viernes, 19 agosto, 2022
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El crepúsculo de Rajoy

El presidente es un político desnortado que ha perdido la autoridad y los últimos restos de credibilidad

En las últimas horas hemos visto en el Congreso de los Diputados al peor Rajoy, al político de la cara dura que es capaz de negar la evidencia y seguir actuando como si nada aconteciese en España o en su partido. Pero tras los sucesos de los últimos meses y semanas, algo está ocurriendo en la entereza y en el ánimo del presidente, algo que ayer quedó de manifiesto. El Rajoy de la última comparecencia en el Congreso es un Rajoy claramente crepuscular. Pocos creen ya que pueda volver a ser presidente del Gobierno.

En el PP son numerosos –aunque silenciosos o silenciados todavía- los que aspiran a una renovación integral del partido. Los más jóvenes y menos salpicados por el desgaste y la corrupción apuestan en privado por un cambio no solo en la cúpula, sino también en las estructuras nacionales y regionales de un partido que arrastra una cada vez más pesada carga de decadencia, por el deterioro que causa el ejercicio desconsiderado del poder y sobre todo por la marea de corrupción que mancha a buena parte de la organización. Según fuentes cercanas a los sectores más progresistas del partido de la derecha, las dos losas citadas –desgaste y corrupción- están perfectamente encarnadas en la persona de Mariano Rajoy, aunque estas son cosas que nadie se atreva a decir en público ni más allá de cerrados cenáculos de militantes y dirigentes, que aspiran a tener opciones políticas antes de que sea demasiado tarde para todos.


La corrupción y Cataluña han terminado por demoler su figura.


La declaración de Rajoy como testigo en la Audiencia Nacional por el caso Gürtel de corrupción que afecta a su partido, representó un baldón incuestionable, pese a que medios y analistas interesados –o subvencionados- presentaron el asunto como una victoria del presidente del Gobierno contra las acusaciones. Lo cierto es que su comparecencia, y más por el trato de privilegio recibido del tribunal, acentuó el inmenso desprestigio que Rajoy tiene dentro y fuera de España.

NULA AUTORIDAD

Después, los atentados de Cataluña pusieron de manifiesto la absolutamente nula autoridad que el presidente ejerce en esa comunidad autónoma. En todo el proceso de gestión de los atentados, desde las explosiones previas de Alcanar hasta la muerte del último terrorista a manos de los Mossos d´Esquadra y las posteriores reuniones de autoridades y cuerpos de seguridad, Rajoy se comportó con la actitud de un invitado apocado que visita un país extranjero donde el protagonismo lo tiene todo el que le recibe.

Un presidente sin autoridad convertido en ingenua comparsa del independentismo miraba al suelo. EFE
Un presidente sin autoridad convertido en ingenua comparsa del independentismo miraba al suelo. EFE

La gota que colmó el vaso fue la manifestación antiterrorista de Barcelona, que un grupo de radicales –en una operación perfecta de organización  y oportunidad- logró convertir en un acto de reivindicación independentista, utilizando para ello las imágenes del rey y de Rajoy, dos ingenuos comparsas sin autoridad en un acto organizado y ejecutado al detalle por los promotores de la ruptura con España. La imagen del rey y del presidente del Gobierno sobre un fondo de esteladas independentistas y de pancartas radicales fue la definitiva prueba de que los poderes del Estado han dejado de ejercer su autoridad en Cataluña. Es un hecho gravísimo que también hay que apuntar en el debe de Rajoy, un político que por dejar pudrir los problemas está a punto de asistir impávido a la peor crisis que haya vivido nuestra democracia desde 1976, peor incluso que la del 23-F. Su respuesta posterior a los ensordecedores abucheos y pitadas fue de antología. “Las afrentas no las escuchamos”, dijo, y se quedó tan pancho.

NO DA LA TALLA

Y, por si no fuese suficiente para la moral y la paciencia de los sectores menos contaminados y más jóvenes del PP, la comparecencia de Rajoy en el Congreso para responder ante el pleno de sus responsabilidades políticas por la corrupción galopante de su partido, una comparecencia apoyada por toda la oposición, fue la gota que puede colmar el vaso. Rajoy no dio la talla porque no puede darla, por mucho que se esfuerce en echar balones fuera y en asegurar que él no sabía nada, una explicación que no se sostiene en ningún ámbito de la actividad pública ni privada, donde no es de recibo que el jefe supremo aduzca ignorancia para evadirse de responsabilidades por delitos cometidos por subordinados directos nombrados en muchos casos por él, y que incluso le señalan como participante de la trama corrupta y perceptor de los correspondientes e ilícitos dividendos.

La falta de autoridad del Estado quedó patente en la manifestación de Barcelona. Una minoría se impuso a la mayoría.
La falta de autoridad del Estado quedó patente en la manifestación de Barcelona. Una minoría se impuso a la mayoría.

Los sectores del PP que aún aspiran a reconducir la situación y a que este partido tenga algún futuro –según fuentes bien informadas-, contemplan ya con suma preocupación dos escenarios inmediatos que pueden reducirse a uno solo. Que Rajoy insista en volver a ser el candidato del PP en las próximas elecciones generales y que el PP –con él o con otro candidato- pierda dichas elecciones, de manera que no pueda seguir gobernando en alianza con nadie ni siquiera si consigue ser por la mínima la fuerza más votada.

Para ellos y para muchos, el definitivo crepúsculo de Rajoy empieza, esta vez sí, a precipitarse de modo evidente. El presidente está paralizado y esa parálisis ha contribuido a la pudrición peligrosísima del problema catalán. Con una autoridad así, es decir, con tamaña falta de autoridad, el 1-O puede ocurrir cualquier cosa.

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