Festival de Mérida 2021: flojedad organizativa, abuso y mediocre teatro comercial

Salvo excepciones puntuales, la programación de este año vuelve a pecar de los defectos a que nos tiene acostumbrados Cimarro

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El espectáculo del Brujo, de lo mejor. JUNTAEX
El espectáculo del Brujo, de lo mejor. JUNTAEX

El Festival de Teatro Clásico de Mérida 2021, en su 67ª edición que se está celebrando estos meses de junio a agosto, ha sido igualmente problemática por la situación de la pandemia, y tampoco han cesado los conflictos en su organización, empezando por un “concurso” que de nuevo adjudicó la explotación del Festival -hasta 2024- a Jesús Cimarro. Este hecho ha dado lugar a una nueva polémica porque, ostensiblemente, el empresario teatral sólo “ganó” en las condiciones técnicas, gracias a un pliego arreglado a su medida. Y en cuanto a la calidad de la edición de este año, ha sido a partir del tercer espectáculo inclusive cuando se ha advertido otra vez la flojedad organizativa de un evento urdido con prisas y oscuros intereses, lo que desemboca en unos resultados artísticos mediocres.

José Manuel Villafaina Muñoz.
José Manuel Villafaina Muñoz.

Mérida.-

Ciertamente, a causa de la epidemia de coronavirus y de las restricciones impuestas, estos dos años -2020 y lo que llevamos del 2021- han sido dificilísimos para el mundo de la cultura, siendo el sector teatral uno de los más gravemente afectados, padeciendo cierres de locales, suspensiones de eventos (como han sido los dos festivales teatrales más importantes del mundo, el Festival de Edimburgo de Escocia y el Festival de Aviñón de Francia) y alteraciones de todas clases. Pese a todas las dificultades, sin embargo, tanto en España como en Extremadura han seguido realizándose algunas actividades escénicas, festivales y muestras, con resultados desiguales.


El Brujo proyecta la función en el espectador como un ser lleno de luz, desde la energía que emana del corazón.


El Festival de Teatro Clásico de Mérida 2020 no se suspendió, pero su celebración fue muy problemática, dando lugar a una tensa polémica, porque el Patronato volvió a dar -a dedo- la organización a Jesús Cimarro (eran ya cinco las veces que el empresario vasco/madrileño explotaba el evento sin concurso previo) que programó un Festival reducido sólo a un mes, faltando el respeto a su esencia clásica grecolatina y buscando más lo mercantil que lo cultural. Lo peor, es que fue neciamente apoyado por Guillermo Fernández Vara, presidente de la Junta de Extremadura, Antonio Rodríguez Osuna, alcalde de Mérida y Nuria Flores consejera de Cultura, todos máximos responsables de ese Patronato del Festival que carece de asesores teatrales.

'Golfus de Roma' decepcionó. JUNTAEX
‘Golfus de Roma’ decepcionó. JUNTAEX

La sorprendente decisión institucional supuso una burla a todos los extremeños amantes del Festival, saltando a la vista que en él había puntos oscuros en el manejo del presupuesto público desde la anómala organización de sus responsables culturales, cuestionables por estar llenos de despropósitos que han levantado desconfianzas, tanto culturales como económicas. Sobre este tema escribí previamente: Cimarro, principal beneficiario del Festival de Mérida, su gallina de los huevos de oro y El Festival de Teatro ¿Clásico? de Mérida 2020, otro fraude.

DE UNA EDICIÓN MEDIOCRE A OTRA

El reducido Festival del 2020, resultó ser una edición mediocre montada con calzador. De los cinco espectáculos programados en el Teatro Romano sólo dos se salvaron dignamente (uno de ellos fue extremeño, Cayo Cesar). Los otros tres resultaron escasos de éxito artístico. Siendo dos de ellos coproducciones comerciales de Pentación, la empresa de Cimarro. Unos espectáculos que -por otra parte- gozaron descaradamente del mayor presupuesto, las propicias fechas y la ampliación de las representaciones un día más, ventajas de las que habían carecido los otros. En definitiva, ese Festival -que cumplía su 66ª edición- pasó a la historia como un evento precipitado, chapucero e inextricable.


Golfus de Roma ha sido una coproducción del Festival y la empresa teatral catalana Focus, socia de la empresa Pentación de Cimarro.


Pero en el Festival de 2021, la 67ª edición que se está celebrando estos meses de junio a agosto, ha sido igualmente problemática por la situación de la pandemia, y tampoco han cesado los conflictos en su organización, empezando por un “concurso” que de nuevo adjudicó la explotación del Festival -hasta 2024- a Cimarro. Hecho que ha dado lugar a una nueva polémica porque, ostensiblemente, el empresario teatral sólo “ganó” en las condiciones técnicas gracias a un pliego arreglado a su medida. Todo un tongazo que el periodista José María Pagador ha desvelado -con fundamentos y valentía- a través de varios artículos exclusivos en PROPRONEWS (léase el último, que casi resume con cachondeo casi todos los anteriores: Cimarro el Invencible: ni Florentino es capaz de ganarle.


El montaje de Pentación/Focus ha costado un millón de euros y el de la compañía extremeña 150.000 euros, cantidad que reciben del Festival las producciones de la región.


El caso es que Cimarro, que sabía de extranjis que este año iba a organizar el Festival con la programación normalizada de dos meses de duración, se puso las pilas con antelación al resultado del concurso -que definitivamente tuvo luz verde el 20 de mayo, sólo un mes antes del comienzo del Festival- para tratar de organizar la programación y ofrecer una mejor edición que la anterior, fichando para las dos primeras representaciones a artistas y compañías solventes, como la de Rafael Álvarez “El Brujo” y la CNTC (Compañía Nacional de Teatro Clásico), que ya llevaban preparando sus espectáculos con bastante anticipación para representarlos en variados lugares, entre ellos, Mérida. Un dato significativo es que la CNTC estrenó su Antonio y Cleopatra en el Festival de Almagro antes que en el de Mérida.

DOS DE CINCO

Cuando escribo este comentario, en el Festival se han representado hasta el momento cinco de los siete espectáculos programados para el espacio romano. Con los dos primeros, “Los dioses y Dios” de El Brujo y “Antonio y Cleopatra” de la CNTC, el evento había empezado bien, cosechado éxito artístico y de público. Sin embargo, ha sido a partir del tercer espectáculo cuando se ha advertido otra vez la flojedad organizativa de un evento urdido con prisas y oscuros intereses. “Mercado de amores”, tercera coproducción del Festival con varias empresas teatrales, ha resultado otro mediocre espectáculo -falto de ensayos- con ese planteamiento “cultural” de artificio comercial de Cimarro, al colocar como protagonistas a artistas de la esfera televisiva con escaso conocimiento de la actuación teatral, como ha sido la del humorista Pablo Carbonell, un debutante que ha fallado en su rol, patéticamente exhibicionista. Todo un tinglado persistente del responsable del Festival, con la intención de atraer al público del “famoseo patrio” y para la explotación de esos espectáculos -después de ser rodados- en sus teatros de Madrid y en giras por el territorio nacional.


En la función de Latre, reclamo publicitario de este espectáculo “estrella” marca Cimarro, solo hubo risas fáciles, y menos de las esperadas.


Pero ha sido “Golfus de Roma”, coproducción del Festival y la empresa teatral catalana Focus (socia de la empresa Pentación de Cimarro en el lucro del teatro madrileño La Latina y otras actividades teatrales), un espectáculo todavía más cuestionable por su embaucadora guisa comercial y por el agravio comparativo -todo un abuso- que sigue existiendo entre las producciones del director del Festival y las producciones de las compañías extremeñas que participan en el Festival. En ambos asuntos, tengo que decir que el Festival ha tenido espectáculos mejores que este “Golfus de Roma” en su contenido, forma y éxito con todo tipo de público (el consuetudinario amante del Festival y el de la masa de la risa floja).

Concretamente, en esta etapa de Cimarro, lo fueron: “Hércules” y “La bella Helena”, brillantes musicales con versiones de nueva creación de inspiración grecolatina, de Miguel Murillo/Ricard Reguart, producidas por la compañía extremeña Rodetacón Teatro, de Don Benito. Lo abusivo, aparte de haber sido mejores estos dos espectáculos, es que el montaje de Pentación/Focus ha costado un millón de euros (según declaró Focus) y el de la compañía extremeña 150.000 euros (cantidad que reciben del Festival las producciones de la región).

Como aclaración de lo que comento, adjunto dos críticas distintas representadas -hasta ahora- en esta edición, precisamente sobre obras de nueva creación inspiradas en Plauto.

Carlos Latre, reclamo publicitario de este espectáculo marca Cimarro. JUNTAEX
Carlos Latre, reclamo publicitario de este espectáculo marca Cimarro. JUNTAEX

“GOLFUS DE ROMA”, RISAS PERO MENOS

Quinto espectáculo del 67 Festival que estrena un clásico: “Golfus de Roma”, uno de esos pocos musicales que se han repetido internacionalmente en el teatro desde la exitosa producción original de Broadway -con canciones de Stephen Sondheim y texto firmado al alimón por Burt Shevelove y Larry Gelbart, estrenada con grandes histriones en 1962 en el Alvin Theatre. En 1966 fue llevado a la gran pantalla, comercializándose, bajo la dirección de Richard Lester. En España lo montó José Osuna en 1964 (en Madrid) y Mario Gas en 1993 (en el Teatro Romano de Mérida). En esta ocasión, el espectáculo -que ha sido co/producido por el Festival de Mérida y la empresa teatral catalana Focus– está versionado y dirigido por el barcelonense, curtido en musicales, Daniel Anglès.


El humorista Pablo Carbonell, un debutante que ha fallado en su rol, patéticamente exhibicionista.


El original “Golfus de Roma” fue inspirado en tres textos de Plauto (“Pseodolus”, “El Aparecido” y “El soldado fanfarrón”), con una trama que transcurre en la antigua Roma y utiliza estereotipos y situaciones del autor cómico latino que adoptó de la nueva comedia griega: el esclavo pícaro y desvergonzado frente a esclavo servil, amos calzonazos frente a dueñas malhumoradas y dominantes, adolescentes alelados, doncellas puras y virginales frente a cortesanas lujuriosas. Todo ello mezclado con juegos de palabras -con ligeros comentarios satíricos sobre clases sociales-, enredos, equívocos, situaciones absurdas, tramas enrevesadas, persecuciones y exageraciones que rozan la comedia surrealista más clásica de los Monthy Phyton. Y, máxime, aderezado con una serie de canciones divertidas de género pop cuyas letras estaban perfectamente integradas en la trama, que hacían del espectáculo teatral (y de la película) un divertimento poco trascendente pero gozoso para todos los públicos.

La versión de Anglés (junto con Marc Gómez) que mantiene la trama central de Shevelove y Gelbart, en torno al esclavo Pseudolus y sus intrigas para alcanzar la libertad mientras ayuda a su joven amo a conseguir el amor de una bella cortesana, está contada en el contexto atemporal que acontece dentro del mundillo de los cómicos y del circo en una calle de Roma, con adaptables cambios en la lectura de las canciones y del sexo de algunos personajes, alusivos por su travestismo a temas de actualidad.

Sin embargo, la resultante del trabajo del texto ha sido la de una versión frívola -de escasa calidad en los diálogos y letras cantadas-, pero mixtificada con un ocurrente juego payasesco de los personajes que funciona espléndidamente con espectadores, de la masa ignorante y amorfa, que solo buscan entretenimiento. Una versión no cultural sino de ocio -con el atractivo envoltorio comercial- que por el contrario nada gusta a los espectadores consuetudinarios amantes del verdadero teatro grecolatino (el de esas comedias que además de entretener divirtiendo han cumplido su función crítica y moralizante eminentemente social, iluminando las paradojas y las miserias del carácter humano del pasado y de nuestro tiempo).

En la puesta en escena, Anglés, resalta bastante bien un culebrón con ese lenguaje plautino de atmósfera farsesca y de tonos de caricatura dentro de una vistosa estructura escenográfica -de tres carromatos circenses- y con técnica dramática en el diseño con creatividad payasesca del concepto del equívoco, del personaje y de la situación, que siguen siendo el abecé del género, de la cómica latinidad.

Todo vertiginosamente alocado -con poco humor pero sí con comicidad celtibérica, oportuna para el público populachero del humor patrio- a un ritmo perfecto, arropado por una notable coreografía (de Oscar Reyes) y, mayormente, por la singular y animada actuación musical de actores/músicos, bajo la excelente dirección de un inspirado Xavier Mestres, que asimismo está soberbio armonizando las vibrantes partituras de Sondheim, pese al decaimiento que causaban algunas letras adaptadas (como en la canción de amor entre los tortolitos que son un soberano coñazo).

En la interpretación, se luce coralmente una vitalista compañía multidisciplinar que sabe actuar, bailar y más o menos cantar, después de un arranque frio en las primeras escenas, lastrado por algunas sosas canciones. En la segunda parte, cuando los actores entran de lleno en las situaciones de la comedia de enredos, es donde se aprecian los mejores momentos del espectáculo que alcanza su climax. No obstante, en todos los actores hasta el más mínimo papel -con sus gags, chistes y carantoñas- está bien puesto, en su lugar preciso y correcto.

El humorista televisivo Carlos Latre, hace de Pseudolus (personaje del pícaro esclavo que usa y manipula a todos los que se encuentra) tratando de sacar adelante con esfuerzo y entusiasmo este rol protagonista y no decepciona. Aunque no canta bien (lo hace con cierta monotonía) casi logra estar a la altura del elenco, compuesto por expertos -si bien debutantes en el escenario romano- como Diego Molero (Senex), Fran Capdet (Hysterium), Eloy Gómez (Eros), OriolO (Erronius), Meritxell Duró (Lycus), Eva Diago (Dómina), Ana San Martín (Philia) y el conjunto de los fantásticos actores/músicos.

Latre, que ha sido el reclamo publicitario de este espectáculo “estrella” de inspiración grecolatina marca Cimarro, había anticipado que la comedia haría reír a todo el público desde principio hasta el final. No FUE así. Sólo hubo risas fáciles, pero menos de las esperadas. Las más fuertes sin duda fueron las de la “clá” -que esta vez tuve situada a mi espalda-, con la insufrible carcajada y el palmoteo falsos subidos de tono e intensidad.

El Brujo, magnífico. JUNTAEX
El Brujo, magnífico. JUNTAEX

UN BRUJO LUMINOSO

Rafael Álvarez “El Brujo” -autor, director, actor- ha vuelto al Festival con “Los dioses y Dios”, un nuevo monólogo, el quinto en el Teatro Romano, a partir de una versión libre del “Anfitrión” de Plauto, representada en la edición de 1996, donde fue intérprete en varios roles bajo la dirección de José L. Alonso de Santos. Una obra en forma de comedia de enredos, de juegos de dobles, apariencias y malentendidos, con los personajes tipo de la comedia latina, que trataba la historia de dioses clásicos que enamoraban a humanos: la de Júpiter que se hace pasar por Anfitrión (general romano) para seducir a la esposa de este con la complicidad de Mercurio.

En esta ocasión, El Brujo recupera la imagen de aquella obra dándole un giro a su contenido y forma con su estilo personal de lenguaje escénico, pero creando otra estructura de tragicomedia y una concepción del juego actoral que no se limita a la ilustración de los efectos cómicos -tanto del texto como del montaje que ahora son un ensayo esquemático y breve de lo que se representó- sino que se propone alcanzar paralelamente una reflexión espiritual profunda sobre las relaciones entre las divinidades y los humanos.

En esa reflexión vuelve a las raíces del género dramático testimoniando las más elevadas características del ser humano que remueve la conciencia y trasciende el plano de lo puramente moral y terrenal. Pues sabe que el hombre, como ente biológico, jamás ha aceptado la idea de su muerte física como muerte total. De Dios, del alma o de la inmortalidad no tiene patentes, pero su espíritu sí, porque este vive dentro de él. Tiene su conciencia, su libre albedrío, su capacidad creativa, artística, científica, su sensibilidad estética, su razonamiento y su evaluación ética. Esto quiere decir que el hombre universal, desde el momento que reconoce la vida como un valor supremo, está aceptando la existencia de un poder superior (el de una causa suprema de todas las causas). Y es así que surge el concepto Dios con cualquiera de los nombres con que queramos llamarlo.

José Manuel Villafaina, conversando con El Brujo en el peristilo del Teatro Romano.
José Manuel Villafaina, conversando con El Brujo en el peristilo del Teatro Romano.

En este sentido, la reflexión de la obra me pareció como otro capítulo más del discurso magistral de su anterior obra representada en el Festival hace tres años: Esquilo, nacimiento y muerte de la tragedia, investigación realizada en el antropomorfismo del mundo clásico griego y del oriente más antiguo, cuyas cuestiones más innovadoras sobre el teatro trágico y el sentido de la vida humana, que si bien se nutre de la tradición homérica tienen su mejor aportación en el conocimiento y la sabiduría espiritual de la cultura clásica hindú que El Brujo introduce influido por la doctrina Vedanta (expresada en el texto épico más antiguo del mundo, el Rig-Veda).

Siendo en Los dioses y Dios más concreto al tratar de evidenciar que los humanos son “inmortales” (dioses fraguados de una pequeña porción de la energía de Dios en sus pasatiempos), toda vez que en el pensamiento clásico el hombre no es el cuerpo, es el alma, que es lo que a su vez le da “vida al cuerpo y a la naturaleza”. Ideas coordinadoras de la función que El Brujo proyecta en el espectador como un ser lleno de luz, desde la energía que emana del corazón, que representan la esencia del Bhagavad Gîta, uno de los textos clásicos más profundos y sabios de la humanidad, considerado sagrado para la mayoría de los hindúes (que forma parte de su literatura épica Majabharata, atribuida al mítico Viasa, sin saber los siglos a.C.).

El espectáculo, que dura más de hora y media, es la ceremonia de El Brujo, actor/rapsoda moderno (luciendo un frac blanco y una camiseta verde) sin más escenografías que el monumento de fondo, con un pequeño proscenio en la orchestra cubierto de una alfombra roja, donde se sitúa en un extremo el músico Javier Alejano, que subraya con precisión los matices a chispeantes gestos y refulgentes sentencias metafóricas. Son los únicos elementos escénicos usados (aunque a veces el actor se mueva explícito por el largo y ancho escenario romano), en los que se van a justificar la esencia grecolatina y las ideas de cómo se transcribe la obra a nuestra realidad de hoy, de su intencionalidad moral y espiritual.

En la interpretación, vemos su ya clásico espíritu juguetón -cada vez más depurado- en hilos argumentales cargados de anécdotas e improvisaciones llenas de guiños cómplices, chistes, guasas desde las que hace un repaso a la sociedad actual, pero en los que parece que no sabe ni él mismo cuando empiezan y terminan (el prólogo y el epílogo aquí duran más que lo que pretende representar sobre “Anfitrión”). Eso sí, todo logrado con la autoridad teatral y calidad expresiva de ser el mejor histrión español.

El público que le sigue se lo pasa en grande con tal festín de esplendores cómicos, poéticos, literarios, filosóficos, religiosos. El revulsivo teatral llega hasta el intelecto de los espectadores, que terminan muertos de la risa o fulminados por la catarsis, o de ambas cosas, según el nivel de modalidad ignorante o culta que tenga sobre los clásicos.

(José Manuel Villafaina Muñoz es licenciado en Arte Dramático, actor, director, autor, profesor y crítico teatral, con una trayectoria profesional de más de 50 años).

SOBRE EL AUTOR

José Manuel Villafaina, un profesional integral del teatro, nuevo colaborador de PROPRONews

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