Alegría de vivir, el principal “efecto secundario” de la vacuna contra el coronavirus

La confianza de saberte inmunizado reabre la puerta al mundo que la pandemia cerró

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Vacunado, para volver a ser libre como antes de la pandemia. J.M. PAGADOR
Vacunado, para volver a ser libre como antes de la pandemia. J.M. PAGADOR

Acabo de vacunarme con la primera dosis y lo primero que he sentido ha sido alivio y esperanza, como si se me hubiera encendido dentro una luz que no brillaba desde hace más de un año. Y pensé, este es el primero, principal y prácticamente único “efecto secundario” de la vacuna. Es como si, con el antígeno que me protege contra el coronavirus me hubiesen inoculado también una buena dosis de confianza y de alegría de vivir. Todo el proceso que me ha llevado a vacunarme por parte del Servicio Andaluz de Salud (SAS) ha sido ordenado, eficaz y amable, y el personal que me ha atendido, profesional y cercano. Ahora espero que la segunda dosis me llegue lo más rápidamente posible, para volver a coger diariamente mi bicicleta, y poder reunirme con familia y amigos y poder abrazarlos, y volver a viajar y a hacer la vida normal que nos va a llegar enseguida.

Sevilla.-

Estamos tan acostumbrados en los países desarrollados a que se nos den hechas tantas cosas, que no solemos valorar los privilegios de los que gozamos. Uno de ellos es poder vacunarnos masivamente contra este virus letal que ha matado a tanta gente en el mundo y que sigue matando a mansalva en los países menos afortunados.


El colosal esfuerzo administrativo y logístico de vacunar a decenas de millones de personas en tiempo récord es un logro admirable de nuestro país.


Yo estaba esperando ansioso mi vacuna, cuando, por sorpresa, llegó un sms a mi móvil. El SAS me daba cita y me pedía que contestase con un SÍ o un no a la pregunta de si pensaba acudir. Escribí SÍ y dije SÍ en voz alta, como si pudiesen oírme. No sabía qué vacuna me iban a poner ni me he preocupado de averiguarlo antes ni después. Me da absolutamente igual. Todas las vacunas actuales son plenamente efectivas y la casuística de efectos negativos es tan ínfima que no merece la pena preocuparse por eso. Y a los reticentes les diría que no sé cómo se atreven a coger el coche, teniendo en cuenta que en 2020 murieron casi 900 personas en España en accidentes de circulación. Si la mortalidad del tráfico fuese ni remotamente comparable a la de la vacuna, circular en coche sería lo más seguro del mundo

Un prodigio de organización y eficacia para una operación tan masiva y compleja. J.M. PAGADOR
Un prodigio de organización y eficacia para una operación tan masiva y compleja. J.M. PAGADOR

LA FLUIDA COLA

A mí me citó el SAS en un polideportivo de la Universidad de Sevilla, dado que es en esta ciudad donde tengo mi residencia habitual. Mi cita era a las 10,15 horas. Al llegar, me alarmó la cola descomunal formada por cientos de personas que esperaban en la calle. Pregunté en la puerta si la hora de cita tenía algo que ver con el orden de vacunación y me dijeron que no, así que me coloqué en el último lugar de la fila. Lo de la hora era apenas una aproximación para tenernos a todos dispuestos en tramos horarios concretos.

La cola fluía con una velocidad pasmosa. J.M. PAGADOR
La cola fluía con una velocidad pasmosa. J.M. PAGADOR

Delante de mí había también personas citadas después que yo y, detrás, otras citadas antes. Todo eso daba igual, porque la cola era única e indivisible. Y yo, que era el último un segundo antes, un segundo después tenía detrás de mí a una veintena de personas cuyo número iba aumentando sin descanso.


Ya se han vacunado en España con una dosis 9,5 millones de personas y, de ellas, 3,5 millones con las dos.


Los compañeros y compañeras de espera -gente amable, animosa y deseosa de inmunizarse- me dijeron que no me preocupara, porque la espera era mínima. El tramo de edad citado en el turno era el de 70 a 79 años. Con mis 72, yo me sentía entre los alevines de la fila. Era curioso comprobar el estado físico visible tan diferente de unos y de otros para tener todos aproximadamente los mismos años. Enseguida se detectaba a los que habían seguido una vida saludable y a los que no. Había compañeros de cola afectados de EPOC que se asfixiaban con dar tan solo un par de pasos. Otros, obesos, luchaban con el andador para mantenerse en pie sin rendirse.


Hay que destacar, por experiencia propia, la organización, eficacia, diligencia y amabilidad del Servicio Andaluz de Salud.


Una cola de personas mayores que se van a vacunar contra un virus mortal es una muestra compleja de humanidad variada e idéntica. Todos, los sanos y los previamente enfermos, no teníamos otro objetivo que el de inmunizarnos y seguir en este mundo lo mejor y el mayor tiempo posible. Una cola de este tipo es un baño de realidad, de humanidad, y también de comprensión, de piedad y de solidaridad. Y uno admira a esa persona prematuramente avejentada, que seguramente es más joven que tú, pero que apenas puede tirar de sus huesos, que te da las gracias y rehúsa cuando le cedes tu puesto para que él pase cuanto antes, y que tiene en la mirada el brillo nuevo de la esperanza de la vacuna.


Los voluntarios de Cruz Roja realizan una importante labor auxiliar que merece respeto y agradecimiento.


La llegada al polideportivo que servía de centro de vacunación. J.M. PAGADOR
La llegada al polideportivo que servía de centro de vacunación. J.M. PAGADOR

Y la cola comentaba con extrañeza las reticencias de esa gente que dice que no se va a vacunar porque tiene miedo, o por la sospecha de que la vacuna sea un instrumento de control y dominación de la ciudadanía, como se han creído los más incautos, que, con todas sus injustificadas prevenciones, están corriendo un riesgo gravísimo. A propósito de esto, algunos de los compañeros de cola se reían y hacían chascarrillos a propósito, aunque a mí ese tema no me hace ninguna gracia.

El centro parecía la sala de embarque de un crucero. J.M. PAGADOR
El centro parecía la sala de embarque de un crucero. J.M. PAGADOR

ORDEN DENTRO

Yo había llegado a la cola cinco minutos antes de la hora de mi cita, es decir, a las 10,10 y a las 10,35 ya estaba llegando a la entrada del centro de vacunación. Si la cola era una rápida serpiente ordenada y cortés, en la que no se produjo el menor incidente ni nadie intentó colarse -tampoco se lo hubiéramos permitido-, el acceso al lugar de vacunación mantenía el mismo orden amable, ofreciendo incluso sillas para los más necesitados de descanso después de un rato de pie.

Sandra, voluntaria de Cruz Roja. Su papel también es importante. J.M. PAGADOR
Sandra, voluntaria de Cruz Roja. Su papel también es importante. J.M. PAGADOR

En la puerta del centro se encontraba Sandra, una joven y simpática voluntaria de Cruz Roja con el pelo teñido en tonos azules. Su labor consistía en dosificar el acceso al centro, de modo que no se produjesen aglomeraciones en el interior. Suavemente, con una sonrisa, Sandra nos dirigía a toda aquella hueste de setentones que podríamos ser sus abuelos y abuelas, en la dirección de las diferentes colas interiores en las que se dividía la cola exterior. Aquello, por el orden y el buen ánimo, parecía la sala de embarque de un crucero de placer a punto de zarpar.

Otros amables voluntarios de Cruz Roja se ocupaban en el interior de mantener el orden y la fluidez de las colas, dirigiéndolas hacia los lugares de recepción y registro.

Los puestos de Acogida para la primera comprobación de las citas. J.M. PAGADOR
Los puestos de Acogida para la primera comprobación de las citas. J.M. PAGADOR

EL CALOR DE LA ACOGIDA

Primero pasamos por los puntos de recepción, solo que aquí no se llamaba RECEPCIÓN sino ACOGIDA. Parece lo mismo, pero hay una gran diferencia. Recepción evoca la frialdad de la llegada a un hotel o a cualquier otro establecimiento masivo que no tiene por qué pensar en sutilezas. Pero ACOGIDA, ACOGER, es otra cosa. Esta palabra transmite desde el principio el mensaje que seguramente alguien del SAS cargado de sensibilidad quiso hacernos visible a quienes acudíamos a vacunarnos contra la peor epidemia en cien años. Era una muestra de humanidad y delicadeza y, desde luego, a mí ese mensaje me llegó.

Gran labor de Cruz Roja para la fluidez de los usuarios. J.M. PAGADOR
Gran labor de Cruz Roja para la fluidez de los usuarios. J.M. PAGADOR

El punto de ACOGIDA tenía seis puestos, a los que íbamos accediendo los usuarios de manera rápida y fluida, siguiendo las indicaciones de los voluntarios (a los que desde aquí doy las gracias, a Sandra y a todos sus compañeros, por regalarnos su tiempo y exponer su salud de manera tan cordial y desinteresada). A mí me tocó el puesto número 6, donde un eficiente funcionario del SAS me preguntó el nombre y enseguida me encontró en la lista que tenía. Ni siquiera tuve que enseñar mi documentación personal, un detalle que, en una actuación tan masiva, a un minuto o dos por usuario, podría incrementar en horas la espera.

El Registro de los nuevos vacunados. J.M. PAGADOR
El Registro de los nuevos vacunados. J.M. PAGADOR

Y de ahí, rápidamente, pasé a la sección de REGISTRO, con otros seis puestos, con la diferencia de que, en este caso, cada puesto estaba atendido por dos funcionarios, lo que duplicaba la capacidad de expedición hacia el siguiente paso, la VACUNACIÓN. A mí me atendió una amable administrativa del SAS que incluso se dejó fotografiar cuando le dije, como a Sandra, que era periodista y que quería contar con palabras e imágenes la buena experiencia de vacunarme contra la covid-19, para que quien pudiese leerme y albergase algún temor, lo perdiese. Aquí tampoco hizo falta mostrar ninguna acreditación. Mi nombre estaba en la lista, se registró mi primera dosis y eso bastó.

Eficaz y diligente personal del SAS en la organización administrativa. J.M. PAGADOR
Eficaz y diligente personal del SAS en la organización administrativa. J.M. PAGADOR

VACUNADO

Sin solución de continuidad, con una rapidez pasmosa, pasé dentro del recinto a la “calle F”, la sexta de las habilitadas para la vacunación, todas ellas separadas por mamparas del resto del centro. Allí, una enfermera me invitó a sentarme, me pinchó en el brazo izquierdo -dijo que, por el protocolo en vigor, sólo podía pinchar en ese brazo-me colocó un algodón con desinfectante en el pinchazo, me indicó que lo mantuviese apretado durante cinco minutos y me mandó a la sala de espera posterior, donde, cumpliendo las instrucciones recibidas, esperé sentado quince minutos por si me daba alguna reacción, cosa que no ocurrió.

Vacunando a decenas de personas por minuto. J.M. PAGADOR
Vacunando a decenas de personas por minuto. J.M. PAGADOR

Ni siquiera pregunté qué vacuna me había puesto, porque no me pareció una cuestión relevante, dado que todas las vacunas tienen un índice de éxito parecido y de que los efectos secundarios negativo son ínfimos en todas ellas. A mí lo que me interesa es la vacuna, no la marca, del mismo modo que no pregunto quién ha fabricado la de la gripe que me pongo cada año al llegar los fríos. Y, por cierto, desde que me vacuno contra la gripe no he vuelto a tener un catarro, y son ya unos cuantos años.

Quince minutos de espera tras la vacunación, para prevenir reacciones negativas, que son muy raras. J.M. PAGADOR
Quince minutos de espera tras la vacunación, para prevenir reacciones negativas, que son muy raras. J.M. PAGADOR

La sala de espera era otra zona del propio polideportivo separada también del área de vacunación con mamparas. Alrededor de un centenar de sillas, guardando entre ellas la distancia de seguridad, estaban colocadas ordenadamente como en un damero. Para no deteriorar el delicado pavimento de la pista, el extremo de las patas metálicas de las sillas estaba embutido en pelotas de tenis usadas. Allí me senté, observando a los compañeros y compañeras de vacuna -tan animosos todos- y a los operarios que limpiaban las sillas con desinfectante cada vez que uno de nosotros la abandonaba. Le pregunté a uno de estos operarios las veces que se agachaba cada día para desinfectar las sillas. Sonrió y me dijo que eran incontables. Todo el equipo que nos atendía por la mañana, en las diferentes secciones del dispositivo de vacunación, cumplía el primer turno, para ser reemplazado por otro en el turno de tarde, de modo que la vacunación no paraba en todo el día, un verdadero alarde de organización y eficacia.

Me marché pasado mi cuarto de hora de rigor sin que tuviese la menor molestia. A la salida, la cola seguía tan inmensa como cuando llegué, pero moviéndose con la misma rapidez, una fluidez que permite vacunar a decenas de personas por minuto solo en este centro.

Mientras me marchaba reflexioné sobre la inmensa suerte de tener un Sistema Público de Salud como el que tenemos en España, pese a todos los recortes y a las privatizaciones. Y me admiré de tamaño logro logístico y administrativo, por el que una organización como nuestro SPS es capaz de distribuir millones de vacunas entre las diferentes comunidades autónomas, conservarlas en buenas condiciones en sus instalaciones sanitarias, movilizar a decenas de millares de voluntarios y de personal administrativo y sanitario, comunicar fecha de vacunación a millones de personas y realizar la operación con la mayor rapidez, eficacia, diligencia y amabilidad. Y todo eso, multiplicado por dos, para la segunda dosis.

Una esperanza inequívoca para millones de ciudadanos. J.M. PAGADOR
Una esperanza inequívoca para millones de ciudadanos. J.M. PAGADOR

A mí, beneficiario de la primera dosis de mi vacuna, y cuando escribo esto, tres días después de vacunado para garantizarles a los lectores que no he sufrido ninguna reacción adversa y animarles a todos a que se vacunen, solo me queda felicitar al Servicio Andaluz de Salud, y a todos los voluntarios y profesionales administrativos y sanitarios que han hecho posible mi primera dosis y que volverán a avisarme en unos días para la segunda, cosa que estoy deseando.

En cuanto eso suceda, volveré a coger mi querida bicicleta para mi carrera diaria, que he tenido suspendida durante más de un año, por el temor de que otro ciclista sin mascarilla me transmitiese el virus. Y volveré a teatros, cines, restaurantes y bares. Y volveré a viajar de inmediato. Y volverá a abrazar a todos los que quiero y aprecio.

A la hora de escribir esta información, en España han sido ya vacunadas con una dosis nueve millones y medio de personas y, de ellas, tres millones y medio han recibido las dos dosis. Y el ritmo no va a parar, porque siguen llegando a nuestro país millones de nuevas dosis cada semana. En Israel, después de vacunada una gran parte de la población y alcanzada la inmunidad que llaman de rebaño -¡qué expresión más fea!- la gente hace ya vida normal, como volveremos a hacerla aquí dentro de poco. Por eso, por esa esperanza que es una realidad a plazo fijo, podemos asegurar que el primero, principal y prácticamente único efecto secundario de la vacuna contra el coronavirus es la recuperación de la alegría de vivir. ¡Nada más y nada menos!

(José Mª Pagador es periodista y escritor, y fundador y director de PROPRONews. Sus últimos libros publicados son 74 sonetos (poesía, Fundación Academia Europea de Yuste), Los pecados increíbles (novela, De la Luna Libros), Susana y los hombres (relatos, Editora Regional de Extremadura) y El Viaje del Tiburón (novela, Caligrama Penguin Random House).

SOBRE EL AUTOR

José Mª Pagador y Rosa Puch, casi 100 años de periodismo

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