tiburón (novela, Caligrama Penguin Random House).

SOBRE EL AUTOR

José Mª Pagador y Rosa Puch, casi 100 años de periodismo

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