Si regresáramos al futuro que tuvimos…

Ahora nos aferramos a lo efímero sin saber exactamente por qué; al presente instantáneo, a la fugacidad, a la intención momentánea

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Sigue tus sueños

Cuando hace unos días, entre charla y café, necesité compartir con un compañero los proyectos para el futuro, nuestras previsiones, me acalló al responderme que para él y para lo que representa, incluso para su actividad profesional, sólo vale mañana, es decir, unas horas después del presente; más allá, nada.

La vida actual no invita a pensar. No se dan las circunstancias vitales que nos permiten retirarnos y tomar distancia (Peter Sloterdijk).

Gregorio González Perlado
Gregorio González Perlado

Entonces, ¿qué? ¿Nos aferramos a la memoria del pasado como único argumento? Porque el futuro está roto. O acaso porque disponemos de una sola certeza: el presente; en ningún caso continuo, sino el presente instantáneo.

Recuerdo que en una espléndida película de Ladislao Vajda, El cebo, la madre mostraba al padre su preocupación porque su hija de no más de diez años nunca se refería a su futuro con la frase tópica “Cuando sea mayor”. La niña, consciente de lo incierto, siempre decía “Si soy mayor”. Consciente y lógica.

Y sucede que, hace unos años, sin apenas darnos cuenta alcanzamos una nueva era, un tiempo condicional en el que resulta vano proyectar los ojos al horizonte y, en su vastedad, escudriñar el futuro, porque, como la niña de Vajda, estamos ligados a la duda. Nada de cuanto acontece es ajeno a nuestra culpa. Al fin y al cabo, si las cosas son como son, si lo que no pudo ser ya es imposible, si el presente es como lo vestimos con nuestra mirada, si la ambición ha podido más que la lógica, resulta consecuente suponer el futuro como un peregrinar por un campo de ortigas.


Como soldados obedientes a la orden, tuvimos oportunidades para sobrevivir a la estanqueidad del presente. Pero no lo supimos.


Durante años de falsaria bonanza fuimos invitados a acomodarnos en el derroche, permanecimos desocupados por un presente que supusimos continuo, en el que resultó inútil mantener encendida la razón en la niebla de la noche, innecesaria la cultura en tiempos de vacuidad, ajena la ideología. Como soldados obedientes a la orden, como cigarras de cantos diurnos, tuvimos oportunidades para sobrevivir a la estanqueidad del presente, para modelar la armonía del futuro. Pero no lo supimos.

Fue nuestra la capacidad de decidir y hoy se antoja extraviada. Pues ahora nos aferramos a lo efímero sin saber exactamente por qué; al presente instantáneo, a la fugacidad, a la intención momentánea. No creemos en algo más allá de nosotros mismos y a cuantos seres no conocemos, les suponemos extranjeros. En consecuencia, esquivamos sus palabras, eludimos el contacto por temor a sus actos. Estrechamos el círculo de nuestras pasiones, no amamos más allá de nuestro pequeño hogar y nos abrumamos con el amargo sabor de las malas noticias: cuanto necesitábamos de los que dijeron conducirnos hacia los verdes campos del Edén, cuanto contuvimos de sus mesiánicas promesas, ha terminado convirtiéndose en un campo de ortigas.

LOS DESPOSEÍDOS

Y el futuro parece haberse roto entre nuestras manos, como una delicada porcelana. Y cada día, en este planeta azul que para millones de seres humanos se ha vuelto gris, un desconsolado tropel de desheredados por el primer mundo pasa a engrosar la congregación de los desposeídos de un derecho natural y laico, el asilo, en tanto otra multitud pierde su derecho de ganar el pan con el sudor de su frente. Y sus hijos, y los hijos de sus hijos, como la niña de Vajda, tan conscientes de lo incierto como ella, dicen “Si soy mayor” cuando se les pregunta por su futuro.

Como mi compañero de charla y café que no alcanza a proyectarse más allá de mañana, millones de seres humanos han asistido en el pretérito más cercano a la desolación del abismo, al extravío de un porvenir que hasta entonces consideraron posible. Porque tenemos que ver, ciertamente, cómo vamos a salir de los problemas de mañana. Y porque sabemos [o deberían saber quienes dicen haber sabido hasta ahora] que este presente instantáneo puede resultar tan insoportable como aquella oscura levedad del ser divulgada por Kundera. Pero los que hasta hace poco aseguraban haber sabido, los que se jactaron de separar las aguas del Jordán para llevarnos a la tierra prometida, hoy ocultan sus dejaciones bajo la faltriquera de sus rancias ambiciones, desmoronadas día a día sobre un parqué que antes fue suyo y ahora se convierte en espuma bajo sus pies.

En consecuencia, hoy únicamente me siento capaz de escribir en primera persona del plural y subjuntivo, siempre en condicional: Si alcanzáramos a ser adultos algún día, si pudiéramos modificar cuanto vivimos; si, en fin, fuéramos solidarios. Si nuestros actos robasen al presente su destrucción inexorable. Si regresáramos al futuro que tuvimos…

(Gregorio González Perlado es periodista y escritor).

SOBRE EL AUTOR

Gregorio González Perlado, un gran periodista y poeta, se incorpora al equipo

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