El Festival de Mérida 2019, un fraude colosal

Los autores clásicos grecolatinos brillan por su ausencia y algunos espectáculos llevan estrenados un año

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Primer estreno y una pregunta, ¿de verdad es esto teatro clásico grecolatino? RTVE
Primer estreno y una pregunta, ¿de verdad es esto teatro clásico grecolatino? RTVE

Debería celebrarse en cualquier otro recinto que no fuese el Teatro Romano y debería llamarse simplemente Festival de Mérida, sin atribuirse la condición de Clásico y mucho menos de Grecolatino, dos facetas de la identidad y la esencia de un evento cultural antaño prestigioso pero que su director y adjudicatario actual (no olvidemos que para él prima ante todo el negocio) ha degradado al nivel de un encuentro populachero, en cuyo programa de 2019 las obras clásicas grecolatinas, así como las internacionales, brillan por su ausencia y en el que “se presentan” espectáculos que llevan un año en cartel. En suma, un fraude colosal y una burla a los confiados espectadores.

Diez minutos de aplausos al final del espectáculo no justifican el fraude del estreno del (mal llamado hoy) Festival Internacional de Teatro Clásico Gregolatino de Mérida. Jesús Cimarro es un experto en suscitar el aplauso fácil y él, como cualquier crítico avisado, sabe perfectamente lo sencillo que es conseguirlo. No vamos a entrar en la reseña de la “ópera” Sansón y Dalila con el que se ha abierto la edición 65ª del Festival y que, excepto brillantes ráfagas dispersas y salvando la encomiable actuación de algunos intérpretes y de la orquesta y coro extremeños, tan deficiente ha resultado en opinión de críticos independientes.


Solo hay en la programación una obra clásica, pero adaptada por un poeta no por un dramaturgo.


En esta información pretendemos demostrar con hechos y pruebas que el Festival de Mérida se ha convertido en un evento irrespetuoso con su esencia histórica (Clásico Grecolatino) y con el espacio donde se desarrolla (el Teatro Romano de Mérida, entre otros espacios históricos extremeños), de manera que ha llegado a tal punto de degradación populachera y de traición a sus orígenes y trayectoria que los responsables “culturales” del asunto deberían hacérselo mirar. Si el Festival de Mérida (o de Cimarro) se celebrase por ejemplo en el estadio del Mérida C. F., y no costase lo que cuesta (30 millones para el próximo cuatrienio), no tendríamos nada que objetar. Pero esta actividad pensada a mayor gloria del negocio de un señor, Cimarro, que busca el aplauso fácil del respetable con el que satisfacer bobaliconamente a los responsables políticos y cebar los consabidos argumentos de “éxito de taquilla” y “éxito de público”, debería inscribirse –y no lo hace, sino todo lo contrario- en la trayectoria de un evento de alto prestigio internacional que ha llegado hasta aquí gracias al esfuerzo muchas veces desinteresado de sectores y nombres señeros de la cultura extremeña y española de las últimas décadas, que debe atenerse a la identidad que lo hace reconocible a nivel mundial y, puesto que está financiado con dinero público, que debe ser administrado con el máximo rigor.

¿DÓNDE ESTÁN LOS CLÁSICOS GRECOLATINOS?

Según el testimonio de expertos y gentes del teatro extremeño y español, “de las nueve producciones programadas para la edición de 2019 en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida (que ya no se define como Grecolatino y que tampoco es Clásico ni Internacional) sólo dos tienen teóricamente autoría clásica, Antígona, que se estrena el 19 de Julio, y Prometeo, que se estrena el 24 del mismo mes.

* Antígona, que suponemos es la Antígona de Sófocles, sin embargo es un ballet coreografiado por Víctor Ullate, no una obra de teatro. Por lo tanto, no es un clásico sino que solo toma el título –he ahí la trampa, como en otros casos- de la tragedia clásica.


El Dionisio que se “estrena” en Mérida, se estrenó en realidad el 1 de agosto de 2018 en el Teatro Romano de Málaga.


* Prometeo, de Esquilo, en versión de Luis García Montero, es el único que responde a lo que es un clásico griego. La única duda antes de su estreno estriba en que Luis García Montero, director del Instituto Cervantes, es un gran poeta pero no se le conoce precisamente por sus dotes de dramaturgo. Ya veremos cómo sale del embolado.

* Sansón y Dalila, el espectáculo que ha abierto el Festival, es una ópera de Camille Saint Saens (siglo XIX), luego tampoco es de autor clásico grecolatino.

* Viejo amigo Cicerón, es un texto del dramaturgo contemporáneo Ernesto Caballero, por tanto, nada que ver con el teatro clásico de autor grecolatino; como tampoco lo es

* Pericles, príncipe de Tiro, de William Shakespeare (siglo XVII).

* Metamorfosis, de Mary Zimmerman (siglo XXI), es una recopilación de mitos y leyendas de Ovidio, nada que ver, tampoco, con el teatro clásico grecolatino.

* La corte del Faraón, de Guillermo Perrín, Miguel de Palacios y Vicente Lleó, es una zarzuela del siglo XX.

* Tito Andrónico, es de William Shakespeare, (siglo XVII).


El Festival, que ha dejado de ser clásico grecolatino, tampoco es internacional, pues no incluye ni un solo montaje proveniente de fuera de España.


UN DIONISIO VIEJO DE UN AÑO

* Dionisio, que hemos dejado para el final porque merece comentario aparte, aunque sea la cuarta obra en cartel, con “estreno” el 16 de julio, es en realidad, a pesar de su equívoco título, un ballet flamenco de los que nos tiene acostumbrados Rafael Amargo, que está muy bien pero que viene a Mérida ya muy visto. Lo tremendo de este espectáculo en el Festival no solo es que tampoco es una obra de teatro clásico grecolatino, sino que ni siquiera es un estreno. La programación del Festival miente cuando presenta este Dionisio entre las “producciones para Mérida”, cuando en realidad se estrenó el 1 de agosto de 2018, es decir, hace casi un año, en el Teatro Romano de Málaga y paseado desde entonces por otros teatros romanos y por escenarios convencionales.

De la persona que figura como su autor –del “texto” se entiende- Rafael Moraira, nada se sabe en el mundillo teatral español, y es curioso que su nombre figura también en el reparto del ballet, como si además fuera uno de los bailarines o los músicos”. Tendremos ocasión de averiguarlo en próximas fechas.

Ni es clásico, ni es grecolatino, ni siquiera es internacional.
Ni es clásico, ni es grecolatino, ni siquiera es internacional.

En resumen, de los nueve espectáculos programados para el mal llamado Festival Internacional de Teatro Clásico Grecolatino de Mérida (de su enunciado solo es cierto que es un festival y que tiene lugar en Mérida, pues salvo la nacionalidad de algún intérprete, tampoco tiene nada de internacional) solo uno de ellos es una versión moderna de una obra clásica grecolatina, el Prometeo de Esquilo/Luis García Montero. Y, por si fuera poco, al menos otro de los “estrenos” tiene un año de antigüedad en los escenarios y ha recorrido ya toda España.

Todo ello representa, en suma, un fraude de tomo y lomo contra la esencia y la identidad clásica grecolatina del Festival, contra el nivel artístico histórico del mismo, contra su repercusión internacional –ni una sola compañía o espectáculo de fuera de España en la programación- y contra el sentido común y estético de por dónde debe ir la línea del mayor evento cultural que se celebra en Extremadura cada año; y una burla a todos los extremeños y a los confiados espectadores. Pero la justificación del “éxito de público” y del “éxito de taquilla” volverá a sonar un año más para engatusar los oídos de los ingenuos. Si la medida del éxito es esa, más consigue un encuentro de fútbol de Liga, y no digamos un “clásico” –que hasta los futboleros llaman de este modo a un Madrid-Barça y, por tanto, para los parámetros mentales del señor Cimarro podría jugarse en el Teatro Romano de Mérida- en un solo día.

(PRÓXIMAMENTE seguiremos informando sobre otros aspectos oscuros del Festival).

(José Mª Pagador es periodista y escritor, y fundador y director de PROPRONews. Su último libro publicado es la novela El Viaje del Tiburón – Caligrama Penguin Random House).

SOBRE EL AUTOR

José Mª Pagador y Rosa Puch, casi 100 años de periodismo

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