Memoria histórica

Persisten todavía entre nosotros seres para quienes la memoria colectiva es manipulable; la historia, también

118
Cuelgamuros, el mausoleo del franquismo.
Cuelgamuros, el mausoleo del franquismo.

Existen hombres para quienes la memoria elige sus descuidos, dadlo por cierto. Su memoria es subjetiva; la historia inscrita en ella, también. Su recuerdo es cuestión incierta, tanto como visibles pueden llegar a ser sus tendencias, sus inquinas, sus hostilidades.

Gregorio González Perlado
Gregorio González Perlado

Un ser humano equilibrado callará con prudencia cuanta alusión al pasado perjudique a los que, en la misma senda de una ciudad común, no piensen como él. Y, aunque fuera diferente a la suya, respetará su memoria. Una persona que acostumbre a manipular y a engañarse, a la sinrazón del poder, al estertor como arma, a la autarquía, pretenderá intimidar con el engaño y, aunque se encuentre en minoría, al cabo impondrá su dictamen al medroso, nunca al audaz.

Persisten todavía entre nosotros seres para quienes la memoria colectiva es manipulable; la historia, también. Por ello y frente a ellos, uno y otro concepto, aunque sinónimos, han optado por asociarse y hacer justicia a cuantos en el pasado fueron extraviados de los libros, del recuerdo y del aprendizaje, hurtados de nuestros gozos y nuestras sombras. Han decidido blindar su unión para que cese el engaño de los manipuladores que escriben sus crónicas con renglones torcidos. La Memoria Histórica existe para que los nombres de cuantos padecieron la voz de mando, el palio y el fusil, el destierro, el yermo y la guadaña, sean capaces de reencontrar su dignidad y su penacho. Existe para que todos, de uno u otro bando, la ejerzamos y exijamos su cumplimiento. Con absoluto derecho y en pleno uso de mis facultades, así lo demando a quienes hicieron la ley y a los que, con camisa azul o naranja, comparecen como representantes del pueblo en las instituciones democráticas.


Este país ha reencontrado a los muertos innominados por el odio y ello desazona a los hombres de azul, a los hijos del silencio complaciente, herederos de un tiempo sin vendimia.


Este país ha reencontrado a los muertos innominados por el odio y ello desazona a los hombres de azul, a los naranjitos del silencio complaciente, herederos de un tiempo sin vendimia. Este país dispone al fin su memoria sin trampas ni arcabuces, reescribe su historia turbulenta y la revela. En justicia. Y con ello se hace libre. Quienes no entienden ni aceptan que el aire huela a limpio, continúan emponzoñado la atmósfera con sus eructos ácidos, enrareciendo los ámbitos con sus ultimátum y retardando los empeños de quienes, ahora, reivindicamos a cuantos extravió la vergonzante ‘historia’ mal contada.

Nuestros actos se han encontrado amenazados por sus tretas; nuestra libertad, por sus excesos. Pero no hemos perdido la voz y ello les irrita, tanto que han ocupado sus artimañas en procurarnos el desánimo. Habremos de reconocer que tiempo atrás estuvieron a punto de alcanzar su objetivo, de que abandonásemos la contienda en el cuarto round, por impotencia. Su forcejeo puso en peligro de derribo a nuestras almenas libertarias, pero al final hemos sabido sobrevolar sus escombros, desprendernos de sus tirrias y elevar el vuelo para rematar la cumbre, más alta todavía. En verdad que ello, ahora y con el Valle ya casi Caído, ha enervado aún más sus voces de imposturas, las aguardo, pero nosotros tenemos la certeza del baluarte -reavivado, recrecido ante sus fobias- y el amparo de la ley. Quienes existen para hacerla cumplir, así lo deben garantizar. Quienes ocupan la mayoría en las instituciones del pueblo habrán de respaldar nuestra libertad, tranquilizarnos.

Una de las víctimas de aquella ‘historia’ mal contada que nos impuso el pretérito fue Miguel de Unamuno, uno de los más notables librepensadores que parió España. Él dejó escrito en su ensayo ‘Sobre el rango y el mérito’: “Los que más temen a los innovadores, a los que modifican leyes e implantan otras nuevas, son los que tienen que aplicarlas. Les sacude la pereza mental y les quebranta la rutina”.  ¿Lo entendéis?

(Gregorio González Perlado es periodista y escritor).

MÁS SOBRE EL AUTOR

Gregorio González Perlado, un gran periodista y poeta, se incorpora al equipo

ÚLTIMOS ARTÍCULOS

El egotismo descarnado

Enjambre de milagros

Escribir, una manera de actuar contra el olvido

Polvo de estrellas

La compostura

Sangre roja

El bramido de Poseidón

Obispos maléficos

Mendacidad