El Jimy en una sociedad de castrados

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Se abre una gran posibilidad de cambio. RTVE
Se abre una gran posibilidad de cambio. RTVE

A los gatos, quienes los queremos los castramos porque no podemos consentir que haya colonias de gatos famélicos y abandonados por todas partes en una sociedad en la que hay tanta gente sin compasión alguna por los animales. Se trata, pues, de una castración involuntaria por parte de ellos que, sin embargo, no les impide una vida más o menos placentera, aunque no puedan permitirse ciertos deseos. El Jimy, por ejemplo, sale conmigo temprano a la calle y, mientras yo tomo café en Las Palmeras, él se hace su circuito con algún amigorro, pero, claro, nunca se va picos pardos… Digamos que es una libertad limitada. En cambio…

En cambio, en el pueblo, comarca, país o en el mundo mundial existen otro tipo de castraciones más o menos voluntarias con las que los individuos renuncian de por vida a ciertas aventuras amorosas o a decir la verdad de lo que piensan, en evitación de males mayores, sea por la represión que contra ellos puedan ejercer los distintos poderes (la policía, el jefe de la empresa, el político de turno), sea por la familia, etc. El asunto es que somos una sociedad de castrados en la que los circuitos de paseo han de ser conocidos, limitados y vigilados. No faltan algunos que se los saltan de vez en cuando, pero… en el pecado llevan la penitencia.


Solo falta que esa legión de castrados voluntarios se dé cuenta que únicamente padece una castración psicológica y compruebe que todavía le funcionan los contrafuertes.


Viene esto a cuento por el final de la pandemia -hecho este tan sobrevenido como inesperado-, ante el que se abre una posibilidad de cambio tan grande que habrá que ver si no nos pasa como al personaje de la peli Cadena Perpetua: había pasado tantos años en la cárcel que ya no pudo adaptarse a la nueva situación. Ahora el asunto es que hay una vieja guardia del “gran capitalismo monopolista financiero y criminal” (pa qué vamos a andar con rodeos) que quiere volver a la normalidad anterior. Y también hay otro capitalismo más civilizado e inteligente que, consciente de que esta crisis no pueden pagarla de nuevo los parias, el proletariado y grandes sectores de la clase media (entre otras cosas, porque no van a estar dispuestos a ello) quiere hacer las reformas necesarias para salir de esta situación y evitar que el cambio climático, la contaminación y los residuos tóxicos persistentes en la alimentación acaben con todos nosotros. En fin, ya saben ustedes la matraca que me traigo con estos dos capitalismos… Yo me agarro siempre a lo menos malo y a la utopía de lo posible, porque la otra utopía, la de los republicanos de pacotilla, creo que está muy verde todavía y pienso que pueden joderlo todo.

El autor, con su gato Jimy
El autor, con su gato Jimy

HACIA UNA SOCIEDAD MÁS CIVILIZADA

Para que este cambio hacia una sociedad más civilizada se produzca no bastará con que el capitalismo de rostro humano se arremangue. Tiene que producirse un movimiento de protesta y reivindicación de todas las clases trabajadoras, que habrán de estar dispuestas a colgar por las pelotas a todos esos “hombres de negro” con los que todavía sueñan en Holanda, Austria, parte de Alemania y algunos nórdicos que otros. Esos caballeros quieren que siga la normalidad en la que tan bien les ha ido, porque parece ser que aún no se han dado cuenta de que el bichito que ha provocado la pandemia nos ha dejado a todos en pelotas. Sobre todo, a ellos. Ahora solo falta que esa legión de castrados voluntarios de los que les hablaba al principio se dé cuenta que únicamente padece una castración psicológica y compruebe que todavía le funcionan los contrafuertes. Que hay que ir a por el facherío del trabajo esclavo, del máximo beneficio y de los paraísos fiscales. Ahora es el momento. Y si para ello hay que aliarse con el capital más humano e inteligente, ¡ya estamos tardando! Ya llegarán “los nuestros” (pero vigilemos que entre “los nuestros” no vengan, además, soplagaitas ni predicadores, que son peores que lo que ya conocemos).


La otra utopía, la de los republicanos de pacotilla, creo que está muy verde todavía y pienso que pueden joderlo todo.


Con estos devaneos recibo al Jimy, que vuelve de sus correrías mañaneras y me acoge con su escepticismo de siempre. Yo sé bien que su castración ya no tiene remedio, pero me jode sobremanera que después de lo que hemos vivido y, sobre todo, de lo que nos espera a partir de ahora, los que sufren la castración del miedo no sean capaces de tirar las anteojeras y decir “¡hasta aquí hemos llegado!”. Vamos a revisar un poco esas tremendas diferencias salariales en las empresas y en la política. Y vamos a acabar con la corrupción que arruina a pueblos y a estados y de la que solo se beneficia una minoría de individuos sin escrúpulos, que es el verdadero virus que tenemos que combatir con urgencia y contundencia.

(Juan Serna Martín, exconsejero de la Junta de Extremadura, es un destacado intelectual y activista medioambiental, escritor y columnista)

SOBRE EL AUTOR

Juan Serna, un intelectual de la ruralidad y el ecologismo

El último fruto de Juan Serna

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