“Antonio y Cleopatra”, “Hipatia de Alejandría” y “Los dioses y Dios”, espectáculos triunfadores del Festival de Mérida 2021

La 67ª edición del evento, otro forzado programa entre la calidad de unos pocos y la mediocridad de la mayoría

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Dos grandes actores, Ana Belén y LLuis Homar, en 'Antonio y Cleopatra', espectáculo triunfador. JUNTAEX
Dos grandes actores, Ana Belén y LLuis Homar, en 'Antonio y Cleopatra', espectáculo triunfador. JUNTAEX

El 67º Festival de Teatro Clásico de Mérida ha finalizado. El balance no es el que se espera de un evento de esta naturaleza, en el que debe estar garantizada una calidad media apreciable. En esta edición, solo han destacado tres espectáculos, “Antonio y Cleopatra” de la CNTC, “Los dioses y Dios” de El Brujo, e “Hipatia de Alejandría” de Miguel Murillo. En esta evaluación final de nuestro crítico, se hace un recorrido por lo que ha sido el Festival 2021, reseñando de nuevo el carácter comercialoide de las producciones restantes, entre las que, además, están las más caras.

José Manuel Villafaina Muñoz.
José Manuel Villafaina Muñoz.

Mérida, Extremadura.-

El Festival de 2021, en su 67 edición celebrada de junio a agosto, ha sido tan problemático como el del año pasado por la situación de la epidemia del coronavirus y por nuevos conflictos en su organización. Si en 2020, por las restricciones de la pandemia, ofreció una edición forzada, reducida a un solo mes que dio lugar al resultado de un Festival mediocre programado con calzador, este año, que ha recuperado su duración normalizada de dos meses, poco ha variado en favor de la calidad, por la programación llevada a cabo igualmente urdida con prisas y con los oscuros intereses del teatro comercial, inadecuados e intrascendentes, a que nos tiene acostumbrados su responsable Jesús Cimarro, lejos de considerar que el Teatro Romano es un templo del teatro grecolatino y que se deberían respetar las preceptivas que representan su sello de identidad.

OTRO CONCURSO SOSPECHOSO

Los problemas de la recién clausurada edición 2021 empezaron por un “concurso” -de planteamiento ambiguo por parte de la Junta extremeña- que de nuevo adjudicó la organización del Festival -hasta 2024- a Pentación, empresa teatral de Cimarro. Un hecho que ocasionó polémicas y acarreó un litigio con otra empresa teatral participante -la UTE de SEDA- que objetaba que el concurso había sido un tongazo (que Pentación sólo “ganó” en las condiciones técnicas, gracias a un pliego de valoraciones subjetivas arreglado a su medida). La demanda que tardó en resolverse -por la Comisión Jurídica de Extremadura- hasta el 20 de mayo, ratificando la dirección a Cimarro, trajo como consecuencia que hasta ese día el Festival no tuvo luz verde para formalizar una programación.


El resabiado director sigue colando en un festival grecolatino la estética engañosa de consumo comercial/veraniego, bajo la fórmula facilona de las caras “famosas”.


O sea, que el Festival que comenzó el 25 de junio sólo tuvo un mes para poder organizarse. Un despropósito, que como desenlace ha repetido el Festival precipitado y trapicheado del año pasado, con clara repercusión en la variada calidad de los espectáculos. Sobre todo, en la programación de las dos producciones extremeñas participantes, perjudicadas porque han dispuesto de muy poco tiempo y presupuesto para contratar artistas y ensayar las obras.

No obstante, hay que decir que Cimarro -que acaso confiaba o sabía de extranjis que iba a organizar el Festival- se puso las pilas con antelación al resultado del concurso, para tener preparada una programación posible, mejor que la del 2020, disponiendo para las primeras representaciones de compañías solventes, como las de Rafael Álvarez “El Brujo” y la CNTC (Compañía Nacional de Teatro Clásico), que ya llevaban preparando sus espectáculos con bastante anticipación para representarlos en variados lugares, entre ellos Mérida. Un dato significativo es que la CNTC estrenó su Antonio y Cleopatra en el Festival de Almagro antes que en el de Mérida.

SOLO TRES ÉXITOS

De los siete espectáculos representados sólo tres cosecharon éxito artístico: “Antonio y Cleopatra”, “Los dioses y Dios” e “Hipatia de Alejandría”. Otros tres fueron mediocres espectáculos de corte comercial: “Mercado de Amores”, “Golfus de Roma” y “Edipo”. Y uno, que fue una producción digna, se quedó artísticamente a poco más de medio camino de conseguir lo propuesto: “Las suplicantes”. Así resultó el balance artístico de la 67ª edición del evento que, un año más, se ha consumado entre la mediocridad y la calidad, bajo la responsabilidad de un director que, con resabio, sigue colando -en un festival considerado de arte teatral grecolatino- la estética engañosa de funciones de consumo comercial/veraniego, bajo la fórmula facilona de las caras “famosas”.


Solo tres montajes de calidad frente a cuatro que no dieron la talla.


Un interesado proceder “cultural” que deforma, aún más, a ese público popular ya deformado por los medios audiovisuales y la prensa amarilla. Vale decir, a un público que pudo ser válido si en el escenario romano se hubiese logrado potenciar una programación más rigurosa y estética, que hiciese entender que el teatro es cultura y que tiene que ver con los procesos de transformación, de cambio o de resistencia del tejido social, que no es un subproducto del entretenimiento, sino un lugar de gestación de nuevas formas de pensar, de sentir y de percibir la realidad.

El Festival de 2021 ha sido uno más en donde el director vasco/madrileño sigue utilizando la mayor parte de los presupuestos (en torno a los 4 millones de euros aprobados en el Patronato) en crear con su compañía Pentación (y otras asociadas) determinadas producciones “grecolatinas” que no tienen una justificación estética en el espacio del Teatro Romano. Los llamados “espectáculos estrella”, que abusivamente programa y son los que más cuestan y más representaciones realizan (siempre durante dos semanas) están estéticamente pensados para ser explotados descaradamente -como se ha visto- en las salas teatrales que Cimarro gestiona en Madrid y en giras por el país. Asunto desfavorable, ya que supone un freno para que el público de la capital y de otros lugares decida desplazarse a ver las funciones en Mérida.

10 AÑOS NEGOCIANDO

Pero así lleva diez años negociando con estos espectáculos que, a estas alturas, demuestran que no entiende o no quiere entender que el dinero que reparten las instituciones públicas -Ministerio de Cultura y Consejería de Cultura- está destinado no para el negocio con actividades de ocio sino de cultura. Y, por tanto, constatan también que Cimarro -como he cuestionado en otras ocasiones- está lejos de un verdadero interés por contribuir a promover esa gran fiesta internacional de la grecolatinidad, que distinga al Festival por la originalidad y la calidad y lo eleve por encima de otros grandes festivales. Y máxime, que logre estimular al espectador consuetudinario amante del teatro clásico grecolatino -y a la imaginación del artista comprometido con este arte-, que reclaman su derecho y deber de trascendencia.


El falso superávit en realidad oculta un déficit millonario.


Lo peor, es que todo esto ocurre con la aprobación de la Junta de Extremadura de Fernández Vara, que preside un Patronato sin asesores teatrales, con tres responsables culturales obedientes -consejera de cultura, secretaría y directora de las Artes Escénicas- que parece que siguen como de floreros, sin decir ni pío sobre esta situación del Festival. Así se ha percibido este año también, en el informe que ha distribuido Cimarro y Vara a los medios tras clausurarse el evento, con el cuento inaceptable de un triunfalismo teatralizado en el que todos y todas sacan pecho en las interesadas ruedas de prensa anuales (aunque estas ya no sean tan ridículas como las que exhibía la etapa del expresidente Monago posando en una foto de la entrega de un cheque/superávit por Cimarro), que no se reducen al falso superávit que en realidad oculta un déficit millonario, sino que se extienden a otras fullerías del evento, como los maquillajes al número de asistencia de espectadores o a las arbitrariedades del presunto impacto mediático. Tejemanejes del empresario teatral vasco-madrileño, perpetrados con variadas maneras tramposas, que resultan difíciles de tragar para quienes conocemos el Festival con implicación en muchas de sus facetas, antes y después de sus inicios en 1984, cuando se crea su Patronato extremeño.

Analizo, resumidamente, los siete espectáculos representados en el Teatro Romano, dedicando especial atención a las dos producciones extremeñas participantes, que han seguido demostrado conocimiento de lo que debe ser y se debe hacer en el Festival. Y que, no obstante, sus montajes, hechos con menor presupuesto -entre 135.000 y 150.000 euros- que los de las producciones de Cimarro -“Golfus de Roma” costó un millón de euros, según fuente fidedigna-, han vuelto a sorprender con éxito de crítica (o respeto por su dignidad) y gran asistencia de público, superando a otros espectáculos foráneos. “Hipatia de Alejandría” y “Las suplicantes” se hicieron pensando siempre en Mérida, sabiendo muy bien ajustarse a las posibilidades artísticas del espacio romano, que permiten culturalmente -a lo largo y ancho de la belleza del monumento- todo un juego de vitalidad dramática, lírica y plástica.

'Antonio y Cleopatra', el éxito de la edición. JUNTAEX
‘Antonio y Cleopatra’, el éxito de la edición. JUNTAEX

“ANTONIO Y CLEOPATRA”

Excelente adaptación de Vicente Molina Foix sobre la más discutida obra de Shakespeare, puesta en escena por José Carlos Plaza que logra una historia bien contada -con el ritmo equilibrado del espectáculo dinámico, absorbente y rotundo- de las complejidades de los dos personajes históricos que vuelan en el texto del genio inglés. En la interpretación, la compañía dispuso de un potente elenco de actores. Pero la función alcanzó cotas altas en los roles de los protagonistas: Ana Belén en Cleopatra -que aporta la belleza de una eterna juventud- luciendo iluminada su talento en el difícil personaje ambivalente de mujer vana e histriónica pero con una inteligente vertiente política, sacando a relucir su raza de tensa fibra cómica y dramática; y Lluis Homar en Antonio, que pletórico de vigor, entregado a la luz de la obra donde dibujar una línea de intensidad emocional, borda su historia de amores en medio de una tormenta de dudas.

El Brujo triunfó con 'Los dioses y Dios'. JUNTAEX
El Brujo triunfó con ‘Los dioses y Dios’. JUNTAEX

“LOS DIOSES Y DIOS”

De El Brujo, fue otro de sus monólogos, a partir de una versión del “Anfitrión” de Plauto (que él mismo protagonizó en 1996 en el Teatro Romano), en donde investiga sobre el antropomorfismo del mundo clásico griego y del oriente más antiguo (influido por el texto épico “Bhagavad Gîta“, que forma parte del “Majabharata“), manifestando que los humanos son “inmortales“, dioses fraguados de una pequeña porción de la energía de Dios en sus pasatiempos. Idea que El Brujo resalta alternando con su clásico espíritu juguetón cargado de anécdotas comparables de actualidad e improvisaciones oportunas, logrando que en tal festín de esplendores -cómicos, poéticos, literarios, filosóficos, religiosos- el revulsivo teatral llegara hasta el intelecto del público, que termina muerto de la risa o fulminado por la catarsis, o de ambas cosas, según el nivel de ignorancia o cultura que tenga sobre los clásicos.

Un mediocre 'Mercado de amores'. JUNTAEX
Un mediocre ‘Mercado de amores’. JUNTAEX

“MERCADO DE AMORES”

Coproducción del Festival con varias empresas teatrales, escrita por Eduardo Galán a partir de la fusión de tres comedias de Plauto, estuvo dirigida por Marta Torres, con disparidades en un montaje facilón y visualmente encogido dentro de una escenografía (más apta para teatros y tablados de plazas que para el monumento). Resultó un mediocre espectáculo -falto de ensayos- con ese planteamiento “cultural” de artificio comercial promovido por Cimarro, que coloca como protagonistas a artistas de la esfera televisiva con poco conocimiento de la actuación teatral, como fue la del humorista Pablo Carbonell, un debutante que falló en su rol, patéticamente exhibicionista. Todo un tinglado del responsable del Festival, con la intención persistente de atraer al público del “famoseo patrio” a Mérida y, después, para la explotación del espectáculo en sus teatros de Madrid y en giras por el territorio nacional.

'Golfus de Roma', entretenimiento en lugar de cultura. JUNTAEX
‘Golfus de Roma’, entretenimiento en lugar de cultura. JUNTAEX

“GOLFUS DE ROMA”

De la empresa teatral catalana Focus (socia de Pentación), fue otro espectáculo de embaucadora guisa comercial, de inspiración grecolatina marca Cimarro. Reposición de uno de los musicales que más se han repetido desde la exitosa producción original de Broadway con canciones de S. Sondheim. La versión y dirección de Daniel Anglés, que mantiene la trama, resalta un culebrón intrascendente de animada actuación musical de actores/músicos, bajo la dirección de Xavier Mestres armonizando las vibrantes partituras de Sondheim, pese al decaimiento que causaban algunas letras adaptadas. En la interpretación, se luce coralmente un elenco multidisciplinar que actúa, baila y más o menos canta. El humorista Carlos Latre en el papel de protagonista fue el reclamo publicitario de este espectáculo “estrella”, de doble duración que los demás, en el que hubo risas fáciles pero menos de las esperadas.

'Edipo', querer y no poder, JUNTAEX
‘Edipo’, querer y no poder, JUNTAEX

“EDIPO”

Co-producción del Teatro Español de Madrid y Pentación, con versión minimalista de Paco Bezerra sobre la figura del rey de Tebas encarnando la célebre máxima délfica “Conócete a ti mismo” como exhortación paradójica y tarea infinita (propuesta filosófica valiosa pero no nueva en el Romano). Un tratamiento con cierta simbología críptica del viaje circular de Edipo en sueños sobre su propio destino. El montaje de Luis Luque fue muy irregular, apenas logra la resonancia y el ritmo intenso de tragedia. La imagen y declamación del coro resultaron desmayadas. Sólo un reflexivo monólogo final, interpretado regiamente por Alejo Sauras, evitó que la función hubiese resultado un peñazo. Pero lo peor era el pegote -escenario/pantalla- escenográfico en medio de la escena, indicación descarada de que la obra estaba enfocada más para la gira de Pentación en otros espacios.

'Hipatia', uno de los espectáculos triunfadores. JUNTAEX
‘Hipatia’, uno de los espectáculos triunfadores. JUNTAEX

“HIPATIA DE ALEJANDRÍA”

Tragedia de nueva creación situada en la oscura época romana del siglo IV, escrita por Miguel Murillo, el dramaturgo extremeño que más veces ha representado en el Festival -desde aquel “Golfus de Emérita Augusta” de 1983-. En esta ocasión, lo hace con una interesante versión de la vida del personaje histórico Hipatia, como una oda rutilante contra la ignorancia y los fanatismos de aquella época (que tiene muchos nexos con nuestra realidad contemporánea). El espectáculo está producido por Amarillo Producciones (de la valiente empresaria teatral y actriz Gema González), compañía cacereña que en los últimos años ha obtenido notables éxitos, bajo la dirección de Pedro Antonio Penco.

Sobre la memoria de Hipatia se ha escrito mucho, desde Carl Sagan, en su serie “Cosmos, un viaje personal” y en el libro “Cosmos“, ambos de 1980, quien redescubrió para el público contemporáneo el personaje de Hipatia que aparece mencionado en los antiguos textos de sus discípulos Sinesio de Cirene y Hesiquio de Alejandría, así como de su contemporáneo Sócrates Escolástico, entre otros. La historia se desarrolla -a partir de 391d.C.- durante el Bajo Imperio Romano, crisol de las antiguas culturas egipcia, griega y romana, dentro del recinto donde se encuentra el Museo y el Serapeum, cerca del famoso Faro.

La vida y enseñanza de Hipatia se mueve junto a su padre -el matemático Teón- en un doble plano: el de su pasión por la ciencia con descubrimientos en las matemáticas y la astronomía, y el de la filosofía esforzándose por conciliar los dogmas cristianos de su época y la erudición neoplatónica que profesa. Una vida que trascurre en la ciudad de Alejandría de tiempos convulsos, de una espiral de violencia cruzada entre las distintas facciones religiosas -cristianos, greco/egipcios, judíos- y los distintos estamentos de poder -el patriarcado alejandrino y el poder imperial- que dan lugar al asesinato de Hepatia, acusada de bruja y hechicera, por la acción de cristianos fanáticos del populacho, o de los cristianos ortodoxos del círculo del obispo copto Cirilo de Alejandría en el año 415 d. C.

La versión de Murillo, inspirada en el libro sobre Hipatia de la polaca María C. Dzielska (en donde feministas actuales han visto en el personaje un símbolo del ocaso de la cultura clásica y de la libertad sexual) y otras fuentes, logra desde el preámbulo hacer brillar la memoria del personaje y su sabiduría abrazada al pensamiento y la concordia (“Que todos los seres humanos, sigan al dios que sigan, están ungidos por el mismo anhelo, la búsqueda de la verdad”, pone el autor en boca de uno de sus discípulos). Pero es en la suma de 13 escenas siguientes relacionadas entre sí, las que conforman un conocimiento sólido que deja entrever una probada lección: Basta con que se alíen la ignorancia y el dogmatismo fanático para que puedan arruinar el conocimiento acumulado. El peligro de las creencias absolutas no se encuentra en sí mismas sino en la potencia que adquieren cuando acceden a controlar las estructuras del estado y de la sociedad. Los cristianos no fueron peligrosos mientras el cristianismo no fue la religión de Roma. Fue al alcanzar el estatus de oficial, cuando pudieron prohibir a los filósofos seguir enseñando, cuando pudieron marcar libros para ser destruidos, cuando comenzaron la destrucción sistemática de estatuas y monumentos y cuando pudieron silenciar criminalmente -manejando a las turbas ignorantes- a todo el que no estaba de acuerdo.

Murillo consigue un enfoque histórico bastante verosímil en todas las situaciones teatrales -donde hay personajes históricos y personajes recreados- con un lenguaje culto, profundo -sobre todo en el coro de “planetas errantes”- y altamente poético. Si bien, puede ser discutible una licencia en el epílogo, en donde Sinesio de Cirene visita Alejandría para recordar a su maestra ya fallecida, cuando los historiadores fijan que Hipatia murió en 415 d.C. y Sinesio en 414 d. C. Y también puede ser objetable ese énfasis reivindicativo de moda en boca de este personaje al final: “sobre las mujeres que sufren, las que son obligadas a callar…” que resulta un pegote en tan hermoso texto, pues en la filosofía de la protagonista está implícita y de forma clara la lucha por la igualdad (ella es una mujer no sometida a ningún hombre que representa la negación del patriarcado).

En la puesta en escena, Pedro A. Penco maneja perfectamente los elementos artísticos componentes articulados dentro de una atmósfera de lo solemne: la precisión de una escenografía -que sabe respetar el monumento- de sencillas plataformas elípticas y circulares que se funden (Diego Ramos), la magnífica iluminación -miscelánea de luces y sombras- que juega su papel fundamental en la creación de sugerentes espacios (Jorge Rubio, Fran Cordero), la apropiada música que recrea texturas sonoras de tragedia (Mariano Lozano), un vestuario clásico visualmente fascinante (Rafael Garrigós) y una dirección actoral efectiva, bien aprovechada en las acciones. Con todo, Penco logra un espectáculo que roza lo excelso. Ya que en algunas escenas ha faltado cierta depuración gradual. Tal vez por falta de unos ensayos que solo pudieron hacerse en un mes (por los problemas apuntados de organización del Festival, causados por la morosa elección de su director Cimarro). Y también por no disponer de un mayor presupuesto para haber logrado la espectacularidad que apuntan las acotaciones del texto. Aun así hay que quitarse el sombrero.

En la interpretación, Penco ha contado con un elenco solvente de veteranos que conocen muy bien el espacio romano. Son ellos: José Antonio Lucia (Amonio), Alberto Iglesias (Teón), Rafa Núñez (Cirilo), Juan Carlos Castillejo (Olimpio), Guillermo Serrano (Sinesio), Pepa Pedroche (Zaira), Gema González (Mujer judía). Todos se han ajustado fenomenalmente a las exigencias de sus respectivos roles con la riqueza expresiva necesaria. Y de debutantes protagonistas: Paula Iwasaki (Hipatía) y Daniel Holguín (Orestes). La primera ha tenido un gran personaje al que puso toda su sensibilidad y calidad de actriz con prestancia, voz, desgarro y dominio de la naturalidad en todos sus variados matices. El segundo, mostrando la mesura y aplomo de su personaje con seguridad y sobriedad en movimientos y declamación.

Pero en esta ocasión voy a destacar a Francis Lucas (Loco de Cirene) en su pintoresco/poético personaje que mendiga por el ágora, logrado con insuperable exhibición de sus recursos dramáticos. Y al coro de cinco actores -Cristina P. Bermejo, Ana Gutiérrez, Elena Rocha, Jorge Barrantes y Sergio Barquilla- que se mueven llenos de lirismo expresivo de tragedia, coreografiado por la veterana Cristina D. Silveira, que muestra su madurez progresiva en el terreno teatro-danza.

El público siguió con interés el espectáculo que duró dos horas y fue aplaudido al final con cinco minutos y medio, según el “aplausómetro” de Eloy López.

'Las suplicantes', digno sin más. JUNTAEX
‘Las suplicantes’, digno sin más. JUNTAEX

“LAS SUPLICANTES”

Una versión libre de Silvia Zarco sobre las obras homónimas de Esquilo y Eurípides. Y un espectáculo digno pero grisáceo en su montaje de ceremonia de coros, dirigido por Eva Romero y co-producido por el Festival y la productora/distribuidora teatral Maribel Mesón. En el Teatro Romano es la primera vez que se representa esta obra. En el Anfiteatro -en 2003- se pudo ver la de Esquilo, en versión de C. Delgadillo y dirección de F. Carrillo y C. Galarza, con actores de la primera promoción de la Escuela de Teatro de Extremadura.

La rebeldía histórica de las mujeres oprimidas late en estos dos textos trágicos griegos: “Las Suplicantes“, obra didáctica de Esquilo (la tragedia feminista más antigua que conocemos, 467-458 a. C), y “Suplicantes“, melodrama que maneja el tono grave propio del género trágico. Ambas, con argumentos distintos reflexionan sobre temas donde se hallan involucrados los principios irrenunciables de lo humano -como son los que originan la violencia de género, el respeto por el enterramiento de los muertos después de una contienda bélica y el derecho protector de asilo político-, examinando a la democracia desde la tragedia, en la que los dos autores llegan a exponer que en favor de la justicia, igualdad y equidad establecida un pueblo puede tener la obligación moral de hacer la guerra a otro.

En “Las suplicantes” el tema gira en torno al mito de las 50 hijas de Dánao residentes en Egipto, quienes son obligadas a casarse con sus primos, los hijos del rey de Egipto, razón por la que huyen de allí conducidas por su padre y se refugian en la ciudad griega de Argos, en el altar de Zeus, suplicando amparo. Pelasgo, rey de los argivos, brinda a las Danaides su protección y la de su pueblo. Cuando llega un heraldo de los tiránicos primos persegui­dores, el rey defiende sin más armas que la firmeza democrática a las jóvenes, mandándolo de vuelta. En “Suplicantes“, delante del templo de Deméter de Atenas están reunidas las madres de los siete jefes argivos muertos en el fracasado asalto a Tebas, y cuyos cuerpos los tebanos no han querido devol­ver. Las acompaña el rey de Argos, Adrasto, único hé­roe superviviente, que pide a Teseo, rey de Atenas, que interceda ante los tebanos. Éste accede y realiza una expedición victoriosa contra Tebas rescatando los cuerpos. La tragedia concluye con la aparición de Atenea, que anuncia la alianza Atenas/Argos y la conquista de Tebas por parte de los hijos de los caídos.

La versión de la sevillana Silvia Zarco -filóloga clásica, profesora en un I.E.S. extremeño y dramaturga- lleva a singularidad el artificio teatral de una historia bien contada fusionando los textos de Esquilo y Eurípides, con conocimiento e ingenio, pese a algunas licencias en el salto del tiempo (las de los reyes de Argos), la criba de personajes (entre ellos la madre de Teseo) y la poca claridad sobre lo que define a las suplicantes dotadas un cierto talante amazónico. Episodios enlazados con armonía dramática y recreados con sencillez y sutileza, proponiendo una mirada catártica al pasado para reencontrarnos con el presente, esencialmente a través de la ceremonia de los coros teatrales -que son los protagonistas de la obra- repletos de imágenes que confieren un canto profundo, puro de lirismo épico, donde vemos que hace muchos siglos hablaba el corazón razonable a favor de las mujeres que soñaban una vida mejor. Pero en el texto también hay que valorar el abreviado tránsito de diálogos, como el de Teseo y el heraldo, que es una muestra preciosa de debate político entre democracia y dictadura, tanto más cuanto que Teseo mismo no deja de acusar ciertos rasgos absolutistas.

La puesta en escena, de Eva Romero, ha estado pensada para hacer un espectáculo grandioso en el espacio romano, lo cual es algo tan alentador como destacable (otra cosa es el tiempo y presupuesto disponible). En el montaje se ha notado la intención de elevar las variadas e imaginativas coordenadas estéticas propuestas en el texto -que se apoyan más que nada en los lineamientos del expresionismo-, donde las coreografías juegan un papel decisivo potenciando la poética vibrante de los coros protagonistas, que acusan la inequívoca presencia de atmósferas dirigidas a los sentidos y a la razón del espectador. Sin embargo, la mucha pretensión -correcta en escenografía, música y vestuarios- se ha quedado poco más que a medio camino, tal vez porque a la debutante Romero le ha faltado tiempo -en los ensayos, claramente digo- para construir eficazmente todos los elementos estéticos componentes de la función. Creo, también, que algunos de estos sobraban (determinadas canciones, aunque bien interpretadas estaban de más).

El espectáculo ha acusado lagunas en el ritmo, máxime en instantes que no aclaraban el final de la función. A varias de las coreografías -de Gema Ortiz- les ha faltado limpieza en los movimientos, que han restado belleza a sus composiciones. En la declamación de los actores de los coros, en bastantes momentos hubo cierto desaliño oral en las voces, por la falta de conjunción dada entre actores vocacionales y profesionales integrados en un mismo grupo coral. Ello debilitaba la base conceptual del texto que proyectaba el mensaje. Y habría que agregar alguna falta de autenticidad en las actuaciones con respecto a sus propósitos de caracterización. Aquí se ha notado carencias en la dirección de actores.

En la interpretación, no es fácil hablar del trabajo de los muchos participantes, porque saltaba a la vista su entrega. Lo que no basta para que la resultante conjunta haya sido un trabajo medianamente convincente. Lo mejor lo puso el rol de David Gutiérrez (rey de Argos) con su presencia escénica y su modulada voz. Muy expresivas resultaron las voces de María Garralón (corifeo de las madres) y Carolina Roche (corifeo de las Daneidas) y otras que sobresalían de los coros (como las de Bely Cienfuegos, Maite Vallecillo, Nuria Cuadrado, Laura Moreira, Pilar Brinquete…). También cumplió bien Eduardo Cervera (Egipcio) y pusieron entusiasmo Rubén Lanchazo (heraldo tebano), Javier Herrera (mensajero) y Valentín Paredes (este último un poco chillón como rey de Atenas). Decepcionó Cándido Gómez, veterano actor al que he visto 13 veces en el Teatro Romano haciendo bien sus papeles. Aquí andaba perdido por el escenario buscando su personaje de Danao.

Pese a los fallos, el público que llenaba las gradas -mucho procedente de Guareña, Talarrubias y Puebla de la Calzada, lugares donde se había ensayado la obra- aplaudió cálidamente el esfuerzo y la dignidad del espectáculo.

José Manuel Villafaina, con Lydia C. Salsedo y Diana Carmen Cortés, espectadoras asiduas al Festival.
José Manuel Villafaina, con Lydia C. Salsedo y Diana Carmen Cortés, espectadoras asiduas al Festival.

LO MEJOR DE LA 67ª EDICIÓN

Esta publicación y este crítico, que han asistido a todos los estrenos, valorando los mejores trabajos artísticos de los espectáculos en esta 67ª edición del Festival, cree que merecen una CORONA DE HIEDRA y PLACA DE BRONCE (sencillo reconocimiento que se otorgaba en los certámenes teatrales de las Grandes Dionisias griegas) los siguientes:

Mejor espectáculo: “ANTONIO Y CLEOPATRA” de la Compañía Nacional de Teatro Clásico.
Mención especial: “LOS DIOSES Y DIOS”, espectáculo/conferencia de “El Brujo”.
Mejor Versión: MIGUEL MURILLO GÓMEZ (por “Hipatia de Alejandría”).
Mejor dirección: JOSÉ CARLOS PLAZA (por “Antonio y Cleopatra”).
Mejor Actor Protagonista: LLUIS HOMAR (por “Antonio y Cleopatra”).
Mejor Actriz Protagonista: ANA BELEN (por “Antonio y Cleopatra”).
Mejor Actor de Reparto: FRANCIS LUCAS (por “Hipatia de Alejandría”).
Mejor Actriz de Reparto: GEMA GONZÁLEZ (por “Hipatia de Alejandría”).
Mejor escenografía: RICARDO SÁNCHEZ CUERDA (por “Antonio y Cleopatra”).
Mejor iluminación: JAVIER RUIZ ALEGRIA (por “Antonio y Cleopatra”).
Mejor vestuario: RAFAEL GARRIGÓS (por “Hipatia de Alejandría”).
Mejor música: S. SONDHEIM/XAVIER MESTRES (por “Golfus de Roma”).
Mejor coreografía: CRISTINA D. SILVEIRA (por “Hipatia de Alejandría”).

(José Manuel Villafaina Muñoz es licenciado en Arte Dramático, actor, director, autor, profesor y crítico teatral, con una trayectoria profesional de más de 50 años).

SOBRE EL AUTOR

José Manuel Villafaina, un profesional integral del teatro, nuevo colaborador de PROPRONews

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