Llamadme desesperada…

...y es poco en comparación con lo que siento al ver lo que ocurre con las mujeres en Afganistán después de la conquista talibán

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Una escena habitual en cualquier país árabe. ELISA BLÁZQUEZ
Una escena habitual en cualquier país árabe. ELISA BLÁZQUEZ

Llamadme desesperada. Lo estoy. Y triste, indignada, descorazonada, pesimista, desolada y todo lo que venga en el diccionario que haga referencia a lo que siento al ver las imágenes que llegan desde Afganistán. La situación, tanto en ese país como en otros muchos lugares del mundo, no es nueva. Ese terror es el pan nuestro de cada día para muchas personas, sobre todo, mujeres. Pero ha sucedido que EEUU después de ocupar el país durante unos años con la excusa de acabar con un gobierno talibán, se marcha, dejando otro gobierno talibán (eso es eficiencia, sí señor), y ahí os apañéis.

La periodista, con su perro Killer
La periodista, con su perro Killer

También sucede que es verano, hay pocas noticias, y esta nos ha arreado un leñazo mientras nos comíamos un helado delante del televisor, con el ventilador alborotándonos el pelo. Ese pelo que algunas privilegiadas lucimos largo y lustroso y, que, incluso usamos con coquetería a golpe de flequillo. Esa melena que las afganas, y tantas más, ocultan bajo un espeso velo, porque puede que verlo suelto y brillante sea incitador para el hombre. ¿Pues sabéis lo que me viene a la mente? Que si se excita, que se la casque, o que se haga un nudo, o que se la arranque directamente de cuajo, como hizo Edipo con sus ojos cuando se enteró de que su novia era su madre. Pero que no culpe al pelo, ni a las tetas, ni al culo de ninguna mujer de lo que es su rijosidad vomitiva.


El burka causa lesiones oculares, dificulta el movimiento y la respiración e impide vivir en sociedad.


Una amiga recogía estos días en un grupo de wasap, “Las Madres de Schopenhauer” (un chat en el que día a día aprendo, me consuelo, me ilustro y me admiro de la maravilla de mujeres fascinantes que tengo la gran suerte de poder considerar mi gente), el siguiente texto:

“Mi pareja es periodista. Hace muchos años trajo un burka de su viaje a Irak. No podéis imaginar lo asfixiante, rígida y tiesa que es la tela. No podéis imaginar esa celda espesa y la estrechez de los agujeritos por donde deben mirar. Leí hace tiempo el libro de una periodista infiltrada que hablaba del olor del burka, y sí, la tela huele. De las lesiones oculares al tener tan cerca las celdas y mirar más allá con el enfoque tan limitado. De cómo solo ven y reconocen los zapatos. Con el burka no pueden moverse, no ven con claridad y no respiran bien. Llorando le dije que tirara el burka (¡coñe ya!), que cómo pudo confundir un instrumento de tortura y maltrato con un suvenir. Pudo, porque es hombre”.

En un resort marroquí, el contraste entre la turista europea y las mujeres nativas. ELISA BLÁZQUEZ
En un resort marroquí, el contraste entre la turista europea y las mujeres nativas. ELISA BLÁZQUEZ

ESO PASA A DIARIO

La lectura de esta hipnotizante, empática y terrible descripción, escrita por Bárbara Bisnu, me dejó el corazón en un puño. Sí, ya sé que eso pasa a diario, que cuando los de Boko Aram secuestraron y esclavizaron a 400 niñas, hasta Michelle Obama se fotografió con el cartel de #BringBackOurGirl. Y si la mismísima primera dama de los EEUU, la todopoderosísima ella, no podía hacer otra cosa que posar con un cartel, imaginad las demás.


El grito, la protesta, la exigencia, la ira, la reivindicación, debe apuntar a quien puede parar este horror.


Por eso me duele y me desalienta que las redes se llenen de peticiones de este estilo, que luego quedan en eso, en un inútil gesto de solidaridad que en nada alivia a quienes están padeciendo tan inmenso dolor.

Pero algo puede hacerse, lanzar el grito a los estados, a los gobiernos que amparan, fabrican, venden y promocionan esas guerras. Ellos son los culpables y a ellos debe dirigirse ese grito, a ver si se consigue remover alguna conciencia. España, sin ir más lejos, es según información de La Vanguardia, el séptimo exportador de armas del mundo. El sector es, además, un campo de batalla, nunca mejor elegida la frase, para los poderes regionales. La industria de defensa española (en clarito, dígase la venta de armas) es un asunto relevante para cinco comunidades autonómicas. Y de guinda al pastel, ahí tenemos a nuestro huido demérito que se forró, en parte, gracias a tan infame negocio.

Por eso el grito, la protesta, la exigencia, la ira, la reivindicación debe apuntar a quien puede parar este horror.

Hoy estamos impresionadas por el renovado calvario de las mujeres afganas, pero ayer y anteayer y mañana y al año que viene, ahí están padeciendo ellas, y las saharauis, las sirias, las yemeníes, las libias, las africanas…

La Convención de Ginebra dice: “Las mujeres deben ser especialmente protegidas de cualquier ataque contra su honor, en particular, la violación, la prostitución forzosa o cualquier otra forma de asalto indecente”. No sé qué articulo será, pero es evidente que se lo pasan por el forro.

Porque la última que leo es que el Departamento de Estado Norteamericano ha pedido al nuevo gobierno talibán, que “forme un gobierno inclusivo” y yo ya no sé si nos están tomando el pelo, o lo que la recomendación pide es que incluyan a algunas mujeres como ministras para que así frieguen el suelo de los despachos de los señoros barbudos, y de paso, si les apetece a ellos y han terminado de rezar, les chupen un poco su asquerosa polla.

(Elisa Blázquez Zarcero es periodista y escritora. Su último libro publicado es la novela La mujer que se casó consigo misma. Diputación de Badajoz).

SOBRE LA AUTORA

Una colaboradora muy especial

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