Llamadme solidaria…

...y dejad de leer ahora mismo si os parece un escándalo la queja de una concejala de Alicante por el frío que estaba pasando en un pleno de su ayuntamiento

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Captura de la web del Ayuntamiento de Alicante con el retrato de la concejala.
Captura de la web del Ayuntamiento de Alicante con el retrato de la concejala.

Estoy con ella. La sala debía de resultar tan acogedora como un nido de víboras (y no va con segundas). En verano, las mujeres que trabajamos en espacios con aire acondicionado nos vemos, por regla general, “condicionadas” a la temperatura que les apetece a nuestros compis hombres, y no sé si es preferible eso o el martirio de Santa Catalina.

La periodista, con su perro Killer
La periodista, con su perro Killer

A ellos la empresa, o el protocolo, suele exigirles camisa de manga larga, pantalón hasta los tobillos, calcetines oscuros, zapatos cerrados, corbata y chaqueta con forro; prendas que soportan en sufrido silencio (cómo decía aquel viejo anuncio).

Nosotras usamos sandalias, vestidito de tirantes, sujetador sin relleno (el relleno lo dejamos para el invierno) y tanga o, como mucho, braga tipo biquini. Poca tela. Es fácil entender que, a 20 grados, las ellas nos pelemos de frío y los ellos estén tan a gustito.

En la calle es otra cosa, ser hombre te condena en el exterior a las brasas del infierno veraniego mientras que nosotras podemos guiñarle un ojo a Lucifer.


A ellos la empresa, o el protocolo, suele exigirles camisa de manga larga, pantalón hasta los tobillos, calcetines oscuros, zapatos cerrados, corbata y chaqueta con forro.


Nada se me ocurre para encontrar una solución en el exterior, pero es posible buscar una entente en los lugares comunes ¡Ay, ese drama del que tan poco se habla!

Yo lo he solventado teniendo siempre, durante julio y agosto, una rebeca de lana en la percha de la redacción, lista para echármela por encima nada más llegar.

Es una opción. Otra sería subir un poco el termostato, porque la normativa de confort se estableció en los años 60 tomando como referencia un varón enchaquetado de estatura media, alrededor de los 40 años y de unos 70 kilos de peso. La temperatura idónea de las mujeres, que no es la misma (un estudio de la revista Natura concluye que se sobrestima la tasa metabólica femenina en un 35 %), no se tuvo en cuenta. Entonces solo unas pocas trabajaban en oficinas. La situación ha cambiado, ha llegado el momento de revisar los estándares.

Una tercera idea, más innovadora, pero a tener en consideración, es que los varones se dejen de tanto traje de alpaca y empiecen a utilizar ropa más cómoda y acorde con el termómetro de nuestro estío y así, de paso, le hacemos un favor al planeta reduciendo el consumo energético.


Nosotras usamos sandalias, vestidito de tirantes, sujetador sin relleno y tanga o, como mucho, braga tipo biquini.


Leí hace tiempo un ensayo sobre la moda que aseguraba que cuanto más aposentado en su poderío se encontraba el hombre, más relajado y atrevido era su atuendo. Ahí tenemos a los romanos, en minifalda y levantando un imperio, o con sus vaporosas túnicas de andar por casa, cuajados, además, de anillos y medallones. Y ¿qué decir de la corte de Luis XIV?, esos hombres con tacones, pelucas, encajes, sedas y armiños por doquier.

LOS HOMBRES RENUNCIAN

Sostenía el psicólogo J.C. Flügel, en 1935, que “a finales del siglo XVIII y principios del XIX se produjo un fenómeno: los hombres renunciaron a formas de atavío espectaculares, lujosas, excéntricas y elaboradas, reduciendo su indumentaria a un atuendo de estilo sobrio y austero”. Flügel achaca las causas a “la gran renuncia” del sexo masculino. El hombre abandonó su reivindicación de ser considerado hermoso. A partir de entonces solo pretendía ser útil. Mientras la aristocracia había rehuido las actividades económicas consideradas degradantes para la dignidad de los caballeros -cuyas únicas actividades eran las propias del ocio-, el burgués había hecho del trabajo algo honorable. La renuncia del hombre burgués indicaba su compromiso con una vida industrial, de sobriedad y trabajo”. Ya sabemos con esto de donde viene lo de “El hombre y el oso…”

Luis XIV, en plan sencillito.
Luis XIV, en plan sencillito.

En fin, que todo tiene su explicación y el chorreo que le ha caído a la concejala excede lo que educadamente podía haber sido motivo de debate sobre usos y costumbres (Una concejala de Podemos denuncia “micromachismo” en un pleno por la temperatura del aire acondicionado).

Siempre he pensado que los tacones son el corsé de nuestros tiempos. Ahora que la concejala me ha abierto los ojos, añado que el aire acondicionado también.

Vamos a tener que pasar de la “habitación propia” que reclamaba Virginia Wolf al “despacho propio” que ansiamos las frioleras.

Y ahora podéis levantar la ceja con suspicacia, porque yo a lo del aire polar no lo llamo micromachismo, sino machismo a secas.

(Elisa Blázquez Zarcero es periodista y escritora. Su último libro publicado es la novela La mujer que se casó consigo misma. Diputación de Badajoz).

SOBRE LA AUTORA

Una colaboradora muy especial

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