Sin biblia ni crucifijo, pues claro

De la toma de posesión de Pedro Sánchez la prensa destaca unánime un detalle que no debería suscitar atención ni comentario alguno a estas alturas

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Con Pedro Sánchez, por fin un presidente hace valer la aconfesionalidad del Estado desde su misma toma de posesión. RTVE
Con Pedro Sánchez, por fin un presidente hace valer la aconfesionalidad del Estado desde su misma toma de posesión. RTVE

La anécdota elevada a categoría. Ayer, todos los medios informativos de este país –los periódicos, en primera plana, y las televisiones, radios y digitales, en la cabecera de sus informativos- destacaron la ausencia de símbolos religiosos en la mesa de toma de posesión de Pedro Sánchez como presidente del Gobierno de España, algo que en cualquier país evolucionado y normal no hubiese merecido atención ni comentario alguno. En nuestro caso, a los colegas, por lo que se ve, les parece extraordinario que Pedro Sánchez haga valer desde el primer instante de su mandato el principio de la aconfesionalidad del Estado. Curioso.

El artículo 16.3 de la Constitución Española establece que nuestro país es un Estado aconfesional, de manera que “ninguna confesión tendrá carácter estatal”. Sin embargo, este principio se ve sistemáticamente infringido en un país donde la Iglesia Católica sigue teniendo un abrumador poder “terrenal” sobre la sociedad y sus representantes, una enorme influencia sobre las más altas magistraturas del Estado –como la Casa Real– y una exagerada proyección social y folklórica sobre toda la vida nacional, desde la aldea más minúscula hasta la gran ciudad mayor.


Es el primer presidente del Gobierno que respeta y hace respetar desde el primer minuto la aconfesionalidad del Estado.


Este desmesurado e inaudito imperio se manifiesta en mil detalles cotidianos, desde la ocupación masiva y duradera de las vías públicas en las celebraciones callejeras de sus fieles, hasta los actos religiosos públicos y ostentosos de la familia real, pasando por las tomas de posesión de los presidentes del Gobierno. Eso, hasta ahora, en lo que a esto último se refiere.

La toma de posesión de Pedro Sánchez, tan diferente a todas las anteriores en tantas cosas, difiere también en esto. El nuevo presidente del Gobierno, cuidadoso con la aconfesionalidad del Estado y respetando a los millones de ciudadanas y ciudadanos españoles no católicos y no cristianos, ha optado por prometer su cargo ante un “altar” laico y plenamente constitucional, sin biblia ni crucifijo. Es la primera vez en la historia de la democracia española que el presidente del Gobierno toma posesión sin la presencia de estos símbolos. Ni siquiera Felipe González ni José Luis Rodríguez Zapatero –dos presidentes socialistas– se atrevieron a tanto, lo que demuestra lo sometidos que están –o han estado- los poderes públicos a la iglesia o, dicho de otro modo, la capacidad de esta de hacer valer sus arcaicas prerrogativas en los actos oficiales de un Estado aconfesional como el nuestro.

LAS CREENCIAS SON PRIVADAS

Cada cual tiene derecho a cultivar su fe y a manifestarla en privado. El jefe del Estado y el presidente del Gobierno también tienen ese derecho. Pero no es de recibo que las altas magistraturas de la nación –como tampoco el alcalde del lugar más pequeño- hagan manifestación pública de sus creencias en actos oficiales. Porque es que, además de todo lo dicho, muchos de los que han jurado su cargo ante Jesucristo y la Biblia, se han dedicado después con admirable dedicación al robo, al abuso del cargo, a la corrupción, al racismo, a la xenofobia o a la guerra gratuita –como hizo el ínclito señor Aznar con Irak-, de modo que pareciera que cuanto más aparentemente católicos son, más proclives a olvidar los nobles principios del cristianismo.

El comienzo de Pedro Sánchez como presidente del Gobierno de España promete desde el primer instante. El gesto de no admitir símbolos religiosos en su toma de posesión demuestra su respeto a la Constitución y a todos los españoles, incluidas las minorías religiosas. No sé de qué se han sorprendido la totalidad de los periódicos, radios, televisiones y digitales de este país, que han destacado este hecho como algo extraordinario. Pedro Sánchez ha prometido su cargo sobre la Constitución, sin biblia ni crucifijo, y lo ha hecho no porque no sea creyente –yo no sé si lo será o no-, ni por desprecio a una determinada religión, ni porque su condición de socialista no se compadece nada con esas efusiones devotas, sino, sencillamente, por respeto a la Constitución y a la totalidad de la ciudadanía española. Y eso, como punto de partida, es esperanzador y muy de agradecer, y anuncia desde el primer minuto que la promesa que ha hecho de respeto –algo que tanto falta en la política española- ha empezado a cumplirla desde antes de ponerse a trabajar.

(José Mª Pagador es escritor, periodista y fundador y director de PROPRONews).

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