Llamadme puta…

...y no me sentiré ofendida, sino triste, porque ser puta no es un insulto, es una desgracia

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Clientes a las puertas de un prostíbulo. RTVE
Clientes a las puertas de un prostíbulo. RTVE

Llamadme puta, y no me sentiré ofendida, sino triste, porque ser puta no es un insulto, ser puta es una desgracia, una desdicha por mucho que lo blanquearan en su día las cutres películas de los años 60 y por mucho que, cierto sector del liberalismo, apele a la libertad de cada una para hacer con su cuerpo lo que quiera. Tampoco es un oficio, ni mucho menos el más antiguo del mundo. Las mujeres ya cazaban, igual que los hombres, hace 8.000 años, y antes, incluso, existía la función fundamental de la comadrona. La alimentación y la vida están en los orígenes del trabajo de las mujeres, y no dar placer al hombre por obligación o por dinero. Mañana, Día contra la explotación Sexual y la trata de personas, es un buen momento -como todos los días del año- para luchar contra esta lacra inmunda e inhumada.

La periodista, con su perro Killer
La periodista, con su perro Killer

El estigma y calificativo de puta lo sufrimos todas las mujeres. Puta se nos dice siempre que nos salimos de la heteronorma patriarcal. Puta, tanto si somos promiscuas como mojigatas, sosas o espabiladas, si trabajamos o si nos quedamos en casa cuidando la prole. Puta es un insulto generalizado que tiene más que ver con nuestra condición de mujer, que con la prostitución. Y combatir ese estigma implica luchar por la libertad sexual y el placer de las mujeres, no por su esclavitud y sometimiento.


El consumo de prostitución perpetúa la vulneración de la integridad de las mujeres y la violencia contra ellas, y constituye un atropello a los derechos humanos.


Soy abolicionista por muchas razones, pero empezaré por la principal y es que niego la mayor: El sexo no es una necesidad. Es un deseo, una fuente de placer, un desahogo, un consuelo, un alivio, un beneficio para el organismo y la mente, y algunas cosas más, pero no es ni una necesidad ni un derecho.

Ser puta es, en palabras de Amelia Tiganus, que fue prostituida en más de cuarenta “clubes” de la geografía nacional y ahora es activista por la abolición: “Una prisión con barrotes invisibles”. El consumo de prostitución perpetúa la vulneración y la violencia, y constituye un atropello a los derechos humanos.

Cárceles para innumerables mujeres.
Cárceles para innumerables mujeres.

NO ES UN TRABAJO

Creo firmemente que el mejor derecho de las mujeres prostituidas es no tener que vivir de lo que me niego a denominar trabajo. Su mayor conquista es no satisfacer un privilegio que a lo largo de los siglos los hombres han elevado a la categoría de “derecho”, legitimando así la compra de un cuerpo ajeno para su uso y disfrute.

En el mundo de la prostitución, la única ley que impera es la del deseo (que no derecho) masculino. Es un ámbito donde ellos pueden sentirse superiores pagando. España es el primer país europeo en consumo de prostitución. Hay burdeles repartidos por cualquier carretera, casi uno en cada pueblo. Y en esos prostíbulos, bullen infiernos que violentan a miles de mujeres, niñas y niños.


De la trata procede la mayoría de las mujeres que llenan los burdeles que puteros y proxenetas consideran paraísos.


Mañana, 23 de septiembre, Día contra la explotación Sexual y la trata de personas, es una buena fecha para recordar que el negocio con seres humanos es un delito, y que de la trata procede un buen número de las mujeres que llenan esos locales que puteros y proxenetas consideran paraísos.

Cientos de miles de personas en todo el mundo son vendidas cada año con fines de trabajo forzoso, servidumbre doméstica, mendicidad infantil o tráfico de órganos, pero es en la explotación sexual donde se da la mayor incidencia, siendo una de las formas de violencia de genero más cruel que padecen mujeres y niñas. Trata y prostitución van casi siempre de la mano, sin embargo, y aunque la trata es motivo de repulsa generalizada, la prostitución se contempla con excesiva benevolencia.

El regulacionismo de la prostitución, que pretende justificar lo que califican como “trabajo sexual”, es un error, lo prueba su fracaso en los países donde se legalizó, solo proxenetas y puteros han salido ganando.

Inadmisible y degradante reclamo de un burdel.
Inadmisible y degradante reclamo de un burdel.

SOMETIDAS POR SER POBRES

La imagen de la “puta feliz y empoderada” que “ejerce” porque le da la gana y se forra mientras se divierte, es una idealización, una anécdota, la excepción de una minoría que ni siquiera justifica su legalización porque, ni aunque se haga de forma libre y voluntaria, es un trabajo. El deseo masculino, insisto, no es un derecho. Si tienes ganas de sexo y nadie con quién practicarlo, hazte una paja, que nuestro cuerpo es nuestro, y darle placer es eso, un placer inofensivo.

La mujer prostituida es básicamente una persona sometida por ser pobre. Su pobreza es la que la hace vulnerable. Lo que obtienen por su consentimiento es dinero. El placer que busca satisfacerse en esa relación de desigualdad, no es el de la mujer sino el del comprador, el del putero. No se trata de una mujer liberada que decide practicar sexo con diferentes hombres con los que disfruta cuando quiere, como quiere, por propia elección y por gusto (actitud, por cierto, que además acarrea el estigma del que hablaba al principio, un estigma por ser mujer sexualmente activa). En el entorno de la mujer prostituida, ella es la víctima, el objeto, la que no pone las condiciones, la que no elige cómo, cuándo y con quién, la que no importa si siente placer o sufre. Ella es solo el producto, un cuerpo utilizado.

Llamadme puta, y, repito, no me sentiré insultada, sino triste. Decidme en tono jocoso ¡qué hijaputa! (todo junto y a ser posible con gracejo andaluz) y sonreiré, porque solo lo tolero cuando se utiliza en positivo… como sinónimo de persona simpática. Por el mismo motivo me agrada la expresión: ¡Estás como una puta cabra! La imagen de una cabra, saltando y triscando alegremente, se me antoja de lo más divina.

Y si al acabar de leer esto rematáis con un ¡qué articulo más de puta madre!, os daré, también, las gracias.

(Elisa Blázquez Zarcero es periodista y escritora. Su último libro publicado es la novela La mujer que se casó consigo misma. Diputación de Badajoz).

SOBRE LA AUTORA

Una colaboradora muy especial

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