2020, teatro a pesar de la Covid y de todo lo demás

El balance teatral del año en España y en Extremadura tiene saldo positivo en medio de tantas dificultades

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Justicia
Justicia

El año 2020 ha sido dificilísimo para el mundo de la cultura a causa de la epidemia de coronavirus y de las restricciones impuestas. Uno de los sectores gravemente afectados ha sido el teatral, que ha padecido cierres de locales y alteraciones de todas clases. Pese a todas las dificultades, sin embargo, tanto en España como en Extremadura han seguido realizándose actividades escénicas, festivales y muestras, con resultados desiguales, pero con producciones muy dignas. La conclusión es que, a pesar de todo, el teatro ha seguido y sigue vivo en nuestro país.

José Manuel Villafaina Muñoz.
José Manuel Villafaina Muñoz.

Aunque el gran protagonista del 2020 ha sido el Covid-19, que ha dejado perjudicado al sector cultural y al teatral en concreto, en el país han podido mostrarse valiosos espectáculos montados este año. Pongo el ejemplo de “Justicia”, un valiente texto de Guillem Clua que reflexiona sobre la realidad política catalana actual, influenciada por las luces y las sombras del pujolismo (que recibió magníficas críticas y el Premio Nacional de Literatura Dramática), representado por el Teatro Nacional de Cataluña, bajo la dirección de José María Mestres, con un potente reparto encabezado por José María Pou y Vicky Peña. Igualmente, en Festivales, Muestras, Ferias y en redes teatrales que se pudieron hacer -desde la fase de desescalada en junio-, con dificultades y mejor o peor trato en el protocolo de seguridad sanitaria, circularon otros espectáculos exitosos.


Justicia”, un valiente texto de Guillem Clua que reflexiona sobre la realidad política catalana actual, influenciada por las luces y las sombras del pujolismo.


En este año diferente, de pandemia asesina que en su mayor parte nos ha tenido recluidos y limitados, sólo pude asistir a tres de los eventos extremeños permitidos. También vi algunas representaciones de la red teatral por los pueblos.

FESTIVAL DE TEATRO CLÁSICO DE MÉRIDA

De los eventos, estuve en el 66º Festival de Teatro Clásico de Mérida, una edición reducida a cinco espectáculos en el Teatro Romano, en la que destacaron “La comedia de la cestita”, versión libre de Pilar G. Almansa sobre “Cestellaria” de Plauto, realizada con buena dosis de humor por la compañía andaluza GNP Producciones / Clásicos Contemporáneos, y “Cayo Cesar”.

Cayo César
Cayo César

“Cayo Cesar” es drama original del extremeño Agustín Muñoz Sanz, un montaje creativo realizado por la compañía cacereña Atakama Creatividad Cultural. Ambos espectáculos y el Festival ya fueron comentados en este medio (véase Una edición mediocre montada con calzador”: 66º Festival de Mérida: una edición mediocre montada con calzador).

FESTIVAL DE TEATRO CONTEMPORÁNEO DE BADAJOZ

Otro evento, el 43º Festival Internacional de Teatro Contemporáneo de Badajoz, fue una edición más que sigue produciéndose -desde hace tres años- entre la calidad y los desbarajustes organizativos. Estuvo reducida a catorce espectáculos y siguió abandonada de políticos culturales (el presidente Fernández Vara nunca viene a este importante evento, solo se le ve, sacando pecho, en el Festival emeritense de Cimarro), de artistas (apenas asistieron las compañías profesionales y de aficionados que son abundantes en la región), de espectadores (su asistencia fue la más baja de la historia del Festival) y de medios informativos (el Festival pareció no haber existido en los periódicos).


Cayo Cesar”, drama original de Agustín Muñoz Sanz, un montaje creativo realizado por la compañía cacereña Atakama.


La selección de obras fue buena en general. Entre ellas destacaron “El viento salvaje”, por la compañía Las niñas de Cádiz, original pieza tragicómica montada -en verso y en varios códigos teatrales- sobre un relato universal de la suerte, buena y mala, de las personas, y “Napoleón o el complejo de épico” por la compañía portuguesa Do Chapitô, delicioso juego creativo con la épica convertida en un recurso irónico para las desventuras históricas de Bonaparte en su afán de conquista y ambición bélica. Ambas, magníficamente interpretadas por sus respectivos elencos. No hubo ningún espectáculo extremeño sobresaliente.

MUESTRA IBÉRICA EXTREMEÑA

Y la V Muestra Ibérica extremeña (MAE), inferior que las de años anteriores por las limitaciones, que ha servido de poco a su objetivo de querer «promocionar el teatro profesional» de todas las compañías participantes. Una controvertida feria, paternalista (de las que parece que hay que hacer para dar de comer…), que no ha convencido a muchos de los artistas asistentes por su vacío estructural, máxime en la anormalidad que ha supuesto la escasa asistencia de programadores y la falta de un público usual que mayormente fue excluido.


“El rey del humo”, una luminosa metáfora de la condición humana que parte de un talentoso monólogo escrito e interpretado por el extremeño José Antonio Lucia.


No obstante, en su restringida programación de 14 compañías (8 de Extremadura, 2 de Andalucía, 1 de Madrid, 1 de Castilla/León y 1 de Portugal), esta vez, se ha notado una mejorada calidad en los espectáculos. Pero, este ligero alivio estético para este crítico, que ha asistido a todas las «Muestras» celebradas, cuenta poco a la hora de valorar lo esencial del evento, que sigue fallando, convertido solamente en el paripé de esa pequeña «feria» de teatro, un simple evento con un planteamiento comercial erróneo que da lugar a oportunismos y especulaciones, sobre todo en lo competitivo entre las producciones de aquí y de otros lugares (véase comentario de la anterior Muestra “Otra edición más de rutina caótica para un simple evento comercial”: La IV Muestra Ibérica de Artes Escénicas, una “feria teatral”). Y por tal razón tengo que seguir poniendo en tela de juicio la falta de orientación de los organizadores -Centro de Artes Escénicas y de Música (CEMART) y Asociación de Gestores de Extremadura (AGCEX)- y de sus sombras, sospechosas de intereses y de partidismos en el embrollado mercado teatral, que levantan cada año más desconfianza y hastío en solventes compañías de la región que, teniendo valiosos espectáculos, nunca o pocas veces han sido seleccionadas (de las 41 que optaron por participar sólo fueron elegidas).

Y más que nada, porque estos responsables reinciden aniquilando -con toda su maña recalcitrante- las posibilidades existentes de recuperar un modelo de Muestra que, además de la feria (que por razones de promoción y de presupuesto podría ser más prolongada y exclusiva para la participación de funciones extremeñas), pueda desarrollar paralelamente acciones y debates que sirvan para tratar los problemas y soluciones del teatro regional como logro conjunto de los artistas y de las instituciones.


«Palabras encadenadas«, asombroso nivel de interpretación en una pieza muy atractiva del dramaturgo barcelonés Jordi Galceran.


Insisto porque sería importante volver a pensar en el modelo de Muestra eficaz que necesitamos. Hace tres años sugerí la prioridad de hacer un debate sobre el tema. Hace dos, lo mismo, sobre una infumable Ley de las Artes Escénicas extremeña (que la ignorancia de la entonces Consejera de Cultura Leire Iglesias y su equipo querían aprobar con premura sin debatir debidamente). Y el año pasado denuncié lo nefasto que resultó que esta Muestra superase en número de producciones al evento más importante y antiguo que tenemos en Extremadura, el Festival Internacional de Teatro Contemporáneo de Badajoz, últimamente convertido en Muestra, dándose con ello el error de tener dos eventos con características teatrales afines. Por lo que también sería necesario aclarar -con especialistas- lo que se debe entender hoy por un festival y por una muestra.

A estas alturas, después de cinco ediciones, creo que esta Muestra necesita orearse y que entre aire fresco, ideas adecuadas a sus objetivos fundacionales y regeneración de procedimientos, estructuras y programaciones. En fin, un cambio que pueda significar el paso adelante del evento que lo coloque -como en otro tiempo- en un lugar preeminente de las Artes Escénicas extremeñas.

De los participantes, ninguno causó esta vez decepción. Destacó “Katana” de la compañía madrileña Viejas Promesas, espectáculo inquietante -metáfora de Edipo contra Saturno basada en hechos reales- sobre un adolescente desnaturalizado que mata a sus familiares con una espada regalada por el padre. El montaje está perfectamente estructurado en un gran trabajo de tres actores que se desdoblan. Y entre los extremeños dos excelentes espectáculos, que comento.

El rey del humo
El rey del humo

“EL REY DEL HUMO”

“El rey del humo”, una luminosa metáfora de la condición humana en los bajos fondos, producida por la compañía Glauca (de Puebla de la Calzada), en colaboración con la compañía Tras el Trapo Teatro (de Jerez de la Frontera), es un espectáculo que parte de un talentoso monólogo escrito e interpretado por el extremeño José Antonio Lucia, representado con éxito en la sala alternativa La Quemá de la compañía jerezana. Y que, después, fruto de una alianza -extremeña y andaluza- de trabajo teatral intenso de creación colectiva y ensayo, que acabó en un nuevo espectáculo, bajo la dirección artística de Gaspar Campuzano (de La Zaranda).


El presidente Fernández Vara, que solo saca pecho en Mérida, tampoco asistió al Festival de Teatro Contemporáneo de Badajoz.


Por lo que el monólogo fue moldeándose y reescribiéndose durante el montaje, que se ha enriquecido con ese lenguaje estético de la mítica compañía andaluza y con dos nuevos personajes. Una recreación definitiva de un texto que ha asombrado por su inquietante y luminosa metáfora de la condición humana del relato de Lucia, que trata -en el espacio de un burdel pobre y desgastado de nombre «El rey del humo»– las intimidades de una madame, una prostituta y un cliente rufián. Tres personajes «perdedores» de los bajos fondos endurecidos por el dolor, que -insobornables- se ríen de sí mismos y se entregan sin miedo a la vida que les tocó vivir, perdidos en el delirio en busca de redención.

El montaje de Campuzano, tiene el aire inconfundible de La Zaranda, que sumerge sus raíces en el esperpento de Valle-Inclán y el teatro del absurdo de Beckett, implícitos en la historia del prostíbulo, de gentes allí enterradas y de las represalias maniobradas por «sombras» que sobre ese pasado -de memoria histórica- les acechan, con una multiplicidad de sentidos, significaciones, referencias y resonancias, que el director andaluz ha sabido aprovechar buscando la sonoridad de las sentencias cortas más incisivamente cómicas, arrojadas como estiletes, para remarcar un universo de ideas de indudable interés a nivel reflexivo.

En la puesta en escena, Campuzano, fiel a su estilo, maneja con gran soltura el espacio, de una parquedad de medios un tanto ajustada -en la que se hacen notar unas apremiantes maniquíes planas que representan a determinadas prostitutas del burdel- donde consigue excelentes instantes de plasticidad y juego teatral su conjunto y en las interpretaciones de los tres actores que se cruzan, se interpolan y se ayudan dibujando la escena en perfecta armonización con luces y sonido (de Javier Padilla), capaces de crear una atmósfera poética -de humor y dramatismo- y de sensaciones con las que el espectador se siente identificado. Todo con el sentido rítmico de la composición global con eco de liturgia que contribuye al magnífico climax con que transcurre la representación.

En la interpretación, los tres actores realizan ese trabajo encomiable de dinamismo, organicidad y vibraciones inéditas, que admiten con pleno sentido tanto el humor grotesco como las pasiones extremas, en un apasionante viaje por los abismos de la creación. José Antonio Lucia está soberbio -con gran autoridad escénica y energía de su voz en todos los registros- en el rol de Caramelo, un canalla borrachín, pero de jerga simpática, que se cree rey del burdel y capaz de enredar en los problemas del miserable barrio. María Duarte (la Pelambre, prostituta) y Ana Oliva (la Rajina, madame) son actrices que ponen toda su intensidad y emociones en sus personajes del prostíbulo, tanto en situaciones cómicas (donde se enzarzan tirándose de los pelos), como en dramáticas monologando sobre sus desgracias (la de la abuela Julia enterrada en el local y de una hija desaparecida). Ambas, resaltando su espíritu contestatario, sobre lodo la Pelambre -que «no se calla nunca»-, con ganas de escupir a la sociedad y al ser humano la verdad de sus miserias a la cara. Y todos, con la riqueza de matices expresivos de desdoblamientos en roles de sepultureros o de jueces y víctimas de un proceso a esas «sombras», del pasado y presente, que no los dejan tranquilos.

Palabras encadenadas
Palabras encadenadas

“PALABRAS ENCADENADAS”

En «Palabras encadenadas«, se da un asombroso nivel de interpretación. Se trata de una pieza muy atractiva del dramaturgo barcelonés Jordi Galceran -que recibió el XX Premi Born de Teatre-, montada con éxito por varias compañías profesionales y vocacionales del país, desde que fue escrita en 1995 (también fue llevada al cine en 2003). En Extremadura, el espectáculo ha sido producido por SoloMúsica Teatro (de Don Benito), bajo la dirección artística de Domingo Cruz.

La pieza ofrece la curiosa historia de un ex-marido (Ramón, funcionario) que secuestra a su ex-mujer (Laura, psicóloga) y la encierra en una especie de sótano aislado donde -desde el comienzo- le hace creer que es un psicópata asesino en serie y que ella es su próxima víctima. Pero la trama se recrea con las relaciones de estos dos únicos personajes, en cuyo juego no sólo existe la tortura física sino también la psicológica (por parte de ambos).

No profundiza demasiado en la oscura condición humana de los psicópatas, en esos límites entre locura y cordura que todavía son difíciles de discernir en la psicología forense; y aunque el personaje de Ramón presenta los «síntomas» de la mayoría de los psicópatas, de apariencia normal, de que no son delincuentes, sino sujetos que gracias a su encanto y habilidad para manipular, engañan y arruinan la vida de todos aquellos que se asocian personal y profesionalmente con ellos, al final de la trama se llega a cometer el crimen, que más bien parece -en su complejidad- el de la venganza de un ex-marido despechado.

El mayor acierto está en la gran capacidad que tiene el autor para construir -con diálogos hábiles- sorprendentes escenas de tensión y misterio, dosificando los develamientos que nos permiten ir conociendo los ásperos vínculos de los personajes. Un poco como en el juego que hacen, de vocabulario y memoria (que sirve para titular la pieza), en las que las líneas argumentales de las escenas giran y se quiebran, encadenando el final de una con el principio de la precedente, avanzando siempre en paraderos inesperados, en los que tanto Laura como Ramón van cambiando los papeles -dispuestos a jugar hasta el límite-, buscando la verdad, que sólo aparece mezclada con mentiras y recuerdos de unos hechos crueles.

La puesta en escena, de Domingo Cruz, responde fielmente a las ideas del texto, por caminos estéticos del realismo veraz. Logra un montaje intensamente teatral -efectivo en su conjunto, en su valoración global- de esa indefinición sobre la línea que separa la comedia del drama, que hacen transitar la obra por la vía del suspense. Maneja conforme los resortes dramáticos que impregnan de atmósfera claustrofóbica un austero lugar enrejado (diseño escenográfico de Diego Ramos, con luminotecnia de Fran Cordero y sonorización de Álvaro Rodríguez), imprimiendo un juego escénico centrado en los personajes -que son los que construyen la historia- palpitante de encuentro dialéctico continuo y de imágenes exasperantes y agresivas, que aspiran a golpear la sensibilidad, confiando en la reflexión del espectador.

Las interpretaciones de David Gutiérrez (Ramón, el «psicópata») y Beatriz Rico (Laura, la psicóloga), que mantienen la intriga, la tensión y la curiosidad del público -cuando en escena solo hay dos actores- son asombrosas. Son dos actores entregados que dan lo mejor de sí, exhibiendo naturalidad, garra dramática, buen timbre de voz y verosimilitud en sus cálidos roles. Gutiérrez vuela a gran altura con un certero instinto teatral, mostrando pericia y seguridad dramática en los momentos de generar incertidumbre, matizando en su personaje la violencia cuando el encanto, la manipulación, las amenazas y la intimidación no son efectivos para lograr sus propósitos. Rico, impecable de matización y de compostura del personaje, da fenomenal réplica artística a Gutiérrez sujeta a su destino de víctima que sabe infringir psicológicamente tanto dolor como el verdugo.

(José Manuel Villafaina Muñoz es licenciado en Arte Dramático, actor, director, autor, profesor y crítico teatral, con una trayectoria profesional de más de 50 años).

SOBRE EL AUTOR

José Manuel Villafaina, un profesional integral del teatro, nuevo colaborador de PROPRONews

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