Llamadme oportunista…

…pero me llena de orgullo y satisfacción escribir este artículo sobre el Rey Emérito.

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El Rey Emérito en una de las corridas a las que suele asistir. RTVE
El Rey Emérito en una de las corridas a las que suele asistir. RTVE

Ha sido leer el titular de Diario Público –Juan Carlos I, en su burbuja tras el caso Corinna: “Me encanta ir donde haya buenas corridas”– y venirme a la cabeza, como a media España, el chiste. Saben aquel que dice… eran dos amigos y va uno y le comenta al otro: “donde se ponga una buena corrida, que se quite el fútbol” .Y el otro: “hombre, donde se ponga una buena corrida que se quiten los toros”. Un titular para, quitarse el sombrero, dar varias vueltas al ruedo y cortar orejas, rabo y lo que se ponga por delante, siguiendo con la terminología taurina.

La periodista, con su perro Killer
La periodista, con su perro Killer

Seguro que la ocurrencia corresponde a algún becario, ¡ay, qué sería de la prensa veraniega sin los becarios! Tan surrealista me parecía el enunciado que dudé si iba en serio o era una broma como la de El Jueves, que aseguraba que a Don Juan Carlos lo había abandonado su familia en una gasolinera. Y es que la monarquía no me va, pero he de reconocer que da para muchos chascarrillos. Es un consuelo. Plebeyo, pero consuelo.

Claro, que puestos a elegir, yo prefiero que nuestro emérito lo pase bien retozando en la cama, o apoyado contra una pared, que en la tribuna de los toros, porque no le veo la gracia ni el arte a masacrar un bello animal para placer y disfrute del respetable, que dicho sea de paso me parece poco respetable si se divierte con eso.


“Estar donde haya buenas corridas” es un asunto que no es exclusiva real y nos encanta a todos, aunque no lo vayamos pregonando por ahí.


Pero lo de meterme inocentemente con el rey, sea emérito o actual, es que me pirra, porque además de antitaurina soy antimonárquica, y, por las mismas razones, las considero tradiciones obsoletas que nada pintan en el siglo XXI; pero, en fin, lo que tengo que reconocer, insisto, es que dan mucho juego para la broma y el repateo (los reyes aclaro, los toros, no).

Por ejemplo, cuando se anunció en la prensa formal que, según comunicaba Zarzuela, Juan Carlos no iba a Palma de Mallorca a dar el cabezazo institucional y hacer el paripé de que la familia que vacaciona unida permanece unida, porque tenía “una lesión en la muñeca derecha que le había generado problemas musculares en la zona cervical y lumbar y afectaba a sus desplazamientos”, y ahí apareció, al rato, el hombre, empinando el codo en agradable compañía en un restaurante de Madrid. Quizá sea, no quiero pensar mal, que lo de levantar el codo era por prescripción médica, aunque no alcance a explicarme que al final del codo real, y empuñada con brío, estilo y precisión con la mano derecha, supuestamente floja, hubiera una copa de vino tamaño XXL. Puede ser, como apunta mi hermano, que estuviera entrenándose en el noble deporte de la “halteromuñequilla”.

El Rey Emèrito y Corinna Zu Sayn-Wittgenstein. RTVE
El Rey Emèrito y Corinna Zu Sayn-Wittgenstein. RTVE

ME TRONCHO

También me troncho cuando me lo figuro (con todo respeto, por supuesto) metido durante una hora en un coche para evitar a los paparazzis, lo que ocurrió el día que fue a Sanxenxo a una regata y no corrió el aire (no corrió el aire, ¿os habéis percatado del juego de palabras? Estoy ingeniosa hoy). Menos mal que ha reinado en una época en la que no hace falta que el monarca se sitúe al frente del ejército para defender el territorio (con hacer transacciones económicas es suficiente), porque me lo imagino en la Batalla de Lepanto, con lo gafe que es, y una servidora estaría escribiendo esto, ahora mismo, sudando la gota gorda enfundada en un burka, no digo más. Lo del otro día, al fin y al cabo, era un barco de competición; no sopla el aire, no se compite, hay alternativas, comamos y bebamos. Es una más de las nobles funciones de un rey emérito, además de inaugurar congresos, cazar, practicar deportes pijos y “estar donde haya buenas corridas”, asunto, por cierto, que no es exclusiva real y nos encanta a todos, aunque no lo vayamos pregonando por ahí.

Las peripecias de Juan Carlos I, el errante, y que Marhuenda, uno de sus más rendidos súbditos, asegure sin rubor que es feminista, es lo más divertido que he leído este verano. Olé y olé la monarquía. ¡Larga vida al rey!

(Elisa Blázquez Zarcero es periodista y escritora).

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