La pandemia invita a abandonar la ciudad y volver al pueblo

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Un bello pueblo costero de Portugal. J.M. PAGADOR
Un bello pueblo costero de Portugal. J.M. PAGADOR

Estas semanas está llegando a nosotros el mensaje de personas que conocen lo que hacen, aunque no todos. Lógicamente, bien sea en programas de televisión, prensa o cualquier medio de comunicación, estamos asistiendo a la expresión del conocimiento y la experiencia de gente inteligente, y más en esos programas donde, hasta hace poco, reinaban en exclusiva debates en los que cualquiera hablaba de cualquier cosa. Ahora aparecen médicos, epidemiólogos, economistas, técnicos, y, uniendo criterios, empieza uno a comprender lo que hemos pasado, estamos pasando y nos queda por pasar, tanto en lo que se refiere al virus sanitario como al virus económico. Y nos preguntamos si la mejor manera de vivir a partir de ahora será dentro de este proceso de urbanización desaforada donde vivimos como presos, o si no será más inteligente volver a los pueblos.

Francisco Bautista Gutierrez
Francisco Bautista Gutierrez

No se trata solo de la cuarentena y de lo que ésta acarrea. Cuando vivimos en una situación normal, no consideramos nuestro futuro como seres, nos olvidamos de la muerte, pensamos que esta se encuentra en algún lugar fuera de nuestra atención, de nuestra zona de confort. Y aquí viene el coronavirus, aquí viene la plaga, y la muerte regresa a nosotros, y volvemos a pensar en ella. Y nos damos cuenta que solo ante ella está nuestra razón de ser en el mundo, y solo en este estado, y solo en esta posición, frente a nuestra propia frontera, podemos ser nosotros mismos, podemos existir como personas con toda la intensidad.

Ante esta situación no quiero pensar, aunque se palpe, que hemos entrado por primera vez en una etapa en la que la humanidad tiene capacidad para destruirse a sí misma. Se quiera aceptar o no, se traslade al ámbito de lo económico o de lo político, de una u otra forma estamos también por primera vez en un momento en el que el conjunto de la sociedad está conectado en una sola malla, para lo bueno y para lo malo. Pero quiero romper una lanza en favor de algo que creo que la mayoría hemos descubierto y es la conveniencia, o no, de vivir en un lugar o en otro.

CIUDAD Y GLOBALIZACIÓN

Se piensa que vivir en una ciudad es cómodo, enriquecedor y conveniente, y quizás sea así desde el punto de vista operativo. Se piensa, asimismo, que cuando se vive fuera de ella, se está lejos de los lugares donde se toman las decisiones, donde se diluyen las cuestiones más importantes. En consecuencia, se piensa que, en un lugar lejano de ella, se está fuera del mundo Se está en la periferia, en aquel sitio donde no llega la civilización en forma de adelantos, aunque se reconozca que Internet y las redes, por supuesto, relativizan algo esta situación. Y es cierto. Hoy, una persona puede estar al tanto de todo, incluso si está en un pueblo, por pequeño que sea. Siempre que haya acceso a Internet, todo lo demás no importa.


Cuando vivimos en una situación normal, no consideramos nuestro futuro como seres y nos olvidamos de la muerte.


Podemos pensar que estaremos lejos de lo que nos puede aportar la globalización si nos encontramos fuera del entorno de una ciudad, sin embargo, esta pandemia ha demostrado que el concepto de globalización no es la panacea. Estoy convencido de que esta epidemia del coronavirus en realidad representa el fin de la globalización. Todas las instituciones, todos los mecanismos que deberían haber evitado la propagación de la pandemia y adoptar una reacción inmediata para localizar, neutralizar o curarlo de alguna manera, todo eso falló de una manera completamente vergonzosa.

Pero cuando entramos en una necesidad de autoaislamiento, cuarentena o emergencia, surge una situación que hay que tener en cuenta. La cuarentena es completamente diferente en la ciudad y en el pueblo. En la ciudad, pensamos que estamos en una jaula, una perrera; incluso, aunque la vivienda sea espaciosa, tendremos la sensación de estar encerrados, una sensación angustiosa de que estaremos en esa situación un largo período de tiempo, hayan pasado una semana, dos, tres o seis, eso sin contar el miedo a que surjan nuevas pandemias, que lo harán, porque pienso que hemos entrado en una escalada encaminada a conseguir virus de laboratorio, para utilizar a fin de conseguir la hegemonía económica.


Solo en este estado, solo en esta posición, frente a nuestra propia frontera, podemos ser nosotros mismos y podemos existir como personas, con toda la intensidad.


Y entenderemos mejor la sensación de estar encerrados si nos ponemos en la piel de uno de los personajes de una novela en la que, huyendo, se mete en un armario que solo tiene una rendija por la que entra la luz. Eso nos puede suceder a nosotros en nuestro apartamento, estamos encerrados en él mientras la cuarentena durará y durará, pensando que fuera nos encontraremos con un cementerio oscuro y gris.

CUARENTENA Y PUEBLO

En cambio, existe una sensación completamente diferente en un pueblo, donde puede uno ir más allá del umbral, caminar por la acera, y, si tiene un patio, por pequeño que sea, correr, saltar, mirar cómo el cielo está sobre uno; incluso en condiciones de aislamiento, uno tiene la sensación de no encontrarse en un territorio artificial separado de todos los demás, ni separado de la sociedad ni del medio ambiente.


Se piensa que vivir en una ciudad es cómodo, enriquecedor y conveniente, y quizás sea así desde el punto de vista operativo.


Para el habitante de un pueblo, la cuarentena no es tan dura. En la ciudad, la cuarentena es miedo, ciertas personas terminarán pensando que acabará en un ataúd mientras aún está viva, y la ciudad para ella se convierte en un lugar maldito. La ciudad, la urbanización, el movimiento de la población hacia los urbano, es una separación gradual de la persona del mundo, de sí misma, para colocarse en una situación completamente artificial. Vivimos en esta situación y nos acostumbramos a ella, pero no nos damos cuenta hasta que se nos dice “quédate en casa, de lo contrario, te atraparemos, te vigilaremos por medio de cámaras, cuando sobrepases el límite ordenado controlaremos tu móvil, estarás encarcelado y vigilado por el desarrollo tecnológico, y por todo lo que necesitas para vivir, el transporte, los préstamos, la comida.


Para el habitante de un pueblo, la cuarentena es mucho más llevadera.


Muchos, en este entorno, tratan de actuar como antes: alborotan, fingen que están a punto de salir a caminar o ir a un café, de vestirse para ir a cenar, pero, de hecho, esta imitación de la vida en la ciudad dentro de un apartamento, tarde o temprano lleva a la conclusión de que la forma de vida urbana nos jugó una cruel broma a todos.

Huyamos de las ciudades, abandonemos todo si tenemos, al menos, alguna oportunidad de encontrar un lugar en la tierra con gente, con un amanecer limpio. Es necesario alejarse de la ciudad por completo. Tenemos una tierra tan hermosa, tenemos un mundo tan perfecto. Abandonemos esta industria y estas ciudades. Aprovechemos la oportunidad que nos da el coronavirus para ir donde nuestros pensamientos nos lleven: a la seguridad de la tierra, a un pueblo seguro.

Vista aérea de Dubai, ejemplo de urbanización sin freno. J.M. PAGADOR
Vista aérea de Dubai, ejemplo de urbanización sin freno. J.M. PAGADOR

Hoy, que nos vemos obligados a mirar estas cuatro estúpidas paredes de hormigón de nuestra casa urbana que nos parecían lujosas, pero que son solo las paredes de un ataúd, estamos en un punto de inflexión en el que podemos darnos cuenta de cómo llegamos aquí, con la modernización, con la digitalización. Creo que necesitamos deshacernos gradualmente de las ilusiones urbanas y volver a la salud, a la libertad y la felicidad en nuestros hermosos pueblos.

(Francisco Bautista Gutiérrez, marino militar, ha sido Mayor de la Flota y profesor, y es hidrógrafo, oceanógrafo y escritor).

SOBRE EL AUTOR

Francisco Bautista Gutiérrez, exMayor de la Flota, hidrógrafo, oceanógrafo y escritor, nuevo colaborador de PROPRONews

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