Llamadme influencer…

...y patinaréis, aunque ganas no me han faltado nunca, pero para influencer de verdad, Mikel, ese valiente chico vasco que se puso falda para ir al instituto

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La iniciativa se ha extendido por todos los institutos del país.
La iniciativa se ha extendido por todos los institutos del país.

Apoyo ese movimiento emprendido por alumnos de todo el país, que han asistido con falda a sus institutos. No lo hacen para ponerla de moda. Esta revolución solidaria ha surgido para apoyar a un joven, Mikel, que la llevó a clase y fue expulsado por su profesor y, además, enviado al psicólogo. La propuesta y la historia se hicieron virales y muchos chicos se han presentado en clase vistiendo faldas en apoyo a Mikel. Una batalla más en la lucha contra la discriminación de género.

La periodista, con su perro Killer
La periodista, con su perro Killer

Llamadme influencer y patinaréis, aunque ganas de serlo no me han faltado ni cuando desconocía el concepto. Yo de adolescente ya era capaz de echarme a la calle con una falda de cuadros en tonos marrón y un jersey de rayas rojiblancas, solo porque eran las dos últimas prendas que me había comprado mi madre y me apetecía llevarlas a la par, aunque ella pusiera el grito en el cielo (y no digo dónde mis amigas). Ahora ese outfit lo luce una Khardasian y lo convierte en must have.

Viene la confesión al hilo de ese movimiento emprendido por alumnos de todo el país, que han asistido con falda a sus institutos. No lo hacen para ponerla de moda. Esta revolución solidaria ha surgido para apoyar a un joven, Mikel, que la llevó a clase y fue expulsado por su profesor y, además, enviado a un psicólogo. La propuesta y la historia se hicieron virales y muchos chicos se han presentado en clase vistiendo faldas en apoyo a Mikel. El objetivo de la protesta, además de apoyarle, es “derribar los estereotipos y roles de género que aprietan a toda la sociedad y reducen las libertades”.

Mikel, el iniciador del movimiento, con su falda.
Mikel, el iniciador del movimiento, con su falda.

La idea me ha encantado, pero yo voy más lejos. Estoy convencida de que la falda es una prenda magnífica, una prenda que todas y todos deberíamos usar, porque es cómoda y práctica, fresca en verano y calentita en invierno, añadiendo unos leotardos debajo, claro, juvenil y atrevida si es corta, envolvente y acogedora si es larga, solo veo incómodas las llamadas faldas lápiz, que te obligan a dar pasos cortitos y vacilantes; pero el resto, el resto es una maravilla. Que se lo pregunten a los romanos del Imperio que para andar por casa se arrebujaban en unas maravillosas túnicas y para guerrear preferían marcar cacha, o sea, enseñar sus piernas musculosas, no con intención de seducir al enemigo con coquetería, sino para machacarlo sin compasión.

ANTES LLEVARON FALDA TODOS

Faldas llevaron también griegos, asirios, sumerios y egipcios, así que abandonemos la idea de que sea una prenda exclusivamente femenina. Ahí tenemos, sin ir más lejos, a los escoceses. Y aprovechemos el movimiento de la chavalería para instaurarla definitivamente. Porque la ropa es algo más que eso que nos cubre del frío o de las miradas indiscretas. La indumentaria asume una enorme carga simbólica. Ya lo apunta algún tratado psicológico. Los hombres se han ido uniformizando y haciéndose más monótonos en su indumentaria cuanto más poder, presencia y peso van perdiendo en la sociedad, como si ser iguales les escociera tanto que necesitan marcar distancia. Las mujeres, sin embargo, no hemos tenido inconveniente en hacer nuestro lo que ellos detentaban sin recato cuando eran los jefes absolutos de la manada; joyas, pantalones, pelo largo, la ya mencionada falda, o incluso, en el colmo del espanto, la olvidada, por fortuna, riñonera. A nosotras todo lo que nos ha parecido bonito o útil lo hemos incorporado al vestuario, desde las botas de pirata a las camisas con chorreras o los tacones de Luis XIV. Quizá porque buscamos ardientemente esa igualdad que a algunos les repele.


Yo de adolescente ya era capaz de echarme a la calle con una falda de cuadros en tonos marrón y un jersey de rayas rojiblancas.


Pero frivolidades aparte, una vestimenta unisex nos acercaría por fuera, y estoy convencida de que también por dentro, eliminaría prejuicios y clichés que nos encorsetan, asfixian y clasifican, independientemente de nuestro sexo u orientación sexual, por no hablar de lo animadas que serían las bodas si los invitados compitieran con las invitadas a ver quién destaca con el modelito más extravagante o colorido.

Debe primar la libertad a la hora de que chicos y chicas elijan cómo vestirse.
Debe primar la libertad a la hora de que chicos y chicas elijan cómo vestirse.

QUEDA MUCHO POR ANDAR

Se dan pasos, pero aún queda mucho por andar. Sin ir más lejos, es relativamente reciente una proposición no de ley de la Comunitat Valenciana para que se acabe con la obligatoriedad de los uniformes distintos para chicos y chicas: “para que no se pueda obligar a un código de vestuario diferenciado por sexo y que, por tanto, se permita la plena libertad individual”, dice el texto. El asunto vino justamente por el caso contrario al de Mikel, la denuncia de una alumna a la que se prohibió llevar pantalones en un colegio concertado.


Lo animadas que serían las bodas si los invitados compitieran con las invitadas a ver quién destaca con el modelito más extravagante o colorido.


Los y las influencers de verdad, no las de Instagram, son esas personas que rompen con lo establecido socialmente, y nunca fue fácil. ¡Bravo por estos jóvenes minifalderos! Y que tengan en cuenta que, cuando las mujeres empezaron a usar pantalón, eran abucheadas en plena calle y tachadas de locas. Por suerte, aquellas pioneras no se arredraron y aquí estamos, con falda, con pantalón, con biquini y con lo que nos dé la gana.

Lo que nunca os recomendaré son las pieles. ¡Un horror! Preciosas en el cuerpo de su propietario original y totalmente fuera de lugar, salvo que vivas en la Meseta Antártica Oriental y no tengas calefacción. Un ejemplo y remato: el emérito, al que lo mismo le emborrachan un oso en Rusia para que pueda matarlo cómodamente sin soltar la cintura de su churri, que, en tierras kazajistaníes, le “regalan” unos millones de dólares y, de propina, un abrigo de piel de leopardo de las nieves, bello animal en peligro de extinción, cuyo comercio está prohibido desde 1975.

No sé qué os parecerá eso. Yo lo veo fatal… Pero bueno, qué vamos a esperar; el abuelo, cazador; un nieto que se dispara solito en un pie; la sufrida esposa, vegetariana; una nieta que tuvo un novio torero…; y paro de contar, un disparate de familia y, encima el campechano, un hortera. A ver si se acaba ya esta pandemia.

(Elisa Blázquez Zarcero es periodista y escritora. Su último libro publicado es la novela La mujer que se casó consigo misma. Diputación de Badajoz).

SOBRE LA AUTORA

Una colaboradora muy especial

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