¿Sociedad del bienestar o de la inconsciencia?

Tenemos una generación de “niños” de 25, 30 y 40 años que se resisten a abandonar la madriguera

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Hemos perdido el instinto realizador de nuestros antepasados. RTVE
Hemos perdido el instinto realizador de nuestros antepasados. RTVE

Una gran desgracia es nacer en un ambiente de pobreza y marginalidad, pero lo peor que te puede ocurrir es nacer en el seno de una familia que se cree que es rica pero que en realidad no lo es. En ese ambiente, las cosas importantes de la vida pierden la noción de valor, el instinto se atrofia y el gato deja de cazar ratones. ¿Vivimos en la sociedad del bienestar, o en la de la inconsciencia, el atolondramiento y la parálisis?

Juan Carlos Casco Casco.
Juan Carlos Casco Casco.

Vivimos en una sociedad enferma en la que nos hemos acostumbrado a conseguir nuestros deseos con un mínimo esfuerzo. En algunas zonas del planeta, como es el caso de muchos países de la Unión Europea, hemos vivido unas décadas de “vacas gordas” en las que nos adormecimos con la falsa ilusión de que la reivindicación era suficiente para colmar una lista de necesidades que no paraba de crecer, a medida que menguaban nuestras obligaciones y deberes.


El instinto se atrofia y el gato deja de cazar ratones. Mi abuela mantuvo vivo el mío.


En este caldo de cultivo se forjó un ideal de sociedad y un paradigma de ser humano basado en el individualismo y el hedonismo, donde cada persona buscaba la satisfacción de sus deseos, casi siempre vinculados a factores materiales, mientras que el Estado-providencia velaba por cubrir las necesidades de todos.

El fluir de la vida en estas circunstancias discurría por un itinerario en el que el Estado y las instituciones actuaban como proveedores de los medios para que los individuos se desenvolvieran casi sin necesidad de esfuerzo.

A cualquier persona le bastaba con estudiar y seguir unos itinerarios definidos para luego alcanzar un trabajo bien remunerado con el que ganarse la vida, y poderse dedicar más tarde a buscar la realización y la felicidad. Profesión-vocación-talento-felicidad por lo general eran realidades disociadas.

En esa vorágine, una gran mayoría de personas no se sentían realizadas en su trabajo, que se convertía en un mal necesario para conseguir los recursos con los que buscar la felicidad por otra vía.

vocación

El instinto natural del ser humano que está unido a la acción, la transformación y el cambio, se narcotizó. En nuestro recuerdo genético está el nomadismo, levantarse cada día y procurarse el alimento, recolectar, proyectar la caza, producir utensilios y herramientas, proveerse el vestido, construir el hábitat … Y de aquí hemos pasado a vivir en una incubadora, en un invernadero, en espacios de falso confort que nos privan de las sensaciones más auténticas de la vida.

QUEJA Y PÉRDIDA DE COMPROMISO

Cuando el esfuerzo y el espíritu de superación decaen se abre el espacio para la queja que lleva a la reivindicación, a la minoría de edad, a la pérdida del compromiso y del valor de la palabra dada… Una sociedad sin metas, ni sentido del legado, ni deseos, ni grandes ideales, ni causas por las que luchar, ni principios firmes…


Profesión-vocación-talento-felicidad eran realidades disociadas, pero eso no puede seguir así.


Mi abuela vivió todos los rigores de la guerra y la posguerra, y tuvo que sacar adelante, ella sola, a sus tres hijas, en condiciones muy difíciles. En la oficialidad era analfabeta, pero en la realidad tenía una gran cultura. Junto a ella viví algunos de los años más felices de mi vida. Ella me enseñó desde muy pequeño muchos secretos de la naturaleza, a recolectar y utilizar una infinidad de especies silvestres como alimento y medicina, a preparar trampas para cazar animales, a curar los males del alma… Mi abuela mantuvo vivo mi instinto humano, ese que nos impulsa a integrarnos con la naturaleza, a buscar el sustento, a emprender. De ella aprendí a cultivar la recursividad humana y a sacar el máximo partido de la escasez de medios, a ella y a su coraje le debo mucho más que a la Universidad. Cada vez que mi duende malo se pone en modo queja, ella se me aparece y me da una colleja para quitarme la tontería del cuerpo.

Por desgracia, muchos jóvenes de hoy tienen abuelas mucho más “cultas” pero no tan sabias como la mía y las de mi generación. Estamos creando ecosistemas artificiales para el desarrollo de nuestros jóvenes, y lo vamos a pagar muy caro. Cuando uno se cría en un invernadero le resulta muy difícil abandonarlo, porque fuera hace mucho frío o calor, y, claro, nos encontramos con una generación de niños de 25, 30 y 40 años que se resisten a abandonar la madriguera, con la excusa de que fuera no hay trabajo, que no hay oportunidades… Si levantaran la cabeza nuestras abuelas se descojonarían de la risa.

Niños grandes cargados de excusas. RTVE
Niños grandes cargados de excusas. RTVE

Necesitamos activar el “hambre”, la ambición positiva, el atrevimiento, la pasión por vivir y conjugar los recursos que tenemos a nuestro alcance… Remover a una sociedad que está entumecida y quejumbrosa, donde cada individuo está lamiéndose sus heriditas por los rincones, esperando a que su familia, el gobierno o la divina providencia le allane el camino para vivir cómodo.

DESARROLLAR EL POTENCIAL

Sé que lo que digo no es políticamente correcto; creo firmemente en la aspiración colectiva para que todos vivamos con dignidad, pero para ello necesitamos que los individuos y las organizaciones desarrollen su máximo potencial. Y desde luego, eso no lo estamos consiguiendo porque, en una sociedad adormecida, sus miembros no pueden dar lo mejor de sí mismos. Debemos refundarnos como seres humanos y como sociedad, repensarnos y tomar otro rumbo, porque el actual nos lleva al desastre seguro.

Nuestro insostenible sistema lo mantenemos a duras penas, endosando la deuda de nuestros excesos a las generaciones futuras y eso es éticamente inaceptable. O espabilamos o la cagamos definitivamente.

Nunca en la historia el ser humano ha tenido tantos medios a su alcance para transformar su mundo y crear valor, emprender, liderar y hacer una diferencia. Nuestra crisis no es material o de recursos, nuestra decadencia es espiritual, es existencial, de niños caprichosos que viven en la falsa creencia de que son ricos.

Estamos en una encrucijada sin retorno. El futuro no está escrito. Puede que nuestras energías se agoten en el intento de reconstruir el invernadero que nos protegió y creó nuestra falsa zona de confort por un tiempo. O, por el contrario, nos apliquemos con energía para construir un nuevo ecosistema social y cultural que nos conecte con las esencias del ser humano, esas que hicieron posible nuestro afán infinito de conocer lo más grande y lo más pequeño, vivir en armonía con la naturaleza, buscar la belleza en todas sus manifestaciones o viajar por el universo.

Tú decides. Alea iacta est.

Adelante!!!

(Juan Carlos Casco es un experto y consultor en Educación y Emprendimiento de prestigio internacional y actividad en diferentes partes del mundo).

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