El Narayama del coronavirus

¿Hay que abandonar a los ancianos para que mueran y no ocupen UCIs ni causen gastos o pueden aspirar los mayores al triunfo de la Tercera Edad?

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Fotograma de la película
Fotograma de la película "La balada de Narayama".

Al comienzo de los años ochenta Japón nos envió una película, La Balada de Narayama, que ponía en evidencia la tragedia con la que una sociedad empobrecida al límite tiene de afrontar el retiro de los mayores. Su director, Shohei Imamura, nos transporta a una aldea montañosa de escasas riquezas naturales y aislada de cualquier otra forma de prosperidad comercial o agrícola, donde las familias tienen serios problemas para mantener en sus casas a las personas mayores cuando estas se han vuelto una carga para el hogar. Ahora, la actitud social y sanitaria con los mayores debido a la pandemia de coronavirus devuelve a la actualidad un tema de gran calado, que cuestiona diversos aspectos sociales, sanitarios, económicos y, sobre todo, éticos de nuestro mundo.

Xavier Moreno Lara
Xavier Moreno Lara

Collado Mediano, Madrid.-

Con un criterio que no tenía más respaldo que lo insuperable de las dificultades, se había impuesto allí la cruel realidad de que, llegado el momento en que el anciano dejaba de ser útil, la familia se libraba de aquella boca llevándolo al monte donde era abandonado… hasta la muerte por inanición. La película utiliza ese trasfondo para mostrar la radical diferencia que en aquel pueblo se daba en la forma de reaccionar de ancianos y sus familias ante lo ineludible. Los protagonistas son una anciana que exagera sus deficiencias para librar a los suyos de su plato en la mesa, adelantando así la hora de su abandono, y un viejo que se resiste a aceptar aquella anticipación de la muerte, que él ennegrece con una actitud de resistencia activa, aunque inútil.

Aquella película le valió a Imamura la Palma de Oro del Festival de Cannes de 1983, pero no la estoy evocando por su valor cinematográfico. Me sirve, con la fuerza de su originalidad, en mi búsqueda de un punto de apoyo histórico/cultural desde el que entender cómo la pandemia tiene un oleaje subterráneo que está poniendo de relieve -y en evidencia- una oscura radiografía de nuestra sociedad. Una radiografía que no teme evidenciar lo que hoy supone a muchas familias mantener una estructura económica firme en una sociedad que ha perdido la fuerza equilibradora de la clase media. Esta clase socioeconómica en declive se ve con problemas tan simples como el que la mesa esté bien surtida, para proporcionar la fuerza necesaria con la que mantener la prioridad de sus mayores. Todos conocemos casos de abuelos que transitan por turnos en los domicilios de sus diferentes hijos o yernos, cambiando regularmente de casa y hasta de población.


Cuando el anciano dejaba de ser útil, la familia se libraba de aquella boca llevándolo al monte, donde era abandonado.


Por eso es evidente que la única diferencia -fundamental, por otra parte- entre los de Narayama y nosotros es que lanzar hacia el monte a los que sobran no ha sido responsabilidad de las familias ni de las fuerzas económicas y políticas. El encargado de hacer la selección aquí, en el computarizado bosque de una sociedad que disimula sus pies de barro de gigante bíblico, ha sido un virus que ha puesto en evidencia limitaciones que, siendo de muy distinto orden del que expresa la película de Imamura, terminan por poner a nuestra sociedad ante un dilema en cuya buena o mala solución se juega su destino: el aceptar, atender y mantener a los ancianos como sujetos merecedores de presidir la familia, como la raíz que la inserta en su tierra natural.

No podemos abandonar a nuestros mayores. RTVE
No podemos abandonar a nuestros mayores. RTVE

DISMINUYEN LOS JUBILADOS

Estas son verdades del barquero que, si no se abordaban mucho antes, ha sido porque estaban eclipsadas ante otras necesidades y reclamaciones de los mayores. Reclamaciones que hace un año llenaban todavía calles y plazas exigiendo una jubilación bien pagada, pero igualmente bien enmarcada en la sociedad en sus distintos niveles, dentro de los alcanzados por el individuo que ha sostenido la sociedad con su trabajo. Si hoy las calles han dejado de ser su medio de comunicación no es porque ellos hayan desistido de la justicia de sus reclamaciones, sino porque la Covid19 les está haciendo menguar. Y no solo a un número mayor o menor de individualidades sino a todo el colectivo.


La pandemia está poniendo de manifiesto una oscura radiografía de nuestra sociedad.


Las estadísticas con las que cada día se valora en nuestro país el paso de la muerte por pandemia ha sacado a primer plano en estas últimas fechas, una radiografía mejor que otras, la trayectoria y dinámicas de este colectivo: está disminuyendo el número global de los jubilados. Hace pocos días se cuantificaba ya esa disminución en un retroceso de más de 40.000 personas. Cifra que nos alerta sobre lo acertada o no que es la consideración que tenemos de la persona mayor en nuestra sociedad. Porque es evidente que ese colectivo, en cuya valoración teórica no escatimamos ponderaciones, tienen que cargar con su mal lugar social y, de buen o mal talante, tirar hacia el monte que a todos nos espera, aunque a ellos, en esta coyuntura histórica, prematuramente.

Y en este drama, quienes han perdido la posición, aunque no la vergüenza, son los políticos. Ahora mismo se enzarzan en una discusión sobre quienes de ellos tienen derechos prioritarios para recibir, con la vacuna, el disfrute de seguir desempeñando sus tareas, tan bien remuneradas como ineficaces, para liberar a este país de la quiebra del desconocimiento de sí mismo. Sobre todo, en lo referente a su incapacidad de dar respuestas aceptables al colectivo de personas mayores en situación económica limitada. Si he apoyado estas reflexiones en la historia de Narayama es para denunciar cómo los dirigentes de nuestra sociedad, de manera más o menos sutil, se cuelan a la hora de preceder en la vacuna a otros colectivos que merecen un derecho prioritario.


La disminución del número de jubilados por la pandemia se cuantifica ya en más de 40.000.


El drama colectivo que Imamura nos brinda en su versión de Narayama no lo disimula o folkloriza con la intervención de samuráis, daimios o emisarios del emperador, figuras habituales en películas niponas, que podían dar carácter épico al relato. Porque esa historia, que tenía la verdad impuesta por aquellas coordenadas geográficas reales, no necesitaba adornos: el anciano era una carga que la familia tenía que asumir de acuerdo con su propia visión del mundo, suavizada por los consuelos que el sintoísmo pudiera dar a cada una de aquellas personas. A diferencia de eso, en nuestro relato, el relato que estamos haciendo entre todos sobre el destierro con el que a tantos confina la pandemia, los funcionarios, los políticos, los defensores del orden aparecen por todas partes. Y comenzamos agradeciéndoselo con aquellos a aplausos de los comienzos. Ahora están de sobra. Se los siguen mereciendo los sanitarios y fuerzas del orden, que hacen transitable este desierto de la esperanza. Pero no los políticos y responsables de la Administración que, salvo excepciones, ni siquiera dan a sus comunicados esa base de ideas claras y distintas que, como enseña Descartes, evidencia la verdad. Me temo que nuestros políticos, ante esta disminución del número de pensiones, consideren que esa realidad, en vez de mostrar la angustia creciente de un país, puede valorarse como un ahorro para las maltrechas arcas del Pacto de Toledo.

EL DESAFIO DE TRIUNFAR EN LA TERCERA EDAD

En 1980 editó Ediciones Mensajero un ensayo mío que, con el título de Triunfar en la Tercera Edad, recogía la propuesta de sociólogos franceses que habían dado forma a unas Universidades de la Tercera Edad. En la adaptación española de esta dinámica preferimos llamar a estos centros Aulas de Tercera Edad. Llegaron a ser medio centenar y tuvieron una significativa expansión. Mas tarde, algunas Universidades reforzaron esta oferta integrándola en sus aulas como apoyo a una corriente que, en diversos niveles y contenidos, tenía el poder enriquecedor que brindan los centros de estudio. Hablando en el lenguaje de hoy, podíamos entender esta oferta como una llamada al Mindfulness: la oportunidad de enriquecerse poniendo en juego los propios recursos naturales o aprendidos.

En diferentes capítulos el libro, invitaba al lector a conocer y mejorar sus posibilidades en campos como la integración social, el equilibrio económico, la cultura, los viajes, y prácticas de autorrealización que anticipaban el recurso a dinámicas de yoga o meditación que hoy ocupan las redes.

Me he entretenido en desarrollar esta corriente, iniciada con las Aulas de Tercera Edad, para evidenciar que en nuestra sociedad cada persona, con independencia de que lo aprendido no tuviera nivel académico, puede encontrar una salida que le lleve a culminar su aventura personal sintiéndose agradecido a la vida.

Volviendo al marco que me ha servido de punto de partida, el Mindfulness estaría representado en el filme de Imamura por la actitud positiva y hasta alegre de la anciana que acierta a sonreír al sentir que su familia podrá arreglárselas con un plato menos en la mesa. Es su mindfulness particular y le funciona.

Este es el desafío que puede impulsarnos a entrar por caminos de autorrealización, no tanto porque ahora se hayan puesto de moda, cuanto porque evidencian que depende de nosotros encontrar el modo de responder a la pandemia, desde ese fondo del alma que aspira a triunfar también en la Tercera Edad.

(Xavier Moreno Lara es periodista, escritor y filósofo).

SOBRE EL AUTOR

El prestigioso periodista, filósofo y escritor Xavier Moreno Lara, nuevo colaborador de nuestro periódico

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