Las últimas declaraciones de Ascensión Mendieta fueron para PROPRONews

La muerte de una de las grandes luchadoras por la dignidad de las víctimas del franquismo y la memoria histórica representa la pérdida de una mujer ejemplar e irrepetible

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Ascensión y Chon, la compañera de piso de Elisa y abogada, pieza clave en la exhumación, con la autora de este reportaje.
Ascensión y Chon, la compañera de piso de Elisa y abogada, pieza clave en la exhumación, con la autora de este reportaje.

Ascensión Mendieta y su hija Chon Vargas, mediante una denuncia internacional, consiguieron recuperar los restos de Timoteo, su padre y abuelo, asesinado por el franquismo, una historia que tuvo de testigo póstumo a otra solidaria, la viuda de Chicho Sánchez Ferlosio. Ascensión tenía 12 años en noviembre de 1939, cuando llamaron a la puerta de su casa y se llevaron a su padre, Timoteo, cuyo único delito era ser presidente de la UGT en su pueblo. Nunca volvió a saber nada de él. Nunca volvió a verle, hasta el día que sacaron sus huesos de una fosa común, 78 años largos años más tarde. Su exhumación se consiguió gracias a una denuncia internacional y a la acción de una abogada y una juez argentinas. Y Ana Guardione, la viuda de Chicho Sánchez Ferlosio, también tiene parte en esta historia de injusticia y crimen, pero también de amistad y solidaridad humana. Nuestra colaboradora Elisa Blázquez, autora de esta información, las juntó a las dos en junio pasado, en un alarde de sensibilidad, humanidad e interés periodístico, un reportaje que reproducimos íntegro ahora, como nuestro homenaje a estas mujeres dignísimas y heroicas.

Madrid.-

Ana y Ascensión se abrazan y se sonríen, y todos los que contemplamos el momento soltamos una lágrima. Ellas también. Son lágrimas de amor, de esperanza, de solidaridad, de paz. La paz que respiran y trasmiten estas dos mujeres a las que yo conocía por separado, y a las que he decidido reunir porque sé que sellarán una hermosa amistad.


En junio pasado Ascensión Mendieta concedió a este periódico la última entrevista de su vida, un emocionante encuentro informativo que tuvo por testigo y partícipe a la viuda de Chicho Sánchez Ferlosio.


Ascensión Mendieta tenía 12 años en noviembre de 1939, cuando llamaron a la puerta de su casa y se llevaron a su padre, Timoteo, cuyo único delito era ser presidente de la UGT en su pueblo. Nunca volvió a saber nada de él. Nunca volvió a verle hasta el día que sacaron sus huesos de una fosa común, 78 años largos años más tarde. “Vinieron a matarle y yo les abrí la puerta” dice con pesar, y otra vez, los que estamos con ella la abrazamos y vuelven las lágrimas.

Una jugarreta del destino, de esas que lucen tan bien en las novelas o en el cine, pero que dejan terribles marcas de dolor en la vida real, hizo que Timoteo y su mujer se cruzaran por el camino mientras se buscaban. Ella viajaba desde Sacedón, en Guadalajara, donde vivían, a Madrid. Él regresaba de Madrid a Sacedón, a su hogar, acabada ya la guerra, donde no luchó, y confiando en el mensaje de Franco que garantizaba que quien no tuviera las manos manchadas de sangre podría estar tranquilo. Pero no hubo encuentro ni final feliz. A los pocos días de llegar al pueblo, llamaron a la puerta y unos militares se lo llevaron, primero a la cárcel y luego al paredón. Ahí se gestó la prolongada lucha de su hija por recuperarle, la que culminaría casi ocho décadas después gracias a la nieta, Chon Vargas, que investigó la forma para conseguir el objetivo y encontró la solución en una querella colectiva contra los crímenes del franquismo; a una abogada argentina, Ana Messuti, que llevó el caso que desembocó en la sentencia de una jueza, argentina también, Romilda Servini, que ordenó la exhumación del cadáver. La primera hecha bajo tutela internacional.

Ascensión Mendieta y su hija Chon, que consiguieron la recuperación de los restos de su padre y abuelo.
Ascensión Mendieta y su hija Chon, que consiguieron la recuperación de los restos de su padre y abuelo.

Ascensión Mendieta, la hija de Timoteo, a sus noventa y tres años tiene la misma sonrisa y los mismos ademanes de la bellísima mujer que fue (que es), bella por dentro y por fuera, esa frase tan manida pero tan cierta a la que recurro porque no tengo otra que la defina con más justicia.

A su lado, otra bella mujer, Ana Guardione, sonríe con la misma paz, mientras fuma y se le escapa una tos pertinaz. Alguien la recrimina: “¿Lo ves? Tienes que dejar el tabaco porque no puedes respirar” y ella contesta divertida: “¡Bueno, mientras pueda reír!”.

MUJERES EXTRAORDINARIAS

Así son estas dos mujeres, que yo conocía por separado y he querido juntar, para comprobar una vez más que el mundo está lleno de personas que merecen la pena.


La abuela María había bajado a la tienda y allí escuchó la conversación de unos falangistas que alardeaban de que aquella noche le daban el paseillo a la pareja. Así pudieron escapar antes de ser capturados.


A Ascensión Mendieta la traté hace mucho tiempo. Es la madre de una compañera de piso, Chon Vargas, de cuando yo vivía en Madrid y estudiaba periodismo.

A Ana Guardione la he descubierto por Facebook gracias a unos amigos comunes.

Ana fue la mujer de Chicho Sánchez Ferlosio y recita emocionada uno de sus poemas cuando hablamos de los que huyen de la guerra:

Yo soy un moro judío

que vive con los cristianos,

no sé qué Dios es el mío

ni cuáles son mis hermanos.

Ana conoció a Chicho en el Liceo, se casaron muy jóvenes, viajaron a la India en una furgoneta llevando a sus dos hijos pequeños. Se instalaron en Madrid, en un piso que albergó importantes reuniones antifranquistas, un piso en el que se planificó  lo que probablemente fuera la primera manifestación feminista de España en los años 60, convocada en apoyo de los mineros asturianos, un hogar donde se grabaron clandestinamente las canciones de la Resistencia española.

Ana, a sus 80 años, sigue siendo una mujer combativa y luchadora que expresa en las redes sus críticas a la situación y puede dar lecciones de ética y dignidad, cualidades que le han acompañado toda su existencia y le han reportado algunas satisfacciones inesperadas, como cuando, hace muchos años en Praga, conoció a un matrimonio que huía de la dictadura y que esperaba un visado para Cuba. Ana los ayudó desinteresadamente con lo que pudo. Hablando con ellos, Ana reveló que había residido en Valladolid y dio el nombre de la calle, la mujer se quedó blanca y preguntó:”¿No serás familia del Italiano?” Ana contestó, “mi padre es italiano, sí”. La mujer se echó a llorar y le contó que habían salvado la vida gracias a la ayuda de su abuela, que los avisó cuando iban a por ellos. La abuela María había bajado a la tienda y allí escuchó la conversación de unos falangistas que alardeaban de que aquella noche le daban el paseillo a la pareja. Así pudieron escapar antes de ser capturados.

AMIGOS RECUPERADOS

El face no solo me ha traído el regalo de Ana, ella también ha recuperado amigos cubanos, porque Cuba, país que ha visitado 36 veces, sigue en su corazón (a pesar de sus contradicciones), como ejemplo de gentes solidarias y cuenta aquella vez que llenó la nevera de los amigos donde se alojaba y estos, en un rato, se quedaron como estaban antes de la compra, porque lo compartieron todo con sus vecinos.

Ascensión, de joven, a la derecha, con su madre y sus hermanos.
Ascensión, de joven, a la derecha, con su madre y sus hermanos.

Hace poco David Trueba presentó un documental sobre Chicho en el que Ana tiene una gran presencia porque, aunque es conocida por haber compartido los años más creativos de Ferlosio, y Ascensión, por ser la hija de Timoteo y haber conseguido su exhumación, no es cierto que cumplan el aforismo de que detrás de todo hombre hay una gran mujer, ellas no han estado jamás detrás de nadie, han estado al lado y tienen personalidades fuertes, generosas. Son mujeres peleonas que brillan con luz propia, pero con una dulzura que envuelve a los que las rodean. La serenidad que emana Chon, queriendo que la exhumación de su padre no sea un hecho aislado, sino la piedra filosofal del reconocimiento a unos sucesos que deben ser condenados, o la risa cristalina de Ana, entre tos y tos, son un canto a la vida y a la dignidad.

Son, como dice otra grande, Cristina Peri Rossi, en uno de sus poemas, soberbias en su soledad y en el pequeño escándalo de sus vidas. Unos versos que me recuerda otra mujer escritora, Mar Rey Bueno, que añade de su cosecha, y copio porque comparto: “Versos que repican en mi mente cada vez que observo a tantas y tantas mujeres, en apariencia anodinas, pero, que estoy segura, esconden historias trepidantes en su interior”.

Ascensión y Ana con nuestra colaboradora.
Ascensión y Ana con nuestra colaboradora.

Y así es, mujeres sencillas en la forma, pero con un volcán en su espíritu, mujeres que reflejan un mundo oculto tan activo e inexpugnable que, cuando, por fortuna deciden hacerlo público, están desbordando pasión, están siendo maestras que trazan el camino a seguir, sin rencor, con constancia, con bondad, con nobleza, como imagino yo que debería ser un mundo mejor, un mundo cuajado de mujeres como Ana Guardione, como Ascensión Mendieta , como Ana Messuti…

Dice de nuevo Cristina Peri Rossi:

No fue nuestra culpa

si nacimos en tiempos de penuria,

tiempos de echarse al mar y navegar.

Eso han hecho ambas, navegar y sortear las olas, manteniendo el corazón en calma y el rumbo fijo.

Descansa en paz, Ascensión y sigue repartiendo amor y dignidad allá donde estés. Que la tierra, que con tanto afán reclamaste para cubrir con honor a tu padre asesinado y abandonado en una fosa común, os sea leve a los dos.

(Elisa Blázquez Zarcero es periodista y escritora. Su último libro publicado es la novela La mujer que se casó consigo misma. Diputación de Badajoz).

SOBRE LA AUTORA

Una colaboradora muy especial

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